• Caracas (Venezuela)

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Guzmán, elipse de una ambición de poder. Un monumento a la ruindad

Ramón Díaz Sánchez escribió una biografía cuyas páginas bien podrían ser recorridas con la emoción que despierta una novela: aunque su protagonista sea un personaje de la historia venezolana; aunque los hechos que en ella se narran son absolutamente reales; y aunque todos los movimientos del personaje –que discurren en el entorno de una vida política y cotidiana– son relatados con un “preciosismo cinematográfico”, que apunta a establecer un pacto de credibilidad con el lector

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“Los pueblos suelen comportarse como niños cuando en las horas de escoger rumbos se entregan a la tutela de un hombre providencial. El de Venezuela es un niño díscolo que añora la férula de Páez…”.

¿Por qué nos resultan tan familiares estas palabras? ¿Qué siniestra actualidad cobra por estos días tan radical afirmación? ¿Y por qué insólitos caminos nos llega tan claramente una voz emitida en 1950, fecha en que se publicó Guzmán, Elipse de una ambición de poder, biografía de Antonio Leocadio Guzmán, imponente obra de Ramón Díaz Sánchez (1903-1968).

La respuesta a estas interrogantes se encuentra en el proyecto que inspirara la monumental biografía del viejo Guzmán, escrita por Díaz Sánchez pocos años después de que los sucesos de 1945 torcieran para siempre la historia moderna de Venezuela. Con su personaje como coartada, el autor acometió un minucioso dibujo de los sucesos producidos en el país a partir de la consumación de la Independencia y la reciente fundación de las naciones soberanas, en el siglo XIX. Puesta la peripecia de Antonio Leocadio Guzmán en primer plano, se ofrecen como escenario los retortijones de la naciente república, una sucesión de convulsiones, desfile de montoneras, amagos de legalidad y una férrea vocación caótica que probablemente le sirvieron a Díaz Sánchez para esbozar la metáfora de lo que –tal como él temía desde su conservadurismo– le sobrevendría a Venezuela tras el derrocamiento de Medina Angarita y el ascenso al poder de las masas soliviantadas que venían a por lo suyo blandiendo la bandera de Acción Democrática y otras organizaciones recientemente creadas para servir de cauce a las antiguas aspiraciones de un pueblo que, según Díaz Sánchez, vive permanentemente en una “bárbara infancia”.

La sospecha de que la intención profunda que movió la concepción de Guzmán, Elipse de una ambición de poder fuera la de replicar –de manera soterrada– a los sucesos de 1945 proviene del hábito oblicuo de los historiadores venezolanos de la primera mitad del siglo XX de usar personajes y eventos del pasado como parábola para ilustrar hechos recientes, sin aludir a ellos de manera directa. Y proviene también de la evidente voluntad del texto de dialogar con el presente al punto de que aún hoy, a casi cincuenta años de su redacción, conserva intacta su inquietante capacidad de hacer actuales unos procesos correspondientes a la época en que la nación apenas despertaba de su sueño colonial. Al entrarle a esta biografía por alguno de los múltiples y variados accesos que permite, no se puede más que concluir que nuestra historia es cíclica y que a lo largo de los siglos vemos a los mismos personajes cruzar el proscenio con distintos nombres y leves matices que signan sus idénticas compulsiones.

¿Historia o novela? Interpretación

Guzmán, Elipse de una ambición de poder es un libro imprescindible para el lector local. Y lo es, sobre todo, porque es un libro estupendo; lleno de lances apasionantes, de grandes gestos y episodios miserables; también de situaciones de opereta, de intensos ridículos, de espantosas matanzas y solemnes actos de gallardía. Destila, pues, la vivencia venezolana; esa que hemos visto palpitar a lo largo de nuestras vidas y tememos ver reproducidas en el futuro si el destino se encrespa y desembrida.

