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Juan de Castellanos, Aventuras de un ilustre varón en ultramar

Juan de Castellanos | Óleo de Ricardo Moros Urbina

Juan de Castellanos | Óleo de Ricardo Moros Urbina

La redacción de las Elegías de varones ilustres le consumió a Juan de Castellanos 20 años de vida. La obra consta de 113.609 versos distribuidos en veintitrés “Elegías”, cinco “Elogios”, dos “Historias”, una “Relación”, y un “Discurso”, que dan cuenta de las hazañas de los conquistadores del Nuevo Mundo

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Bien advertía el Beneficiado de Tunja en su dedicatoria a Felipe II que “no todos dan a lo que guisan para muchos aquella sal que el gusto de cada uno pide”. Es difícil conciliar los paladares. La bitácora que ha elaborado la preceptiva literaria durante más de 400 años en torno de las Elegías de varones ilustres de Indias ha sido tan variada como gustos y lectores han recorrido estos cuatro siglos. Los versos hermosos, dulces, tersos; los poemas brillantes; la musa preclara y suave mencionados por los varios ingenios que escribieron las poesías laudatorias que acompañan las distintas partes de las Elegías, han devenido, a tono con la geografía que describen, montaña, selva de intrincadas caminerías capaces de hacer desistir al más osado lector. Ya Mariano Picón Salas proponía, como una lectura más adecuada a nuestros tiempos, olvidar los consonantes y los metros para leerlas como prosa. Giovanni Meo-Zilio opina que pueden apreciarse solo antológicamente, criterio que parece imponer su trayectoria editorial: apenas dos ediciones completas.

La obra, dividida en cuatro partes, consta de 113.609 versos, distribuidos en veintitrés “Elegías”, cinco “Elogios”, dos “Historias”, una “Relación” y un “Discurso”, este último “al capitán Francisco Drake de nación inglés”. Inicialmente concebido como el final de la Historia de Cartagena (Tercera Parte), el “Discurso” fue impreso apenas en 1925, probablemente debido a la censura por las críticas que en él hay a las autoridades coloniales por su incapacidad para salvaguardar las costas, lo que hacía relativamente fácil a los corsarios asaltar las posesiones de ultramar. Mejor suerte tuvo la primera parte publicada en 1589, en vida de Castellanos y a sus expensas. A pesar de las previsiones que tomó el autor en su testamento y de haber contemplado el dinero para su publicación, la obra recorre un accidentado trecho. Dos y medio siglos después de publicada la Primera Parte, la Biblioteca de Autores Españoles edita en Madrid las tres primeras; la Cuarta Parte aparece en la misma ciudad en 1886 y la obra íntegra conocerá publicación en Caracas recién en 1930-1932, editada y prologada por Caracciolo Parra León. La segunda edición completa es de la Biblioteca de la Presidencia de Colombia impresa en 1955, con prólogo de Miguel Antonio Caro. Ediciones todas ya en la categoría de libros raros o de bibliófilos; las preferencias para las antologías se ajustan al lugar donde se publican.

Enamorados de la dulcedumbre

Treinta años dedicó don Juan de Castellanos a la laboriosa faena, con la declarada intención de salvar de “las escuridades del olvido” las hazañas de los conquistadores, al tiempo que arroja luces y sombras sobre su propia vida. Actor y narrador, las Elegías han quedado como el testimonio para construir su biografía. Por algunos datos históricos de personajes a los que afirma haber conocido y por la probanza de su madre fechada en 1550, según la cual su hijo “ha que está en Indias más de nueve años residente allá”, se concluye que llegó a las Indias hacia 1539. Su primera estancia en suelo americano se cumplió en la isla de Borinquen, a cuyo poblamiento y colonización dedicó la Elegía VI titulada “A la muerte de Joan Ponce de León, donde se cuenta la conquista de Borinquen con muchas otras particularidades”. En palabras de María Teresa Babín, la Elegía VI de Juan de Castellanos es para Puerto Rico “lo que el Cantar de Mio Cid para España, la Canción de Rolando para Francia y La Araucana para Chile... la gesta donde reposa un pueblo”. Dicha opinión seguramente agradaría a los oídos del Beneficiado, si atendemos a la confesa admiración que rendía Castellanos al “...ínclito poeta y admirable/ Don Alonso de Ercilla con sus versos/ corrientes, lisos, tersos y suaves” al comienzo de la “Historia del Nuevo Reino de Granada”. Admite el Beneficiado que, para satisfacer a sus amigos, quienes “enamorados de la dulcedumbre del verso con que D. Alonso de Ercilla cantó las glorias de Chile, quisieron que las del Mar del Norte se cantasen con la misma ligadura, que es en octavas rimas”. Don Alonso de Ercilla, sin embargo, quien cumple de Censor en la Segunda Parte de las Elegías, no se muestra muy satisfecho con tal ferviente seguidor.

