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Katmandú: Peculiaridades de una ciudad del Himalaya

Plaza Durbar, Katmandú | Foto Cortesía

Plaza Durbar, Katmandú | Foto Cortesía

Nepal, cuna de Buda, domicilio del Everest, corazón del Himalaya y otras maravillas, es un país de fuertes contrastes: junto a un paisaje y arquitectura religiosa de belleza incomparables sobrevive una sociedad con fuertes problemas económicos, políticos y sociales. A pesar de ello, Katmandú, su caótica capital, se ha convertido en el último medio siglo en la Babel del mundo contemporáneo: ciudad preferida de montañistas de élite, de aventureros y trotamundos mochileros de todas las lenguas y pasaportes.Enrique Moya nos ofrece apuntes de su larga caminata por las ciudades y aldeas del Valle de Katmandú.

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1.

Si se piensa que Bombay, Lagos, México DF, Hanói o Yakarta son las ciudades más caóticas del planeta, es que, obviamente, no se ha estado en Katmandú. Su caos tiene similar funcionamiento al de los sistemas dinámicos inestables –diría Lorenz– que afecta, o infecta, a la gran mayoría de las capitales o grandes ciudades de Asia, a excepción de las de Japón, Corea del Sur o Singapur: crecimiento exponencial no controlado en todas las variables (horizontales y verticales); deficiencia de los servicios indispensables para el desarrollo y mantenimiento de una urbe estructurada, y con una arquitectura en clara oposición a la planificación urbana. Comparada, Caracas sigue siendo la “sucursal del cielo”.

Así, resulta paradójico que desde la hazaña de Tenzing Norgay y Edmund Hillary, Katmandú se haya convertido en la mítica Babel del mundo contemporáneo: lugar donde todas las lenguas del planeta se dan cita; paso obligado de deportistas de élite antes de internarse en los laberintos del Himalaya; una de las capitales sentimentales del movimiento hippie del siglo pasado y, en la actualidad, ciudad preferida de aventureros y trotamundos mochileros de todos los pasaportes. Pero no sólo: cuando el gobierno chino permite el acceso a extranjeros mediante un visado especial, de cupo limitado y no siempre fácil de obtener, Katmandú es puerta de acceso al Tíbet para peregrinos y turistas. O puerta de escape para sus exiliados o fugitivos políticos: junto con las fronteras de las dos Coreas, el Tíbet es hoy, con toda probabilidad, uno de los lugares más militarmente vigilados del mundo.

 

2.

En el Valle de Katmandú se encuentran algunas de las joyas más preciosas de la arquitectura del hinduismo y budismo. Sus construcciones y la armonía de las edificaciones en los cascos históricos de Patan, Bhaktapur o Katmandú, recuerdan la Florencia del Renacimiento o el antiguo esplendor de las ruinas griegas o romanas. Quienes diseñaron y construyeron estos templos-ciudades, sin duda gestionaban la idea de eternidad de forma distinta a los de fe católica; más cercana, quizá, al urbanismo politeísta greco-romano. En contraste con la fe cristiana, donde existe un claro monopolio de lo divino y, por ende, del pensamiento único expresado en sus catedrales, en la distribución espacial y cortes geométricos de esta arquitectura se evidencia la amplia tolerancia de las variadas corrientes y tendencias filosóficas que circulan en el hinduismo o el budismo.

Estos palacios y monumentos tan bien conservados, limpios y amados por los lugareños, se presentan, sin embargo, como una anomalía en medio de las caóticas y arquitectónicamente desfavorecidas ciudades nepalesas que le hacen contexto. Aunque tiene su magia perderse por las estrechas calles de Bhaktapur o Katmandú, al mismo tiempo en la zona más turística de Nepal, el céntrico Thammel, reina una argamasa de olores rancios, especias, vendedores callejeros, rickshaws, autos en todas direcciones, avisos de neón y cables eléctricos que surgen por todas partes como un pulpo de mil brazos. Curiosamente, y no obstante lo dicho, mientras los lugares emblemáticos de París, Viena o Berlín están tomados por mendigos, en Katmandú es bastante raro encontrar uno.

 

3.

Nepal es un país de gente muy industriosa y de buen ver, cuyo devenir histórico se ha decidido mediante las bondades o maldades atemporales y mágicas del karma.

Por ser un país enclavado en cordilleras y por mucho tiempo inaccesible e ignorado por los expertos e historiadores occidentales, no conocemos los detalles de su historia apasionante, llena de crónicas extraordinarias, de escabrosas intrigas y puñaladas traperas, tal como leemos en muchos de los relatos que se inventó la hábil Sherezade para salvar el cogote.

En una exposición de arte bajo la protección magnánima del Príncipe Consorte, Enrique de Dinamarca, conocí en Copenhague a finales del siglo pasado, a una princesa de la familia real nepalesa. El gran poeta Laxmi Prasad Devkota fue el motivo de una conversación, que luego giró hacia la complicada situación política y social de su país. Según la princesa, Nepal no era pobre sino un reino sin materias primas de exportación, pero con una veta turística aún por explotar, arruinada por los “terroristas” maoístas. Las estadísticas de la ONU (o las aun más precisas de la CIA) señalan, sin embargo, que desde que se llevan registros de desarrollo en el Himalaya, Nepal es una de esos países cuyos índices de pobreza, analfabetismo y esperanza de vida, asustarían a cualquier experto.

