• Caracas (Venezuela)

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Gracias por la noche. Una vuelta, otra, a “Mi padre, el inmigrante”, de Vicente Gerbasi

Vicente Gerbasi

Vicente Gerbasi

Poeta deslumbrado por la sombra de la muerte, maravillado por la paradoja de la vida, Vicente Gerbasi penetró como ningún otro antes en el alma venezolana para urdir desde allí símbolos capaces de albergar la esencial intemperie humana. Su poesía empuja al país a una cita tardía con la modernidad: ese territorio donde la orfandad nos hace a todos inmigrantes

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La poesía es tierra de paradojas. Sólo así se explica que en 1937, al poco de la muerte de Gómez, en el preciso momento en que el país pujaba por salir del oscurantismo feudal para asomarse a esa promesa de luminosidad que todavía era por entonces el siglo XX, en medio de un grupo de poetas –reunido cada viernes en un vulgar bar caraqueño– se viniese a invocar para nosotros la noche de las almas.

La afirmación es temeraria, claro. No ante la política o su Historia, que han terminado por aceptar la metáfora de un tiempo detenido bajo el conjuro del tirano, pero sí en lo que toca a las cronologías de la preceptiva literaria y, especialmente, a la precedencia de sus panteones en 1930, cinco años antes de que Gómez se dignase a bajar a la tumba para cerrar el siglo XIX, y faltando todavía siete para los primeros tragos surrealistas del Grupo Viernes, José Antonio Ramos Sucre había ya resuelto su esencial contradicción con la vida y dejaba una obra densa en nocturnidades como ninguna antes en estas tierras. Por eso, sin duda, será aún más aventurado opinar que no es sino en 1945, sobre una Venezuela ya francamente deslumbrada por las ensoñaciones del progreso, y en un mundo que asienta su feroz optimismo sobre la derrota del fascismo, cuando aquella invocación viene a germinar en treinta cantos que llevarán la firma de Vicente Gerbasi y el título de Mi padre, el inmigrante.

Venimos de la noche y hacia la noche vamos: ese sólo verso, que abre y cierra y entrecruza como una daga todo el poemario, es a la vez agua lustral y acta bautismal de una conciencia que ya nunca nos permitiría volver a ser los mismos. Una conciencia que habría que llamar de modernidad, aun a pesar de los tantos equívocos que comporta el término.

 

Una excepción en el universo

Tierra de paradojas, la poesía es patria putativa de toda contradicción. Cuando la revolución francesa prometía libertad, cuando la industrializacón inglesa anunciaba igualdad, cuando los primeros utopistas del socialismo preconizaban fraternidad; cuando el mundo –el primero, se entiende– sembraba el futuro de ilusiones con la pretensión de un triunfo humano sobre la naturaleza, los poetas, por su parte, percibieron en esa “victoria” al hombre más solo que nunca ante la vida y la muerte. El surgimiento de eso que la civilización occidental, acaso pedantemente, ha dado en llamar modernidad, lo ubica ambiguamente la política en las heroicidades de la toma de la Bastilla. La economía, no menos insegura, busca sus raíces en la cornucopia de vapor de las hilanderías de Manchester. La poesía, en cambio, le da con precisión fe de bautismo en los infiernos: engendrada en la debacle del imperio americano como última utopía del Renacimiento, hija de los fuegos y la sangre de la Reforma y la Contrarreforma, ella se preanuncia ya en 1796 con un verso del “Discurso del Cristo muerto” de Jean Paul Ritcher: ¡Cristo!, ¿no hay Dios? Es, en palabras de Octavio Paz, la conciencia del Yo como una excepción en el universo.

El propio Paz ha agotado los cómos y porqués de la impuntualidad –mutua, habría sólo que subrayar– en el ineludible encuentro de la América hispana con el Yo de la modernidad: hasta llegar a Darío, no estuvo nuestro continente aún lo suficientemente despoblado de certezas. No lo estaba todavía Venezuela cuando en 1925 sube Ramos Sucre a La Torre de Timón, y por eso durante décadas seguiría siendo tan solitariamente suya la soledad de Las formas del fuego. Necesitaba Venezuela todavía de muchas noches –las más largas y cruentas de la tiranía gomecista, las de los sueño y pesadillas del petróleo, las de la ilusión democratizadora y su temprano despertar– para que pudiese el país extrañarse de sí mismo, de su naturaleza, de los hombres uno a uno, y sentirse cada quien una excepción. Y para que Vicente Gerbasi pudiera así decirlo con voz poblada de ecos: Relámpago extasiado entre dos noches,/ pez que nada entre nubes vespertinas,/ palpitación del brillo, memoria aprisionada,/ tembloroso nenúfar sobre la oscura nada,/ sueño frente a la sombra: eso somos.