La grosedad de los caudales

La segunda escala de su aventura ultramarina será Santo Domingo, a cuya historia dedica las primeras cinco elegías de la Primera Parte del poema. En ellas quedan sus impresiones sobre Enriquillo, el cacique rebelde educado por los franciscanos y “gentil lector, buen escribano” y sobre la ciudad, a la que parece describir con conocimiento y autoridad: “Hiciéronse las casas con estremos / De grandes y soberbios edificios, / Iglesia Catedral de gran nobleza, / Fuente y esclarecida fortaleza”. Posteriormente retornará a la isla para referirse a la destrucción que dejó tras de sí Francis Drake: “Saltan puertas, ventanas de sus quicios, / Indignas de ruina semejante; / Caen altos y bajos corredores/ Remuévese la tierra con temblores” (Discurso). Entre 1540 y 1542 el andariego Castellanos recorre las islas próximas a las costas venezolanas, de esta manera conoce Curazao y Aruba antes de arribar a Cubagua. En 1541 vive en casa de Pedro Barrasa en Nueva Cádiz, donde conoce la “grosedad de los caudales” que "iban a quintar al aduana / Como de trigo sacos al molino”, que tanta desgracia dieron a quienes debían hundirse en las profundidades para extraerlos. Al año siguiente es testigo del infausto acontecimiento que asuela a la ciudad. Cuenta el autor cómo las "suntuosas casas" de Nueva Cádiz quedaron reducidas a la nada por la tormenta: “No se hallaba ya cosa viviente / Que tuviese seguro de su vida, / Porque la calle va como creciente / De ríos con furor de la venida...”, y en medio del pavoroso desastre, al que Castellanos ubica un año después, lo encontramos en aprietos, en procura de refugio: “Yo poco antes de caer había / Salido con deseos de escaparme, / Y en medio de la plaza no sabía / Cómo mejor poder acomodarme”. La malaventura que suele acompañarlo en sus correrías es presentada siempre con crudeza, hasta bordear lo grotesco: “Las alpargates eran las espuelas / Que no van en caballos ni trotones”.

Dejaron de crujir los tafetanes

Destaca Isaac J.Pardo en su Juan de Castellanos. Estudios de las Elegías de varones ilustres de Indias la tendencia al chiste y a las ironías presentes en la obra: así unos soldados que salen a buscar comida y son apaleados por indígenas llegan “Más cargados de leña que comida” o cómo una hermosa indígena que por huir de su amante portugués se arroja al agua “No se tornó laurel, tornóse rana...”. Esta mirada también se posa sobre los expedicionarios recién llegados a Indias que se veían en dificultades para moverse entre tantos ornamentos, fuera de tono con la pobreza del medio: “Dejaron de crujir los tafetanes, / Y aflojaron un poco los follones, / Y los que reventaban de galanes / Ven sus blancas camisas y jubones, / Y aquellos bombecinos bahañanes / No menos que los más negros carbones: / Viérades luego del soldado viejo/ La grita, la matraca y cordelejo”. La burla con la que Castellanos enfrenta en sus versos a los recién llegados llega a la exasperación en situaciones que lo ubican en evidente contraste con los “emplumados”: “Y podrán rodear un horizonte/ Sin sudar cuera ni jubón de raso; / No yo que siempre subo por escalas, / Y flacos alpargates son mis alas".Entre 1942 y 1943 lo encontramos en la isla de Margarita, desde donde se trasladó a Tierra Firme y se adentra en las tierras de la Gobernación de Venezuela. Deprimida la isla de Cubagua, los antiguos pescadores de perlas se trasladan al Cabo de la Vela y allí, con ellos, está Castellanos. No desaprovecha la oportunidad para denostar de los Belzares y pone en boca del teniente Velasco su desprecio por esta “gente de contraria lengua”. Valle de Upar, Cartagena, Santa Marta, Río de la Hacha y el mismo Cabo de la Vela son motivo de sus continuas incursiones en busca de oro. Cuenta cómo en una oportunidad estuvo a punto de naufragar en una tormenta por miedo a perder “...su caudalejo / con inmensos trabajos adquirido”. Santa Fe y nuevamente Cartagena son testigos de los últimos años de agitada vida del futuro Beneficiado de Tunja antes de ordenarse sacerdote, lo que ocurre no se sabe en cuál de estas últimas ciudades entre 1554 y 1555.

