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Jesse, nuestro hombre en New York

En el contexto del Mes de la Fotografía, en el pasado mes de noviembre se inauguró una individual de Jesse Fernández, en la Maison d’ Amèrique Latine, en París. Las instantáneas también han sido reunidas en un libro: Tours et détours, de La Havane a París. Reproducimos aquí el texto que BenAmí Fihman escribió para el catálogo de la exposición

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El habanero Jesús Fernández adoptó el nombre de Jesse cuando, estudiante recién llegado a los Estados Unidos, en plena Guerra Mundial, se dio cuenta de que necesitaba un camuflaje para abrirse paso en aquel nuevo destino. Veinticinco años más tarde, reencarnado en una leyenda desportillada que circulaba entre el restringido cenáculo de artistas cubanos desterrados en New York, se deleitaba explicando las razones del cambio nominal que lo introdujo en la intimidad de tantas americanas que los campos de batalla europeos y las aguas del Pacífico habían dejado disponibles y dispuestas. Entre aquellos pocos actores, intelectuales, músicos y cineastas en desgracia, que exigua o insignificante ubicación habían encontrado en Manhattan ­Jedu Mascoreto, Natalio Galán, José Antonio Arcocha, Pedro Yánez y Orlando Jiménez entre otros­, Jesse era el único neoyorkino de antes (y mucho antes) de Castro. Fumaba cigarrillos ingleses Player’s, se surtía de pan en Vesuvio, la eterna pastelería de Prince Street, y bebía whisky Cutty Sark. A esas alturas, cuando nos conocimos a través del entonces encargado del departamento español de Rizzoli en la 5ª Avenida, por donde pasaban Salvador Dalí, James Dickey, Manuel Puig, Juan Liscano, Emir Rodríguez Monegal, Mario Vargas Llosa et alia, un halo enigmático no exento de controversia circunstanciaba su poco castizo apelativo. El librero en cuestión, José Antonio Arcocha, trovador surrealista cuya calva y prominente cabeza hizo que el fotógrafo lo bautizara el Marciano, se complacía en añadir perlas al rimero de anécdotas que ornaba el mito devaluado de un pícaro llamado Jesse Fernández.

Hagiógrafo oficioso, había relevado en ese rol a Guillermo Cabrera Infante que lo ejerciera con mayor sonoridad y volumen desde finales de los años cincuenta, pero que acababa de encontrar asilo en la distante y silenciosa Londres.

Dos lustros atrás, en La Habana, para el periodista y crítico cinematográfico cuya novela Tres Tristes Tigre slanzaría más tarde al estrellato literario, Jesse, una de cuyas instantáneas, bajo seudónimo, ornaba la portada del libro, había sido la envidiable representación del artista neoyorkino que bateaba en la grandes ligas del reporterismo gráfico, léaselas páginas satinadas de la reverenciada Life. Para esa revista terminarían haciendo juntos un reportaje a la bailarina Alicia Alonso, tarea sobre cuyas peripecias epilogaría décadas después en el volumen autobiográfico póstumo Cuerpos divinos. Previamente, en misión de prensa, Cabrera Infante se había dejado deslumbrar por el dominio de la ciudad que, ágil y desenvuelto, demostraba el verdadero "peatón de New York" que era el as de la cámara habanero. Un divertido e irreverente baquiano para quien Manhattan, el lugar en el que se había formado y forjado, era pivote y plataforma, y desde el cual, en la hora histérica del macartismo, había alzado vuelo nupcial ala recóndita Medellín, donde adquirió una Leica M4 y aprendió a sacar fotografías.

Esa sería la década prodigiosa que evocaría con el paso del tiempo, de vuelta en la nacedcity y convertido en una fábula desatendida (y desdentada) del exilio cubano. El año de 1952 lo había visto aterrizar en la capital de Antioquia porque allá había sido enviada su mujer estadounidense, ejecutiva de una firma de cosméticos. Ahí se incorporaría a la agencia de publicidad Época y se toparía con los desconocidos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y el ejecutivo español Luis Zuleta, que hubo de reencontrar apenas en 1979, en el vernissage de su primerísima exposición fotográfica en Bogotá. Prueba de que el interés por la iconografía no se había apoderado aún del futuro retratista, García Márquez esperó el lejano 1978 para entrar en el objetivo de Jesse Fernández.

Entre sus negativos sólo conservará testimonios de la vida anacrónica, rural y provinciana de un país ensimismado e infinitamente fotogénico para los ojos de un neoyorkino enamorado del blanco y negro. Atracción semejante sentiría cuando desde Estados Unidos, contratado por Visión, un semanario en español de circulación continental, visite Guatemala a la que, habiéndole puesto la vista y apuntado el diafragma a sahumerios e inciensos indígenas en Chichicastenango, definiría como "el Tibet de América". A la sazón, cuando empezaba a ser presa de la pasión de cazador de inteligencias y saltimbanquis, también descubriría México donde se apodera de las imágenes del idolatrado cómico Cantinflas, del casi inédito Carlos Fuentes y de la curvilínea cabaretera Tongolele, quien no habría escapado a las horizontales argucias del seductor llegado del norte. Como había captado en La Habana natal en 1956 la figura encorbatada y melancólica del rollizo y esotérico escritor José Lezama Lima, inmortalizado en un modesto expendio de cerveza, indiferente a los lupanares del vecindario.

