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Se llamaba José Vicente Abreu, el comandante Capanga

José Vicente Abreu | Foto: Archivo El Nacional

José Vicente Abreu | Foto: Archivo El Nacional

José Vicente Abreu, sin echar mano de la ficción y sin rebuscamientos estéticos, dejó constancia, en “Se llamaba SN”, de uno de los episodios más difíciles de la Historia venezolana. Sus andanzas personales en la política anti perezjimenista y las múltiples persecuciones y encarcelamientos a los que fue sometido, lo convirtieron en protagonista de su propia novela

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Al Profesor Argenis Pérez H.

Si el hombre viene al mundo sólo para vivir y morir, la verdad es que yo, desde hace años le hubiera devuelto ese pasaje sin retorno a la Avensa del Cielo. Sin embargo, los poetas siempre tienen una razón para justificar ese tránsito. Jorge Manrique lo metaforiza con los ríos y la mar. Nuestro Vicente Gerbasi, con la Noche. (“Venimos de la noche y hacia la noche vamos”). José Vicente Abreu, en la noche más tenebrosa de Se llamaba SN, lo convierte en una metonimia de la tortura ascética, para luego alcanzar una mística de la dignidad humana. Ascetas y místicos fueron fray Luis de León y San Juan de la Cruz, respectivamente. Ambos sufrieron la tortura espiritual de la Inquisición española, José Vicente Abreu padeció la tortura física de una dictadura militar venezolana. Cuando el hombre es sometido a sufrir el suplicio y el martirio por otros hombres, uno no sabe de dónde saca valor para aguantarlos y luego purificarse místicamente en su castillo interior.

Yo conocí a José Vicente Abreu en vida. Y ahora sigo conociéndolo, después de muerto, a través de su obra. Y del recuerdo de sus familiares y amigos. Nacer en San Juan de Payara, Estado Apure, Venezuela, no es igual a nacer en Irlanda, Europa, el Universo, como James Joyce. Hay todo: todo un Atlántico, todo un océano imperial y de lenguas, de por medio. Pero la condición humana, de que hablaba André Malraux, es igualita en todas las latitudes y hombres de esta aldea global que nos postmoderniza. Antes era Dios quien unía la grandeza del Universo con la pequeñez del hombre. Ahora es un gringo, llamado Bill Gates, quien nos internetiza en sus redes de comunicación.

Un río como el Arauca

Los libros de Abreu son cojonudos. En uno de ellos, Se llamaba SN, hay una sesión de tortura en la que le ponen unos cables eléctricos a los testículos de torturado; y este viaja, del pasado al futuro, sin hacer escala en el presente. Ese chamo de Bill Gates jamás pensó que unos tipos, llamados Pedro Estrada, Miguel Silvio Sanz y Ulises Ortega, de Venezuela, se le adelantaran tanto en el arte de accesar a una persona por el infinito, sin drogarlo con un tabaco psicodélico o cibernético.

Vuelvo y repito, yo conocí a Vicente Abreu allá en Apure, cuando su familia vivía en el barrio Jobalito. Abreu nació para líder y para mártir. Aprendió con su padre, don Gabriel, el pequeño arte de la talabartería. Y con Raimundo Rodríguez, en el semanario El Espejo, la tipografía y el periodismo. Cuando llegó al liceo Lazo Martí, le echaba pebeco a Pedro Laprea, Abilio Porras, Betico Guzmán y al Cuco Solano. Después del golpe militar del 18 de octubre de 1945, Abreu se adequizó y dijo un archipiélago de discursos por todos los barrios y plazas de San Fernando. Ya consagrados los adecos en el poder, José Vicente recitaba, a través de los altoparlantes de la barbería de Mateo Naranjo, en la Plaza Libertad, los versos de El brindis del bohemio. Arnoldo Arana, el Cuca Vera, Rubén Darío González y yo, los comunistas de entonces, lo oíamos con admiración y respeto. Éramos cursis y a mucha honra. Porque detrás de Abreu estaban Arturo de Córdova, Pedro Infante y Pedro Armendáriz, las estrellas absolutas del cine de entonces. A José Vicente lo querían todas las mujeres, desde la Cabo Luis, que era un runche; hasta la virginal Josefina, flor del naranjal de Mateo.

