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Hablar, escuchar: Wat, Milosz

Mi siglo es una transcripción de una serie de conversaciones

Mi siglo es una transcripción de una serie de conversaciones

Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo, de Aleksander Wat, es el producto de cuarenta sesiones de entrevistas que le hizo Czeslaw Milosz en 1965 en donde se muestra el movimiento inalcanzable de la mente de Wat. Entre las ideas que expone, nos aproxima a una visión de la mecánica interior de la sumisión

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Si tuviese alguna utilidad describir un libro por el arco de sus ambiciones, diría que Mi siglo de Aleksander Wat podría formar una categoría con otras dos obras monumentales del XX: El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig, y Memorias. Medio siglo de reflexión política, de Raymond Aron. Dicho esto, debo introducir al instante una distinción: mientras que los de Aron y Zweig fueron escritos, el de Wat es el producto de cuarenta sesiones de entrevistas que le hizo Czeslaw Milosz en 1965, y que transcritas y editadas resultaron en las más de mil páginas de Mi vida. Confesiones de un intelectual europeo.

La otra diferencia esencial que merece ser subrayada se refiere a las condiciones en que fueron producidas estas obras: en el libro de Zweig, y todavía más en el de Aron, el control de la temporalidad de lo narrado y el flujo con que entran y salen hechos y personajes, es el de dos grandes maestros en plena disposición de sus instrumentos. El caso de Wat es radicalmente otro: era un hombre enfermo. En 1939 había sufrido un derrame cerebral, del que logró salvarse. Desde entonces y hasta su muerte en 1967 (nació en 1900) vivió asediado por el dolor. Esa jaqueca intermitente, que oscilaba entre apogeos y apaciguamientos temporales, se hacía cada vez más pronunciada. La medicación, que aumentaba con el tiempo, lo aturdía.

En 1964 Wat estaba en California, donde había sido invitado por un centro de estudios especializado en Europa del Este. Sufría por la imposibilidad de escribir, aun cuando no tenía obligación de hacerlo. Las autoridades, preocupadas por la salud de Wat, propusieron a Milosz una idea terapéutica: conversar con él y grabarle, lo que podría aminorar la intensidad de sus dolores. Y es así como la obra magna de Aleksander Wat comenzó a producirse: como alivio a sus tormentos.

Czeslaw Milosz (Premio Nobel de Literatura en 1980) vivía desde 1960 en Estados Unidos. Era amigo de Wat. Cuando acoge la sugerencia, Milosz no había previsto lo que pasó desde el primer encuentro: ni el número de sesiones (las últimas se hicieron en París, después del regreso de Wat a su vida modesta), ni el “arrobo” que sentiría ante la proliferación excepcional, ante el movimiento casi inalcanzable de la mente de Wat.


El arte de escuchar

Una desproporción atraviesa Mi siglo: a las preguntas de Milosz, a menudo de precisión inobjetable, le siguen larguísimas rachas, que contestan pero que también elucubran, pasean por la historia y por los asuntos de lo humano, como si la operación del pensamiento de Wat no siempre tuviese encendidos los mecanismos de la pausa, del cierre de las ideas. Wat habla y Milosz escucha, evita interrumpirle. Interviene para azuzarle a seguir, para que retome alguno de los preciosos cabos que ha dejado atrás, para ser el anfitrión de sus raptos e imprevistos.

Es el poeta Milosz, el hospitalario que intuye lo que se escurre detrás de la superficie, el que elige una posición de escucha activa, de la que sale sólo para alentar este flujo mental de Wat, quizás más próximo al monólogo –un monólogo cuyo hondo trazado proviene de la oralidad– que a la construcción de una memoria al  modo de Zweig y Aron, quienes mantienen en tensión las cuerdas que impiden el desbocamiento de sus respectivas memorias. Y es esto lo que podría sugerirnos que las de Wat no pertenecen al género de las memorias, a pesar de que en aquellos textos inigualables, y en esta peculiarísima construcción de Milosz-Wat, el impulso de confrontarse con el siglo XX parece semejante.


