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La Guerra del Cojo

Artillería japonesa durante el ataque a las fuerzas alemanas de Tsing Tau, en 1914 | Wikipedia

Artillería japonesa durante el ataque a las fuerzas alemanas de Tsing Tau, en 1914 | Wikipedia

Por ser una revista quincenal, El Cojo no era tanto una fuente de información de actualidad sino más bien de piezas de opinión y análisis, y aunque no se puede menospreciar la labor propagandística que realizó la redacción, tampoco se puede pensar que fueron los únicos en hacerlo

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El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, el nacionalista serbio Gavrilo Princip puso en marcha el conflicto de naciones de mayor escala que la humanidad había conocido hasta entonces mediante dos disparos de su pistola automática Browning, que alcanzaron al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa Sofía Chotek en la yugular y en el abdomen, respectivamente. Un mes después del atentado empezó la guerra en la que más de 8 millones de soldados cayeron víctimas del avance de la tecnología de armas, presos en mortales trincheras. Hombres y mujeres lucharon por intereses imperiales y el mundo entero vio a estos imperios caer. El acontecer diario del campo de batalla y las decisiones de Londres, París, Berlín y Petrogrado fueron los titulares que invitaban a ciudadanos alrededor del orbe a acercarse al punto de venta más cercano y comprar el periódico del día. Los ojos del mundo miraban hacia el Viejo Continente y aun estando a miles de kilómetros de distancia la simpatía hacia los Aliados de La Triple Entente por parte de los medios impresos que traían noticias por cable desde Inglaterra y Francia hasta nuestro país, apartado del conflicto y oficialmente neutral hacia el mismo, no se hizo esperar.

¡Extra! ¡Extra!

Los años precedentes a la guerra vieron el nacimiento del periodismo moderno en Venezuela, al son de la canción de la rehabilitación nacional a
manos del General Juan Vicente Gómez, quien impulsó una ola implacable de avance tecnológico, industrial y urbanístico al igual que de represión. Sin embargo, las condiciones para la expansión de la popularidad de la prensa nacional no estaban dadas desde el principio: la comunidad lectora no era tan amplia como en nuestros tiempos de alfabetismo casi absoluto, había escasos métodos de distribución, la ganancia que traían los anuncios publicitarios era insuficiente y, sobre todo, la censura ondeaba como una gigante bandera izada en el cielo de los medios de comunicación. El uso del cable submarino se reanudó en 1909 y empezaron a llegar noticias frescas de Norteamérica y de Europa. Varios diarios comenzaron a recibir noticias del día a día internacional y además fotografías de los personajes más importantes de las noticias reseñadas; el imaginario venezolano se alimentó de rostros y de escenas maravillosas de metrópolis al otro lado del Atlántico a la imagen y semejanza de las cuales muchas ciudades venezolanas fueron construidas. El Cojo Ilustrado, la más importante de las publicaciones que tenían a su disposición un arsenal de recursos gráficos, se publicó ininterrumpidamente durante veintitrés años, desde 1892 hasta 1915, fiel a su misión de establecer una cultura de fotograbados, dibujos y fotografías en Venezuela. Bajo la dirección
de Jesús María Herrera Irigoyen y con la colaboración de una generación de hombres brillantes como José Gil Fortoul y Pedro Emilio Coll, El Cojo intentó
traer a Venezuela las ideas dominantes en el “mundo civilizado” que tanta adulación, admiración e imitación inspiró en la generación cosmopolita que apostó por salir de lo rural y luchar contra la barbarie.

Lo que El Cojo reprodujo de la Gran Guerra fue lo que muchos venezolanos pensaron de ella, aun cuando la escasez de papel causada por la guerra ocasionara su desaparición en 1915.

Primeros pasos

El Cojo fue una publicación quincenal dedicada, antes de la Gran Guerra, a la cultura y a la tecnología. Quizás con el leitmotiv de que el progreso tiene que esparcirse, la revista fue un experimento con el fin de llevar a Venezuela el acontecer cultural del exterior y, a la vez, por su carácter de revista internacional, llevar el de Venezuela al resto de Latinoamérica. El Cojo Ilustrado llegaba a más de 3.000 suscriptores en Venezuela y otros países, quienes, con cada número, recibían páginas dedicadas a la poesía, a textos narrativos, a piezas de opinión, a crónicas y a reproducciones de obras de arte.

