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Hiroshima: el periodismo sojuzgado

Casi tres años después del ataque, estos niños usan máscaras para protegerse de la radiación en la todavía devastada ciudad de Hiroshima

Casi tres años después del ataque, estos niños usan máscaras para protegerse de la radiación en la todavía devastada ciudad de Hiroshima

“Hiroshima: la noticia que nunca fue” (2004) es el libro fundamental de la merideña Silvia Lidia González, dedicado a Hiroshima. Dedicamos esta semana al tema con una reseña de Miguel Ángel Campos (1955), sociólogo, escritor y catedrático de la Universidad del Zulia 

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Ese día la ciudad se transformó para siempre.

Tras el lanzamiento de la bomba atómica,

en unos segundos se borraron las calles, se fundieron los edificios,

desaparecieron los pobladores y se esfumó también

para siempre algo de la inocencia del género humano.

Silvia Lidia González

 

En 2004 se publica en Mérida, Venezuela, un libro sobre el bombardeo atómico de Japón que inaugura un modelo de investigación de los medios, cuando estos se hacen sujeto en una gestión de desplazamiento de la noticia.  La investigación de Silvia Lidia González es un alarde de totalización que nos obliga a renombrar la palabra enciclopedismo: en su sentido de vinculación con los argumentos de la comunicación, en su ecumenismo. Pero no como ajuste de información y datos, sino como recuperación de la unidad, hacer de lo disperso enajenado un discurso de entendimiento donde los actores hablan desde la elocuencia de lo cumplido.

La ilación de los hechos, su rastreo a lo largo de sesenta años, la incorporación de elementos inéditos y la resignificación de lo canonizado, hacen de Hiroshima: la noticia que nunca fue, la más importante novedad de los últimos años en la comprensión e interpretación del ataque atómico que inaugura una era desde el genocidio. Podría decirse que el alcance teleológico de los informantes y documentos hacen del libro casi una investigación de fuentes primarias, en abierto contraste con la exposición de la noticia. Iniciada en México, lugar de origen de Lidia, la escritura del libro continúa en Venezuela y en el mismo Japón a donde la llevan las actividades académicas de la autora en universidades de ese país, su dominio de la lengua japonesa no resulta un insumo desdeñable en el éxito del acopio y relacionamiento de los argumentos.

Si el punto de partida es una investigación periodística, lo real es que la orientación intelectual ciñe el análisis y lo hace característico de las ciencias sociales en tiempos de eclecticismo como naturalidad de los saberes. El mayor hecho noticioso del siglo XX no se divulgó como tal por razones de censura y las negaciones del propio periodismo, este sería el punto de partida para la sincronización de fuentes y testimonios, posiciones públicas y convencimiento de las masas, que concluye en la iluminación documental de un suceso planetario muy mal conocido. El libro no puede ser leído sin la apelación a la variedad y simultaneidad de fuentes de un mundo cuya complejidad se hace evidente en su dependencia. Sociología, periodismo, antropología, arte, ciencia, son en una crónica como esta los insumos normales de una contemporaneidad para la que el pensamiento es superación de los especialismos. La autora va hasta una revaluación de la teoría de los medios y eso le permite proponer su investigación como un ejercicio explicativo de lo que sería una ideología de la información  –“La visión posmoderna de los procesos comunicativos nos conduce a reconocer que las noticias no son fenómenos ni acontecimientos, sino representaciones de la realidad e interpretaciones”.

La mayor censura de los tiempos modernos debía ocurrir en una sociedad donde los medios ya eran un fenómeno masivo y los diarios sumaban un tiraje de 19 millones de ejemplares antes de la guerra, y uno solo, (Asahi), más de un millón en la segunda década del siglo XX. Eran las masas en su orden demográfico, pero inerciales, no había aparecido aún su protagonismo cultural, de raíz consumista. Tras el rendimiento y ocupación de Japón (14 de agosto), se estableció un rígido protocolo de información destinado a minimizar y omitir todo lo relacionado con el bombardeo, pero solo un diario reseñó la noticia al día siguiente, de manera marginal; la autocensura se iniciaba como negación de la catástrofe por parte de una sociedad imperial y tradicional.