 Cuando Abreu se vino a estudiar a Caracas, en 1947, se inscribió en el Departamento de Castellano y Literatura del Instituto Pedagógico Nacional y en recién abierta Escuela de Periodismo de la UCV, dirigida por Miguel Acosta Saignes. Para entonces no existía la televisión. Y la radio y el periódico eran los únicos medios de información, después del libro. Cuando Abreu regresaba a San Fernando, en vacaciones, era un libro abierto. Y nosotros, los ñángaras de la época, lo leíamos completico en el botiquín de Pelusa, frente al Cañito, un brazo del río Apure en San Fernando. Manrique, el poeta español, no estaba equivocado: “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”.

El río de la política es como el Arauca, angosto pero caudaloso. Después de la caída del gobierno democrático de Rómulo Gallegos (1948), Abreu se dedicó por completo a la vida política clandestina, porque la Junta Militar que gobernaba el país decretó la eliminación del Partido Acción Democrática. Sin embargo, muchos militantes leales organizaron la Resistencia, dirigida, con fina inteligencia, por Leonardo Ruiz Pineda. Y muy cercano a él, estaba José Vicente Abreu. Tras la eliminación gubernamental de AD, vino la del Partido Comunista. Y sólo quedaban como partidos de oposición al gobierno dictatorial, Unión Republicana Democrática y Copei.

Profesional de la lucha clandestina

El país se fue sumiendo, poco a poco, en el silencio y el miedo. La Seguridad Nacional, policía política del régimen, al mando de Pedro Estrada, desarrolló un plan de persecución, represión y eliminación, de corte fascista, que culmino con matanzas y atropellos en los campos petroleros y la colonia agrícola de Turén, Estado Portuguesa. La censura a la prensa y a la radio cortaba toda posibilidad de libertad de expresión. Sin embargo, circulaban clandestinamente dos periódicos: Resistencia de Acción Democrática y Tribuna Popular del Partido Comunista. Dentro de esos escenarios de trabajo, Abreu fue hombreándose más. Una vez lo vi, por El Paraíso, cerca del Pedagógico, vestido con una ropita de kaky, que le quedaba corta. En otra, cerca del Congreso, andaba con un traje de casimir inglés, cortado a la medida. Era todo un profesional de la lucha clandestina, con sueldo y todo, que vivía en una Venezuela diferente al país del Nuevo Ideal Nacional del gobierno. Y a quien los esbirros de la SN buscaban como “palito’e romero”, porque era la persona clave para capturar a Leonardo Ruiz Pineda.

Cuando lo hacen preso en un apartamento de San José, situado entre las esquinas de Calero y Desamparados, Abreu se convierte en protagonista de su propia novela, Se llamaba SN. Oscar Wilde definió una vez la novela, como la historia escrita por un hombre que no la vivió; o como la historia vivida por otro, que no la escribió. Se llamaba SN es la novela vivida y escrita por José Vicente Abreu, desde la noche en que el tuerto Matute, acompañado de seis esbirros de la SN, lo hace preso; hasta el día en que lo trasladan del campo de concentración de Guasina a la Cárcel de Ciudad Bolívar. Se llamaba SN es un gran testimonio literario sobre la vida en las cárceles de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez (1952-1958). La obra tiene como escenarios: la sede de la SN en la urbanización El Paraíso, Caracas; la sentina de la motonave “Orinoco”, donde trasladan a más de un centenar de presos políticos, en condiciones deplorables; el campo de concentración de Guasina, isla insalubre, situada en la desembocadura del río Orinoco, estado Delta Amacuro.

Ese testimonio novelesco tiene como genotexto unos “Apuntes”, que Abreu en pieza a escribir en Guasina; y el “Manifiesto de Guasina”, publicado en 1959. De muy buena fuente oí decir que, después del triunfo electoral de AD en 1958, adecos principales en el gobierno de Rómulo Betancourt, querían que Abreu, ahora militante del Partido Comunista, escribiera sobre los años de prisión dictatorial y sobre la resistencia política, porque así se magnificaba el partido Acción Democrática, muy desprestigiado entonces ante la juventud. Y para esto no había mejor enlace que el editor José Agustín Catalá, a quien Abreu le pide permiso para escribirle, desde la prisión, a su hija Beatriz Catalá. Esas cartas de amistad, con el tiempo, se convirtieron en cartas de amor. Y esa relación de presos, se transforma luego en relación de suegro y yerno; y al final, casi de padre e hijo. De allí que, cuando aparece la primera edición de Se llamaba SN en 1964, las apostillas históricas y referencias a pie de página sean de José Agustín Catalá.

