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El polvo de los muertos, lo propio de nuestra literatura

“El polvo de los muertos”, Norberto José Olivar

“El polvo de los muertos”, Norberto José Olivar

En esta obra de Norberto José Olivar “la ficción se encuentra constantemente con la realidad en los paisajes de la –ya no– tan recóndita Latinoamérica”

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Resignado a la vida solitaria y llena de excusas, Alexandre Marion Projarov escapó del voraz comunismo soviético y ha venido a refugiarse en Venezuela. Aprende el castellano e intenta imitar las costumbres para pasar desapercibido; aun así no consigue la calma. Debe enfrentarse constantemente a las vecinas entrometidas que lo acusan de espía comunista. Por suerte para él, logra convencerles de su inocencia el tiempo suficiente para salir de la ciudad y emprender su viaje. Encuentra su lugar en las playas de Maracaibo, en un porche angosto donde se sienta a leer la prensa por las mañanas. Projarov es un tipo tranquilo, apático, algo extraño y en extremo misterioso. Se convertirá pronto en el enemigo de la muerte, del olvido, convirtiéndose en su furtivo cazador, de sombrero y armado, como en los westerns que tanto adora.

Relatada en forma graciosa y muy marabina, la novela de Norberto José Olivar, El polvo de los muertos, nos transporta a la Venezuela de la post-guerra, réplica de la situación en la que comunistas y capitalistas se repudiaban a muerte –aunque no tanto por convicción sino por cumplir con las expectativas de Estados Unidos– y los espías merodeaban a escondidas por los confines del mundo perseguidos por todos, o por nadie. Por aquellos días –y por estos también– la batalla era en las sombras, cargadas de secretos y crímenes sin respuestas. Es el ambiente perfecto para las historias de Olivar; esta en particular, la de un soviético persiguiendo a la muerte en los confines de la calurosa Maracaibo.

El polvo de los muertos es una pantalla de humo. Olivar narra la historia de Projarov, de Benjamín y Boscare, y del jefe Wilhelm, sin darnos muchas pistas de sus pasados, muy a propósito, para que podamos perseguir a los personajes mientras intentan develar el misterio de sus muertes; esto es, del olvido. Poco a poco nos arroja pistas escondidas entre las líneas que descifrarán el final, incompleto e impredecible, por supuesto. Será para el lector, que acompañará a Projarov, una búsqueda de la verdad, de todas ellas, “porque existen muchas, y todas parciales, contradictorias”. Es algo más que una novela: es una metalectura sobre la muerte y sobre nuestros muertos.

La muerte es la protagonista intrínseca de este drama criminal. Es el mensaje intencional del autor y por el que se mueven los personajes. Projarov se encuentra atrapado en la historia de la muerte y el olvido, los antagónicos: sus enemigos. No se trata de descifrar el misterio, ni de conocer el pasado, o de completar el plan de venganza del ruso, sino de leer entre líneas: hemos de entender de dónde viene el polvo de los muertos. “La muerte es olvido”, nos deja Olivar; el polvo es lo que queda, los recuerdos, lo que revive a los muertos y los mantiene a nuestro lado. El polvo nos impide olvidar y nos libera de la muerte.

Esta no es una narración cualquiera. Va más allá. Norberto Olivar convierte su historia en un diálogo –entre los personajes, sí, pero sobre todo entre el lector y el narrador, o los narradores–. Es un juego también para Olivar que se transforma en omnisciente y protagonista, en tercera persona, testigo, y en primera, cómplice de los saltos de la historia. Es Olivar quien se divierte más con este juego que intenta no “monopolizar al lector”, según explica en una de sus líneas; pero que complica ­–más de lo necesario, quizá– la trama de Projarov.

Cuando alcanzamos las últimas líneas en cada capítulo, echamos en falta algunas oraciones que nos expliquen mejor lo que sucede. De vez en cuando incluso debemos obligatoriamente volver a leer, de escuchar al que narra. ¿Será también intencional? Es decir, finalmente así son la mayoría de las conversaciones en nuestro mundo: del vaivén de razones, muchas veces incompletas, que nos hacen preguntarnos y repreguntarnos sobre los hechos. Olivar busca reflexionar sobre la muerte y ha encontrado la manera de involucrar en la escritura maneras de dialogar con el lector pues esta es nuestra mejor herramienta, incluso en la reflexión. Por eso entramos en su juego, nos unimos al café que toman los protagonistas y los narradores a lo largo de esta peculiar novela.

Magia y realidad

El polvo de los muertos es un constante recordatorio de la identidad regionalista de Olivar. Es marabino, primero, escritor, historiador, profesor…segundo. Y que no lo olvidemos. No sólo sus historias se encuentran en la cálida ciudad zuliana, si no que sus personajes son los típicos que conseguiríamos caminando por las esquinas de los barrios maracaiberos también fuera de la ficción.

Leer a Olivar es como leer a García Márquez –guardando las distancias, claro–: la ficción se encuentra constantemente con la realidad en los paisajes de la –ya no– tan recóndita Latinoamérica. Son pueblos y ciudades calurosos, con personajes aparentemente reales pero imaginarios; fieles creyentes y practicantes de la magia típica de nuestra herencia mestiza, la africana y la indígena especialmente, que protagonizan estas historias fantásticas que nos dejan al mismo tiempo la sensación de que podrían estar contándonos hechos reales. Es lo propio de nuestra literatura; lo propio de Norberto José Olivar en El polvo de los muertos.