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Habla Arendt, habla Steiner

Hannah Arendt y George Steiner

Hannah Arendt y George Steiner

De reciente aparición: La última entrevista y otras conversaciones y Un largo sábado, contienen entrevistas a Hannah Arendt y George Steiner respectivamente, dos pensadores medulares de nuestro tiempo. Ambos palpitan: son las palabras de dos inteligencias deslumbrantes

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A ninguno de los dos le gustaban las entrevistas. En sus escritos, en más de una oportunidad, ventilaron agrios comentarios en contra de lo superficial o lo distorsionador del periodismo. Pero resultó que, en ocasiones de excepción, Hannah Arendt y George Steiner accedieron a contestar a preguntas formuladas con propiedad. La última entrevista y otras conversaciones, recopila cuatro encuentros de Hannah Arendt con entrevistadores de muy alto nivel, entre ellos dos muy celebrados, Günter Gaus en octubre de 1964, y otro con Joaquim Fest, un mes más tarde. Fest, biógrafo de Hitler, es el autor de El hundimiento, joya de la historiografía que narra los últimos días de Hitler. Lo de George Steiner, es distinto. Un largo sábado recoge varias conversaciones sostenidas con Laure Adler entre 2002 y 2014. Entre la amplia obra de Adler, destacan sus biografías de Marguerite Duras, Hannah Arendt y Simone Weill.

Judíos, ambos crecieron en el seno de unas familias liberales, donde las ideas y los libros ocupaban un lugar de primera jerarquía.

“Cualquier otra ambición era signo de mediocridad”, explica Arendt. Uno y otro lograron escapar de las fauces nazis. A una primera educación privilegiada, en la universidad se sumaron maestros de lujo: Jaspers y Heidegger en el caso de Arendt; Gilson, Maritain y Lévi-Strauss en el de Steiner.

Demasiado proclives a la franqueza, a menudo han resultado desagradables, incluso para personas e instituciones judías, dentro y fuera de Israel. En sus respectivas entrevistas se produce esta coincidencia: los dos citan a René Char. Pero más allá de que no es posible revisar la historia intelectual del siglo XX (y, en el caso de Steiner, estos primeros años del XXI), sin detenerse en sus respectivas obras, hay que volver a esto: son únicos, irrepetibles.

Era un niño cuando George Steiner fue testigo de una marcha callejera que pedía la muerte de los judíos. Apenas supo que la sede del Reichtag había sido quemada, Arendt entendió el peligro que asolaría a los judíos. Sus obras son, en buena medida, la lucha contra la sensación de estar-de-más-en-el-mundo, la pregunta acuciante, sin respuesta final, del bien y el mal. Bajo esta perspectiva, ambos se maravillan de esto: que el pueblo judío no haya sido liquidado. Entre los pueblos antiguos, es el único que ha logrado sobrevivir por varios milenios. Dice Steiner: “El judío ha firmado un pacto con la vida”. Dice Arendt: “El pueblo judío es un clásico ejemplo de gentes que han perdido un mundo y aun así han perdurado miles de años”.

Cuando Gaus le pregunta a Arendt si añora la Europa previa a Hitler (que no volverá a existir) y añade, “¿Qué queda y qué se ha perdido para siempre?”, ella contesta: “¿La Europa previa a Hitler? No, no la añoro en absoluto, se lo puedo asegurar. ¿Qué queda? Queda la lengua materna”. Steiner, hijo de una madre políglota y políglota él mismo, mantiene la opinión contraria y sostiene: no creo en las lenguas maternas. Y, a continuación, enumera pueblos y regiones del planeta donde las personas nacen y crecen hablando varias lenguas. “La supuesta naturalidad del monolingüismo es una gran exageración”.

Dos premisas que, uno y otro, formulan de forma tajante y conmovedora: una, el amor por los hechos. El vínculo entre pensamiento y realidad. Steiner: “Aborrezco el engaño en las humanidades”. Arendt: las ciencias históricas son las encargadas de salvaguardar la verdad de los hechos. Dos: la libertad que han obtenido en la práctica de pensar. Pensar, sugiere Arendt, te salva de clichés, los eufemismos, la esterilidad teórica. Evita la confusión entre lo visible y lo importante. Su idea puede sintetizarse en esto: quien piensa está libre. Steiner, y su obra es la materialización de ello, lo aventura así: “El pensamiento no conoce límites”.

