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Historia de un “sí” muy hondo

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Conocí a María Fernanda poco después de la muerte de mi padre, cuando yo acababa de cumplir 18 años y andaba dando tumbos por el mundo, o más bien por Sabana Grande, que era como decir “el mundo” para mi generación. Llegué a su clase de carambola, como llegaba a todas partes en esos tiempos. Estaba sentada en algún café y una amiga un poco mayor que yo que empezaba a estudiar Letras, mi querida amiga Corina, me pidió que la acompañara a un curso de una profesora “arrechísima”. A mí la verdad es que me daba lo mismo eso o cualquier otra cosa. Andaba por ahí sin saber muy bien qué hacer, arrastrando las sandalias y el ruedo de la falda por el bulevard cubierto del tierrero que levantaba la construcción del metro.

Hacía poco me había inscrito en la Escuela de Filosofía no por Descartes sino por descarte –era la única escuela en el que había conseguido cupo con un mínimo esfuerzo– pero la verdad es que no me entusiasmaba demasiado. Llegué entonces con aquel desánimo a un curso cuyo tema –me parece recordar– era Thomas Mann, Venecia y la decadencia. Y creo que como a los cinco minutos yo ya estaba prendada de aquella profesora y de las cosas que decía las cuales, en su mayoría, debo reconocer que no entendía en lo absoluto. Quedé prendada de tal manera que he sido su alumna intermitente por más de treinta años y confieso que espero seguir siéndolo siempre. Debo decir además que en todo este tiempo sus clases nunca me han defraudado. Ni una sola vez. Ahora que lo veo así, me doy cuenta que han sido la constancia de mi vida.

¿Qué fue lo que me prendó? Podría hablar de la profundidad de sus conocimientos, de su dedicación o de su gracia. De su vocación y de su respecto por nosotros, sus estudiantes. De esa pasión por los libros que nos contagiaba. Podría hablar incluso de su belleza. Pero yo diría hoy, al recordar aquel primer encuentro, que lo que me tomó entonces no fue ninguna de esas cosas, sino algo que llamaré, porque no encuentro otra palabra, una actitud. Esa actitud es lo que ella cultiva y creo que es lo que realmente nos enseña.

Voy a volver al tema, pero ahora me van a disculpar que inserte aquí otro pedazo de historia personal. Yo soy hija de una mujer a la que no dejaron estudiar porque su destino era casarse. Y como nada se vuelve tan deseado como lo prohibido, mi madre se pasó toda su vida convenciéndonos, a sus cuatro hijas, de que estudiar era la cosa más maravillosa a la que podía aspirar una mujer. Y creo que a pesar de los pesares lo logró. El caso es que cuando éramos pequeñas, y desde la autopista mamá nos señalaba la Universidad Central de Villanueva, nos hacía creer que entrar en aquella ciudad era más deseable que entrar a cualquier iglesia vestidas de novia. Y nosotras le creíamos: estábamos seguras de que el conocimiento no podía ser más que felicidad y que aquel lugar, la ciudad universitaria, era un verdadero jardín de las delicias. Muchos años después, cuando leí Bouvard y Pécuchet –seguro que por algo que oí en un curso de la Escuela de Letras– pensé que si mamá hubiera conocido a aquellos dos copistas se hubiera hecho íntima de ellos y los habría acompañado en su extraña aventura y en su amargo desengaño.

Cuento esto para decirles que yo entré a aquella primera clase de Mafer picada doblemente de culebra. Picada de ilusión y de desilusión. Y allí fui tomada por algo muy diferente. Fui tomada por una pasión adecuada a esos tumbos que daba por la vida en aquel entonces. Porque llegué a la universidad en un estado muy distinto al que imaginaba cuando la veía desde la autopista. Llegué como si diera lo mismo ir allí o a cualquier parte. Con las sandalias y el borde de la falda lleno de tierra, con un desaliento que apenas me dejaba levantar los pies.

Tengo que volver ahora a la actitud que aprendí en sus clases; pero no sé muy bien cómo. Dicen los manuales que actitud es una “predisposición aprendida a responder de un modo consistente a un objeto social” o que es “es la tendencia del individuo a reaccionar, ya sea positiva o negativamente, a cierto valor social”. Pero eso parece muy seco y muy alejado de lo que fue mi revelación. Me ayuda más el DRAE, donde actitud “es una disposición del ánimo”, o “una postura del cuerpo humano, especialmente cuando es determinada por los movimientos del ánimo, o expresa algo con eficacia”. Eso sí ya está más cerca. Porque lo que cambió en mí en esa clase no fue mi reacción aprendida y consistente hacia los libros y hacia la literatura. Lo que cambió en mí fue mi disposición a estar en la vida, mi postura en el mundo, la de mi cuerpo y la de mi ánimo (no en vano había entrado a un curso del Área III de la Escuela de Letras, el área de Literatura y Vida).