Nacido en Alanís

El debido reposo para el andariego llegó en 1568 con el Beneficio Simple de la Iglesia de Tunja, cargo en el que se mantuvo hasta su muerte ocurrida en 1607, a los 85 años. Allí, al ver que se consumen “con larga edad los vivos originales”, decide emprender la más extensa obra que conoce la poesía en lengua castellana. Veinte años le consume la redacción del texto en prosa y diez su versificación en octavas al estilo italiano, entre endecasílabos, versos de arte menor y versos latinos. Y junto a las páginas escritas, acumula una nada despreciable fortuna: veinticuatro esclavos negros, mil ovejas, quinientas reses, cien yeguas, doce caballos mansos, varias mulas, diez o doce bueyes de arado, casas, cuadras y estancias en la ciudad de Vélez, en la villa de Leiva y en la ciudad de Tunja, cerca de dos mil pesos de oro a censo, su bien provista biblioteca, entre otros bienes, cuenta Ulises Rojas en su testamento. Los diezmos, ingresos, túmulos y obvenciones, además de los mil pesos que le reportaba el cargo, atrajeron sobre él enemigos dispuestos a compartir tan jugosos emolumentos. El sevillano rememora con antiguos compañeros su aventura americana y ya en la soledad escribe: “Nacido en Alanís, natural mío, / Del fuerte Borinquén pasada peste, / Dicho Joan de León, con cuyo brío / Aquí cobró valor cristiana hueste, / Trájonos a las Indias un navío”. Teme que se pierdan para la posteridad “hechos célebres y grandiosos”. Consulta las páginas de la Historia general de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo y concurren en sus relatos las diversas tendencias literarias que se desarrollan en su época junto a los clásicos griegos y latinos: Homero, Virgilio, Ovidio, Garcilaso, Ercilla, el barroco, las formas tradicionales del Romancero, entre otras presencias, hacen de las Elegías un monumento del más variopinto estilo. Gusta Castellanos de hacer pródigas enumeraciones, así vemos desfilar ante nuestros ojos versos en olor de frutería, en lo que pretende identificar lo americano con lo europeo: “Hay pepinos, cohombros y melones, / Copia de calabazas, berenjenas, / Hay naranjas y limas y limones, / De que casas y huertas están llenas; / Hay uvas, a sus tiempos y sazones, / De parras que se dan allí muy buenas; / Hay de la tierra frutas diferentes/ Gustosas, olorosas y excelentes”. Páginas propias de un zoólogo nos acercan vívidas e interesantes descripciones. Desfilan en ellas paujíes, osos, caimanes, comejenes y hasta “Unas abominables sabandijas / A quien llamamos niguas comúnmente, / Minutísimas pulgas que se meten / entre el cuerpo y la carne soterradas”, que adquieren en el poema proporciones de garbanzos en su afán de multiplicación en los martirizados pies.

Son muchas las lecturas que permite el “ambagioso laberinto” y las salidas menos dificultosas de lo que puede anunciar la dimensión de la obra. Licencie el lector las recomendaciones de la crítica literaria. En esa “montaña de versos”, como la llamó Ángel Rosenblat, hay Castellanos para todos los gustos.

 

Bajo la tiranía del verso

Las fechas que menciona Castellanos en sus Elegías no son enteramente confiables, lo que ha dado lugar a ciertas controversias y equivocaciones. La imprecisión con que en la época se hacía referencia a estas se confabula con la intención de dotar al relato de cierta credibilidad y con la tiranía del verso que obligaba a ciertas licencias, sostiene la autorizada opinión de Pardo. Ello permite que nos encontremos al autor departiendo con personajes que lo antecedieron o bien participando de hazañas anteriores a su llegada. Así en la Primera Parte de las Elegías lo vemos junto a Cristóbal Colón a bordo de las primeras naves que llegaron a las costas y en 1536 acompaña a Antonio Sedeño en la conquista de Trinidad: “Pues en aquella edad y coyuntura / Gasté por allí mis ciertos años”. Es de tomar en cuenta también que los lustros para Castellanos se miden por cuatro años y no por los cinco habituales. Las digresiones y la mezcla de unos acontecimientos con otros, pueden conducir también a confusión, lo que ocurre cuando el autor se refiere a hechos vividos por él junto a sucesos no coetáneos.