 

Steiner, el cazador

Puedo atestiguarlo: hay en él una seriedad de origen, una magnificencia, un avanzar hacia las cosas que significan en la condición humana. Escribe Adler: “Su pensamiento, siempre arriesgado, se despliega en el instante en el que se articula y, aunque posee una cultura enciclopédica, en varias lenguas y en distintas disciplinas, Steiner sale de caza. Es un cazador que se adentra en la espesura”. Su lucidez sobrepasa cualquier expectativa. Su modo de preguntar constituye, antes de responder, un viaje, un ir cada vez más lejos, una poética sobre las posibilidades de lo humano. Hablo de la persona que nos dice: “Somos invitados de la vida”. Declaración que proclama su conciencia de finitud, sino también, ninguna búsqueda puede darse por concluida. Vivir es insistir, aunque no haya consuelo.

Al políglota y melómano le apasiona el lenguaje. Si las matemáticas y la música no mienten, el lenguaje lo permite todo. “Es algo espantoso en lo que no solemos reparar: se puede decir de todo, nada nos ahoga, nada corta nuestra respiración cuando decimos algo monstruoso. El lenguaje es infinitamente servil y no tiene –a eso se debe el misterio- límites éticos”. El lenguaje demanda ser traducido, de forma permanente. Steiner cuenta una escena que lo dice todo: en una sala están reunidos decenas de brillantes matemáticos, que provienen de distintos países y lenguas. No pueden hablar entre ellos. Pero todos siguen boquiabiertos, el desarrollo que el profesor ejecuta en la pizarra. El hombre lucha con la lengua, hasta que ante hechos extraordinarios, acepta que hay cosas que no se pueden decir.

Sus libros están llenos de ofrendas a los grandes pensadores, de todas las disciplinas humanísticas y científicas. Steiner explica su devoción por el conocimiento: es la expresión del amor judío por el conocimiento. Ser siempre un alumno, alguien que aprende mientras vive. “Ser judío quiere decir pertenecer a una tradición de varios milenios de respeto por la vida del espíritu, de respeto infinito por el Libro, por el texto, y significa comprender que el equipaje siempre debe estar preparado, que la maleta siempre debe estar hecha, lo repito”. Memorizar es fundamental: nadie puede despojar a la persona que puede memorizar un texto. Los lectores necesitan condiciones para serlo: silencio, un espacio adecuado y una biblioteca personal: libros propios. Libros que puedan ser subrayados anotados. Steiner concluye que ha sobrestimado el papel del libro en la vida humana. La literatura es excepcional, si se la compara con la vastedad de lo oral. No son los textos los que están en peligro, sino los lectores.

Esa vocación por pensar ha sido la fuente de cuatro grandes irrupciones, emplazamientos, que unos judíos le han hecho a los hombres del mundo (Steiner los llama chantajes). Uno, la ley mosaica, que postuló el monoteísmo ante el politeísmo. Dos, el cristianismo, que proclamó el sacrificio a favor de los demás. Tres, el marxismo, que se pronunció en contra de la desigualdad, de la injusticia. Cuatro, el psicoanálisis, que perturbo la posibilidad de soñar en paz.

Adler le conduce al abismal asunto de “la inhumanidad que se esconde en las humanidades”. Las humanidades impotentes ante Auschwiz que bajo el umbral de la civilización. Las humanidades impotentes ante la crueldad y los miedos humanos. Las humanidades impotentes ante la expansión de la indiferencia en todos los sentidos: “Piense que mientras Pol Pot enterraba vivos, literalmente, a cien mil hombres, mujeres y niños en Camboya, nadie movió un dedo”. No en vano, recuerda, Gadamer, su discípulo, dijo que Heidegger, el más grande pensador del siglo XX, fue también el más mezquino.