En medio de un amasijo de ocurrencias decimonónicas destaca la figura de Antonio Leocadio Guzmán, retratado por Díaz Sánchez en casi 700 páginas (Editorial Edime, segunda edición, 1952), como un pícaro, oportunista, traidor, incansable criatura sibilina, capaz de echar a cualquiera a las llamas con tal de salvar su propio pellejo. Si al principio de su carrera lo encontramos llegando, casi a pie, hasta Panamá con el objeto de tomar un barco que lo llevara hasta Lima, donde se encontraba El Libertador, ya después lo veremos convertido en secretario del héroe, en su segunda consciencia casi; para luego ser testigos de su sigilosa manipulación de la confianza que Bolívar depositara en él y, posteriormente, de su abierta traición.

El país avanza a tumbos por todo el siglo XIX y en ese espacio zigzaguea hábilmente el formidable intrigante que terminaría su vida como la gran figura del liberalismo. Asistido por la ferretería de la novela, Díaz Sánchez arma su personaje sin abandonar ni un instante su manifiesta determinación historiadora: “Mi propósito al emprender esta obra”, dice en el prólogo, “no fue hacer una historia más de nuestro país, sino intentar una interpretación espiritual y moral de la vida de nuestro pueblo. Para esto nada mejor, pensé, que la utilización de un personaje señero, una figura viva capaz de tipificar las virtudes y los vicios de su tiempo”.

Lo que se termina tipificando allí es el hondo foso en el que se precipita la nación una vez desaparecido el noble procerato de la Independencia. Dejadas a su aire, las masas capitaneadas por una dirigencia de tres al cuarto marchan hacia el abismo. Y en el vocerío, en la confusión de la República temprana, las cosas están maduras para que la picaresca fragüe en su emanación cimera: este Antonio Leocadio que su biógrafo describe “silencioso, leve como una sombra pero con el oído atento a todas las voces y con la pupila fija en todos los ademanes” (p. 187). Cada uno de sus actos contendrá en su envés la intriga, el cálculo, la bocanada de aire que le dé impulso para una nueva voltereta política.

Antihéroe fascinante, llega a tal refinamiento su perfidia que hasta su casamiento con una pariente del Libertador y protegida de su hermana María Antonia, es una carta que el bribón se juega en su eterna apuesta por una posición más elevada. Así, señala el autor: “La verdad es que Guzmán no anduvo errado cuando se casó con Carlota Blanco. Esta unión, en medio de las angustias y alternativas de aquellas horas. Puede considerarse como uno de sus mayores aciertos políticos. El aprendiz es ya un maestro. La política femenina (o feminista, como la llamará después un agudo escritor venezolano) no carece del todo de eficacia en la Venezuela bolivariana. Igual que esas pedrezuelas que los supersticiosos usan como amuletos, la mujer venezolana comunica sus virtudes al hombre… Y no se equivocó este último (Guzmán), pues apenas casado, le fue ofrecido el empleo que antes solicitara sin éxito –la secretaría del Cuerpo de Policía recién creado–…” (p. 132-133).

     De fundador de periódicos –y de paso, prominente pionero de cierto vituperante periodismo político en Venezuela– el protagonista deviene policía y meloso recién casado que, en cuanto ve caído a Bolívar, suspende sus requiebros a la desposada y le confiere “…un nuevo trato que impulsará a Guzmán, en más de una ocasión, a maltratar de hecho a su mujer. Dícese que en un rapto de ira la golpea brutalmente y que para evitar que salga a la calle durante su ausencia, aprisiona su cabellera entre las hojas de un escaparate cuya llave se lleva en el bolsillo…” (p. 140).

Preciocismo cinematográfico

Todos estos movimientos del personaje discurren en el entorno de una vida política y cotidiana que el texto capta con preciosismo cinematográfico. Es como si el detalle visual apuntara a establecer con total firmeza un pacto de credibilidad con un lector que, sin embargo, recorrerá muchas de estas páginas con la emoción que despierta la novela. Es historia: es la biografía de una persona real, que desencadenó hechos en la realidad; pero la tersura de la prosa, la tentación de abarcarlo todo –incluso los pensamientos del biografiado–, el volumen que adoptan las molduras más nimias del paisaje sugieren, en muchas ocasiones, la presencia de una gran fabulación centrada alrededor de un arquetipo florentino. El balance –reconoce Díaz Sánchez– “nunca es decisivo, pues siempre queda en la mente de quien juzga a Guzmán esta inquietante interrogación: ¿hasta qué punto es sincero este hombre? Guzmán es para el Libertador un enigma que no logrará resolver en el resto de su existencia. ¿Pero es que tiene interés en estos momentos en aparecer enigmático? No es presumible. Por el contrario, todos sus actos revelan el deseo de mostrarse como el más adicto de los amigos de Bolívar. No ignora que solo por este camino podrá llegar al destino que ansía” (p. 120-121).

