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Humboldt y los Autodidactos Criollos

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El salvaje americano no sedujo tan sólo literariamente al europeo. Si es arquetipo de incontaminada bondad en Rousseau, y arranca la simpatía de un escéptico como Montaigne, y provoca la exaltación romántica de Saint Pierre y Chateaubriand, seduce en la realidad, en el directo trato personal, tanto por su figura física como por su inteligencia, a sabios como Humboldt. Ya frente a la isla de Coche, los primeros indígenas que ve no son raquíticos ni desgarbados especímenes, antes bien, estos guaiqueríes se le figuran estatuas de bronce. Uno de estos guaiqueríes sube a bordo del «Pizarro», donde venía Humboldt, y se ofrece como práctico. Era indio tan inteligente como honrado, para quien ni los rumbos y tesoros del mar, ni la flora y fauna terrestres habían pasado inadvertidos. Los había estudiado empíricamente, y les había arrancado muchos de sus secretos: es él Humboldt indígena. Se llamaba Carlos del Pino. Durante dieciséis meses acompañaría a Humboldt y a Bompland en sus investigaciones. El sabio europeo considera un «azar venturoso» el haberse encontrado con el sabio guaiquerí. Ciencia de observación primaria, resultado del propio esfuerzo y del oral legado de conocimientos experimentales adquiridos por los antepasados aborígenes.

En las costas de Araya, Humboldt encuentra un zapatero castellano. Conoce la formación de la sal por los rayos del sol y de la luna, los signos anunciadores de sismos, los indicios para el descubrimiento de minas, las plantas medicinales, los libros santos. Este zapatero tendrá el orgullo de su propio talento y de ser de la más pura raza castellana, porque de ello se envanece, pero en cambio aprecia más un pasaje de Job que todos los tesoros terrenales. Lección de sabiduría. Saca de su morral un puñado de perlas, y las regala al viajero. «Diga usted que un miserable zapatero de Araya le regala, porque las desprecia, esas perlas, que en Europa se tienen como objetos de valor», son, más o menos, sus palabras.

Al llegar a Calabozo, Humboldt desea conocer y estudiar los gymnotes o anguilas eléctricas, o simplemente, tembladores. Se pone en comunicación con don Carlos del Pozo. Este lo invita a visitarle. Del Pozo prepara una sorpresa al sabio: consigue un temblador, y con un alambre ata su cola a la puerta de la sala. Cuando Humboldt toca la aldaba de la puerta, para entrar, recibe una descarga eléctrica que lo tumba. Luego, repuesto, exclama: «Muy bien, he conocido los efectos primero que la causa». Pero la mayor y verdadera sorpresa de Humboldt fue el haber encontrado en Calabozo un gabinete de física tan completo como el de un profesional europeo: máquina eléctrica de grandes discos, electróforos, baterías, electrómetros. Don Carlos del Pozo los había fabricado, sin haber visto un modelo, sin consultar con nadie. Apenas había leído el Tratado de Sigaud de La Fond y las Memorias de Franklin. El día en que se escriba la historia de las ciencias en Venezuela, ha escrito don Agustín Aveledo, habrá de formar capítulo aparte este hombre verdaderamente extraordinario. No es simple curiosidad experimental la de don Carlos del Pozo; ciudad tan azotada por las tempestades como Calabozo, le debe a él los primeros pararrayos. Lección de esfuerzo solitario, pero también lección de desprendimiento nos da don Carlos. Impresionado por el saber de don Carlos, Humboldt escribe a la Corte de Madrid solicitando se premie a tan singular y meritorio súbdito. Accede el gobierno español, y deja en libertad a don Carlos para elegir un destino: se contenta con el de Administrador de Propios, o sea, de las Rentas Municipales de la localidad.

En la sociedad caraqueña que Humboldt conoce, en 1800, brillan el fino trato social, la preocupación e interés por cosas de literatura y política. No hay periódicos. Pero hay un Sanz, y en torno a él, Montenegro, Roscio, los Ustáriz, los Montilla, Salias, García de Sena, Maya; y otros más jóvenes: Bello, José Luis Ramos, Gual, Muñoz Tébar. Hombres de ciencia, propiamente, «representantes de la ciencia del Cosmo», como con expresión característica dice Arístides Rojas, sólo encuentra uno: el Padre Puerto, franciscano, informado de la astronomía de la época, y quien, desde su claustro, hacía los cálculos necesarios para un almanaque venezolano.