Una cita más: “Solo sé una cosa: los campos de exterminio, los campos de Stalin y las grandes masacres no han venido del desierto del Gobi; se deben a la alta civilización rusa y europea, se deben al centro mismo de nuestros mayores logros artísticos y filosóficos; y las humanidades no han ofrecido resistencia. Al contrario, hay muchos casos de grandes artistas que han colaborado, alegremente, con lo inhumano”.

 

Habla Arendt

En la primera entrevista parte fijando el lugar desde el cual habla: la teoría política y no el de la filosofía. Entre una y otra hay una tensión irreducible, entre el ser que actúa y el que piensa. La hostilidad de los filósofos hacia la política es entonces constitutiva. Por lo tanto, el esfuerzo por comprender a partir de los hechos, debe hacerse desde una mirada “no enturbiada por la filosofía”. Comprender no está relacionado con influir. La satisfacción en Arendt proviene de pensar: de allí deriva la recompensa que significa escribir. También el privilegio de conversar (su homenaje a Jaspers: “donde Jaspers aparece y habla, se hace la luz: tiene una franqueza, una confianza y una forma de hablar sin reservas que no he visto en nadie más”).

Su vínculo con la política tiene un instante de ignición: el fuego provocado por los nazis de la sede del parlamento alemán, el 27 de febrero de 1933. Con cada ataque, la conciencia de su condición judía se fortalecía: “si te atacan como judío, debes defenderte como judío”. Establecida después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, al reconocer que no siente pertenencia ni por Europa, ni por Alemania, pronuncia la famosa frase que le dijera a Gustav Gaus: “¿Qué queda? Queda la lengua materna”, porque ella es insustituible.

La Shóa es el abismo que se abre ante los judíos. Ese abismo permanece irresuelto. De su fondo emergió un nuevo tipo de criminal, del que Adolf Eichmann es emblemático. Él no tenía la tipología del criminal que conocemos. Su propósito era estar-de-acuerdo-con-los-demás. Ser parte del ‘nosotros’ hitleriano. Evitaba sentir la impotencia del solitario. Estar de acuerdo produce una sensación de fortaleza. Incluso placer. El funcionario que sirve ciegamente, dedicado a cumplir las tareas que le han encomendado, resulta en un individuo muy peligroso. Su malignidad tiene otro carácter. No es la del ángel caído. Es la del sujeto superficial. Así las cosas, no es posible pasar por alto la cuestión de la banalidad.

Frente al imperativo del ‘nosotros’, estaba y está el del ‘yo’: la posibilidad de juzgar por sí mismo. Hay un límite. Uno de ellos, donde se reconoce que un funcionario que ha recibido la orden de matar es también un ser humano. Pero hay una diferencia entre quien perpetra y quien presencia y se retira en silencio. Hay un riesgo en decir que todos son culpables, porque eso beneficia o encubre a los ejecutores de los crímenes. Entre quien hace silencio y quien mata, hay diferencias que no deben obviarse.

La experiencia totalitaria genera impotencia, pero incluso así, hay modos de actuar. Las personas no están condenadas a actuar como criminales ni a ser cómplices de la persecución o la muerte de otros. Aunque el criminal intente escudarse en su condición de burócrata, cuando se enfrenta a un juez, reactiva su condición de ser humano. En el tribunal es una persona. Mientras el burócrata ha estado concentrado en producir –producir muertos en un campo de exterminio– su responsabilidad se atenúa o desaparece. “Nadie puede pensar a menos que se detenga”. El crimen burocrático es mucho peor y, a medida que la distancia del burócrata crece con respecto a los crímenes, su responsabilidad aumenta.

Inevitable, lo anterior conduce a la cuestión de qué justicia se puede aplicar a los delitos de exterminio, que no están previstos en las legislaciones. Arendt habla de los dos componentes que puede tener la justicia. Por una parte, restablecer el orden que ha sido perturbado. Por la otra, condenar a los culpables, también porque ello devuelve, en alguna medida, el honor y la dignidad a las víctimas.

 

La última entrevista y otras conversaciones

Hannah Arendt

Editorial Página indómita.

España, 2016.

 

Un largo sábado.

Conversaciones con Laure Adler

Editorial Siruela.

España, 2016.