Es posible que Guzmán no haya llegado nunca al destino que ansiaba. Pero solo posible –no probable–; por un lado, porque pudo ver a su hijo investido con las galas de presidente de la República; y por el otro, porque con todas las fluctuaciones que mellaron su vida de escalador social, llevándolo de los grandes salones a la cárcel, de esta al exilio y del destierro a un despacho de ministro; hizo casi siempre de poder detrás del trono, vio pasar el féretro de sus enemigos, estuvo ahí para atestiguar la caída de la vieja oligarquía, azuzó las masas cuanto quiso y vivió conforme a esa desmesurada idea que tenía de sí mismo. Eso, sin contar que hizo de la vileza una de las bellas artes: “En medio de la decadencia moral que revelan sus actos por esta época (1856), hay en ellos, no obstante, una capacidad de sufrimiento y una perseverancia para la humillación que resultan verdaderamente admirables. Aquí asistimos a una sorda apoteosis de la pequeñez y a un inconcebible heroísmo de la ruindad. Pocos hombres han sido tratados con tal desprecio pero asimismo pocos han sabido asimilar el desdén con semejante abnegación” (p. 402).

Es más de lo que se puede decir de muchos.

Sentimental y “surrealista”

*Fragmentos de su diario.

“Ahora mismo, cuando me veo prácticamente asediado por las manifestaciones de aprecio e incluso de admiración que me proporciona mi obra de escritor, me asaltan los recuerdos de la juventud cuando yo soñaba en este día lejano. Soñaba yo, en la penumbra de mi pueblo –Puerto Cabello– con llegar a ser algún día un escritor, en saberme leído y estimado por ello. Contaba apenas diecisiete años, cuando, en el estrecho pasadizo de nuestra casita solariega me entregué con verdadera pasión a escribir una novela. En mis correteos por las calles de la pequeña ciudad iba recogiendo cuanto programa o volante impreso cayese en mis manos. Aquellas eran mis cuartillas. Con ellas en mis manos volvía a mi casa muy ufano y me entregaba febrilmente a la escritura. En el pasadizo había instalado una mesita de caoba, resto de pasados desahogos de mis padres y era allí donde escribía mientras mi madre aplanchaba en la sala, la ropa blanca de unos comerciantes alemanes”.

“Ignorante como un primitivo, yo era en mi rincón un espontáneo caso surrealista. Mi novela interminable, incoherente, arbitraria, auténtico producto del subconciente. Sus protagonistas iban de un lado a otro sin concierto, porque sí. Tan pronto estaban en los suburbios de Puerto Cabello como se les veía correr en la noche tenebrosa por las calles de Maracaibo, o de Caracas. Describía estas ciudades sin conocerlas, guiado solo por la fascinación que sus nombres y sus leyendas producían en mí…”.

“¿Por qué no ensayar de una vez mi propia definición? Soy un sentimental que nada contra la corriente de sus sentimientos... Soy un hombre del pasado que se romperá la cabeza buscando los caminos del futuro”.

 

Petróleo, los guzmanes y la transición

Por Jesús Sanoja Hernández

Para la rendición de Mene, 1966, escribió Jiménez Arráiz de su cuñado Díaz Sánchez, a quien debió conocer como ninguno, que este era infatigable trabajador, un self- made que saltó las vallas de las limitaciones culturales de su época: “Hijo de obreros y obrero él mismo en su mocedad, desempeñó los más variados oficios, desde aprendiz de mecánica y vendedor ambulante de cigarrillos y puros, hasta pintor de carteles para cines de pueblo”. Y también frecuentador de los ambientes periodísticos, narrador y ensayista.

