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Hotel Bruno

Hotel Bruno / Foto: Archivo El Nacional-Jack Bocaranda

Hotel Bruno / Foto: Archivo El Nacional-Jack Bocaranda

Un cuento sobre una Caracas que se nos hace conocida

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Hay una peste a engaño en estas habitaciones y no hay desinfectante tapa amarilla que haya podido disiparla. No está fácil, porque se trata de un olor que impregna el piso y las paredes desde siempre. Sí señores: el Hotel Bruno se ha mantenido sobre las bases del adulterio, lo cual no está nada mal, porque es el afrodisíaco que invita a tanta pareja a fornicar. Miles de millones de feromonas volando libres en cada centímetro cúbico te llevan directo a la infidelidad. ¡Qué fino!

Claro, no sería justo decir que se trata solamente de cachos montados. En el marco de algunas puertas, en una que otra toalla, tal vez en un par de espejos, han quedado también indicios de un amor genuino. Salpicaduras de bonitos sentimientos que aderezan un poco este lugar dedicado a la travesura extramarital.

Así debió ser por siempre. Un poco –solo un pelín– de amor rociado por los rincones, en convivencia con los rastros que dejan preservativos usados, preservativos que nunca fueron usados, tetas operadas, tetas vencidas por la inercia, demasiado vello púbico, nada de vello púbico, barrigas, cicatrices, poporos, tuyuyos, lunares peludos, orgasmos sin clímax, clímax sin orgasmos.

Pero ahora todos saben que hay una habitación que cambió su aroma a engaño por el hedor a sacerdote muerto. Nada bueno para la publicidad del lugar.

Ignoro si el Hotel Bruno tuvo alguna vez un eslogan publicitario. Pero después de abril de 2007 sí lo tuvo, y se hizo muy popular: “Hotel Bruno, entran dos y sale uno”. El motivo de tan particular lema no fue precisamente gracioso. El padre Grinolfo Montiel fue asesinado en la habitación 53.

El padre Montiel había entrado en compañía de un amigo íntimo para disfrutar de un poco de afecto, luego de una Semana Santa que demandó arduo trabajo espiritual. Tantas misas al mediodía con ese calor vaporoso, tanta confesión de fieles en la búsqueda del perdón por la vía rápida (cuatro padrenuestro y tres avemaría por desear a la mujer del prójimo), lo habían agotado. Se merecía un cariñito y sabía dónde encontrarlo. Después de un par de vueltas a medianoche por Parque Cristal, vio a un muchacho cuyos servicios ya había disfrutado anteriormente. Se tomaron algo en el camino, acordaron la tarifa y terminaron en el Hotel Bruno como a las 3 de la madrugada.

***

“Que el cuerpo y la sangre de tu hijo, que hemos ofrecido en sacrificio y recibido en comunión, sean para nosotros principio de vida nueva, a fin de que, unidos a ti por el amor, demos frutos que permanezcan para siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor…”

El padre Grinolfo Montiel realizaba su labor con extrema dedicación, con verdadero amor, con la certeza de que sus palabras podrían mejorar la vida de alguien, con la intención de trasplantar su enorme fe en las almas necesitadas. Al ofrecer la ostia, cualquiera podría pensar que su desempeño era casi mecánico:

–El cuerpo de Cristo.

–Amén…

–El cuerpo de Cristo.

–Amén…

Pero el padre Montiel hacía cada misa con el mismo entusiasmo. No decaía, no se decepcionaba, no sentía que aquello era rutinario. Siempre pensaba que podía lograr algo bueno. Era un buen hombre el padre Montiel, aunque tuviera una debilidad por los carajitos. Se arrepentía de eso, pero había dejado de luchar por erradicarlo de su cuerpo. Ahora se permitía una escapada de vez en cuando, un pecado. Uno solito en una existencia tan virtuosa. Eso sí: por alguna razón, –moral, posiblemente–, a Grinolfo le gustaba que le cubrieran fuertemente la cabeza con una almohada cuando le hacían el amor. Pero no se trataba solamente de ocultar sus muecas de placer y comprimir sus quejidos. Se trataba de sentir el castigo por lo que hacía. La asfixia, pensaba el padre, era el precio que debía pagar por su conducta extraviada. Riesgosa manera de redimirse.