En la sociedad norteamericana la opinión pública estaba preparada para aceptar la acción como necesaria, pero ellos mismos experimentaron la censura durante el proceso previo de desarrollo de la bomba y su autorización como arma de guerra. Tras el holocausto, el verdadero alcance del suceso no fue sentido ni entendido por los norteamericanos: se diluyó en lo que ya era la sociedad del espectáculo. Cundió la moda, desde una bebida y empaques culinarios  hasta llaveros de “Little boy”, tal era el nombre con el que la tripulación del Enola Gay bautizó la bomba de plutonio –“Apenas unas después de la explosión, el Club de Prensa de Washington ofrecía en su bar coctel atómico, una mezcla color verde con ginebra”.  Aunque entre los lectores serios y la vida académica lo relevante fue el prestigio con que se revestía la ciencia, en una fase avanzada del modelo industrial. Paul Tibbets tuvo la libertad de elegir a sus copilotos como una elección personal, y tal vez como un anticipo de la Guerra de las Galaxias, destinos y decisiones domésticas en medio de la salvación del mundo, este hombre será homenajeado por le revista Soldado de fortuna, aunque pudo llegar a sentir temor por su descendencia el artillero genocida –según dijo. Pero el Enola gay no estaba solo, no es la avanzada solitaria de una columna en el frente, otros dos aviones B-29 lo siguen de cerca, uno lleva espectadores, el grupo de científicos que observarán el experimento, el otro transporta todo el equipo de medición y monitoreo de la explosión. Es la última acción de la II Guerra, y en ella están todos los actores de la sociedad planetaria y en un consenso que no admite dudas: el espectáculo ya es reproducible en una escala de pleno control. 

(foto) Sisadig 78099

Destrucción de Hiroshima. Un hombre observa los restos de una zona residencial de 1200 metros varios días luego del bombardeo por Estados Unidos

Censura, manipulación, propaganda, acuerdo entre vencedores y vencidos, la censura rescribe la historia, desde el Código de prensa de MacArthur hasta la minimización de la tragedia por parte de institucionalidad japonesa, todo resultaba como los preparativos de la Guerra fría, esa que duraría 40 años. Para el mundo prevaleció la significación del logro científico y tecnológico, se cantó la hazaña prometeica, se omitió el horror. Años después aparecerán algunos libros testimoniales y las cinco fotografías que el único fotógrafo hizo en los minutos siguientes al bombardeo. El suceso nació banalizado desde la perspectiva de la sociedad de consumo y el  mundo feliz del american way of life (publicidad, chistes, modas), se trataba solo de una nueva era de la prosperidad mundial, según un Occidente al menos tecnócrata. Las consecuencias todavía pesan ominosas en un mundo que libera demonios alegremente.

Como suceso político la noticia fue encarada por todos los medios desde fuentes de segunda mano, nunca primarias, en Japón la información era tomada de medios norteamericanos, en Estados Unidos, la fuente era el propio gobierno. Atrás quedaba un paradigma y  modelo épico del periodismo de guerra: la Revolución bolchevique y John Reed, sus Diez días que estremecieron al mundo. La decisión del siglo se tomó en forma unilateral en el país de la democracia por excelencia, me pregunto si no alentaba en esto la idea de un gobierno mundial legitimado por el prestigio de la fuerza y el fetichismo de la ciencia, prefiguraciones de una sociedad totalitaria y unificada desde su culto del consumo y la indiferencia política. Se ejecutó una tarea oblicua de la prensa: los medios formulan la noticia y condicionan al público para su percepción, el periodismo está así más cerca de las ciencias de la conducta –y al servicio de un programa– que de la comunicación.

En relación con la comunidad norteamericana, significó la negación de la sociedad del acuerdo y la libertad de información, pues más allá de exigencias propias de la guerra, los ciudadanos no fueron consultados, a juicio de sus dirigentes fue protegida, como ocurrirá después con el Informe Warren y el asesinato de Kennedy, como en una versión calvinista del “gendarme necesario”. Claro conflicto entre la vida privada y la seguridad nacional, en todo caso el periodismo queda cuestionado, sale teñido de subordinación y culto a los intereses de la sociedad de consumo, ya no será más el cuarto poder.