Hijo de Europa Central

En casa de Wat había una biblioteca que sus amigos recuerdan como un prodigio. Nació en Varsovia, en una familia que descendía directamente de Isaac Luria, el eminente cabalista del siglo XVI, y todavía antes de Raví Schlomo Yizhaki –el gran Rashi–, figura tutelar de la Ley Talmúdica, que nació en Troyes en el año 1040. Escribe el poeta Adam Zagajewski: “Judío de origen, de corazón y, hasta cierto punto, de formación, orgulloso de que el Gran Rashi fuese uno de sus antepasados, pero al mismo tiempo católico polaco fiel a la memoria de su nodriza, una mujer muy creyente; futurista, pero al mismo tiempo amante de la tradición artística europea, traductor de Dostoiesvski y de Tolstói, lector asiduo de los filósofos y de los místicos, pero al mismo tiempo de los escritores reaccionarios, buen conocedor de la pintura antigua, Wat no sentía necesidad alguna de seleccionar ni eliminar nada”.

Este sujeto irreproducible, resistente a toda generalización, podía hablar en ruso, alemán, inglés y francés; era un erudito en campos diversos, un intelectual al que apasionaban las polémicas, un voraz que había estudiado filosofía, psicología y lógica en la Universidad de Varsovia, y que en algún momento aceptó el llamado, no del partido, pero sí del ideario comunista.


El socialismo real

Mi siglo no es reducible ni a fórmulas ni a unas pocas frases. Quizás su principal línea narrativa –o una de las más fáciles de seguir– sea el intenso y extenso proceso de sus simpatías, controversias y enfrentamiento con el bolchevismo, desde que un episodio ocurrido en Lvov lo conduce por primera vez a la cárcel, en enero de 1940, cuando comparte con un “amigo revolucionario” su sospecha de que el pacto entre Hitler y Stalin supondría el reparto de Polonia. A partir de entonces la vida de Aleksander Wat fue esto: trece cárceles y diecisiete hospitalizaciones. Una existencia vapuleada por la furia del siglo XX (uno de los hermanos de Wat fue asesinado en Treblinka, otro en Auschwitz).

Leamos –oigamos la magia– de Wat: “Porque, bien mirado, yo siempre he sido quien debía ser, sólo que nunca en el momento adecuado. Fui político cuando debía haber sido poeta, y poeta cuando debía haber sido político. Fui comunista cuando la gente de pro era anticomunista, y me hice anticomunista cuando todo aquel que tenía dos dedos de frente se sumaba al comunismo. Fui vanguardista, innovador, cuando en Polonia los jóvenes no formaban vanguardias ni comprendían estas cosas, y, algunos años más tarde, me volví sincrético, cuando ya había surgido una juventud que pretendía ser innovadora. Siempre a deshora. Escogí el exilio, la llamada libertad, también a deshora. Mi enfermedad es un efecto, una manifestación de mi anacronismo. He sido todo lo que uno debe ser, pero jamás a tiempo. No lo digo porque considere que mi destino haya sido excepcional, al contrario, sólo ilustra millones de destinos semejantes. No lo digo para reclamar exclusividad, sino más bien para mostrar lo que era frecuente”.


El sentido de las cosas

No creo que exista otro modo de listar los temas de los que se ocupa Wat en sus recorridos cortos o largos, en su oleaje suave o sus mares revueltos, en sus paseos y circunvoluciones, que no sea la de leer su copioso volumen. Por decenas y decenas de páginas, por ejemplo, habla de escritores que no conocemos y que jamás serán traducidos ni tendremos tiempo de leer, pero ello no nos impide seguir sus argumentos y debates, porque sus indagaciones sobre los vínculos entre los escritores y el poder totalitario, más allá de los nombres y las circunstancias en que los correajes funcionaron, nos aproxima a una visión de la mecánica interior de la sumisión.

El horror del Gulag (hay momentos cuya fuerza evocativa me proyectaron hasta algunos de los mejores relatos de Varlam Shalámov); las siniestras modalidades con que los comunistas se vuelven presencia y sombra de esa presencia; el espanto de cárceles y hospitales; toda narración de la oscuridad, por encima de lo que ella narra, nos conduce a una zona donde el testimonio adquiere una dimensión más significativa: la comprensión de lo vulnerable que es la condición humana, lo próximo que vivimos a ejercer el mal sobre otros hombres.

Si a Wat se le puede escuchar como a un sabio –es la sensación que me ha producido–, ello no se debe únicamente, como bien el lector sospecha, al trabajo que el dolor corporal padecido debe haber causado en Wat (el dolor es pasaje a una visión “esencializada” de la existencia), sino que también hay en el sedimento de su cultura acumulada y de todo cuanto vio y sufrió bajo la atrocidad del socialismo real, el fundamento de un profundo sentido de la distancia, distancia desde la que recordar y pensar el mundo para intentar descubrir sus sentidos.



Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo

Aleksander Wat

Ediciones El Acantilado

España, 2009