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Guerra Fría en papel: Entre espías y bombas

“Hablar de bestsellers durante la Guerra Fría es, obligatoriamente, hablar de Jack Ryan y James Bond” / Imagen: “Desde Rusia con amor”, (Terence Young, 1963)

“Hablar de bestsellers durante la Guerra Fría es, obligatoriamente, hablar de Jack Ryan y James Bond” / Imagen: “Desde Rusia con amor”, (Terence Young, 1963)

 Durante los largos años de la Guerra Fría, la literatura se convirtió en una herramienta para teorizar –para elucubrar– sobre un conflicto que nunca llegó a “ser”. Una forma de escuchar –a través de la seguridad que brindan las páginas de los libros– el eco de los cañonazos que –gracias a la intervención providencial de un Dios benévolo– jamás se dispararon. En ese universo de “si hubieran” nacen las historias de guerras orbitales entre satélites rusos y americanos, las persecuciones entre espías y contra espías y sobre todo…los temidos holocaustos nucleares

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Hablar de la Guerra Fría es hablar de uno de los períodos más populares en la literatura “pop occidental”. Esos años de demencia colectiva global –donde con seriedad calculamos “freír” a todo el planeta– y que transcurrieron groso modo entre 1945 y 1991 –o lo que es lo mismo, entre el final de la Segunda Guerra Mundial y caída del bloque soviético– son cruciales para comprender el desarrollo del actual “mythos” literario en las ramas de la ciencia ficción y la novela de espías.

Sin la Guerra Fría probablemente no habrían alcanzado la fama ni Tom Clancy ni Ian Fleming. Jack Ryan sería un simple funcionario burócrata de Estados Unidos. Los bunkers subterráneos seguirían siendo desangelados almacenes de alimentos. Y no hubiésemos visto jamás a Sean Connery  interpretar al amargo desertor “submarino” en La caza del Octubre Rojo, ni asesinar con la rigurosa elegancia de un tuxedo en James Bond.

Sin la Guerra Fría –y todo lo que representó como fenómeno social– casi puede dar usted por descontado, querido lector, que una buena parte de las películas de acción, thrillers militares o de espionaje –que tanto amamos entre cotufas y refrescos– nunca hubiesen existido. ¿Por qué? Porque este conflicto que nunca estalló fue, precisamente debido a su potencial inconcluso –amén de un poder superior que decidió preservar la vida sobre la Tierra– el marco perfecto para que desde las páginas y la tinta, las mentes depravadas y creativas de maestros del suspense y el thriller militar, construyeran realidades paralelas llenas de aterradoras posibilidades. La Guerra Fría es la levadura de las más entretenidas –y taquilleras– pesadillas.

Y no hay panaderos mejores para estos terrores nocturnos que Tom Clancy e Ian Fleming. Hablar de bestsellers durante la Guerra Fría es, obligatoriamente, hablar de Jack Ryan y James Bond. Dos hombres ficticios encarnados por gigantes del cine de la talla de Harrison Ford, Alec Baldwin o Ben Affleck en el caso de Ryan, y Sean Connery, Pierce Brosnan, Daniel Craig o Roger Moore –por nombrar solo algunos– en el caso del emblemático 007.

Clancy y Fleming como creadores de Ryan y Bond se transformaron, sin temor a equivocarnos, en los padres de la conspiración nuclear, los principales propagadores de misterios del Pentágono y el Kremlin, y los creadores más prolíficos dentro del género literario del espionaje.

Novelas como Desde Rusia con amor, A la caza del Octubre Rojo, Clear and Present Danger, La suma de todos los miedos, Dr. No y Red Storm Rising, se convirtieron en marcas indelebles en la literatura “pop” occidental. Construyendo una muy bien definida y particular visión desde el bloque euro americano, sobre sus contrapartes rusos y chinos. Una Guerra Fría “oficial” en la literatura que definió, por más de cuarenta años, como veíamos –y aún hoy en día vemos– a los rusos, a los chinos–y en general– a los comunistas. 

Si no te agarra el chingo…

Dos son los temas que parecen prevalentes en la visión sobre la Guerra Fría que nos ofrece el mundo de los bestsellers occidentales: hecatombe nuclear y espionaje internacional. Sálgase usted de estos temas y se alejará de la visión universalmente aceptada sobre ese mundo polarizado por las políticas del détente.

