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La Gramática de Bello. El tránsito a la modernidad

Andrés Bello / cortesía

Andrés Bello / cortesía

Sobran las explicaciones en la historia sobre el sentido de muchos de los análisis hechos por Andrés Bello en la “Gramática”. Algunas tesis apoyan que los motivos de su escritura fueron más que generar una conciencia de identidad hacer del texto un elemento civilizatorio. María Celina Núñez estudia detenidamente este libro con todos sus aportes teóricos –alejados de la usual práctica de la gramática– e históricos –ligados a la nueva filosofía empirista, pero no sin cierta presencia racionalista

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Racionalismo y Empirismo

La Gramática de Andrés Bello, publicada en Chile en 1847 es la culminación de un trabajo sobre el lenguaje que tiene dos antecedentes importantes, la Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana –en el siglo XIX la palabra análisis era de génesis femenino– escrita en Caracas hacia 1810 pero publicada en Chile con prólogo de 1841; y el artículo “Gramática castellana” de 1832. Los múltiples estudios sobre la Gramática pueden agruparse en dos tendencias básicas: las que vinculan la obra a la filosofía racionalista, y las que la ven como una expresión de modernidad debido a la preeminencia del empirismo.

Amado Alonso, autor de la introducción de la edición aniversaria de 1972 realizada por el Ministerio de Educación que todos manejamos y que cuenta también con las notas de Rufino José Cuervo, repara –sin negar los rastros racionalistas de la obra– en aquellos aspectos que la aproximan a la lingüística actual: las afirmaciones que hace Bello en el prólogo sobre la arbitrariedad del lenguaje (que rompe totalmente con el paralelismo lógico-idiomático racionalista); el reconocimiento de la historicidad de cada lengua: cómo cada una tiene leyes diversas de evolución; la diferenciación entre sincronía (estudio actual del idioma) y diacronía (análisis de su proceso histórico).

Los siglos XVIII y XIX son considerados claves en la historia de la lingüística. De un modo general, puede decirse que en el siglo XVIII hay una prevalencia de la “episteme” racionalista, para usar el término de Michel Foucault en Las palabras y las cosas, y en el siguiente un predominio del empirismo. El racionalismo, cuya más clara expresión fue la escuela francesa de Port-Royal se fundaba en un paralelismo lógico idiomático: la lengua no se regía por leyes propias sino que obedecía a la lógica del pensamiento: todas las lenguas están ordenadas por las mismas leyes de pensamiento -que son únicas-; y, por tanto, todas las lenguas se organizan según categorías gramaticales universales. Este será, de hecho, el criterio de comparación entre las lenguas. Siguiendo con Foucault, esto implicaba que el signo lingüístico era siempre “representación” de la realidad. Hay, por lo tanto, como indica Willburg Urban “confianza en la palabra”.

Pero hacia finales del XVIII, con el advenimiento de la filosofía empirista, esta confianza comienza a resquebrajarse. La valoración del dato sensorial cuestiona la posibilidad de la palabra para nombrar lo no sensorial. Se trata, para Foucault, de una nueva episteme en la que el signo lingüístico ha perdido su capacidad de representación. Las lenguas son vistas como estructuras con leyes internas propias; lo que da al traste con la noción de universalidad. Todo esto significa que una vez que el lenguaje deja de ser representación –que las palabras ya no remiten inequívocamente a las cosas–, aparece la noción de heterogeneidad de los sistemas gramaticales y de las leyes que determinan el cambio en cada uno de esos sistemas. Esto es muy importante porque la lingüística como disciplina adquiere el sentido de historia, pues cada sistema está afectado por una historicidad interna propia.

Una muestra de esto es el nuevo tratamiento del verbo ser. Para la concepción racionalista este verbo era, fundamentalmente, la afirmación de la existencia; remitida, por lo tanto, a una realidad exterior. El verbo “ser” era el principal y estaba implícito en todos los demás verbos que eran la suma de la cópula más el atributo.

Para la lingüística empirista, en cambio, el verbo ser es igual a todos los demás, pues su definición no descansa en criterios ontológicos (esenciales) sino funcionales. Así, la antigua división tripartita de la oración (sujeto, cópula, predicado) es sustituida por la bipartita (sujeto y predicado) y ya no se considera el verbo ser como constitutivo de cada verbo.

