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Jesús Sanoja Hernández: He luchado en contra y a favor de mis gustos

Jesús Sanoja Hernández / Archivo El Nacional

Jesús Sanoja Hernández / Archivo El Nacional

El 18 de enero de 1998, Papel Literario inició la publicación de la serie “50 imprescindibles”, extraordinario esfuerzo editorial conducido por ese hombre magnífico y versátil intelectual, que fue Jesús Sanoja Hernández. La serie recorre 500 años, de Cristóbal Colón a José Ignacio Cabrujas. La que sigue es la entrevista realizada a Sanoja Hernández, curador de la selección, y que entonces fue publicada como preámbulo a la serie. A partir del próximo domingo, durante 50 semanas consecutivas, se publicarán los trabajos uno a uno.

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−Quisiera pedirle que comente, con la mayor libertad, algunas de las obras y algunos de los criterios que utilizó para armar esta antología.

−Hemos tratado de incluir cincuenta libros, unos en un sentido, otros en un sentido diferente. Es indiscutible que la historia de Venezuela comienza con la gente que viene de afuera; y desde luego, el primer punto de referencia es Colón, que toca punto venezolano en Macuro en agosto de 1498, es decir, hace cinco siglos. De allí vienen autores tan preclaros como Humbolt, antes Oviedo y Baños, Juan de Castellanos y más tarde, en la mitad del siglo XIX, gente como Codazzi, que todavía después serán repetidos con gente como Adolfo Ernst. Es decir, que en una primera época, el concepto de extranjería en Venezuela es más bien de nacionalidad. Fue la gente que fundamentó los criterios de transposición de la cultura centroeuropea o eurocéntrica más bien, a nuestro país, la que empieza a hacer la crónica, el cuento, y en definitiva, la historia de Venezuela.

Después viene una segunda categoría, catalogables como los que fueron los fundadores de la nacionalidad. No ya en plan de conquista, mucho menos de descubrimiento, ni tampoco de colonización. Son los de esa generación constituida por Miranda y Bolívar, quienes crean una obra extraordinaria. Algunos haciendo la guerra y haciendo la fundamentación constitucional de la República; y otros, como Bello y Miranda –que emigraron por causas que no vienen al caso−, que además de ver el país desde adentro, lo ven desde afuera, y lo ven desde una dimensión que llamaríamos ahora ‘Iberoamericana’. Bello construyendo desde Londres su gran visión latinoamericana, tanto en la poesía como en el periodismo, y luego en Chile desde el punto de vista legislativo, y sobre todo dándole una base a Latinoamérica que lo enlaza con España, fundamental en cuanto a la unidad del país conquistador y los países conquistados, a través de la gramática castellana. Eso es una obra trascendental y desde luego imprescindible en esta mención.

Entonces, esta es una segunda visión de los venezolanos que uno diría expatriados, pero que tenían un sentido de patria y de patria grande, mayor que el de muchos de los que quedaron acá, porque dieron la visión fuera del país de lo que era este continente primero descubierto y luego conquistado, y que iba a emerger con una gran fuerza a través de la guerra de independencia. Los otros fueron los que en el proceso republicano, desde 1830 hasta ahora, fueron forjando un tipo de literatura, de historiografía, de reflexión propios, dentro del mismo país. Bueno, también dentro de estos “expatriados” está Baralt, hombre que llegó a ser una figura importantísima dentro de España. Y bueno, entre los que se quedaron aquí, a pesar de que algunas veces viajaron al exterior y tuvieron misiones diplomáticas, hay hombres de tan alta condición como Fermín Toro, quien siendo conservador, tuvo un pensamiento muy avanzado en las décadas del cuarenta y del cincuenta (siglo XIX). Su pensamiento sobre la ley de 1854 y su intervención en la Convención de Valencia son hitos dentro de la historia republicana, que estaba en un momento tan turbulento y difícil.

−¿Están reflejados en su selección los grandes conflictos políticos y militares del siglo XIX?

