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Hilo de araña y condición ética en El héroe discreto

En El héroe discreto Mario Vargas Llosa hace un elegante juego de sinécdoque

En El héroe discreto Mario Vargas Llosa hace un elegante juego de sinécdoque

La novela El héroe discreto es una clara expresión de la esperanza, de la afirmación de la condición ética en el horizonte latinoamericano y postmoderno

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Hilo de araña

En elegante juego de sinécdoque, la araña establece las correspondencias entre acontecimiento narrado y estructura de la novela, en El héroe discreto (2013), de Mario Vargas Llosa. Los relatos (las historias sobre Felícito Yanaqué, dueño de la Empresa de Transportes Narihualá; y Don Rigoberto, gerente de la aseguradora de su amigo Ismael Carrasco) son hilos, surcos, cuerdas  paralelas que, como las paralelas descritas por Einstein, de pronto se cruzan, para sorpresa y delicia del lector. Confluye de este modo un tramado narrativo que está presente en la obra del autor desde La ciudad y los perros (1963) y La casa verde (1966), y que mueve las estructuras narrativas como grandes paneles en el vacío ante el lector; paneles distintos que de pronto se ensamblan, como si estuviésemos ante un narrador que en realidad es un mago, como si de un ensamblaje en el drama del cosmos se tratara, bañando al lector de una suerte de sonido, el sonido de una íntima experiencia estética.

En esa confluencia aparecen personajes y referencias del mundo narrativo del escritor: la mangachería, los inconquistables, Lituma, la casa verde…, el placer del reencuentro; y el tramado del enigma como uno de los principios de composición de la novela: el trazado del surco de lo policiaco, la leve expresión de la incertidumbre (como pequeña y constante nube eléctrica sobre el acaecer); a la par de una transparencia del relato para, en el intenso narrar, producir un ámbito de imantación que, como hilo de araña, atrape al lector. La novela toda, en su principio de composición, parece ser la expansión del texto de Borges que le sirve de epígrafe: “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”.


La condición ética

La novela realiza el despliegue estético de la condición ética. La actitud insobornable de Felícito, afirmada en la frase, legado de su padre: “nunca te dejes pisotear, hijo”, y la dimensión ética de la amistad en Don Rigoberto, constituyen las “cuerdas” que se cruzarán en el prodigio de la composición narrativa, en contraste con las franjas de ilegalidad y de abuso de poder, para hacer prevalecer la justicia, en su doble vertiente de castigo y triunfo del bien. Y todo en la celebración de la sociedad abierta (diríamos con Popper) que preserva y relegitima a cada instante los derechos de ciudadanía (en oposición al poder autoritario que tiene en los derechos del ciudadano su primer botín).

Para Vargas Llosa la eticidad es una suerte de utopía que puede realizarse, es la esperanza posible, como se desprende de la eticidad cristiana; a diferencia, por ejemplo, de la narrativa de Onetti, para quien la utopía (como lo propone Bloch en su Principio esperanza, 1959) es inherente al hombre, pero su materialización es la del horror, en inescapables situaciones abismales. La esperanza en Onetti, como en Bloch, parece estar más cerca de aquella que se queda en el fondo de la caja de Pandora: como el último y más terrible de los males.

Tres rasgos

Vargas Llosa es, como el mejor José Donoso, un lujoso realizador de la ingeniería de la novela. En El héroe discreto quisiera destacar por lo menos tres trazados de gran hallazgo estético en esa ingeniería del relato: la figura de Adelaida, vaticinadora para la escucha de Felícito, a ratos suerte de oráculo de Delfos (que, como recuerda Lezama, no dice, no explica, sólo hace señales), a ratos suerte de Casandra que abre cauces de relatos y destinos; la condición ética entrañablemente ligada a la justicia y, como ocurre entre Gertrudis y Felícito, al perdón, uno de los más hermosos valores éticos que nos ha legado el cristianismo, sin lugar a dudas; y finalmente el juego, enmarcado en una irreductible indeterminación, de las apariciones de Edilberto Torres, el personaje extraño, como salido de las páginas del Fausto de Goethe, ante Ponchito, hijo de Don Rigoberto y Lucrecia.

El héroe discreto es una clara expresión de la esperanza, de la afirmación de la condición ética en el horizonte latinoamericano y postmoderno que, desatándose del peso infame de los autoritarismos y de los abusos de poder,  intenta recuperar la condición y los derechos de ciudadanía.