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Hermann Heidegger fue un buen padre

La próxima semana aparecen los polémicos “Cuadernos Negros” del filósofo Martin Heidegger. Su hijo Hermann Heidegger nos informa aquí por primera vez acerca de su padre universalmente famoso. La traducción de esta entrevista al castellano la hizo Antonio Sánchez García

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La conversación con el hijo de 93 años del filósofo Martin Heidegger tiene lugar en la casa de Heidegger, en Stegen, cerca de Frankfurt. La Sra. Heidegger ha horneado pasteles de manzana y se mezcla apasionadamente, de tanto en tanto, en la conversación. En algunos días verán la luz aquellos tomos de los Cuadernos Negros de notas de Heidegger, que han vuelto a poner en primer plano el debate acerca del antisemitismo del filósofo. Es tarde de domingo y mientras charlamos, se pone el sol tras las colinas lejanas de la Selva Negra.

—DIE ZEIT: ¿Cuál es el recuerdo más antiguo que guarda de su padre?

—Hermann Heidegger: Mis primeros recuerdos de mi padre se remontan a cuando me llevaba a pasear sentado en la canastilla de su bicicleta. Eso sucedía en el año 1923.

—DZ: ¿Qué papel desempeñaba su padre en la familia?

—HH: El de un padre, como debe ser. Jugaba con nosotros, nos llevaba a nadar al Lahn, salíamos a esquiar juntos.

—DZ: Su padre manifestaba en su cátedra que la filosofía debía estremecer la existencia entera de un hombre. ¿Influyó esa disposición de algún modo en la manera de ser en familia?

 —HH: Sólo en el hecho de que mamá se preocupaba porque su esposo disfrutara de una calma absoluta. Estaba perfectamente reglamentado cuándo y cómo los niños debíamos jugar. Sin mi madre, mi padre jamás hubiera llegado a ser un hombre importante.

—Sra. Heidegger: Se habla muy poco de la mujer que estuvo a su lado.  Fue muy dominante y vivía mandándonos a todos nosotros. Pero ella también muy sobre protectora.

 —HH: Hasta de cuando ya adolescente pude ir a campamento.

—DZ: ¿Fueron muy estrictos?

—HH: Madre era muy estricta. Padre, un buen padre.

—FH: El propiamente no se preocupó nunca de nada.

—DZ: ¿Cómo era el ambiente que reinaba en familia?

—FH: Cuando llegué a la familia en 1949, encontré un ambiente muy tenso.

—DZ: ¿No podía la madre relajarla?

—HH: Se había esforzado muchísimo en su vida. Seguramente, en su juventud fue más alegre, bailar le causaba placer, pero mi padre no podía bailar.

—DZ: Su padre fue muy crítico respecto de la modernidad y el vertiginoso desarrollo de la técnica. ¿Influyó ese horror a la modernización en el curso de su vida?

—HH: ¡Mi padre no tuvo ningún horror a lo moderno!

—DZ: ¿Ud. no diría que trató de eludir lo moderno en su propia vida?

—FH: Nunca tuvo un aparato de televisión.

—HH: Estaba muy bien dotado para los trabajos manuales: podía aserrar, cortar leña, apacentar ganado. La economía monetaria le era absolutamente extraña. No tenía  la menor idea del dinero que ganaba. Mamá le daba su dinero para el bolsillo para que pudiera ir a beberse una pinta después de las clases. También era mi madre la que se interesaba en la política, seguía la política internacional, la nacional, la política económica. Leía el periódico.

—DZ: ¿Su padre no leía la prensa?

—HH: Apenas. Se ha dicho que de 1927 en adelante leía El observador del Pueblo (Der VölkischeBeobachter, el diario del partido nazi. ASG). Eso no tiene ningún sentido.

—DZ: ¿Ud. no notó en su padre ningún otro síntoma de simpatía por el Nacional Socialismo?

—HH: No se debe olvidar que Martin Heidegger participó en las elecciones parlamentarias de julio de 1932 votando por el Partido de los Viñateros de Württenberg. Cuando el 29 de julio de 1932 Hitler sostuvo su discurso electoral aquí en Friburgo, en el Estadio de Mösle, mi madre marchó hasta allí con sus dos hijos. Padre no nos acompañó.

