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Inventario vegetal de un país. Henri Pittier y el "Manual de las plantas usuales de Venezuela"

Henri Pittier

Henri Pittier

Desde su llegada a Venezuela en 1917, Henri Pittier, con espíritu explorador, recopiló muestras e informaciones de plantas propias del país. En ocho años logró aumentar en más de 2 mil el número de especies conocidas, y a su muerte, en 1950, en el Herbario Nacional –creado por él mismo– las especies conocidas sobrepasaban las 15 mil. No solo se interesó por descubrir día a día la flora: también el “comportamiento” de entidades ecológicas rivales –como el bosque y la sabana– sirvió al científico para reflexionar sobre los peligros que supone la deforestación

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–Señor, usted ha llegado tarde, porque ya Humboldt, Vargas y Ernst dieron a conocer toda la flora venezolana...

Así fue como alguien, muy bien enterado (!), comentó la actividad de recopilación de muestras botánicas que Pittier estaba realizando para formar un herbario nacional. En efecto, todos los miles de muestras de plantas recogidas por Humboldt y Bonpland habían ido a herbarios europeos; todas las colecciones del doctor Vargas y de Fermín Toro se habían perdido a causa de la humedad y los insectos, y lo mismo había sucedido con las de Adolfo Ernst.

De los discípulos de este eminente profesor alemán, que implantó en la Universidad Central el Estudio de las Ciencias Naturales, hubo tres que mantuvieron alto el interés por las plantas. Primero, José Antonio Rodríguez López, como profesor de Botánica; en segundo lugar, Lisandro Alvarado, dedicado a la tarea de recopilar los nombres populares de las plantas, y en particular Alfredo Jahn hijo, quien metódicamente, como complemento de su actividad de geógrafo, geólogo e ingeniero civil, realizaba colecciones botánicas a lo largo y ancho del país.

Cuando Henri Pittier se estableció en Venezuela en 1917, a los 64 años de edad, estos hombres inmediatamente hicieron causa común con él. Además, con el paso de los años, todo el herbario de Jahn fue incorporado al que Pittier, subrepticiamente, estaba organizando en la trastienda del Museo Comercial, al lado de la Casa Amarilla. En efecto, este científico comprendió que la única forma para que la investigación de la flora nativa echara bases firmes en el país, era creando un herbario nacional, complementado por una bien surtida biblioteca especializada, de modo que ambos sirviesen como fundamento y puntos de referencia para las investigaciones posteriores. Lograr estos dos objetivos fue su labor más decidida, desde el principio, y así, durante largos años, recorrió incansablemente el país, para hacer un inventario de su flora y recopilar informaciones acerca de los usos de las distintas plantas. La magnitud y eficiencia de este trabajo se comprenderán, si pensamos que cuando Pittier se estableció en el país, se conocían científicamente 3.997 especies botánicas, y ocho años más tarde ese número llegaba a 6.034, representado por unas 10 mil muestras.

El pragmático Pittier

En cuanto a la biblioteca del herbario, la comenzó con sus libros personales.

Además de su actividad profesional, Pittier convenció a las autoridades para que becaran a varios jóvenes y los mandaran a estudiar en el extranjero disciplinas relacionadas con la agricultura y la veterinaria.

A falta de otros candidatos idóneos, se hizo cargo, durante algunos años, del Observatorio Cajigal, donde, cuando entró la primera vez, encontró, una cabra amarrada y una gallina empollando en un aparato de precisión.

Para aunar esfuerzos en favor de la ciencia, creó la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales, entre cuyos primeros miembros se encontraban varios antiguos discípulos de Ernst; y fundó también el Boletín correspondiente, convertido en órgano divulgativo de las investigaciones científicas realizadas en el país. Como dijo Francisco Tamayo, “Pittier no era un científico que andaba por las nubes”, sino que en toda actividad botánica buscaba lo que más interesaba por sus propiedades alimenticias, medicinales y económicas. Esto, por lo demás, era fundamental para motivar al gobierno a dictar leyes en defensa de los bosques, que estaban siendo quemados y dilapidados ante la indiferencia de las autoridades. Le dolían, entre todos, los que cubrían la Cordillera de la Costa entre Maracay y el litoral caribe, donde tantas especies nuevas o muy raras había encontrado y, que tras la muerte de Gómez, estaban siendo invadidos por campesinos y diezmados por leñadores y carboneros. En este sentido, celebró como un verdadero éxito personal que el general López Contreras, por sugerencia suya, los pusiera bajo la protección del Estado decretando el Parque Nacional de Aragua, que luego se llamaría Henri Pittier.

Al mismo tiempo, para estimular en la gente el interés por las plantas, además de sus clases de botánica en la Universidad, Pittier organizó cursos libres para el público general.

