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Juego, literatura, llaves y cerraduras

Escena de <i>El sétimo sello</i> de Ingmar Bergman

Escena de El sétimo sello de Ingmar Bergman

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Las primeras imágenes de esa película icónica del cine como lo es El séptimo sello suceden frente al mar. La muerte ha venido a buscar al caballero que regresa del horror de las cruzadas, especie de Don Quijote de la fe con escudero y todo. La muerte extiende su túnica negra y entonces el caballero le propone jugar al ajedrez, cuando finalice la partida se decidirá su destino. El otro aspecto de este encuentro sobrenatural ocurre en la elección de las piezas; al caballero les tocan las blancas y a la muerte las negras y esta dice: “El color me va, no te parece lógico” y ese dejo de humor le da a todo ese extraño encuentro un gran equilibrio terrenal.

Lo que quiero significar, al evocar la película de Ingmar Bergman, es que en el fondo todo juego tiene ese aspecto oscuro, dramático y que sólo el humor permite que el juego pierda su soterrada gravedad sobrenatural.

Jugar con la literatura es quitarle un poco de severidad profesoral, de esa dificultad inteligente de revista arbitrada que en muchos casos convierte la literatura en un hecho cargante y fastidioso por decir menos.

Abunda por nuestros predios literarios mucho escritor comprometido, muchos opinadores de postín y demasiados “los abajo firmantes” que a veces es necesario airear la casa con un poco de literatura escrita sin finalidad visible; de esa escritura que intenta convertir el absurdo y el desatino en un tenso alambre de equilibrista para caminar con toda la naturalidad posible.

Como es lógico no estoy inventando nada nuevo con esto de proporcionarle a libros y revistas un toque de puzzle, de rompecabezas, de mecano para armar y desarmar (o leer y desleer) a placer. Un antecedente histórico en nuestro país podría afianzarse en ese escritor singular que fue Simón Rodríguez por aquello escrito por Eugenio Montejo: “Al leer a Simón Rodríguez percibimos, más que en cualquier escritor de su época, un sello de su personalidad (…) Como cajista e impresor de sus propios escritos, que supo valerse de una amplia experiencia tipográfica aprendida en Baltimore, la página de Simón Rodríguez viene a nosotros enteramente fabricada por él, tiene la impronta de su invención…”  Otro sería Juan Antonio Navarrete, un borroso fraile franciscano que en el siglo XII escribió a mano 17 volúmenes en folio. Entre estos libros se encuentra “El juego de la paz y la guerra” que combina la baraja española con la adivinación teológica y su otro libro “Tratado curioso de la rueda de la fortuna” en la que el lector hace preguntas banales y al final la respuesta con todos los componentes de buenos valores. También está Rafael Bolívar Coronado que utilizó más 600 nombres distintos para firmar sus textos. Allí está su obra “El llanero” que el escritor de Villa de cura atribuyó a Daniel Mendoza. O esos libros de indias que Coronado encontró en los anaqueles polvosos de una etérea biblioteca en Cádiz y que editó Blanco Fombona si percatarse de la trampa urdida por Coronado para “sacarle las telarañas a la muelas” según sus propias palabras.

Así mismo se podría mencionar esos curioso libros de Santiago Key-Ayala “Monosílabos triláteros de lengua castellana” y “Cateos bibliográficos”, libro en el cual que realiza una pesquisa sobre la vida y milagros de libros no escritos o inexistentes. De igual modo se puede incluir los “Grafopoemas” de Ramón Ordaz, que juega a desquiciar la tipografía y la poesía con una propuesta gráfica delirante y más recientemente Franklin Fernández y sus poemas-objetos.

Entre mis antecedentes personales se encuentra la primera revista literaria que edité con un grupo de amigos afectos a la literatura y a la bebida (no en ese orden como es lógico). La revista Zikeh era un cuaderno multigrafiado de cien páginas que más que una revista era como una pared de baño público. De Zikeh editamos cuatro números, cada edición constaba de 500 ejemplares. En el segundo número hice un pésimo dibujo de una mujer desnuda (algo picassiana) y en un consenso de grupo se decidió colocarle pelos reales en el pubis, para ello fuimos a una barbería y recolectamos el material requerido para encolarle cabello a los quinientos números de la revista.

Otro antecedente es una revista que edité a dos manos con el fotógrafo Yuri Valecillo. En una bolsa de papel metimos textos, dibujos, poemas, cuentos y fotos. La revista se llamaba “El amateur” y en esencia eran rompecabezas de textos recortados que el lector organizaba/leía a su parecer. Otra referencia, no menos importante, sería un estuche de perfume que pinté dedicado a mi esposa Ana María y en el que incluí sólo poemas y dibujos, además de pequeñas libretas con textos poéticos, escritos a mano e ilustradas con dibujos a color. Lo peculiar del estuche es que recopila mis escritos “poéticos”. Es raro  debido a mi abandono por completo de mis veleidades como poeta para dedicar mis esfuerzos de escritura al ensayo.

Hay un sueño de Franz Kafka que siempre me ha impresionado: “Esta tarde, mientras estaba acostado en la cama, alguien hizo girar rápidamente una llave en la cerradura; durante un instante tuve cerraduras por todo el cuerpo, como en un baile de disfraz; aquí y allá, con breves intervalos, abrían o cerraban una de las cerraduras”. La literatura es un montón de cerraduras, pero uno no tiene la llave aunque uno cargue puesto ese disfraz del sueño de Kafka, que por supuesto nadie ve. La literatura como un juego premeditado es una manera de inventarse llaves para huir de la literatura y de la escritura misma.