−Se incluyeron autores fundamentales para analizar el siglo XIX venezolano como lo son Juan Vicente González, cuya biografía de José Félix Ribas tiene un tono novelístico por lo emotivo de la narración, la exaltación de la tipología de este conductor de juventudes, y por el conocimiento histórico que tenía Juan Vicente González, muy memorizado. En el terreno de la poesía está Pérez Bonalde, una figura de excepción quizá solamente comparable a Bello. Por último, para cerrar el siglo XIX, no podemos olvidar a una figura como Arístides Rojas −a quien Enrique Bernardo Núñez, uno de los excepcionales del siglo XX, llamó “el anticuario”−, uno de los más extraordinarios recopiladores de la tradición venezolana, pero con un sentido narrativo tan abierto y tan fresco que tú no lo puedes clasificar dentro de ese sentimiento del pasado irrescatable, sino de un pasado en función de transformación y de ver cómo una ciudad −y este el caso de las crónicas de Caracas− que va evolucionando a través de instituciones y personajes.

−Así llegamos al siglo XX. ¿Qué cambio hubo en nuestra literatura con la instauración del régimen gomecista?

−Ahí fue cuando, yo creo, el ensayo, el artículo periodístico y los trabajos polémicos que habían sido las características notables de nuestro siglo XIX, y que se redujeron a comienzos del siglo XX entre el castrismo y el comienzo de Gómez, retoman categoría a través del positivismo −la tercera generación positivista en realidad−, y se convierte, a diferencia de lo que fue en el siglo XIX, una controversia entre liberales y conservadores, en la literatura oficial. Es increíble y de nuevo paradójico que los mejores ensayos que se producen durante el gomecismo sean para justificar al gomecismo y no para desmoronar al gomecismo. Al gomecismo quienes lo intentan desmoronar son los folletines, los libros polémicos, la literatura que se hacía en el destierro, a través de pequeños folletos o de revistas y periódicos. Pero el ensayo como tal, durante el gomecismo, es en defensa del sistema o modelo gomecista.


La Venezuela mítica

−Revisando su selección, específicamente la que corresponde a los siglos XIX y XX, ¿el lector encontrará más literatura que resiste al status o a los regímenes políticos, o es más frecuente encontrar un espíritu que se adhiere al orden imperante?

−El siglo XIX es de pura discusión, de grandes polémicas y controversias, que enfrenta a regímenes. Y además, muy cambiante. Algunas veces a favor del régimen y otras veces en contra, lo que refleja el estado de caos y revolcones continuos, y refleja también la gran influencia de Europa en nuestros procesos de discusión, de una libertad de prensa algunas veces sometida a la represión, que sin embargo sale a flote otra vez con los cambios de regímenes. En El pensamiento Político del siglo XIX, editado por la Presidencia de la República cuando estaba Ramón J. Velázquez en la Secretaría de la Presidencia de Betancourt, las polémicas entre conservadores y liberales llenan tomos y tomos y tomos: Juan Vicente González, Tomás Lander, Felipe Larrazábal, Antonio Leocadio Guzmán. Eso es una riqueza increíble, publicada en periódicos de la época que eran voceros de los partidos y que se expresaban con una vehemencia increíble. Eso no sucede en el siglo XX hasta el año 36.

–¿Cuál es el destino de este movimiento con la llegada del gomecismo?

–Más que una censura de prensa, llegó una represión política que anuló toda posibilidad de expresarse en la prensa. Con Castro comienza, en el año 1903, una represión absoluta. Hasta el año 1902, más o menos, hubo prensa como La Linterna Mágica o El Pregonero, que hacían resistencia y que incluso nacionalistas como los del Mocho Hernández, utilizaban para polemizar. Pero eso, después de la liquidación de la Revolución Libertadora, se acabó. Gómez dio un espacio al comienzo –el mismo que dan todos los regímenes que están recién instaurados y que les sirve para calificar al régimen anterior como dictadura–,  la libertad de prensa y de organización que parecía ilimitado, a finales de 1908 y durante el primer semestre de 1909. Entonces aparecieron periódicos con grandes discusiones, como por ejemplo El Día y Sancho Panza, pero inmediatamente vinieron los actos de prisión de periodistas por razones de libertad de conciencia y de expresión, la clausura de periódicos, y ya en el año 1913, con la liquidación de El Pregonero, que era un periódico que llamaríamos hoy barco-guía dentro del periodismo venezolano, el régimen se cierra, y lo que tenía voz editorial, tanto en periódicos como en libros, es el pensamiento del gomecismo, que era positivista.

