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Julian Barnes, “La sombra del silencio”

Julian Barnes / Foto Cortesía

Julian Barnes / Foto Cortesía

“¿Pero qué pasa cuando, por una razón o por otra, una de las dos partes desaparece? Pues, a veces, acontece que lo que desparece es mayor que la suma de lo que había antes”

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En la que podría considerarse como la zafra de la cosecha literaria europea actual destaca una pequeña obra de 143 páginas de Julian Barnes, titulada Niveles de vida. Barnes es un autor formado en Oxford con obras inclasificables como El loro de Flaubert. Niveles de vida se resiste igualmente a una clasificación, a no ser que la considere como uno de esos biopics –algo así como pellizcos biográficos– de los que decía Svetlana Alexievich que eran literatura documentada y que Emmanuel Carrère consagró de manera definitiva  en Limónov.

Salvador de Madariaga apuntaba que a los ingleses con aspiraciones de figuración, tanto hacia el poder como hacia las letras, los definía su mandíbula de tigre con la que se disponían a fagocitar todo lo que se les pusiera por delante. Julian Barnes, que tiene un perfil afilado de águila o aguilucho, se ha engullido en tres bocados el momento literario en sus tres facetas: la altura, el llano y la profundidad. Y ello a partir de un hecho que puede cumplirse o no, y en ese caso, va a ofrecer resultados diferentes: “Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante”. Cuando Jacques Charles, un físico, realizó su primer vuelo en un globo de oxigeno el 1 de diciembre de 1783, el mundo cambió. “Cuando sentí que me alejaba de la tierra –comentó– mi reacción no fue de placer sino de felicidad… Me oí vivir”.

Cien años después de esta primera experiencia, otros tres personajes se elevaron sobre la tierra en globo: el coronel Fred Burnaby, quien salió de Dover pero tuvo que descender a medio camino. Sara Bernhardt, despegó desde Paris y aterrizó en el departamento de Seine-et-Marne. Y en 1863, el 18 de octubre, haría Félix Tournachon su último viaje, quien despegaría desde el Campo de Marte en París, para estrellarse cerca de Hannover arrastrado por un vendaval.

Para el físico Jacques Charles la reacción fue la de oírse vivir, lo cual definió más allá del placer, como la felicidad, la suya.

Sara Bernhardt, tan delgada ella que podía pasar por entre dos gotas de lluvia sin mojarse, según afirmaba, descubre que por encima de las nubes no solo hay silencio, sino la sombra del silencio. Y este es “emblema de la libertad extrema”. ¿Por qué?  Porque es allí donde se disipa la indiferencia, el desprecio, la desmemoria… y surge el perdón.  La moralidad.

Pero para Félix Tournachon, el asunto de elevarse sobre la tierra iba a juntar dos cosas que hasta ese momento no lo habían estado: la de poder fotografiar desde el aire porciones de la  faz de la tierra. Un ejército cuya formación era un misterio para el enemigo, podía ser retratado desde el aire y quedar a merced de ataques imprevistos. El aeronauta, por otra parte, podía visitar el espacio de Dios sin usar magia y colonizarlo.

Tournachon era un personaje un tanto estrambótico: un editor lo describió como un hombre muy ingenioso y muy estúpido e igualmente como un hombre inteligente sin un ápice de racionalidad. Pero iba a cambiar la visión del mundo a través de la fotografía aérea.

La única de esas fotografías que nos ha llegado, por cierto, data de 1868. Cien años más tarde, en 1968, como se recordará despegaría el Apolo en su misión en viaje a la luna. Era el día de Nochebuena y cuando la nave  espacial pasó por detrás de la cara oculta de la luna, los astronautas tuvieron que acuñar una nueva expresión: la de la “salida de la tierra”. En las fotos a color vieron bonita y delicada a la tierra en comparación con la muy áspera, accidentada, destartalada y hasta aburrida superficie lunar. Pero el comienzo había dependido de una cámara fotográfica elemental de Félix Tournachon desde una altura de unos centenares de metros y en blanco y negro sobre el cielo de Paris, logrando juntar también como los astronautas dos cosas que no habían estado juntas.  

“Juntas  a dos personas que no se habían juntado antes; y a veces el mundo cambia y a veces no. Pueden estrellarse y arder o arder y estrellarse. Pero hay veces que se hace algo nuevo y entonces es el mundo el que cambia. Juntas, en esa primer exaltación, en esa primera elevación estruendosa, son más grandes que sus dos egos separados. Juntas ven más lejos y más claramente”.

¿Pero qué pasa cuando, por una razón o por otra, una de las dos partes desaparece? Pues, a veces, acontece que lo que desparece es mayor que la suma de lo que había antes. Esto no es matemáticamente aceptable ni siquiera posible, pero lo es emocionalmente y es aquí donde tal vez se centra  el meollo de Niveles de vida: en la elegía que Julian Barnes dedica a la muerte de su esposa con la que había convivido durante treinta años. Y ya se sabe que dos personan se casan para continuar una conversación.    

“El mundo separa crudamente a los que han conocido el amor y a los que no lo han conocido. Más adelante aún –al menos si tenemos suerte (o por otra parte, si no la tenemos), separa a los que han sufrido aflicción y a los que no la han sufrido. Estas divisiones  son absolutas; son trópicos que cruzamos”…

Me he arriesgado a trascribir estas citas de Niveles de vida para que se palpe cómo construye su obra este autor sin concesión alguna al exceso. Por eso, a este libro no le sobra una sola palabra. A la mayor parte de los que constituyen la zafra de temporada no solo les sobran palabras, sino páginas completas, demasiadas