Por ejemplo, en La caza del Octubre Rojo –que fue llevada magistralmente al cine por la dupla Baldwin/Connery– Tom Clancy plantea un argumento que podría considerarse arquetípico de la literatura de ficción occidental basada en la Guerra Fría. Un hombre honesto, pero del bando comunista, está cansado de las injusticias evidentes del sistema soviético. Obligado por las circunstancias este hombre –el estoico capitán lituano Marko Ramius– decide desertar, llevándose consigo un submarino nuclear desarrollado en secreto por los rusos. Un arma nueva que prometía poner fin a la Guerra Fría –al convertirse en un Apocalipsis portátil capaz de aniquilar al planeta entero- y decide entregarse a los americanos con una doble finalidad: primero escapar a la tiranía soviética y, en segundo lugar, mantener el balance de poder y evitar la tan temida “destrucción mutua asegurada”.  Este argumento podríamos llamarlo el primer modelo de novela sobre la Guerra Fría: las historias sobre una posible hecatombe nuclear.  Entre ellas se cuenta Dr. No y La suma de todos los miedos. Con variaciones de estilo, este formato –que no se limita a Fleming y Clancy pues ha sido emulado hasta la saciedad por centenares de escritores– plantea una realidad matemática muy cierta: existe en el mundo suficiente poder nuclear para vaporizar el planeta.

¿Qué tanto, querido lector? Pues –esto es vida real– cada misil Trident II D5 carga doce cabezas nucleares sustancialmente más poderosas que las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Y cada submarino clase Ohio carga veinticuatro misiles Trident con doce bombas nucleares cada uno. Estados Unidos –únicamente Estados Unidos– tiene dieciocho submarinos de estos surcando –mientras usted lee estas líneas– los siete mares. Para hacerle la cuenta corta…. Un sólo submarino clase Ohio es capaz de acabar con la vida sobre la Tierra. Y los rusos tienen más submarinos de este tipo –su equivalente ruso es la clase Thypoon– que los norteamericanos y todos sus aliados. Hay muchísimas más bombas que posibles blancos. Así de absurda fue la carrera nuclear.

El segundo modelo de novela arquetípico de la Guerra Fría es, sin duda, la novela de espías. Aquí el maestro es Ian Fleming y su flemático James Bond. El concepto de que un hombre es capaz de hacer la diferencia, de causar un destino apocalíptico o de evitarlo, es vital para poder comprender esta raza de novelas. En todas estas obras el individuo demuestra que la información es poder, un concepto que fue crucial en la vida real pues, en efecto, fue un conflicto que se libró con batallas de datos, más que con pólvora y plomo. Y Fleming ejemplifica esto en las arriesgadas apuestas que Bond realiza. Los mejores ejemplos son Desde Rusia con amor  y Moonraker donde los conocimientos que Bond recaba, a lo largo de sus peripecias, son al final el instrumento que le da la victoria, probando que la información es más letal que la fuerza bruta.  Especial mención merecen en este apartado Triple y El valle de los leones, ambas de Ken Follet y ambas cruce triple entre la novela noir, la de espías y el romance, siempre ambientadas en el contexto del Telón de Acero. 

Una raza aparte

Fuera de los caminos del establishment, hay algunas obras que han alcanzado el listón de bestsellers por senderos que no logran encajar ni en la novela de espías, ni en la literatura nuclear apocalíptica. Entre estas joyas destacan The Zap Gun de Philip K. Dick y la enrevesada El séptimo secreto de Irving Wallace. La primera narra un futuro donde las élites rusas y americanas se han puesto de acuerdo para mentir en conjunto al mundo y mantener una ficticia Guerra Mundial. La misma es alimentada por caricaturista que dibujan armas y tanques futurísticos. Sin embargo el engaño queda expuesto cuando una raza alienígena ataca a la Tierra temiendo la inexistente súper tecnología bélica que los dibujantes hacían pasar por cierta.

La segunda, El séptimo secreto, es quizás el paraíso de todo conspirador profesional. La novela plantea el resurgimiento del nazismo, latente y escondido entre las filas del politburó ruso, gracias al ficticio suicidio de Adolf Hitler.

En cualquiera de los casos, adentrarse en el universo de la Guerra Fría de papel, es una aventura de la que saldrá –siempre que termine la novela– completamente airoso, y quién sabe, quizás hasta descubra algún poderoso secreto. Alguna pista que le ilumine y le ayude a comprender como, milagrosamente, entre rusos y gringos no exterminaron la vida sobre la Tierra, luego de amenazarse mutuamente a lo largo de cuarenta largos y tensos años.