–¿Piensa que es posible detectar algún elemento o característica en común, si no en todas las obras, por lo menos en una apreciable mayoría?

–Creo que hay un hilo rojo que une todo y es la búsqueda de un país real. Es el caso de los luchadores políticos que vienen de la Independencia, pasan por Gómez, y que ya en los últimos tiempos se expresan en novelas como las de José Vicente Abreu. Es la búsqueda del país real y del país utópico. Américaera el continente de la utopía, y dentro de América, Venezuela lo era. Lo es desde su nacimiento. Cuando los conquistadores vienen, vienen con las utopías, los mitos, y los trasladan todos. El mito de El Dorado es el mito de los argonautas; el de las amazonas ya existía; el de la eterna juventud, también. Es decir, toda la mitología que había creado el mundo occidental es trasladada mentalmente, así como son trasladados los nombres de la flora y de la fauna a América.

Al lado de esa búsqueda realista del país hay la búsqueda utópica del país. Esa es la búsqueda de los cronistas, que le añaden a los pedazos de realidad inmensos aires de irrealidad, de imaginación. Crean seres que no existen, crean unos paraísos que no son tales, y eso existe incluso en el plano político con la Guerra de Independencia. Esa fue la gran utopía, la idea de que la libertad consistía en separarnos del yugo español. Después viene una larga etapa de encontronazos que corresponde al siglo XIX, y en toda ella hay la búsqueda de una Venezuela real, concreta, realizable, y de una Venezuela irreal y hasta irrealizable.

 

¿Ramos Sucre o Andrés Eloy?

–Hablemos de las obras que no entraron por razones de cupo, es decir, que le hubiese gustado incluir.

–Bueno, yo creo que la Historia de Venezuela, de Baralt, debía haber entrado y no entró, y no entró, te voy a decir por qué razones. Se necesitaba ir construyendo a pedazos, con varios autores, la historia de Venezuela, y no de un solo golpe a través de un autor, para que hubiese posibilidades, diversidad de opiniones. Por eso, para una etapa un poco posterior a la que cubrió Baralt, incluí el libro de Díaz Sánchez sobre Guzmán y su ambición de poder, que es un libro importantísimo para comprender el desarrollo entre 1850 y el propio gobierno del hijo de Antonio Leocadio Guzmán. En ese mimos periodo caben estudios muy importantes como caben estudios muy importantes como los que hace Codazzi desde el punto de vista geográfico. De esa manera queda excluido Baralt, no por redundante, sino porque hay quienes tratan los temas de una manera más específica, o porque hay varios periodos que forman parte de su obra, que están representados por la voz de sus protagonistas: Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Humbolt, Oviedo y Baños, Juan de Castellanos y Cristóbal Colón.

–Finalizar una lista de 50 imprescindibles de un periodo de 500 años debe ser una tarea compleja, siempre bajo el acecho de su propio gusto. ¿Cómo lo manejó?