La publicación del libro fue todo un acontecimiento histórico-político, así como editorial-literario. Todos los periódicos y revistas importantes hablaban de la obra. Y los críticos siempre caían en el problema del deslinde de la obra y del autor. Escritores de la estatura intelectual y ética de Juan Liscano, Guillermo Sucre, Jesús Sanoja Hernández, José Vicente Rangel y otros van al fondo y trascendencia de la obra, no obstante ser Abreu, para el momento, un escritor principiante. Sanoja Hernández, que conocía el temple esliniano de Abreu, dice: “Tras una luminosa descripción de la captura, Abreu relata las torturas a que fue sometido y luego el ambiente en los pequeños cuartos que hacían de celdas”. Así mismo señala el punto de vista del preso y torturado como “Un estudio sicológico directo, sin matices, acaso demasiado crudo, más cercano a Arráiz y a Pocaterra que a Malraux y Fucik, pero una realidad viviente como pocas veces antes en nuestra literatura” (Semanario Qué pasa en Venezuela, 7-8-64).

Cuatro letras

Juan Liscano, poeta y crítico de una lucidez laser, sin ninguna mezquindad, afirma: “Escribir bien consiste en poder hacerle sentir a los otros lo que pasa por dentro del que escribe. Y Abreu logra este propósito, no sólo con virtud literaria, sino también con sobriedad, con dignidad, con autenticidad”. Y finaliza diciendo: “Al terminar los relatos no pensamos: ­qué valientes son los comunistas o los adecos!, sino: ­de qué valentía es capaz el hombre, mi semejante! José Vicente Abreu, desde el fondo de su sufrimiento, nos dignifica a todos, simple y directamente” (El Nacional, 8 de agosto de 1964).

Se llamaba SN tiene, hoy por hoy, la edad de Cristo. Por inadvertida no ha pasado. Porque cuenta diez ediciones, de las cuales hay tres en lenguas extranjeras: una versión en ruso de 1968; otra en búlgaro del mismo año; y la tercera en alemán de 1969. Además tiene una versión cinematográfica. Se llamaba SN es una novela urticante para viejos y jóvenes políticos. Y de ciertos remordimientos para intelectuales exquisitos, pero chicuacos. En eso se parece un poco a la poesía del Chino Valera Mora (“Amenecí de bala”), a quien los de oficio y consagrados miran también con indiferencia y consideran que está por debajo de ellos. Abreu, por su parte, dejó que los exquisitos ladraran. El siguió en lo suyo. Lo único que cambió, circunstancialmente, fue el nombre de José Vicente por el de comandante Capanga, porque se enguerrilló con los ñángaras. De esa experiencia sale otra obra: Cuatro letras (FALN). Este Abreu no se parece a los presos y torturados que fueron Julius Fucik en Reportajes al pie del patíbulo y Henry Alleg en La tortura, combatientes de la resistencia checa contra los nazis y de la resistencia argelina contra los gorilas militares de Francia, respectivamente. Se parece más al André Malraux de La condición humana y las Antimemorias. Abreu vuelve a prisión. Pero tiene otro espíritu. Un día se le atraviesa Braulio Fernández, héroe desconocido de Alto esa Patria, hasta segunda orden y con él concibe Toma mi lanza bañada de plata, un discurso onírico-poético con el que le echa cal a la revista de Meneses, que lo consideraba “sin fábrica alguna de imaginación”. Con esa obra Abreu pasa las alcabalas del consciente y el subconsciente y flota en los cerdales del tiempo, como Gerard de Nerval en Aurelia.

Bajo la crítica

Hay dos notas revistéricas, que dicen y no dicen. Una viene sin firma, lo cual permite suponer que es responsabilidad del director-editor. Y entre otras cosas afirma lo siguiente: “José Vicente Abreu ha publicado un relato directo y severo sobre la resistencia clandestina contra el gobierno de Marcos Pérez Jiménez... El libro de Abreu es de los que dan la impresión de que fue escrito como una necesidad vehemente y apasionante, como una obligación, como una angustia de confesión que no se podía tener guardada... Es un libro importante, porque aparece como intacta experiencia, sin fábrica alguna de imaginación” (Revista cal –Crítica, Arte, Literatura–, dirigida por Guillermo Meneses, 28-8-64).