Las técnicas de grabado más avanzadas fueron utilizadas en El Cojo, y logró establecerse como una revista que perfeccionó la composición de sus números de manera nunca antes vista y nunca jamás igualada. El Cojo Ilustrado tenía ya veintiún años en circulación en el momento en el que estalló la guerra, y la combinación de una revista liderada por un grupo intelectual experimentado y un suceso de esta escala permitió la edición de cuarenta y ocho números en un espacio de dos años, números que no solamente son testimonio histórico sino también patrimonio cultural, que no solamente son documentos del tiempo sino ejemplares únicos de maestría periodística.

El Cojo va a la guerra

Por ser una revista quincenal, El Cojo no era tanto una fuente de información de actualidad sino más bien de piezas de opinión y análisis, y aunque no se puede menospreciar la labor propagandística que realizó la redacción, tampoco se puede pensar que fueron los únicos en hacerlo. El partidismo hacia
los Aliados era evidente en todas las publicaciones, con titulares como “La Doncella de Orleans. El Espíritu heroico de Francia, espléndida manifestación de cultura” (El Universal, 1914). Aun así, más que odio hacia Alemania, el sentimiento que se hace entrever en las páginas de El Cojo Ilustrado es la decepción ya que ningún otro país, entre los siglos XVIII y XIX, fue tan influyente en la escena filosófica como Alemania. Ver a la patria de Goethe en el centro de una lucha de poder ciega y salvaje fue, seguramente, causa de desilusión y no tanto de cólera. En los últimos números de El Cojo se escucha una voz que llama a la razón y es precisamente esa voz la que lamenta la muerte del pensamiento y la exaltación de la fuerza bruta liderada por un Kaiser convertido en un ser casi medieval.

Característico del reportaje de guerra de El Cojo Ilustrado no es solamente la crítica a Alemania, sino también la relación de la revista con Francia. El famoso decir que el enemigo de tu enemigo es tu amigo es acertado si se quiere describir el trato que dio El Cojo a los galos, que en primer momento no fue muy amable con ellos, criticándolos fuertemente por su irresponsable gasto militar que ayudó a fomentar la militarización desmedida del resto del continente, pero una vez iniciado el conflicto, formadas las alianzas y arraigados los sentimientos anti alemanes, El Cojo Ilustrado empezó a ver a Francia con mejores ojos: imágenes de París inundaron sus páginas y esculturas de Rodin y de Chatrousse y hasta la Catedral de Reims
adornaron las portadas de los números de finales de 1914.

La redacción de la revista tenía un punto de vista un tanto inesperado: apoyaba el inicio de la guerra y condenaba la neutralidad y el desentendimiento
de los venezolanos de un asunto tan importante. Veía el conflicto como el inicio de la solución definitiva a las tensiones causadas por la competencia
postindustrial en las más grandes economías europeas y como una conflagración necesaria “para el bien general de la humanidad”.1 Sin embargo, una
vez peleadas las primeras batallas en suelo belga y alsaciolorense, encontramos lamentos por las fallas diplomáticas que llevaron a las primeras horribles escenas de guerra y los primeros vaticinios de cómo la desgracia europea iba a causar estragos en el mundo entero.

De la pluma de Gabriel Espinosa, se desprende un artículo que plasma de manera perfecta la posición de El Cojo Ilustrado, en el que se siente la pérdida
de esperanza de cualquier tipo de paz en el futuro próximo y la decepción en el rumbo que decidieron tomar las potencias europeas previo a la guerra; el

legado cultural que Europa esparció por el mundo se veía enfrentado a conflictos internos nacidos del militarismo, que ponían en peligro a aquellas sociedades que nos habían mostrado los Derechos del Hombre y la democracia parlamentaria.

Espinosa es apologético de Inglaterra, cuya manera de actuar –por igual militarista que la de Alemania y Francia– está justificada porque precisamente “los bárbaros del Norte” amenazaban su expansión y desarrollo mercantil con su carrera armamentista.

2 El escritor critica fuertemente a todos los países involucrados por haber dedicado increíbles sumas de dinero a una ideología que ve el poder militar como seguridad, mientras había una clase obrera oprimida por el capital y mientras miles sufrían hambrunas y morían sin tener la oportunidad de llevar una vida digna. Al principio defendiendo posturas pro bélicas, El Cojo, ya viejo, se dio cuenta de que la guerra evolucionó hasta convertirse en una llama roja y
negra que, de seguir su curso sin contratiempos, amenazaba con arrasar con un continente entero y que de ser así, ni él ni nadie podrían volver a recorrer el camino del amor por el conocimiento que tan lejos había llevado a la humanidad.