Una lectura de la Gramática permite la detección de ambas epistemes aunque no siempre en la misma proporción. Es claro que el paso de una a otra no se produce de un día para otro y por ello los discursos culturales, al reflejar ese proceso, pueden evidenciar una confluencia. Pese a ello, nuestra apreciación es que el valor de la Gramática radica en sus aportes históricos, en este caso ligados a la nueva filosofía empirista. En ellos haremos hincapié.

Luego de estudiar a una serie de autores (Velleman, Alonso, Ardao, Yllera, García Bacca, Olza, etc.) podría pensarse en una evolución desde la gramática general (fundamentalmente expresada en la Análisis) hasta concepciones mucho más modernas manifiestas ya en su artículo “Gramática castellana” de 1832, profundizadas en la Gramática. Pero una aproximación cuidadosa a la obra en su conjunto muestra que la Análisis no carece de elementos de modernidad y, a la vez, que la Gramática contiene cierta presencia racionalista.

Al leer la Análisis, el apartado titulado “Del verbo” se pronuncia en contra de la noción tripartita de la oración.

Encontramos aquí una posición teórica vecina a la de la Gramática en la que se pronuncia así: “La filosofía de la gramática la reduciría yo a representar el uso bajo las formas más comprensivas y simples”.

Otro aspecto interesante es la definición del infinitivo que ofrece la Análisis: “El infinitivo es sustantivo porque ejerce todos los oficios de la sustantivo”. Se trata de una definición estrictamente sintagmática que atiende a criterios de función y no ontológicos como era característico de los postulado logicistas de Port-Royal.

De nuevo aparece el criterio del uso como norma de definición, cuando el autor señala que “si amaré es indicativo, indicativo es también amaría, pues lo usamos en circunstancias análogas...”, muestra, además un alejamiento de la práctica de la gramática general que se apoyaba en categorías latinas para el estudio de todos los idiomas, pues en latín “amaría” es subjuntivo.

La Gramática

Según el norteamericano Barry Velleman, la influencia empirista coincide con los años londinenses de Bello, en los que tuvo acceso –entre otras cosas– al método de la ciencia experimental que privilegiaba la observación del dato concreto, y a la presencia en esa ciudad de emigrados españoles como Puigblanch y Salvá (este último, autor de una gramática que puede ser considerada como la antecesora de la de Bello). Por su parte,

García Bacca atribuye el interés por Bello al estudio objetivo del lenguaje y de sus estructuras gramaticales a la influencia de la lógica escotista recibida en sus años universitarios de Caracas.

Desde el punto de vista teórico, la modernidad de Bello reside en su definición que hace de la lengua en el prólogo: “El habla de un pueblo es un sistema artificial de signos, que bajo muchos aspectos se diferencia de los otros sistemas de la misma especie: de que se sigue que cada lengua tiene su teoría particular, su gramática”.

Otros aspectos importantes, desarrollados en el prólogo, son la noción de que la lengua es un sistema donde los elementos se definen por la función que cumplen: “Una lengua es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en la constante identidad de elementos, sino en la regular uniformidad de las funciones que estos ejercen, y de que proceden la forma y la índole que distinguen al todo”.

En concordancia con esto, está el criterio sintagmático que define las partes de la oración. Así, por ejemplo, no considera al pronombre como una parte de la oración puesto que “si ejerce las funciones de un nombre es, por lo tanto, un nombre”.

Es importante resaltar el énfasis en el uso: “Acepto las prácticas como la lengua las presenta; sin imaginarias elipsis, sin otras explicaciones que las que se reducen a ilustrar el uso por el uso”.

Así como la concepción de una teoría gramatical que se aleje de lo especulativo y que facilite la comprensión de los hechos: “La filosofía de la gramática la reduciría yo a representar el uso bajo las fórmulas más comprensivas y simples”.