***

Desde todo punto de vista el hecho fue suficientemente trágico como para despertar la voracidad de los medios, que llegaron al lugar cuando el cadáver del cura todavía se encontraba boca abajo con la cara enterrada entre dos almohadas. Después de todo se trataba de un alto funcionario de la Conferencia Episcopal.

Yo pude haberme enterado de aquel crimen por el noticiero estelar. Pero por mala suerte estaba precisamente en el Hotel Bruno cuando encontraron el cuerpo del sacerdote. ¿Por qué escogí precisamente ese lugar? ¿Qué coño estaba pensando? Justo en una calle conocida como “la calle de los hoteles”, yo tuve que ir al Bruno, con tantos otros tiraderos disponibles en esa vía que une a Bello Monte con Sabana Grande. Ariston, Embassy, Terminus, Vox, Odeón, Yare, Gabial, La Naranja, Tanausú... Pero terminé en el Bruno, con Awilda Ortigosa, la esposa de mi buen amigo, mi hermano del alma, mi compadre, mi pana Ciro Figuera.

Era un encuentro que habíamos preparado con calma para que nada saliera mal, y sobre todo para que Ciro no se enterara, dados sus bien conocidos arranques de energúmeno. Debo confesar que cuando observé a Awilda de espaldas la primera vez quedé completamente enamorado. Quería sumergirme en ese portento nalgatorio hasta que mi próstata aullara de agotamiento. Cuando llegamos a la habitación del Bruno y le quité la ropa, no me quedó más remedio que arrodillarme para admirar de cerca aquel trasero beatífico. Me hubiese puesto a llorar ante tanta perfección, pero tenía cosas más importantes que hacer, como darle doscientos cincuenta besitos en cada nalga. Juro que viendo a Awilda desde abajo me hice creyente. Ese culo era obra de Dios, sin duda.

Pero pronto nos dimos cuenta de que todos los caminos iban a torcerse hasta dejarnos en plena confusión. El asunto comenzó con un exceso de ruido en la habitación de al lado, la 53. No eran los típicos sonidos en un hotel de paso. No eran los jadeos, los gritos, los suspiros o la risa placentera. Eran pisadas fuertes, voces masculinas, carrasperas, abrir y cerrar de puertas, arrastre de sillas y unos escandalosos tonos de celulares que abarcaban desde el vallenato o el reggaetón hasta compases de música llanera. Tanto alboroto interrumpió nuestro esperado momento de pasión. Awilda se puso tensa y en mí disminuyó la tensión donde debía mantenerse. Comenzamos a dudar de si era el momento adecuado para salir de la habitación, hasta que unos toques muy fuertes a la puerta nos sobresaltaron. Un sujeto de bigote a lo Pedro Infante, preguntó si había escuchado algo extraño en la habitación contigua. Luego pidió que abandonara el cuarto, y cuando pregunté la razón, susurró: “Váyase antes de que llegue la prensa”.

Awilda y yo nos vestimos con tristeza por no haber concretado el encuentro tantas veces añorado. Nos consolamos diciendo que sería más adelante. Había que engavetar nuestras ganas por un largo tiempo. Bajamos en el ascensor junto a dos parejas con la culpabilidad en el rostro y cuando pasamos por la recepción ya habían llegado los reporteros de tres canales de televisión, cuatro diarios nacionales, dos periódicos regionales y cuatro radios comunitarias. La transmisión en vivo de los canales fue la que más daño ocasionó. Mientras los periodistas informaban que el padre Grinolfo Montiel parecía haber sido asesinado por un prostituto, los camarógrafos hicieron un paneo por las caras de todos quienes intentábamos abandonar el Hotel Bruno sin ser descubiertos. Entendí que pasaría un largo rato sin ver a Awilda. En la mente solo tenía la mueca enfurecida de mi buen amigo, mi hermano del alma, mi compadre, mi pana Ciro Figuera.