—DZ: ¿Cómo se informaba del político día a día?

—HH: A través de sus colegas de cátedra. Mantenían una tertulia en la que participaban importantes profesores de la Universidad de Friburgo.

—DZ: ¿Puede recordar conversaciones políticas sostenidas en el hogar?

—HH: Por supuesto. Desde 1933 fui un entusiasta jefe de la juventud nacionalsocialista, luego ascendí a jefe de juventud y finalmente a portaestandarte.  Desde 1934 mis padres me dijeron: “muchacho, no veas todo eso como algo muy positivo”. Tuve por eso grandes altercados con ellos. Más tarde me desaconsejaron de ingresar al partido.

—DZ: A pesar de lo cual ellos mismos ingresaron al partido en 1933.

—HH: En 1933 mi padre, como lo escribiese, estaba convencido del señorío y grandeza de esa irrupción. Y no sólo él: toda Alemania consideraba entonces que con el nombramiento de Hitler por Hinderburg se había dado inicio a un nuevo tiempo.

—DZ: Pero ¿cómo se produjo ese rápido cambio luego de que en 1933 Heidegger fuera nombrado rector de la Universidad de Friburgo?

—HH: Como rector prohibió colgar las llamadas placas judías, prohibió la quema de libros. Crecieron las tensiones con el Ministerio y la Unión de Estudiantes Nacional Socialistas. Comprendió su error y renunció cuando se le exigió despedir a catedráticos competentes pero desagradables al Ministerio.


—DZ: Especialmente a su madre, Elfriede Heidegger, se le atribuye haber permanecido siendo una convencida nacional socialista.

—HH: Mi madre mantuvo una relación con la Liga de Mujeres Nacional Socialistas. Siempre tuvo mayores simpatías que papá con el Movimiento. Pero a partir de 1934 vio críticamente a Hitler y al Nacional Socialismo, exactamente como mi padre.

—DZ: En el prefacio a la Edición de las cartas de Heidegger a su mujer, su sobrina Gertrud Heidegger manifiesta que su madre habría sido toda su vida “nacionalista y antisemita”.

—HH: Una formulación infeliz. Mi madre tuvo un amigo de juventud, mi padre físico, Friedrich Caesar, quien desgraciadamente mantuvo en vida posiciones muy antisemitas. Pero es muy difícil cuantificar cuán grande fue su influjo. Mi madre solía llevarme a un pediatra judío. Me envió a casa de amigos judíos en el Lago de Starnberg durante las vacaciones. Y luego de la Segunda Guerra Mundial supo distanciarse  más claramente que muchos otros.

—DZ: ¿Por qué faltan las cartas de su madre en la edición de las cartas matrimoniales? ¿Ya no existen?

—HH: Existen. Pero las desavenencias al respecto no pertenecen al ámbito de la opinión pública.

—DZ: La impresión que se recoge de las cartas publicadas es que el matrimonio de sus padres se encontraba muy sobrecargado.

—HH: Yo sólo puedo maravillarme del modo como mi madre pudo soportar   durante todos esos años los vaivenes de Martin Heidegger.

—FH: Jamás malgastó una sola palabra de todo eso con nosotros.

—DZ: ¿Cómo comentaros sus padres el comienzo de la guerra?

—HH: Mis padres la consideraron desde un comienzo como una gran desgracia.

—DZ: ¿Esperaban una victoria?

—HH: Mi padre reaccionaba con gran sobriedad cuando yo intentaba convencerlo de los grandes éxitos que habíamos obtenido. No lo impresionaba en lo más mínimo.

 —DZ: ¿Hubo oportunidad de hablar con su padre sobre la persecución a los judíos que ya se hizo visible en el curso de la guerra?

—HH: En Friburgo la persecución a los judíos no fue visible. En eso debo contradecirlo.

—DZ: En 1938 ardió la Sinagoga de Friburgo y el 22 de octubre de 1940 se trasladó a los judíos de Friburgo a lugares de reunión de la ciudad desde donde fueron deportados. ¿Su padre no vio todo eso?

—HH: No puedo decirle si mi padre supo de la aniquilación de los judíos durante la guerra.

