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Iván Bunin recuerda a Maiakovski

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“Asistí a una muy concurrida velada con motivo de la apertura de una exposición de pintura finlandesa. ¡Como si hubiéramos estado entonces para cuadros! Pero resultó que sí. Que el momento era propicio. Se esforzaron por reunir a un número abundante de gente en la inauguración, y allí apareció «todo San Petersburgo», encabezado por algunos nuevos ministros, célebres diputados a la Duma, y nadie hacía otra cosa que implorar a los finlandeses que mandaran a Rusia al diablo y vivieran como les viniera en gana. No sabría definir en otros términos el júbilo que desataron los discursos en los que se hablaba del «alba de libertad que comienza a brillar sobre Finlandia». Y desde aquel lujoso palacete donde se desarrollaba todo aquello, situado precisamente junto al Campo de Marte, volví a ver la vergonzosa infamia funeraria en que lo habían convertido. Más tarde, asistí a un banquete en honor a los propios finlandeses, otro acto solemne celebrado después de inaugurada la exposición. ¡Dios mío! ¡De qué manera tan coherente y significativa se entrelazó todo lo que ya había observado en San Petersburgo, merced a la homérica ignominia en la que acabó desembocando aquel banquete! En él se reunieron las mismas personas que acudieron a la exposición, es decir, «la flor y nata de la intelligentsia rusa»: pintores célebres, artistas y escritores, altas personalidades, ministros recién nombrados y un alto representante extranjero, a saber, el embajador de Francia. Sin embargo, el poeta Maiakovsky se las apañó para sobresalir por encima de toda la concurrencia. Me senté junto a Gorki y Gallen, el pintor finlandés. Maiakovsky comenzó por acercarse a nosotros; sin que mediara ninguna invitación, colocó una silla entre las nuestras y se puso a comer de nuestros platos y a beber de nuestras copas. Gallen lo miraba alelado, como probablemente habría mirado a un caballo, por ejemplo, que alguien se hubiera traído a la sala en la que transcurría el banquete. Gorki se carcajeaba. Opté por apartarme, y Maiakovsky se percató de mi gesto.

–¿Me odia? –me preguntó alegremente.

Con total ecuanimidad, le respondí que no, que eso habría sido concederle un honor demasiado grande. Ya abría su bocaza para hacerme alguna otra pregunta, cuando se puso en pie el ministro de Asuntos Exteriores para pronunciar el brindis oficial, y Maiakovsky se abalanzó hacia él, sentado justo en mitad de la mesa. Llegado allí, se encaramó a una silla y pegó tal grito que el ministro se quedó lívido. Un instante después, ya recuperado, el ministro comenzó: «¡ Señores!». Pero Maiakovsky soltó otro chillido, todavía más agudo que el anterior. Y el ministro, tras un tercer intento, igualmente infructuoso, no tuvo otra que abrir los brazos a modo de disculpa y tomar asiento. En cuanto se hubo sentado, el embajador francés se puso de pie. Evidentemente, tenía el convencimiento de que aquel patán ruso moderaría sus ínfulas ante un embajador de tamaña potencia. ¡No podía estar más equivocado! Maiakovsky lo hizo enmudecer con un nuevo y más potente mugido. Y eso no fue todo. El embajador se quedó estupefacto al ver que la sala en pleno era arrastrada a una delirante y salvaje ordalía: contaminados por Maiakovsky, los presentes comenzaron de pronto a dar gritos y a pegar patadas contra el suelo y puñetazos contra la mesa. Reían, aullaban, ladraban, gruñían y ¡apagaban las luces! En medio de todo aquello, se escucharon de pronto, dominando el estruendo, los sollozos de un pintor finlandés, parecido a una morsa cuidadosamente rasurada. Algo bebido ya, mortalmente pálido y evidentemente conmovido hasta lo más profundo de su alma por aquel exceso de brutalidad contra el que necesitaba expresar su protesta, comenzó a gritar con todas sus fuerzas, mientras le brotaban las lágrimas, una de las pocas palabras rusas que conocía:

–¡Estoes demasiado! ¡Demasiaaado! ¡Demasiaaado! ¡Demasiaaado!

Hubo aún otra celebración en San Petersburgo por aquellos días: el arribo de Lenin a la ciudad. «¡Sea bienvenido!», le saludó Gorki desde su periódico. Y bien que vino Lenin, en calidad de nuevo pretendiente a la herencia. Y sus pretensiones eran muy serias y confesas. No obstante, le recibieron en la estación con guardia de honor y banda de música y le permitieron instalarse en una de las mejorescasas de San Petersburgo, sobre la que, naturalmente, no tenía ningún derecho.

«¿Demasiado?». Habría que verlo... Porque estábamos en plena orgía y los únicos que se mantenían sobrios en medio de aquella locura eran, precisamente, los Lenin y los Maiakovsky.

El cíclope Polifemo se disponía a zamparse a Odiseo, cuyas errancias lo habían llevado a caer en sus manos. Lenin y Maiakovsky (a quien proféticamente llamaban Idiot Polifémovich en sus años escolares) compartían con el cíclope una abundante voracidad, y la agudeza de visión en apenas un solo ojo. Durante largo tiempo, todos los tomaban por meros payasos de feria. Mas no había sido por gusto que Maiakovsky se había denominado a sí mismo «futurista», es decir, hombre del futuro: indudablemente, el polifémico futuro de Rusia les pertenece a ellos, los Lenin y los Maiakovsky. Maikovsky supo presentir visceralmente cómo acabaría la orgía a la que Rusia se había entregado aquellos días, así como la facilidad con que Lenin acallaría a todos los tribunos, desde el balcón del Palacio de Kshesinskaya. Y en efecto, la contundencia del último fue mucho mayor que la ensayada por el propio Maiakovsky al mandarnos al diablo a todos los asistentes al convite en honor de Finlandia”.

 

Fragmento de “Días malditos (Un diario de la Revolución)”. Editorial El Acantilado, España, 2007.