Como ha señalado Emma Gregores (profesora de la Universidad Nacional de la Plata, Argentina), la trascendencia de la Gramática de Bello se debe a su extraordinario valor descriptivo. Y añadiríamos nosotros que también a sus aportes teóricos, ya que, como muestran Velleman y Alonso, es un adelantado a su época en lo concerniente a la concepción de la lengua y de la gramática, ambos autores encuentran numerosos puntos de contactos con el estructuralismo –que coinciden básicamente con los aspectos arriba mencionados–. En este sentido es pertinente lo que señala Jesús Olza, profesor de la UCAB y especialista en Bello en “El trazado científico de la Gramática de Bello”:

El progreso de la ciencia gramatical va ligado al progreso del lenguaje explicativo del metalenguaje: cuanto mejor se adecúe el metalenguaje al lenguaje objeto, tanto mejor será la gramática. En gramática todo progreso científico es un proceso metalingüístico.

 

Bello dedicó gran parte del prólogo y de las notas de la Gramática a explicar las características más notables y más originales de su gramática como obra científica. Insiste en que el progreso de la gramática viene dado por el progreso en la formulación de la teoría propia de cada lengua concreta. Y la teoría de una lengua no puede darse sino empleando una nomenclatura apropiada, definiendo con exactitud y haciendo las clasificaciones oportunas.

Bello tiene una conciencia clara de cada lengua como un sistema autónomo y diferente de los otros de su especie en virtud de su estructura, de su gramática. Aquí radica la modernidad de Bello. Pero no es posible calibrar su obra sin atender a la huella empirista. Bello es un hijo de su tiempo que cabalgó sobre dos filosofías contrapuestas. La genialidad consiste justamente en saber aprovechar ese bagaje cultural contradictorio para hacer una síntesis y crear algo nuevo. Es incuestionable que Bello lo hace.

 

La interpretación racionalista

Existen tres aspectos fundamentales –entre otros– que han dado lugar a una interpretación racionalista de la Gramática y pueden resumirse así:

  1. La afirmación de Bello en el prólogo de la existencia de ciertas leyes generales del pensamiento que dominan todas las lenguas y serían la base de una gramática universal.

Arturo Ardao ve en esta afirmación una aceptación total del paralelismo lógico idiomático de Port-Royal. Amado Alonso observa la aceptación de una estructura que, una vez admitida, desechó para no usar. García Bacca opina que se trata del fundamento del que partió Bello por lo que no la minimiza a diferencia de Alonso.

  1. Hay consenso en torno a la filiación racionalista del sistema verbal de Bello. Ardao y Alonso sostienen este punto que García Bacca no menciona. Pero de nuevo, las conclusiones varían. Mientras que para Ardao se trata de una prueba más de la concepción racionalista de Bello, para Alonso se trata del resultado de su formación juvenil que constituyó tan solo una influencia parcial de la obra como conjunto.
  2. La concepción del pronombre que maneja Bello –y que siempre se ha tomado como ejemplo de su visión sintagmática y funcional de la gramática– concuerda con la definición racionalista de la gramática general.

Esto muestra, sin duda que el racionalismo hace una parte muy importante no solo en la formación, sino también en los resultados de la obra gramatical de Andrés Bello. Si bien este artículo ha dado preferencia al empirismo en su obra, es innegable que una comprensión cabal de esta debe atender a la presencia de ambas epistemes.

 

El papel fundacional: para uso de los americanos

Beatriz González Stephan (“Las disciplinas escriturarias de la patria: Constituciones, Gramáticas y Manuales”. En Estudios, No 5) ha señalado que en el siglo XIX la Gramática como “disciplina escrituraria de la patria”, perseguía un objetivo civilizatorio porque la “estabilización lingüística” permitía el logro de un objetivo civilizatorio: hacía posible la propagación de la ley (Constituyentes) y articulaba las diferentes regiones nacionales en virtud de una norma común. Si la gramática buscaba fundar una lengua común para fortalecer la identidad nacional tanto en el espacio de la esfera pública como en el de la privada; también, en tanto sistema, servía de base para la edificación de un sistema secundario –la literatura. Así, la preocupación lingüística tenía un segundo objetivo. Como ha dicho Julio Ramos, la gramática sería un freno para la oralidad que, se creía, amenazaba la unidad lingüística del continente. Y, por otro lado, las letras regularían una lengua nacional. Así se entiende mejor el alcance de la defensa del “uso” del lenguaje por parte de Bello, siempre que se adecuara a la práctica de la gente educada.