Toda esta actividad de investigación y divulgación científica comenzó en 1920 con la publicación del Esbozo de las formaciones vegetales de Venezuela, con una breve reseña de los productos naturales y agrícolas. En 1926, tal ensayo fue incorporado al Manual de las plantas usuales de Venezuela, al que siguió, en 1939, el Suplemento. En 1970 la Fundación Eugenio Mendoza reunió esos dos trabajos y los editó en un volumen con prólogo de Francisco Tamayo, justamente el que utilizaremos en nuestro análisis.

El trabajo empieza con una relación histórica de las investigaciones botánicas en Venezuela; la cual incluye, en forma resumida, un cuadro de la cantidad de plantas, agrupadas por familias inventariadas en Venezuela para la fecha.

El “Esbozo de la distribución de las plantas en Venezuela”, primera sistematización completa de las regiones vegetales venezolanas con las plantas más características que crecían en ellas.

Una terminología inextricable

Una vez más vale la pena insistir sobre la circunstancia de que ese estudio de Pittier no es meramente científico, sino que a cada paso procura hacer alguna consideración práctica para el bien público. Por ejemplo, presenta la sabana y el bosque como entidades ecológicas rivales que se disputan el terreno, y en forma tal que una vez que la sabana se impone, es muy difícil que vuelva a aparecer el bosque. De aquí Pittier saca conclusiones sobre la necesidad de evitar la deforestación, por la degradación general que eso produciría en el país.

Luego Pittier se dedica de lleno al tema de las “Las plantas usuales de Venezuela”, a las que por sus características clasifica en alimenticias, forrajeras, medicinales, fibrosas, oleaginosas, gomíferas y resiníferas, ornamentales, maderables y de usos varios. La sección de plantas medicinales termina con una larga lista sistematizada de las plantas más conocidas y sus propiedades médicas, al igual que la sección de plantas maderables.

Al entrar a la “Enumeración de las plantas usuales de Venezuela”, lo hace por orden alfabético ateniéndose al nombre popular. De cada especie suministra una breve ficha, donde indica la familia botánica a la cual pertenece, su nombre científico y, cuando los hay, otros nombres populares de la misma especie en diferentes regiones del país. Describe sus rasgos principales, precisando su distribución y, por último, sus propiedades más sobresalientes.

Cuando trata de plantas cultivadas, como el café, el algodón, el mango, el cambur, etc., el autor enumera en detalle todas las variedades presentes en el país, y da sugerencias para obtener un mejor rendimiento en esos cultivos.

En cuanto a sus fuentes de información sobre los usos medicinales de las plantas, además de los datos de primera mano que obtuvo él mismo en el trabajo de campo, se sirve del padre Gumilla y del padre Caulín, y especialmente de la obra en 4 tomos de Renato de Grosourdy (El médico botánico criollo, París, 1864).

Por lo que respecta a los nombres populares, Pittier utilizó profusamente el Glosario de voces indígenas, y el del bajo español de Venezuela del Dr. Lisandro Alvarado, quien, por cierto, fue mentor de Pittier y le consiguió el cargo de director del Museo Comercial. Alvarado es autor del prólogo de la edición de 1926, y en él destaca el hecho de que Pittier, con su trabajo, logró “fijar también una confusa terminología vulgar que parecía inextricable”. Esta circunstancia, a nivel rural, no tiene mucho interés, pero “cuando se trata de productos de exportación nacional, o de informaciones comerciales a lejanos países, la confusión es cosa de evitar”.

El libro, en su forma original de 1926, terminaba con un índice de los nombres científicos y la bibliografía, pero en la edición de 1970 incluyó el Suplemento de 1939, que ponía al día la historia de las exploraciones botánicas en Venezuela. Pittier, para entonces director del Servicio Forestal del Ministerio de Agricultura y Cría, sugería la conveniencia (“sería de justicia...”) de que los exploradores extranjeros dejaran en el herbario nacional “una parte de los materiales recogidos”. La parte final de esta edición estaba dedicada, por una parte a los factores que influyen sobre la distribución de las plantas en el país, su historia geológica y las formaciones vegetales en detalle, junto con las especies típicas de cada ambiente; y, por otra, a los posibles usos de las plantas, todo lo cual se cierra con una lista de los árboles maderables y de diverso uso representados en el herbario nacional, nuevas fichas de plantas por nombre popular, el índice de nombres científicos y la bibliografía.

 

El legado de Pittier

La obra de Pittier no concluyó con su muerte, sino que sus antiguos colaboradores del Servicio Forestal, sus discípulos y otros investigadores extranjeros y nacionales, prosiguieron y profundizaron la labor por él comenzada, a tal punto que en la actualidad se estima que en Venezuela había unas 17 mil especies botánicas distintas.

El Herbario Nacional, que en 1950, a la muerte del sabio, registraba unas 15.600 muestras, en su sede actual del Jardín Botánico de Caracas posee unas 300 mil, sin contar otras 100 mil más que se encuentran en el depósito y en proceso de montaje e incorporación. No es tampoco el único herbario del país, sino que en Caracas hay otros dos -el de la Fundación La Salle y el de la Facultad de Farmacia de la UCV-, y 13 más en distintas ciudades del país.