La Universidad está con sus latines y con su escolástica. Que dentro del claustro se conociera ya a Descartes o Newton, por atestiguarlo trabajos académicos, cierto; pero de ahí a la ciencia experimental mediaba largo trecho. Si en la misma España las Universidades estaban rezagadas con respecto a las demás de Europa, ¿qué podíamos nosotros aspirar? «La España tiene al presente, en Química, tres hombres de primer rango», señala Humboldt, y esos hombres son: el profesor Proust (francés), don N. Fernández, don Juan Manuel de Areyula. Humboldt recomienda crear aquí dos cátedras: una de Matemáticas (mecánica, arquitectura rural, fortificaciones) y otra de Química o Física experimental. «Química aplicada a las artes» es lo que se necesita en la provincia. Necesitamos entonces, y después, y ahora, eso mismo: hombres de ciencia criollos, que promuevan nuestro progreso, sin dependencia extranjera: físicos, geólogos, astrónomos, ingenieros hidráulicos venezolanos. Por la necesidad de una ciencia experimental, por escuelas técnicas de artes y oficios, por la formación de trabajadores especializados, clamará, a mediados del siglo, Cecilio Acosta. Todavía en 1936, Alberto Smith, como Ministro de Educación, se planteará estos mismos problemas.

En algún pueblo del interior hay siempre un joven que no se contenta con su vivir rutinario de empleado comercial o de oficinista; algunos ahorros ha de tener para encargarse algunos libros de ciencia experimental, de industria doméstica, de elementos de electricidad, que lo inicien en conocimientos de los que el país sigue urgido. No bastan las letras. El exceso de literatura en un país rico sólo en apariencia, pero pobre en verdad, porque no tiene gente científica ni técnicamente capacitada para administrar sus empresas, puede llegar hasta ser un mal.

Pero es que tampoco hay exceso de letras donde muchas veces las letras no son tales, sino también apariencia de las mismas.

En algún pueblo del interior habrá siempre obreros deseosos de su perfeccionamiento espiritual y manual. El libro, por su divulgación moderna, es hoy la más activa universidad. No olvide ese obrero algunas reservas para adquirir esos libros, así sean de tan elevado precio en el país. No se olvide dotar a las Bibliotecas Populares de Manuales de artes y de oficios, de tratados científicos fundamentales, y no llenarlos exclusivamente con literatura, y más si ésta es de simple frívola recreación.

Don Carlos del Pino, el Humboldt indígena; don Carlos del Pozo, calaboceño de adopción; el Padre Puerto, el franciscano, nos dan el ejemplo de su esfuerzo en el pasado, de su singular vocación científica, no vencida por el medio.

Las únicas puertas que nunca están cerradas son las de nuestra voluntad. Nuestra voluntad de aprender, en bien de nuestro perfeccionamiento moral, de nuestro propio aprovechamiento práctico, en vías de ser útiles a la colectividad, siempre sabrá crear, dentro de los reducidos límites de un cuarto de pensión, una cátedra invisible.

La tradición es eso: mensaje permanente de los antecesores a los sucesores. No superstición infecunda. La India importa cereales y se consume de hambre porque aún considera animales sagrados a las vacas, los monos y los pavos reales: no los consume y más bien ellos consumen los productos del suelo. Fetichismo contraproducente que mal puede ser llamado tradición. Así hay muchas antiguallas estériles y aun esterilizantes que mal pueden ser consideradas como tradición. Toda tradición tiene que recibirse a beneficio de inventario. Es lo bueno lo que se recibe y acrece. Lo malo se desecha.

Y si hemos hablado del tributo que Humboldt prestó a esforzados varones de esta tierra, ¿por qué no recordar también el permanente tributo que debemos al sabio germano? Se han descubierto las fuentes del Orinoco. Hasta Leopoldo, ex rey de los belgas, se siente interesado por conocerlas. Se han dado nombres contemporáneos a las regiones recientemente descubiertas. Pero no olvidemos que Humboldt ha llegado hasta la coyuntura del Orinoco con el Río Negro, por el Casiquiare. No olvidemos que ha sido el primero en señalar la posibilidad de una navegación desde Ciudad Bolívar hasta Buenos Aires, por medio de la canalización de los ríos internos suramericanos. Y con Humboldt, no olvidemos a Appun, explorador y expositor del mismo Orinoco; al Padre Gumilla, el viejo historiador del gran río; a tantos otros... La toponimia venezolana de las regiones orinoquenses, de no existir una autóctona, en lengua indígena, se honraría con esos nombres ilustres. Honrar, honra. Puede ser justo el que nos honremos a nosotros mismos. Pero es más hermoso honrar a los antepasados, y que se nos honre en la posteridad. 

*Ensayo de 1952, incluido en la colección “Razón y sinrazón. Temas de cultura venezolana”, publicado por la Editorial Ariel, España, 1954.