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Habla Alfredo Meza

“El periodismo narrativo consiente a las personas que aún se resisten a entender el mundo mediante notas fragmentadas y que rehúyen de las ideas no fundamentadas”

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―En su percepción, las escuelas de comunicación social del país, ¿están formando periodistas con buenas capacidades narrativas?

―Las escuelas de comunicación social siempre han ido a la zaga de las demandas de su tiempo. Esto no es nuevo y, por lo tanto, no me llama tanto la atención. Sí quisiera resaltar que, antes y ahora, los programas de periodismo impreso no estaban ni están diseñados para formar a autores. Se le sigue dando demasiada importancia a los entrevistados y a lo que éstos tienen que decir antes que al desarrollo de una voz propia. Los egresados de nuestras universidades saben identificar muy bien los atributos de la noticia, pero desconocen cómo se le puede dar un valor agregado a la información que manejan. Se dedica mucho tiempo a estudiar la historia del periodismo pero no a nuestros grandes cronistas contemporáneos: Elisa Lerner, Miyó Vestrini, Ben Ami Fihman, Oscar Guaramato, José Pulido, Luis Alberto Crespo, Nelson Hypolitte Ortega, Sergio Dahbar, Hugo Prieto, Ewald Scharfenberg, Milagros Socorro o Sinar Alvarado. Todos ellos han alcanzado esa estatura porque, sin dejar de ser reporteros y entender que sin información no hay periodismo, decidieron traducirnos el mundo a partir de su propia mirada. 

Las exclusivas, desde luego, son importantes, así como la relación con los informantes para obtenerlas, pero con el auge de las redes sociales el periodista dejó de ser el único intermediario entre el público y la información. La llegada de nuevas maneras de transmitir noticias siempre ha supuesto nuevos retos para el periodista. En esta época ya no solo basta con tener buenas fuentes. Hay que aprender a contar una historia sin tener que recurrir a la imaginación. Eso es el periodismo narrativo: leer un cuento con base en hechos ciento por ciento comprobables. Soy un militante de esa causa que defiende la idea de que es posible contar una historia real con el ritmo y la sensualidad de una novela. Solo se acepta la separación entre periodismo y literatura en términos del pacto de lectura. De resto, el periodismo está en la obligación de seducir a los lectores tanto como una buena novela. 

―Comparado con otros países de América Latina o con España, ¿dónde está situado el periodismo con fundamento narrativo en Venezuela? ¿Le interesa a los medios de comunicación venezolanos?

―Con respecto a otros países de América Latina, Venezuela va un poco atrás. No hay una tradición como sí la hay, por ejemplo, en Argentina, Colombia y más recientemente Perú, donde circula Etiqueta Negra, que, a mi juicio, es la mejor revista en América Latina que publica trabajos de periodismo narrativo. Creo que eso tiene que ver con nuestra poca disposición para consumir literatura y nuestra adhesión a otras formas de conocimiento. 

Eso me lleva a otro asunto: no hace falta estudiar comunicación social para ser periodista, aunque sí considero fundamental la formación universitaria. Desconfío mucho de aquellos que exigen un carnet que te acredite como periodista para publicar en las páginas informativas de un diario. Los mejores reporteros que he conocido se formaron en otras áreas del conocimiento –Economía, Historia, Letras o Derecho– y son unos voraces consumidores de ficción. Así, en sus textos está presente el rigor del conocimiento, y una investigación sólida presentada de una forma atractiva. Estoy seguro de que si no hubiera tantas trabas al ejercicio profesional del periodismo en el país tal vez aumentaría la calidad narrativa del producto que se entrega a los lectores. 

Para mí es un asunto menor que a los medios de comunicación les interese o no que sus periodistas se formen. La iniciativa de superarse debería partir del propio interesado, quien, como profesional de los medios, está obligado a revisar constantemente cuáles son los temas de vanguardia en su oficio. Lo contrario –pretender que el afán por los cambios provenga de los dueños de medios– es entregarle a otro la responsabilidad de labrar el destino propio. Y yo sí creo que los medios estén interesados porque, al fin y al cabo, el periodismo con fundamento narrativo no propone la renuncia al esquema básico de la pirámide invertida. La información es esencial y no un accesorio incómodo. 

—¿En qué consiste la vigencia del periodismo narrativo en nuestro tiempos? ¿Es acaso un periodismo destinado a los libros?

—El periodismo narrativo en nuestro tiempo es una apuesta por derrotar ese nefasto dictamen de los gerentes de mercadeo, quienes hace ya algunos años, puestos a descifrar el misterio del descenso en las ventas de los diarios, dictaminaron que la gente ya no quería leer. Si la conclusión de los buenos muchachos de mercadeo fuese cierta deberíamos estar en presencia de un aumento de las ventas. No ha sido así. Es cada vez más grande la pila de diarios que se acumulan en los kioscos al final de la tarde. 

El periodismo narrativo por tanto es una apuesta por rebelarse contra esos medios escritos para no lectores, hechos a base de píldoras informativas, recuadros e infografías, y que desprecian, basados en una falacia, a los verdaderos lectores. El periodismo narrativo consiente a las personas que aún se resisten a entender el mundo mediante notas fragmentadas y que rehúyen de las ideas no fundamentadas.

Hablo, desde luego, no solo de crónicas sólidas, de obras de arte como las que escriben Alberto Salcedo Ramos, Leila Guerriero, Julio Villanueva Chang o Martín Caparrós. En el periodismo diario, con el apremio de la entrega, también es posible producir notas de elevada factura que revelen un costado del mundo que desconocíamos. Hay una nota que me gusta mucho citar en nuestros talleres –la del periodista de El País de Madrid, Pablo Ordaz, llamada “Haití ya no existe”, publicada como una primera aproximación al terremoto que asoló a Haití en 2010– que demuestra que no es necesario tomarse un mes para explicar qué ocurre en un país pobre sacudido por un seísmo de esa magnitud. En esa nota los testimonios recogidos soportan una idea que se desarrolla a lo largo del texto. Eso es una decisión del periodista y no una idea impuesta por terceros. Nuestro periodismo aún no ha entendido del todo que no son las fuentes las que imponen lo que se dice.  

¿Podría explicar de qué manera investigación y periodismo narrativo se alimentan? ¿Hay alguna relación entre ambos?

—En los últimos años se ha impuesto una idea que asimila el periodismo de investigación a la revelación de un hecho que los poderes, establecidos o fácticos, pretenden ocultar. Yo defiendo ese parecer si hablamos de un género del periodismo. Pero el periodismo investiga por definición. Y a la hora de narrar este detalle cobra especial trascendencia. Porque no solo se trata de obtener datos o versiones, sino de captar esos detalles que usualmente no se incluyen en las piezas informativas, y que nos sirven para construir personajes y escenas. No es posible narrar una escena sin levantarnos del cubículo o hacer periodismo narrativo solo con versiones. Es esencial salir a la calle con los cinco sentidos bien aguzados.  

—¿Cómo se ubica el periodismo narrativo en relación a fenómenos como la polarización?

—Es inevitable que una crónica sea inscrita en uno y otro bando. El periodismo que defendemos en el taller no es aséptico, pero sí toma distancia de las versiones interesadas para proponer una lectura propia. Si eso coincide o no con los bandos enfrentados en Venezuela es un asunto que determinarán los lectores. No creo en el periodismo que renuncia a su propia voz para fungir de árbitro entre dos puntos de vista enfrentados. El lector necesita honestidad y certezas.