Se crearon, además, 7 jardines botánicos. Y sobre todo, Venezuela en la actualidad luce una hermosa corona de 42 parques nacionales y monumentos naturales que resguardan diferentes ambientes ecológicos. Se creó conciencia acerca de la necesidad de proteger las cabeceras de los ríos y manantiales, se controló (a veces con excesivo celo...) a todos los que coleccionan muestras botánicas en Venezuela, y se les exigió depositar una serie de sus colecciones en el Herbario Nacional. Se registraron asimismo todas las plantas decorativas, especialmente las orquídeas, que se exportan del país.

La biblioteca fundada por Pittier ha ido en aumento; se edita una decena de revistas especializadas y se han publicado, o están en proceso de publicación, varios estudios monográficos de distintas familias botánicas, de la flora de una que otra región de Venezuela, y muy apreciados estudios ecológicos que dan la pauta, inclusive, para trabajos parecidos en otros países.

Pittier no aró en el mar, sino que la semilla que él sembró ha germinado y se ha vuelto un saludable árbol que está produciendo mucho fruto. Debemos volver, entonces, al Manual de las plantas usuales de Venezuela, para preguntarnos el porqué de su impacto.

 

Henri Pittier y el parque así llamado

Por Jesús Sanoja Hernández

Francisco Tamayo, llevado por pasión discipular, escribió, como también Tobias Lasser, acerca del maestro y su obra, y llegó a decir, tal vez con exageración tolerable, que “todo el mundo culto, o en vías de serlo, posee este libro, a la mano, en su mesa de trabajo, en los anaqueles de los despachos oficiales, en las facultades y escuelas universitarias”…

Pittier se radicó en Venezuela cumplidos los 62 años, cuando entraba a la annonitas, que en él y en Venezuela se trocó en ancianidad creadora. Años antes, en 1913, había visitado por vez primera al país en plan de asesor de una escuela de agricultura, pero conflictos de ocasión lo obligaron a tornar a Washington, en cuyo Herbario Nacional trabajaba. Sus ideas eran novedosas y de alta calificación científica, como quedaría demostrado durante su intensa labor desde 1919 hasta la hora de su muerte, en 1950, cuando andaba por los 93 años, que no es poco decir.

En 1900 un lego en la materia, pero consumado polígrafo, Blanco Bombona, había propuesto a Castro que limitara a las universidades a dos o tres para así dedicar el dinero sobrante a la fundación y mantenimiento de colegios de Agronomía y Mineralogía, pues Venezuela era país “agrícola y minero”. En verdad, lo primero lo era plenamente entonces, mientras lo segundo lo sería, por coincidencia, a lo largo de la radicación de Pittier en Venezuela.

Aunque los primeros cargos oficiales de Pittier fueron los de director del Museo Comercial, y posteriormente, del Observatorio Cajigal, el centro de sus actividades fueron la botánica y el conservacionismo. En 1931 fundó la Sociedad de Ciencias Naturales, así como su Boletín; en 1936 pasó a la dirección del Servicio Forestal del MAC y un año antes de su muerte fundó la Estación Biológica Rancho Grande.

El nombre del notable naturalista y botánico quedó grabado en la mente del venezolano común gracias al Parque Nacional Henri Pittier, el primero que se creó en el país, hace más de sesenta años. Últimamente, con el auge del turismo y de los desarrollos urbanísticos, han surgido brotes polémicos en torno a la conservación y uso del parque, que hasta 1953 se llamó Rancho Grande y cuya extensión es de 107.800 hectáreas.

El dilema planteado no es fácil de resolver (o turismo ecológico o turismo masivo), pues los partidarios del primero constituyen una minoría consciente y los del segundo, siendo mayoría, apuestan al presente sin medir las consecuencias ambientales en no lejano plazo. Recientemente, Alberto Fernández Badillo advertía acerca del peligroso “empeño del gobierno del estado Aragua de desarrollar un turismo masivo en el Parque Nacional Henri Pittier”, y denunciaba los proyectos que, con el lema “la Costa de Oro”, promueven la construcción de hoteles, cabañas, carreteras, así como “el desarrollo de lotes y hasta acueductos que interceptarían las aguas de las quebradas”.

Por el frente contrario, la Fundación Tierra Viva adelanta el “Proyecto Pittier: Parque, Hombre y Cacao”, cuyos fines son, al de sir de sus animadores, la promoción del conocimiento ambiental, la protección del Parque Nacional y la organización comunitaria. Este febrero se cumplen 61 años de la creación del Parque Nacional de Rancho Grande, y próximo el carnaval se oyen voces de lamentación de los pobladores de Choroní y Puerto Colombia. Lo que es alegría para los visitantes, para ellos es tormento.    

 

* Publicado el 22 de febrero de 1998