Esta joven princesa, que para entonces formaba parte del staff diplomático de la embajada de su país en Londres, fue asesinada tiempo después (junto a ocho miembros de la familia real) en el Palacio Real de Katmandú, debido a lo que los nepaleses de a pie aún llaman con cierta sorna, “masacre por amor”.

Como sacado de Las mil y una noches, he aquí una relación sucinta del suceso: el Príncipe Heredero, Dipendra, asesinó en el año 2001 a su padre, al rey Birendra y a su madre la reina Aishwarya y a siete miembros de su familia; luego se suicidó, dejando rota la línea directa de sucesión al trono. Acaso siguiendo la máxima de Conan Doyle sobre que cometer un crimen es fácil pero entender el móvil no, los nepaleses nunca han tomado en serio el relato oficial del sangriento regicidio: “razones de índole sentimental”. Una versión, de la variedad de versiones, nos revela un ligero parentesco al conflicto entre los Capuleto y los Montesco.

Tomó el mando el ambicioso hermano del rey Birendra (devenido luego en rey Gyanendra), a quienes todos sospechan responsable intelectual, y a su hijo, el príncipe Paras (en el lugar y momento del hecho y primo del supuesto regicida) autor material. Con las adaptaciones correspondientes de idioma y lugar del Hamlet, de la Saga de Egil islandesa y partes del Edipo Rey, obtendríamos una idea bastante aproximada de cómo en verdad pudo haber ocurrido esa historia, y de tantas otras en los últimos tres siglos de historia nepalesa.

Nos enseña Sófocles que en toda tragedia también hay una oportunidad: años después como producto de ese regicidio, y más muertos mediante, el gobierno y los rebeldes maoístas (en guerra de diez años contra el establishment) pactaron un acuerdo en 2008, para abolir la monarquía parlamentaria asentada sobre el absolutismo feudal y los privilegios de casta, dando paso a la hoy República Federal Democrática de Nepal…que, en términos de corrupción e injusticia social, mucho aún le falta para diferenciarse de la corrompida y parasitaria monarquía derrocada.

 

4.

Más allá de la realidad estadística, Nepal parece un país tutelado por mujeres. Las mujeres trabajan en todas las aéreas: choferes de porpuestos, policías, vigilantes privados, vendedoras de los mercadillos callejeros, dependientas, comerciantes, cosechadoras de té, etc. Ciertamente algunos varones faenan mano a mano con ellas en el área del turismo o en el sector agrícola del Valle de Katmandú, pero a una parte importante se les ve rascándose la barriga o jugando a las cartas en las esquinas de los templos. El desempleo masculino es mayor que el femenino, también hay que decirlo.

De la mujer nepalesa impresiona su fuerza de trabajo, su mirada altiva y su belleza. De cuerpo esbelto, siempre van bien vestidas y emperifolladas; incluso cuando conducen un destartalado vespa-porpuesto por los barrios marginales de Katmandú; podría sospecharse que en vez de ir a sudar el magro sustento, van a un casting de modelos. Aunque no hay padrones sobre el tema, por lo que se observa en todo el Valle de Katmandú, una porción significativa de la economía nepalesa (la oficial y aun más la sumergida) descansa sobre el hombro de estas atractivas y emprendedoras mujeres. Estos logros de la mujer nepalesa rayan lo increíble, si consideramos que hasta no hace menos de diez años aún estaba en virtual estado de esclavitud y sometimiento legal y feudal al varón.

 

5.

Es natural que cuando se visita un país como Nepal, cuna de Buda, domicilio del Everest, antigua Ruta de la Seda, corazón del Himalaya, hogar de la épica raza de los sherpas y de religión mayoritariamente hinduista, se reflexione acerca del entramado de conceptos que nos llevan hasta los paradigmas de realización y bienestar. En Occidente el bienestar está muy relacionado con la riqueza material; los objetos son ora partes ora palancas que sustentan el parapeto ontológico; el logro material es señal de mente saludable y realización personal; y, más allá de la calidad, la cantidad de objetos y sus emblemas sociales, de algún modo van perfilando, engrosando y afirmando como positivos tales paradigmas. Por momentos la dualidad realización-objetos, construye un discurso propio dejando al sujeto desamparado y sin otro léxico para construir el (o reconstruir su) mundo.

En Nepal, y en países de análogas costumbres y fe, como India o Bangladesh, la idea de bienestar tiene una diversa gama de conceptualizaciones y reacomodos, algunas muy lejanas como para poder captarlas con claridad y otras tan sutilmente cercanas que no son fáciles de enfocar como propias. En este país el futuro se apoya en el día a día; las premisas que sostienen tiempo y realización no parecen ser preponderantes. Así, el futuro no es tan acuciante como para planear y construir una sociedad del bienestar; un país sustentable, menos subdesarrollado.

Si bien la psiquiatría moderna diagnostica la ansiedad por no ver claro el futuro como una causa fundamental de depresión, y Nepal tiene muchas razones sociales, políticas y económicas para no ver claro el porvenir, la gente no se ve deprimida, triste o irrealizada; no exageran lo que no tienen; ciertamente el día a día no da tiempo para otra cosa y, en definitiva, la lógica del karma sustituye al mejor psiquiatra.

Visto como observador no involucrado y de paso por este maravilloso país de fuertes contrastes, la nepalesa es una sociedad que vive el presente con intensidad similar a la ansiedad que por el futuro preocupa a las sociedades occidentales.