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Insinuando a Paul Desenne

Paul Desenne / Manuel Sardá

Paul Desenne / Manuel Sardá

Compositor y profesor del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, se perfila como uno de los exponentes más revolucionarios de la música académica del siglo XXI

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Paul Desenne nació en Caracas en 1959. En 1985 obtuvo el Premio de Violonchelo, de la mano de Pierre Fournier, al ser el primero de su promoción en el Conservatorio Superior de París. ¿Por qué este instrumento? Responde con una anécdota: a todas las familias checas –como es el caso de su familia materna– les corresponde un chelista, acaso como resultado de un ajuste espiritual perpetrado por Antonin Dvorak. Compositor y profesor del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, se perfila como uno de los exponentes más revolucionarios de la música académica del siglo XXI.

El ejercicio que le propuse consistió en ensayar una entrevista en las partes del mismo nombre en que fue compuesta su breve Sinfonía burocrática y amazónica (2006), interpretada en 2012 por el New Juilliard Ensemble.

La leçon

Los deseos en el escenario musical de Paul Desenne fingen no ser primitivos y el resultado es una elegante cosmogonía de ancestros rivales. Somos testigos de la insinuación de una transparencia cuyos deberes semánticos registran los colores locales y una tradición dispersa por el mundo. Sospecho que la verdadera trascendencia consiste en recibir sin prejuicios lo que hay de frívolo o inmanente en esta música. No se resistan: la sinfonía recrea al mundo cuando el lenguaje ha renunciado a sus propias astucias.

—¿Qué historia te cuentas cada vez que compones algo?

—Si concebimos el escenario musical como un teatro, las obras altamente polifónicas, estratificadas como la Sinfonía burocrática y amazónica son entonces dramaturgias sonoras: los instrumentos dialogan construyendo una trama. La melodía simple es un monólogo, aunque la acompañen mil violines, pero un instrumento solista puede fragmentar su discurso, encarnar simultáneamente varios personajes. Existen dos polos opuestos: narración y expresión. Cuando interactúan dos o más expresiones se crea una escena y se comienza a contar una historia. Siempre prefiero ese polo al de la mera “expresión”. Nada más triste y malo que vaciar el alma en público. Prefiero construir siempre, distanciarme del lirismo hueco. Cada pieza es un piccolo teatro.

Anaconda

Pero la sinfonía no es un artefacto definitivo: si Mahler la definió como la creación de un mundo, en la selva de Paul Desenne estos animales mortíferos engañan mejor por sutiles y placenteros, acaso trayendo por memoria alguna costumbre humana. Madurez es dejar de tener miedo a la hora de cazar. Mentira. Madurar es temer a la trascendencia de un instante.

—¿Cómo crees que el público recibió tu propuesta en El reto? ¿Por qué no abriste la pieza con el siempre bien ponderado “Pajarillo”?

—No conozco la gama de reacciones que suscitó El reto, muchas buenas, pero dudo que la mera estructura musical haya sido lo único en juego, siempre hay alguna lectura política o guiada por prejuicios estéticos. Quise que la entrada del Diablo en el contrapunteo fuera lasciva, diabólicamente mutante; en lugar de utilizar el “Pajarillo” frenético que revienta telones, inventé una estructura libre que oscila entre golpes de seis y guarachas, una suerte de cabaret o burdel llanero. Diablo es diablo. La esencia de mi versión de la obra de Arvelo es la libertad: usar toda la paleta orquestal y estilística para lograr una ópera venezolana, con todo y sinfonía introductoria, pieza fundamental en la estructura del drama. Repito lo que he dicho en ocasiones: no es folklore, no es “música autóctona” ni recopilación, es una ficción compuesta dentro de los lenguajes de nuestra cultura musical híbrida. Remito a los textos de Borges sobre literatura gauchesca.

Guasarana

La melancolía y la ternura de esta música obtienen de sí una consciencia del fin de los tiempos, del fracaso humano, sí, humanos todos, embutidos en nuestra flojera tropical. Pero esta consciencia del fin no llora, no reza, no pide ser salvada. Tan sólo demanda más paisaje, se resigna con el orgullo de haber puesto la técnica a su servicio. Ranitas, diría Desenne, la guasa de la rana. De paso, reconoce que leer a Eliot ha dejado un rastro en su estilo.