 

El primer humanista de América

Por Jesús Sanoja Hernández

Para no volver más, Bello partió en misión de patria el 10 de junio de 1810. Lo acompañaban López Méndez y Bolívar. Serían tres protagonistas del drama venezolano desatado el 19 de abril. López Méndez regresó y cumplió más tarde misiones diplomáticas. Bolívar regresó para no cejar en el combate por la independencia. Bello no regresó: se quedó en Londres, diecinueve años de investigación fecunda y reflexiones de vario propósito. No faltaron los reproches por su autodestierro, tal como se le hicieron a José María Vargas por haberse asentado en Puerto Rico en los años más difíciles de la guerra de liberación.

La historia habría de saldar cuentas, porque si Bolívar se ganó el título (para él mayor que ningún otro) de Libertador, y si Vargas fue biografiado como “albacea de la angustia”, Bello sería calificado como el primer humanista de América. El de López Méndez es otro cuento que, por el momento, no viene al caso.

Entre las obras capitales de Bello, la Gramática castellana destinada al uso de los americanos, 1847, destaca por su particular concepción del lenguaje. En el incitante prólogo al volumen IX de las Obras completas, dedicado a los “temas de crítica literaria”, apunta Uslar: “Como Amado Alonso lo ha señalado, Bello reacciona contra la concepción ‘lógico-general’, de la gramática, que era propia del racionalismo neoclásico. Su reacción es precisamente romántica, y se propone destacar lo localista, lo histórico, lo irracional en el lenguaje. La síntesis de su pensamiento gramatical está en esta frase: los pensamientos se tiñen de color de los idiomas”.

Efectivamente, en el prólogo que Bello escribió para su Gramática..., advertía que la misma palabra idioma indicaba que cada lengua tenía su genio, su fisonomía, sus giros. Por lo tanto “cada lengua tiene su teoría particular, su gramática”. El racionalismo antihistórico no tuvo así cabida (por lo menos plena) en su concepción gramatical.

Al trabajo exhaustivo que la Comisión Editora de las Obras completas de Bello realizó en los años 50, habría que añadir la labor editorial y de divulgación que ha venido cumpliendo la Fundación La Casa de Bello desde los finales de los años 70. Así, en el tomo Bello y Caracas (Primer Congreso del Bicentenario) interesan, para la página de hoy, los ensayos de Quiroga Torrealba (tiempos de la conjugación castellana y la formación lingüística de Bello), García Bacca (el perfil humanista de Bello caraqueño) y, particularmente, el de Arturo Ardao sobre la iniciación filosófica de Bello y su “análisis ideológica” de los tiempos verbales.

A publicaciones como esa, La Casa de Bello añadió monografías y textos especializados de Pedro Grases, Boulton Feliú Cruz, Becco, David W. Fernández y del propio Bello, como su epistolario con referencias a Caracas. Por otro lado, la Revista Nacional de Cultura, por ejemplo en los números 241 y 249, recogió los más variados trabajos acerca de su obra y su tiempo, con textos de Ida Gramcko, Oscar Sambrano Urdaneta, Orlando Araujo, Elías Pino Iturrieta, Tomás Polanco Alcántara, Brewer Carías y, entre otros más, Ricardo Krebs.

Bello es un autor inagotable, cuyos aportes van más allá de los temas gramaticales y lingüísticos, y tales son los casos de los estudios sobre el Derecho Internacional y el Derecho de Jentes, o el modo de estudiar la historia, la cosmografía, la Filosofía del entendimiento. Habría que agregar la poesía, en parte de la cual coexisten la influencia clásica y el torrente romántico. No resultaría impropio afirmar que América (que atrajo a los románticos) estuvo presente muy tempranamente en la poética de Bello. La zona tórrida entró en ella mucho antes que, con diferente temple y visión, la tomaran para sí los poetas telúricos del siglo XX. Y esa doble corriente que se nota en su poesía está visible, igualmente, en sus concepciones gramaticales, que es lo que María Celina Núñez explica con claridad en el “tránsito a la modernidad” que representó la Gramática, empujada desde el racionalismo hacia el empirismo.

*Publicado el 11 de octubre de 1998