Todo culminó y se vino abajo con Fidel Castro, de quien salió huyendo después de haberlo seguido por varios meses durante 1959 en un número de inquietantes empresas secretas, según le gustaba contar: cuando no a buscar al popular caudillo revolucionario Camilo Cienfuegos, extraviado en un avioneta solitaria, era a sorprender el desembarco de una invasión dominicana al filo de la madrugada en medio de una refriega armada. Cubierto por un subterfugio, abandonó la isla, y por ende el suplemento cultural Lunes de Revolución, para reinstalarse bajo el cielo despiadado y protector de Manhattan, habiendo escarmentado del ejercicio del reporterismo en el centro del
maelstrom de una revolución
violenta y convencido de que aquel oficio conspiraba contra el lienzo y el papel sobre los que deseaba volver a pintar y dibujar como había aprendido con Georges Grosz. Se propuso abandonarlo, salvo el caso del retrato espontáneo y aleatorio que le brindaban las calles de la urbe, de Harlem a Chinatown y del Hudson al East River,al fiel caminante que era. Al fin y al cabo había conocido a Marcel Duchamp en la Casa Moneo, una tienda de abarrotes, y a Dalí le había tendido una emboscada para cortarle un manubrio de los famosos bigotes en una de esas galerías que recorría con método y disciplina todas las semanas.

En cuanto a la plumilla y el pincel, los concentrará con dedicación y manía en la calavera humana, el reiterado motivo de la tradición europea de las vanidades.

Poco menos así había ocurrido con Jorge Luis Borges en 1969. Una primera foto de 1961, en la que aparece el argentino cruzado de brazos como un alumno premiado junto a la anciana madre que interroga la cámara en un sofá de la habitación de hotel donde se alojara el literato, ninguno de cuyos libros se había traducido en Estados Unidos aún, fue tomada con luz ambiental y sin fotómetro, en la forma en que había nacido en el lente, ajena a cualquier artificio, según el credo por el que se rigió siempre. También así las posteriores tomas nocturnas después de un recital en la YMHA cuando, recién casado senil, el enigmático ciego buscaba un lugar donde restaurarse en la avenida Lexington ­con "una deliciosa sopa norteamericana" ­ y Jesse, seguido por Arcocha, se ofreció a acompañar a la pareja perdida hasta un gélido comedero de fórmica y neón. Igual que las del poeta venezolano Juan Sánchez Peláez a contraluz, la tarde invernal en que se conocieron, en la penumbra del exiguo estudio del East Village que Fernández compartía con una maestra francesa, veinte gatos y, entre muchos libros, un surtido de bibelots macabros, lúdicos o devotos, japoneses o mexicanos, por los que tenía debilidad. Y hasta aquellas en las que el práctico de New York, a la que asimilaba a una mina a la que se accedía por el sofocante y metálico subway, se propuso describirla: igual el rostro de un pasajero desconocido que mira al vacío tras el vaho de la ventana de un vagón de la línea Jamaica Queens, reproducida por la publicación gremial
Infinity, que las grotescas
ánimas en pena que poblaban sus cafeterías insomnes.

Sin renunciar al alias norteamericano, Jesse abandonó Manhattan a comienzos del siguiente decenio, dedicándose de lleno a pintar en San Juan de Puerto Rico y luego en Madrid, y despojándose simultáneamente del inglés neoyorkino y del dejo cubano al hablar que trocaría por un acento peninsular guardado en las despensas de la memoria de una infancia asturiana. Y será por la vía del arte, gracias a una galería española que lo expuso en la FIAC de 1976, que se aventurará a París donde, reincidiendo en el matrimonio, eligió domicilio definitivo. Una tarde en que nos habíamos dado cita durante esa breve visita inicial, mientras me mostraba con sigilo y orgullo la dirección del filósofo anotada en un papel, me preguntó si conocía a Emile Cioran. Subimos los interminables siete pisos del 21 de la rue de l’Odéon y tocamos sin anunciarnos. En el vano de la puerta, Cioran nos miró con la sorpresa de quien se enfrenta a un par de asaltantes pero, inesperadamente, en lugar de repudiarnos, nos invitó a pasar. El encuentro se prolongó dos jubilosas horas.

En un momento, el rumano observó con ironía que a pocas cuadras, en la rue Toulier y en el edificio donde Rilke da inicio a
Los cuadernos de Malte Lauris Bridge, el terrorista venezolano
Carlos había asesinado a dos agentes de los servicios franceses de inteligencia el año anterior. Al final de la conversación, el autor del
Tratado de podredumbre se
percataría de la presencia de la M4 que, a defecto de pistola, el mayor de aquellos intrusos llevaba bajo el brazo y con la que ya le había disparado un buen número de descargas.

Pasados los meses, surgiría una entrevista para El Nacional, dando pie a otra sesión de pose, consentida en esta oportunidad. En una de las estampas originales, ante su escritorio, Cioran luce víctima de un atentado, en otra, lograda durante la visita ulterior, en el florero puesto sobre una mesa a mano izquierda del ensayista, una rosa íngrima y sola habla de Rilke. Sin premeditación, pero resultado de ese reflejo taurino del que Jesús Fernández abusó en el oficio y en la vida.