—Cada quien tiene su versión sobre los alcances de El Sistema, sobre todo en estos días en que sus representantes más queridos se han visto cuestionados por su cercanía al régimen. ¿Cuál tu versión?

—Mi posición ha sido muy clara con respecto al Sistema de Orquestas, institución que pronto cumplirá ocho lustros. Si los gobiernos de turno hacen un mal uso, o abusan de la buena voluntad y de la pureza espiritual de los niños, del esfuerzo y la abnegación de generaciones de profesores dedicados al progreso musical y no a la política, el pecado de utilizarlos con fines de propaganda, de obligarlos a figurar de tal o cual manera, recae en ellos. Todo el mundo lo sabe, lo siente. Una institución tan trascendente, con tan impresionante hoja de vida, cuyo funcionamiento depende a tal punto de fondos públicos, no posee margen de maniobra ni tampoco voz en un debate político transitorio que nada tiene que ver con la cotidianidad de cientos de miles de niños que gozan del funcionamiento constante, impecable, de ensayos, cursos y conciertos. Puertas adentro, la política no existe ni tiene relevancia alguna en El Sistema, de hecho hay gente de todas las tendencias trabajando impecablemente bajo un mismo techo.

Bananera

Acaso lo que hacemos es una forma de aproximarse al ruido, evidenciar un encierro o intentar nitidez. El mapa celeste de esta república bananera está condenado a mostrarnos un circo de ínfulas, de payasos gordos y animales flacos, de sistemas económicos donde los países vecinos salen ganando mientras uno colecciona muertos y consignas. Somos un circo de consignas. ¿Usted de verdad quiere quedarse aquí para siempre?

—¿Por qué alguien decide ser compositor en Venezuela?

—La respuesta no tiene especificidad geográfica. Si el gusto por la composición comienza en la infancia, como fue mi caso, imaginando fantasías en espacios virtuales, íntimos (como en cualquier forma de escritura), progresivamente, debido a la estructura del “negocio” (que no es negocio), se convierte en el ejercicio casi involuntario de una tiranía: yo decido lo que vamos a tocar, todos deben obedecer al pie de la nota. Los intérpretes clásicos son, como en la pieza de Pirandello, personajes en busca de un autor (y ya tienen muchos para escoger); pero el compositor vivo, a medida que crece su obra y su apetito sinfónico, se convierte en autor en busca de una multitud. Su proyecto debe vencer mil barreras: la duda del programador, del director, los errores de lectura, la restricción de ensayos, la incomprensión del público, el rechazo a la novedad, la fuerza de las costumbres, el peso de la Historia y sus obras maestras... La pregunta pertinente debería ser: ante la indiferencia del “mercado musical” ¿por qué continuar siendo compositor de música de concierto, en todo el planeta?

Death Of The Automobile

La tarea de orquestar les exige al compositor, al intérprete y al público que derriben los legados de la sordera espiritual, mientras reconstruyen un lenguaje y un mundo que pierden sus astucias. Después de varios siglos, el esfuerzo estético de una partitura continúa moldeando a los hombres en el paraíso de las insinuaciones, como así mismo lo haría la invención de la novela. Burocráticas y amazónicas, solo resta cuestionar las comodidades establecidas.

—¿Qué proyectos tienes para el resto del año?

—Los proyectos, en lo estrictamente musical, son muy numerosos: terminar un CD de creación compartida con Alonso Toro, terminar un cuarteto de cuerdas, una sinfonía didáctica, una ópera, un concierto para chelo y orquesta, caprichos para chelo solo, quinteto de vientos, sonata para violín y piano, sinfonía para maderas, tantas cosas. Pero el proyecto más importante es transmitir este mensaje: sin creación musical hoy (y por creación no entiendo solamente escribir sino también interpretar), en el futuro no tendremos pasado que recordar, será magro y feo. El riesgo gigantesco que asume el creador lo deberían compartir empresarios, programadores, directores, mecenas e instituciones. Sin un Diaghilev, sin una baronesa de Noailles, sin un Monteux, olvídense de Stravinsky y la Consagración de la primavera.