—DZ: ¿Lo supo Ud.?

—HH: Lo supe desde la noche del 21 al 22 de junio de 1941, durante la invasión a Rumanía. Por primera vez supe que los judíos eran asesinados. Me quedé sin palabras. Más tarde, en Friburgo, un viejo compañero de niñez que había llegado a ser oficial de las SS me contó que en Rusia se asesinaba a los judíos.

—DZ: ¿No se lo contó a su padre?

—HH: No.

—DZ: ¿Y hablaron con su padre de la aniquilación de los judíos cuando Ud. regresó a casa en 1947 luego de ser liberado de la prisión de guerra rusa?

—HH: No charlamos al respecto. Estábamos demasiado ocupados con nuestro propio destino. Yo estaba bajo el fuerte influjo de la prisión de guerra en la que se pudrieran millones de alemanes. La generación de Ud., que no debió experimentarlo, se apresura a plantear el problema de la culpabilidad.

—DZ: La pregunta acerca de lo que pensaba Martin Heidegger después de la guerra sobre la culpabilidad de los nacional socialistas, es tema que ocupa a muchísima gente. Cuesta creer que en la familia no se hablara de todo eso.

—HH: En casa de Heidegger se guardaba silencio. Mi padre evitó asimismo hacerlo en público, si se exceptúa un pequeño pasaje de la llamada Conferencia de Bremen.

—DZ: ¿Cómo vivió Ud. la confrontación pública sobre el papel jugado por su padre en el nacional socialismo, tal como se planteara después de la guerra?

—HH: La discusión sobre Martin Heidegger y 1933 se desató ya en tiempos del Tercer Reich. El discurso rectoral, por ejemplo, no volvió a ser publicado luego de su primera edición. Durante la guerra Heidegger no pertenecía al círculo de autores al que se le ponía a disposición el escaso papel existente y a pesar de la estrechez de sus reservas Klostermann decidió publicar sus textos. Esa fue una de las importantes razones por las cuales se le encargó luego la edición de la Obra Completa.

—DZ: ¿Cómo evalúa en retrospectiva el compromiso nazi de su padre durante sus meses al frente del rectorado de Friburgo?

—HH: Las leyes para la reposición del funcionariado ya se encontraban vigentes cuando mi padre fuera electo rector el 21 de abril de 1933. En cuanto fue elegido, actuó para hacer regresar a sus cátedras a muchos de los despedidos por la puesta en práctica de esa ley. Ya en 28 de abril de 1933 se suspendió el despido de cuatro judíos en la facultad de filosofía. Su propio asistente pudo volver a su cargo. Se preocupó asimismo de que Husserl recibiera durante el verano de 1933 la comunicación oficial de que podía volver a ejercer su cátedra.

 —DZ: A pesar de lo cual su padre se vio envuelto luego de 1945 en la crítica por su participación en el Nacional Socialismo. En 1946 le fue prohibido el derecho a enseñar, prohibición que sólo fue suspendida en 1949. Podría pensarse que esta situación provocaría conversaciones familiares.

—HH: Tuvimos pocas ocasiones para conversar. Ni volvimos a referirnos al tema.

—DZ: Muchos esperaron alguna declaración de su padre acerca del papel que jugara en el Tercer Reich. El gran interés que han despertado los Cuadernos Negros que se están publicando por estos días se debe en gran medida a que se espera clarifiquen algo al respecto.

—HH: Los Cuadernos Negros que ahora se editan contienen muchas expresiones críticas respecto del tiempo en que fueron escritos.

—DZ: Pero además expresamente antisemitas, por lo menos a juzgar por los extractos publicados.

—HH: debieran ser leídos en el contexto temporal y textual en el que fueron escritos. No veo a mi padre como un antisemita, ni antes ni ahora.

—DZ: Ha sido Ud. durante 35 años el editor de las obras de su padre. ¿Cómo sucedió?

—HH: Cuando regresé de Rusia como prisionero de guerra mi padre me dijo: “Hermann, cuando muera, quiero que no hagas otra cosa que sellar y atar bien atado  todo lo que deje escrito y lo deposites por cien años en un archivo.”

—FH: ¡Hubiera sido estupendo para nosotros!