La otra nota viene firmada por el poeta y crítico Guillermo Sucre. Y apareció en Zona Franca, en la segunda quincena de septiembre de 1964. Sucre considera el libro de Abreu como "Un relato sencillo, directo, sin pretenciosas complicaciones técnicas, pero escrito con rigor y honestidad, atento a todas las implicaciones que encierran los hechos mismos que narran, nos ha dado una de las grandes obras sobre el período de la dictadura perezjimenista... Acaso muchos escritores de “oficio” mirarán con indiferencia el libro de Abreu. Muchos novelistas “consagrados” de nuestro país creerán estar por encima de él. Estos dos flashes encomillados por Guillermo Sucre anuncian la estricta y aguda crítica del autor de La máscara y la transparencia.

 

Las voces del silencio

Por Jesús Sanoja Hernández

Arrancaba aquel mayo lleno de presagios. Había pasado la hoguera de enero, con la huelga del transporte. Tribuna Popular, donde Abreu era jefe de redacción, había sido cerrada por un mes luego de pasar otros trece clausurada. Los debates en el Congreso, con suspensión de garantías y comparecencia de los ministros vinculados a la lucha antisubversiva, anunciaban algo.

Fuimos José Vicente y yo a Maiquetía a despedir a Gustavo Machado, “el general”, y a un dirigente regional del PCV –Donato Carmona– que un trienio más tarde engrosaría la lista de los “desaparecidos”. Cuando retornábamos, dos guardias nacionales nos detuvieron, aunque no por motivos políticos, sino por violenta discusión entre uno de ellos y José Vicente. José Vicente comenzó a recibir plan y, ante el asombro de los del Destacamento Móvil, se quitó la camisa y les gritó: “Den más duro, cobardes, que ya en Guasina me acostumbré”.

Dos o tres días más tarde vino la sorpresa por boca de Beatriz, su esposa imaginaría en los tiempos de prisión en la Cárcel Nueva de Ciudad Bolívar y de exilio en México, y su esposa por casamiento revolucionario desde 1958. “Vicente cayó en Carúpano”; fue la inesperada frase que llenó el auricular. Beatriz cuando se refería a Abreu, decía Vicente, y punto.

De Carúpano lo trasladaron a la misma cárcel orinoquense y cuando lo fui a visitar en agosto de aquel 1962, al entrar yo a la celda soltó una carcajada frente a alguien que nos observaba desde muy cerca. Le pregunté a qué diablos se debía tal arranque: “A que este –me contestó, señalando a Payares– fue mi carcelero en Guasina y ahora es mi compañero de calabozo”.

Dos años después, luego de haber sido trasladado al San Carlos, recibió el beneficio de “casa de cárcel” gracias a informe médico de Fernando Rízquez y gestión de Catalá, su suegro, quien lo aprovisionó de papeles, máquina y fe para que reelaborara lo que había escrito en su larga prisión de los años 50 y lo que la memoria le trajera como azote del tiempo. Así nació Se llamaba SN a mediados de julio de 1964. Gustavo, “el general”, estaba encarcelado y así seguiría hasta 1968, y yo trabajaba en el semanario Qué, donde publique mi primera reseña sobre su indetenible, desde entonces, obra literaria. ­¡Por fin José Vicente narraba en letra escrita lo que obsesionantemente narraba con verbo incontenible!

Acaso porque la novela era una requisitoria contra la dictadura de Pérez Jiménez y porque, simultáneamente, salía de imprenta cuando la democracia apelaba a métodos de represión parecidos, su éxito editorial fue instantáneo. Engrosaba así Se llamaba SN el número no despreciable de narraciones clasificadas acertadamente como literatura carcelaria. El antecedente más citado entonces fue, desde luego, Memorias de un venezolano de la decadencia, obra con la cual guarda algunas diferencias.

La de Abreu busca novelar el testimonio, en tanto la de Pocaterra busca documentarlo y convertirlo en proceso polémico. La de Abreu inventa algunos nombres para los personajes, como los de Luis Ramos (Luis Navarrete en realidad) y “el viejo José Martín” (José Martínez Pozo). La de Abreu se sitúa en una isla concentracionaria, Guasina, y en la vecina población de Sacupana, en tanto la de Pocaterra en el castillo Libertador, en la fortaleza de San Carlos y, fundamentalmente, en La Rotunda. La de Abreu se ubica cronológicamente en la década militarista y la de Pocaterra en los encadenados años de las tiranías de Castro y Gómez.

Son dos visiones testimoniales donde la primera persona se sumerge en la tercera voz de un grupo. Voz de excluidos, segregados, encarcelados, que desesperada y tal vez inútilmente trata de hacerse oír “en la Venezuela que vendrá”.

 

*Publicado el 31 de mayo de 1998