Lo que quiero decir es que en su clase aquella profesora no “nos motivaba a la lectura”, como se dice ahora. No, no era nada tan soso. Lo que pasaba allí –y sigue pasando– es que la profesora, hablando de Thomas Mann y de Venecia y de la decadencia, hacía que las sandalias y la falda que yo arrastraba por Sabana Grande, que los tumbos que yo daba, y hasta que el tierrero que entonces cubría el bulevard, adquirieran de pronto una hondura de los que no me había dado cuenta.

Entonces ya no daba lo mismo cualquier cosa. Con sus palabras ella había incrustado en mí un “sí” muy profundo, un “sí quiero, sí”, como ese que después encontré que daba Molly Bloom. Así que seguí arrastrando mi falda y mis sandalias por un buen tiempo, seguí dando tumbos en aquella Caracas inflada de entonces, pero ya veía y sentía de un modo diferente. De pronto todo eso que me pasaba tenía un valor y encajaba en la continuidad de una historia donde otros antes que yo habían dado tumbos por otros bulevares también cubiertos de polvo. Ahora estaba acompañada y mis vivencias tenían un sentido. Y tenían además un sentido que me parecía hermoso. Lo que yo vivía podía ser triste, mi situación desalentadora, pero era un tesoro. María Fernanda había tendido unos puentes para que yo llegara a Venecia y a Thomas Mann y a una decadencia preciosísima, unos puentes que me conectaban con una variedad enorme de antepasados y de formas de vida, y me hacía sentir heredera de ellos.

Fue así como sin entusiasmo, pero con alegría, continué y terminé mis estudios de Filosofía y seguí siendo “oyente” de los cursos de la Escuela de Letras, como lo soy ahora de los de la Fundación del Valle de San Francisco. De la actitud que había aprendido en esas clases salió la energía, salió el “sí” para responder a eso y a mucho más. Porque cuando las cosas que uno hace adquieren un sentido ya no las hacemos porque nos gustan, las hacemos con gusto, en todas las acepciones que puede tener esa expresión, que quizás es otra manera de decir que las hacemos con alma y corazón.

He dicho que en esas clases me sentí heredera de un legado. Y agrego ahora que el lenguaje, las palabras, son el centro de ese legado y lo hacen posible. Pero no siempre nos damos cuenta de lo que implica tener una lengua, de cómo y con qué nos vincula el hecho de hablar. Stanley Cavell, un filósofo americano para quien la filosofía debe ser algo así como poesía, dice que una verdadera educación adulta sería aquella que nos permita entrar en la posesión del propio lenguaje y de la verdadera ciudadanía. Lo cual quiere decir que no los tenemos. Que no tenemos naturalmente un lenguaje propio ni una ciudadanía de verdad. Educarnos para Cavell es adquirir una conciencia de lo que decimos y de nuestra pertenencia a una comunidad porque eso es lo que nos permite resistir igualmente a la repetición vacía de jergas, a la uniformidad y al nihilismo imperantes, resistir pues al “vale todo”, para alcanzar un decir y un hacer auténticos. Un decir y un hacer con un sentido individual y por lo mismo, de verdad, común. Y eso, para Cavell, no es otra cosa que llevar el propio lenguaje y la propia vida a la imaginación.

Voy a terminar ya entonces con otra reflexión. Hoy le hacemos un homenaje a María Fernanda Palacios por su contribución a la formación de lectores y damos por sentado el valor de tal cosa, pero quizás deberíamos aprovechar la oportunidad para preguntarnos qué es un lector.

Borges dice que “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; […] el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.” Yo diría entonces que la lectura es algo que nos conecta con la memoria y la imaginación de todos los tiempos y que un lector es alguien que se sabe parte de ello. Es alguien que se sabe heredero de esa memoria imaginativa y quiere conservarla y recrearla porque siente que ella le da un significado profundo a su vida y a la vida de su comunidad.

Eso es lo que he tratado de decir que María Fernanda nos contagia con su actitud. Con su manera de pararse en el mundo y no sólo en sus clases. Ella nos hace apreciar la continuidad y la preciosa riqueza de nuestro legado en un país donde siempre queremos huir de nuestras circunstancias, empezar todo de nuevo, impidiendo que se sedimenten esas capas que constituyen una cultura y unas instituciones y son las que nos hacen vivir sólidamente enraizados en el suelo que pisamos.

Por eso en este momento que la destrucción es tan tremenda, María Fernanda y la Escuela de Letras –esa institución a la que ella ha pertenecido ya durante cuarenta y cinco años– me parecen realmente un milagro creativo, un milagro formativo, cuya existencia me llena de gratitud.