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Papel literario

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José Esteban, el que hizo llorar a Adriano

Adriano González León / Foto Sandra Bracho. Archivo El Nacional

Adriano González León / Foto Sandra Bracho. Archivo El Nacional

“Me contó Pepe Esteban que un día, en Barajas, mientras esperaban un avión, le refirió a Adriano detalles curiosos de las ‘Glosas Emilianenses”

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Una mañana de octubre de 1997 entré al café Lista, en Madrid, quizá ya desaparecido, para encontrarme por primera vez con un valerano que hacía tiempo ansiaba conocer y que la fortuna de estar en España y el bálsamo de las amistades comunes hacían posible que ocurriera. En la barra me esperaba con una sonrisa pícara, como si me conociera de toda la vida.

—Este es míster Perceval Jones –me dijo, sujetándome con cariño por un brazo–; espera a que Jimmy, el muchacho de los recados, le lleve la nota de amor a la señorita Wendy Barrows, su prometida. Mientras tanto, Compton, el mayordomo, le sirve el té de las cinco, y el malvado doctor Wallace, ambicioso abogado, intriga para arruinar la fábrica donde trabaja el honrado Stephen; honrado pero muy pobre.

Confundido, sonreí simulando entender aquello de lo que no tenía ni idea, así que él me señaló la pared que estaba frente a nosotros: sombreros de toda clase ocupaban el espacio; gorras de muchacho, boinas de obreros, bombines de discretos abogados, sombreros de copas de aristocrático brillo, graciosos tocados de señorita, historiados con coquetería; decenas de artilugios para cubrir la cabeza conformaban una curiosa colección, y era de allí de donde mi anfitrión sacaba la novela que había comenzado a contarme: cada sombrero era un personaje que se relacionaba con el otro como en un folletín victoriano que manaba de la inagotable oralidad con la que estuvimos deleitándonos toda la tarde-noche que pasamos juntos, que fue vivaz y breve y eterna y hermosa.

Todo el que lo haya conocido puede fácilmente identificar en esta breve anécdota al escritor con el que aprendí que también los sombreros son historias: Adriano González León, ese valerano de todos, lleno de pasión y de amor por la literatura y la vida, por los placeres del mundo y el gozo de la memoria. He conservado en la mía –y me parece que lo he escrito en otra parte– este recuerdo del día en que lo conocí en Madrid, y cada vez que encuentro a alguien que fue amigo suyo me apresuro a contarle esta historia, no sin orgullo y nostalgia. De esta forma fue como el otro día, conversando con mi amigo, el escritor seguntino José Esteban Gonzalo –un sabio que se define a sí mismo como paremiólogo pero que en realidad habría que ubicar entre los pantólogos, pues todo saber anida en él y anima su curiosidad incansable– supe de otra de las historias –la más dulce, quizá– que Adriano se empeñó en dispersar por el mundo para que las fuéramos recogiendo como migas de un pan sagrado, cántico de un escritor que se desbordó más allá de las palabras. Me contó Pepe Esteban que un día, en Barajas, mientras esperaban un avión, le refirió a Adriano detalles curiosos de las Glosas Emilianenses, esa recóndita cuna del español, y de las palabras propias de un incipiente castellano: tantum, siéculo, muito, feito, honore, plicare, lueco… De pronto, el valerano se hallaba arrasado en lágrimas.

—Aquel día Adriano lloró por la lengua castellana.

Sí; lloró por su belleza, por sus inicios, por la sencillez del nacimiento de nuestra lengua. El episodio debió de ser hermoso, como solo puede serlo el instante en que un niño entiende que habla; salvo –o además– por lo que ocurrió a continuación: un policía, alarmado por los gemidos, se acercó a los dos escritores y reconviniendo con severidad a Pepe lo interrogó: “¿Pero qué le ha hecho a este pobre hombre? ¿Por qué le hace llorar?”. A lo que Pepe contestó, azorado pero seguramente divertido:

—Nada, nada, oficial, yo no le he hecho nada a mi amigo, ni le he pegado ni lo he insultado; él llora por las Glosas Emilianenses.

El agente de la ley se habrá quedado estupefacto, testigo único y privilegiado de aquel día en que Pepe Esteban hizo llorar a Adriano González León recitándole palabras castellanas de tiempos olvidados.