Debió llegar a Maracaibo en 1924, donde conoció a Juan Besson, director de La Información. Eran tiempos en que, como en un filme, el Zulia aceleraba su transformación “psicológica y económica”, y por la redacción del diario de don Juan pasaba la figura bohemia de López Troconis. En aquella pajarera de la casona de la calle Independencia el dúo formado por Pedro Herrera y Benedicto Peña, “enamorados de una época que se iba” (el ocaso del género chico, las últimas boqueadas del Teatro Baralt, el encanto del couplé, la Compañía de Mercedes Navarro, los contertulios trataban de captar los cambios introducidos por el petróleo.

¿El petróleo? Justamente Díaz Sánchez comenzó como empleado de la Caribbean y luego, en Cabimas, como juez municipal, tendría oportunidad de excelencia para recoger datos, testimonios y mutaciones en el estilo de vida de esa ciudad nacida violentamente del viejo pueblo de Narciso Reinoso, el mejor cantador de la zona, adonde llegaban los pescadores de Las Yayas, los carboneros de Las Rosas y los madereros de Ambrosio y Las Misiones. Y a propósito, ¿ese Narciso Reinoso de Mene, de dónde saldría?

El sindicalista Jesús Prieto Soto, autor de innumerables volúmenes acerca del petróleo, en su libro ¿El chorro: gracia o maldición?, mencionaba, entre los célebres guachimanes de la incipiente industria, “al popular trovador Narciso Perozo”. Y hay más…

Díaz Sánchez, en un artículo publicado en Panorama en 1954, señalaba que el punto de partida del gran torbellino petrolero comenzó en 1913 al descubrirse “los depósitos aflorantes de Mene Grande” y Prieto Soto apuntaba que a Cabimas, en 1925, la formaban dos calles, la Principal y la del Rosario: “en la primera estaba establecido el comercio; en la segunda, el sector residencial”. Un año más tarde estalló la huelga que se extendió desde Mene Grande hasta la Cabimas de la novela Mene.

En Cabimas escribió Díaz Sánchez, entre 1932 y 1933, el ensayo “Cam”, parcialmente recogido en las páginas de la revista Arquero, que en Caracas dirigió Julio Morales Lara. Y allá, según Pedro Sotillo, “el mozallón que no parecía porteño” (Díaz Sánchez, no se olvide, había nacido en Puerto Cabello) redactó febrilmente las páginas de Mene, “entre los meses de febrero a junio de 1935”, aunque otros críticos sitúan la redacción un poco antes. Gustavo Luis Carrera afirma que Mene fue premiada en el concurso del Ateneo de Caracas de 1935, pero solo pudo editarse en 1936, ya muerto Gómez.

Si algún autor se sintió atraído por el período que reventó en diciembre de 1935, haciéndose bullente política e ideológicamente en 1936 para desembocar en 1937 como prueba de fuego de la transición lopecista, ese fue Díaz Sánchez. No por azar su ensayo se denominó Transición. Para mí, destaca como el único intento, no solo de describir una situación contemporánea, sino de interpretarla cuando estaba aún en el curso más difícil de captar con mirada larga. Por allí desfilan los jóvenes que venían del destierro apertrechados de marxismos, la Ley Lara y la represión de 1937, el fascismo y el nazismo como estrategia de contención del comunismo y el posible triunfo, aunque temporal, de este. En pleno 1937, antes de estallar la II Guerra Mundial, Díaz Sánchez previó el gran cataclismo y analizó, con bastante tino, los “ismos” que entonces se cernían sobre un futuro de enigmas.

En 1950 sorprendió con el mural del guzmancismo, esa elipsis de ambición de poder que se inició con Antonio Leocadio, a quien Milagros Socorro califica acertadamente de “antihéroe fascinante”. Dejó en cartera Díaz Sánchez un proyecto, no sé si novelístico o ensayístico, sobre Joaquín Crespo, acerca del cual hizo una referencia Miguel Otero Silva en 1954. En las gavetas pudo quedar asimismo la tercera novela petrolera, aquella que debía concluir el ciclo de Mene y Casandra. No es la primera trilogía inconclusa. También está la de Uslar (Laberinto de fortuna).

*Publicado el 15 de noviembre de 1998