–Bueno, yo he luchado contra mi gusto y a favor de mi gusto. A mí me ponen a escoger, por ejemplo, entre Ramos Sucre –que me gusta extraordinariamente como poeta–, y Andrés Eloy Blanco –sobre el que tengo muchas reservas, especialmente sobre su poesía más divulgada–, y desde luego escogería Ramos Sucre. Pero no puedo dejar de escoger a Andrés Eloy Blanco, porque él llenó un espacio en la Venezuela viva que no llenó Ramos Sucre. Ramos Sucre es, como decía alguien, un autor postrero, es decir, heredable por las generaciones que vinieron después. Andrés Eloy fue un poeta vivido por su propia generación y aún trasladado por mucho tiempo hacia las generaciones posteriores. Porque transmitió un sentimiento que en la época del gomecismo era muy estimable, del poeta digno, del intelectual honesto, cuestión que no se veía en Ramos Sucre, porque Ramos Sucre no era valorable en ese sentido. Ramón Sucre estaba dedicado a su poesía y a su oficio en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y después a la diplomacia a la cual no le dio mayor importancia, como no fuera la de servir bien. Pero no era punto de referencia como lo fue Andrés Eloy, que venía de ganar un premio por Canto a España. Resulta que este hombre, que venía de ser premiado por la monarquía española y por los pensamientos muy petrificados desde el punto de vista literario de la España de entonces, reaccionó a tiempo.

Pocaterra sospechaba de él y decía: allá va Blanquito a hacerle honores al gomecismo que lo va a recibir con toda la parafernalia–, pero él se pone del lado de los muchachos del 28, da la batalla, y se convierte en lo que llaman poeta del pueblo. Ramos Sucre, que jamás pudo pretender ser poeta del pueblo, de golpe se convierte en un poeta muy admirado, desde que Carlos Augusto León escribe en 1944, Las Piedras Mágicas, y después que Juan Calzadilla escriben artículos el año 1955 y 1954. Ramos Sucre es un poeta, no del pueblo sino un poeta de los que tienen valor universal. Algo parecido a lo que ha pasado con Julio Gamendia, en menor escala, y de lo que podría pasar con Enrique Bernardo Núñez dentro de la novelística.

–Menciona a Andrés Eloy Blanco: quisiera preguntarle por a presencia de lo popular en esta selección.

–Ahí he tenido yo enormes vacilaciones y cavilaciones. Enormes. Y hay una exclusión allí que parece monstruosa, que yo no hubiera querido cometer, y es la de Leoncio Martínez, quien dentro del humorismo y el periodismo venezolano, incluso dentro del teatro, del dibujo y la pintura, es lo que llamaríamos la descartable. Ahora, como fue escogido el libro de Boulton para la historia de la pintura, y como para los asuntos del humorismo hay un contemporáneo suyo llamado Job Pim –que no ha sido suficientemente valorado y que en ese terreno del humorismo en verso y del llamado humorismo es más rico que Leoncio Martínez–, yo me propuse llevar a Job Pim, que tiene además la tradición familiar de los Pimentel en la lucha contra en gomecismo y también anterior en la vida política venezolana del siglo XIX. Graves y agudos, que es una selección donde se alternan lo serio con lo humorístico, poemas de la cárcel con poemas humorísticos de primera categoría. Hay una edición española de su poesía completa, de su obra completa, casi mil trescientas páginas en papel biblia, donde está toda la historia de Venezuela y del mundo desde 1913 hasta el momento en que murió Job Pim, en los años 40. Allí está narrada toda la vida cotidiana de Caracas. Boxeo, deportes, plazas, borrachos, bares, puterías, crímenes, todo eso está en Job Pim, y para mí es el que influye mayormente en Aquiles Nazoa. Por eso, al meter a Job Pim, excluyo con mucho dolor a Leoncio Martínez, y excluyo como humorista, también con mucho pesar, a Aquiles Nazoa, a quien le doy puesto con Caracas, Física y Espiritual.

Fíjate que la selección es un sistema de sustituciones y de relegaciones: como no incluyo el libro clásico sobre Caracas, que es Caracas, la ciudad de los techos rojos, de Enrique Bernardo Núñez, porque de Núñez me interesa más bien su libro sobre Cipriano Castro, por se él el primero que escribe seriamente sobre Castro: El hombre de la levita gris. Esto a su vez excluye a un libro extraordinario sobre Castro que es Los días de Cipriano Castro, de Picón Salas, que es Suma de Venezuela.