—HH: Para mi fue un encargo clarísimo. De allí que yo mismo tuviera otros planes editoriales. A pesar de lo cual la editorial me pidió convencer a mi padre de lo contrario. En lo que tuve éxito. Pero bajo la condición de que yo fuera quien dirigiera todo el proyecto editorial. Como viejo soldado que soy me imaginé poniendo las palmas de mis manos en las costuras del pantalón y en posición firme prometerle que así sería. Desde 1979 no ha aparecido un solo tomo que yo no haya leído de la primera a la última página y no la haya confrontado con el manuscrito original. Sólo faltan 15 tomos, con los cuales se completará la edición planificada en 102 tomos.

—DZ: ¿Le ha pesado en alguna ocasión ser el hijo de Martin Heidegger?

—HH: “Pesado” es una palabra demasiado inofensiva.  Siempre se me midió con el rasero de mi padre.

—DZ: ¿El nombre es una carga?

—HH: Sí.

—DZ: ¿Y cuál fue el mayor desafío en su prolongado trabajo editorial?

—HH: La discusión acerca de lo que es verdaderamente merecedor de ser publicado. Hubiera dejado mucho sin editar.

—DZ ¿Lo que significa que Ud. puede ver a su padre con distancia?

—HH: Naturalmente. A pesar de lo cual y según mi opinión ha sido el más grande pensador alemán del Siglo XX.

 —DZ ¿Cuál de las publicaciones de su padre le dice a Usted más?

 —HH: La senda (Der Feldweg). O Sobre el misterio del campanario (Vom Geheimnis des Glockenturms). Confieso sinceramente que hasta hoy no comprendo Ser y Tiempo (Seinund Zeit).

—DZ: ¿Con qué lo ha impresionado mayormente?

—HH: Con su tierna generosidad frente al hecho de que mi madre una vez se le opusiera.

—DZ: ¿Qué oposición fue esa?

—HH: Un acto de la desesperación. Al que le agradezco haber venido al mundo.

—DZ: ¿Se refiere Ud. a que fue el niño de una noche de amor de su madre con un novio de su juventud?

—HH: Me refiero a que ella asumió un regalo de Dios. Su novio de juventud regresó de la Primera Guerra Mundial absolutamente desesperado, pues él era muy nacionalista.  Martin Heidegger supo de esa noche de amor el mismo día y le aseguró a mi madre, asumir al niño como propio. Mi padre, desde entonces, jamás estableció la menor diferencia entre sus dos hijos.

—DZ: ¿Jamás hubo tensiones entre Ud. y su hermano Jörg por ser él el hijo carnal de Heidegger?

—HH: No lo sabíamos ninguno de los dos. Mi hermano vino a saberlo recién después de la guerra.

—DZ: Usted lo supo mucho antes, ya en 1934.

—HH: Tuve algunas dificultades para digerirlo. Lo peor fue que nunca pude hablarlo con nadie. Ni siquiera mi padre hizo una sola mención en toda su vida al respecto.

—DZ: ¿Hasta su muerte jamás hablaron de ello?

—HH: Jamás.

 —DZ: Su padre parece haber enfrentado la muerte en absoluta paz.

—HH: Una mañana, luego de despertar, mi madre le hizo algunas friegas y fue al baño. Cuando regresó, él se había ido.

—FH: Tuvo un fin apacible. El día anterior había estado caminando por el jardín. Fue hacia su final en absoluta tranquilidad. No creo que haya tenido un gran miedo.

—DZ: ¿Volvió hacia el final de su vida a sus creencias cristianas?

—FH: En su profunda intimidad siempre fue un poquito católico.

HH: Cuando Heidegger fue con su hermano Fritz de paseo al campo de batalla en Messkirch, golpearon ambos la cruz del crucifijo. Lo vi con mis propios ojos.

—DZ: El metafísico desamparo del hombre fue su gran tema. Así en su propia vida no haya existido ese desamparo. Siempre tuvo esa ligazón con su tierra natal y la Selva Negra.

—HH: Hizo brotar su fuerza del enraizamiento en la tierra natal, de la que había nacido.

NOTA

Esta entrevista fue publicada por el semanario alemán Die Zeit.