 

Historia y poesía en octava rima

Por Jesús Sanoja Hernández

Orlando Araujo es autor de un breve estudio incluido en los Cuadernos Literarios de la AEV (Juan de Castellanos o el afán de expresión), que se inicia con esta advertencia: “Cuando ya estaba en prensa este pequeño trabajo tuve noticias de que estaba igualmente en prensa un ensayo del Dr. Isaac J. Pardo sobre las Elegías de Juan de Castellanos. La obra aparecerá publicada por el Instituto de Filología Andrés Bello de la Universidad Central, donde he tenido ocasión de hojear las pruebas”. En efecto, el libro de Pardo, de casi 500 páginas, salió a la luz en 1961. Y el cuaderno de Araujo un año antes.

Para este, Juan de Castellanos es el “poeta de las cosas de América, cantor de Venezuela en primer término”, así como también “el primer poeta, cronológicamente, de nuestra literatura”, aunque al parecer Castellanos escribió las Elegías en prosa, en su etapa de elaboración primaria. Pardo observa que la obra iba muy avanzada cuando sus amigos se empeñaron en que la pusiese en verso: “La curiosa petición surgió del gusto que había causado a los viejos conquistadores la lectura de La Araucana, obra en verso en que don Alonso de Ercilla cantó la conquista de Chile”. Escogió el endecasílabo dispuesto en octava rima u octavas reales, y algunas veces en versos sueltos, “una sucesión versos no repartidos en estrofas y sin rima”.

Araujo, quien desde temprana edad se mostró polémico, por ejemplo al lanzar su análisis de la obra galleguiana en plena dictadura, no comparte totalmente la afirmación de Menéndez y Pelayo, quien al aludir a la “literatura colonial” de Venezuela la calificó de “página en blanco (...) en comparación con otras provincias literarias”. Pensaba Araujo que los trabajos de Juan de Castellanos, el libro del Padre Gumilla y la “obra de cronistas mayores y menores”, debían de ser estudiados con más atención si queríamos investigar “el alma nacional a través de su expresión en el tiempo”.

Lo cierto es que las Elegías constituyen un entrevero de historia y literatura, algo común y además explicable en quienes a lo largo del siglo XVI hicieron contacto con un “nuevo mundo” y deseaban dejar de él abundante testimonio, así se mezclaran la realidad y la fantasía, combinación que suministró materiales para que en Europa se construyeran utopías. Ahora bien: en Castellanos predomina la historia real sobre la imaginada.

Pardo, del exhaustivo examen que de Juan de Castellanos realizó en su voluminoso libro, pasó años más tarde a la construcción de otro (ya en la madurez), donde despliega enorme conocimiento, justamente, de las utopías: Fuegos bajo el agua, título extraído de una frase de Empédocles. Este ambicioso ensayo, investigación o viaje por las utopías le llevó años a Pardo y al parecer comenzó con la lectura de la obra de Vasco de Quiroga, lo que significa que todo comenzó, para él, en América, así luego pasase a otros escenarios, retrocediendo en el tiempo.

En la reciente edición aniversaria de El Nacional se publicaron “noticias” acerca de Cubagua (Nueva Cádiz) y Margarita, como si hubiesen sido escritas al momento de acaecer fenómenos naturales y sucesos históricos de magnitud. Juan de Castellanos hizo lo mismo cuatro siglos y años atrás. Por ejemplo, al referirse al maremoto o terremoto de Nueva Cádiz, apuntó:

     Aquí y allá caían edificios.
     Las altas azoteas, las almenas.
     La casa de los santos sacrificios.
     Moradas que yo vi ricas y buenas.
     Y luego el paso a Margarita:
     Y así barcos de Niebla y Juan Cabello
     Nos traspasaron a Margarita.

Atrás quedó lo que el sismo o el huracán dejó: ruinas. Aquel pueblo plantado, “voló por lo más subido / Mas apenas levantado / Cuando del todo caído”.

 

*Publicado el 23 de agosto de 1998.