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“Increíble experiencia”

Toda experiencia es,en sí misma, generadora de versiones, interpretaciones, revisiones

Toda experiencia es,en sí misma, generadora de versiones, interpretaciones, revisiones

“Increíble experiencia” es, a menudo, la fórmula sumaria que sustituye el esfuerzo de narrar

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Con esta frase, en programas de radio y televisión, los invitados despachan las preguntas de los entrevistadores: “Increíble experiencia” es, a menudo, la fórmula sumaria que sustituye el esfuerzo de narrar. Músicos que hablan de lo ocurrido en un concierto, productores que comentan el balance del encuentro que organizaron, deportistas que intentan explicar la hazaña recién alcanzada, artistas que cuentan un intercambio con el público fuera de lo corriente: todos comparten esto: una dificultad para verbalizar la experiencia.

“Increíble experiencia” opera como un cliché: indiscriminado, reduccionista, negador: ¿qué significa que fenómenos tan distintos puedan ser etiquetados del mismo modo? Algo parece estar ocurriendo: lo llamaré una-deficiencia-de-la-vocería. Un atasco en el pensamiento que impide abordar o profundizar en lo vivido. Como si los voceros no estuviesen habilitados para hablar de sus propios asuntos. Como si no pudiesen ahondar en ellos mismos, en el universo de lo propio, convertido en cosa ajena o irreconocible. Como si lo que llamamos “experiencia” fuese una dimensión de la imposibilidad, carente de relato y de una reflexión sobre ese relato.

Toda experiencia es compleja, polivalente, ambigua, inagotable. En sí misma, es generadora de versiones, interpretaciones, revisiones. La experiencia humana tiene justo esa naturaleza: una potencialidad que la hace inagotable. Es eso que puede revisitarse, reinventarse, reconsiderarse. La experiencia resiste toda versión final. Al contrario, está siempre en estado de espera, porque aguarda una nueva oportunidad, una próxima interpretación.

Afirmar queuna experiencia es increíble equivale a despojarla de su materialidad, de su historicidad, de su posibilidad narrable. El adjetivo no la destaca, ni la revaloriza: lo que se dice de ella es que no-puede-creerse. Que puede ponerse en duda, como si la experiencia no perteneciese a lo real. Cuando se dice que lo ocurrido es “increíble”, es como si se autorizara al interlocutor a poner en duda lo escuchado. Como si quien habla de su increíble-experiencia, no se realizara en ella.

El que la trama de la experiencia sea sustituida por un adjetivo, es decir, que se la degrade a tópico, a práctica o conocimiento no legítimo, nos devuelve al vocero, al titular aparente de la experiencia. Y digo aparente, porque ha sido él mismo quien la ha desnaturalizado. Al decir que se trata de algo que-no-puede-creerse, le ha arrancado su fuerza testimonial. Se ha inscrito, tal es la voluntad de su palabra preferida (increíble), en el descrédito de nuestros tiempos, lo que no sólo ratifica el empobrecimiento de la experiencia anunciado por Benjamin, sino que el relato mismo, su formulación cotidiana, parece experimentar una cierta precariedad, un cierto desmayo.