 

La matemática del cosmos

En 1937, en un bar, como queda ya dicho, entre las esquinas de La Bolsa y de La Gorda, se cocinaban ya lentamente esos versos al calor de los fuegos de Paul Eluard y EzraPound, de Eliot y de Perce, de Neruda, Díaz Casanueva y Ángel Cruchaga Santamaría, de Juan Ramón Jiménez, de Alberti, de Lorca y de Machado. Los jóvenes que allí semanalmente abrevaban inquietudes habrían de recabar para el Grupo Viernes una nueva forma poética y pronta fama. Ángel Miguel Queremel, José Ramón Heredia, Luis Fernando Álvarez, Pascual Venegas Filardo, Oscar Rojas Jiménez, Fernando Cabrices, Pablo Rojas Guardia, Otto D’Sola y Vicente Gerbasi dieron carta de nacionalidad venezolana al surrealismo y marcaron así ruptura con más de una consagrada generación de poetas. Pero, a despecho de la crítica, que de eso vive, tal vez no haya que atribuir demasiada importancia a los “ismos”; tal vez, incluso, sea preciso en la poesía atender más a la continuidad de sus corrientes subterráneas que a la disruptiva novedad de sus superficies formales.

Y es que si la importancia del Grupo Viernes se limitara a la adopción y difusión del surrealismo, estaríamos apenas ante una nueva hornada de copistas en la larga tradición imitativa de nuestras letras. Viernes en realidad hizo algo más: con sus tragos, con sus lecturas, con algún destello de perseguida grandiosidad en medio de sus más humanas miserias, en medio quizá de alguna plausible borrachera, empujó a un joven maestro, a un anónimo burócrata, a un hijo de hacendados venidos a menos, a enfrascarse en lucha no ya con la poesía, que no es sino literatura, sino consigo mismo, con la lucidez de una conciencia que se percibe sola, escindida, enajenada y alienada de un mundo extraño y fantasmal.

Hacia 1943, tras dos o tres intentos exploratorios, aquel joven se encerró por dos caños cada noche en una oficina del Ministerio de Obras Públicas. Por dos años, desde allí, persiguió fantasmas que han de haber sido del desarraigo: Canoabo, Florencia, el padre: las perdidas raíces de toda posible certidumbre. Percibió, piensa uno que con angustia, la extrema necesidad de un mundo, un universo, pero no uno cualquiera sino uno cierto, auténtico, tan verdadero como pueda serlo un cosmos visionado desde la elemental ignorancia humana. Cuando salió de su encierro, había creado uno: tocó las raíces, las piedras y las frutas, abrazó los árboles, corrió por pantanos, penetró en las cuevas, hirió al armadillo, que semeja un cruzado de bruñidas corazas, perdido en la penumbra de la selva y el río. Vio las madrugadas de lluvias calientes, y oyó el murmurar de árboles y animales, ese reclamo eterno de la tierra en la noche que a veces llora y grita y ronca en la pantera. Y vio el estallido de las grandes semillas,  el nacer de la hoja y el abrir de la flor. Y habló, circundado por venados atónitos: ¡Ampárame, oh tierra maravillosa!

Tierra de paradojas, patria de las contradicciones, la poesía es también el álgebra de las ecuaciones imposibles. En ese canto a un Padre irrevocable ausente, es Gerbasi mismo el inmigrante. Aventado a un exilio común a todo el género humano, cumple él la labor que toca a todos los poetas: traducir los secretos signos de un universo donde el Yo se hace excepción”. Lo hace con jaguares y serpientes de agua, con el canto del aguaitacamino y con flores sudorosas; lo hace, en fin, con la fuerza inaudita de los símbolos que hunden raíz en el suelo propio y en la propia alma. La autenticidad de esos símbolos hizo algo más que crear un mundo individual para el poeta, allí donde éste no tenía ninguno; hizo más, también, que entroncar la poesía venezolana con la literatura universal. Descubrió, además, para cada uno de nosotros, la noche donde la conciencia pugna por ser relámpago extasiado; el espacio fugaz, la intemperie donde el hombre debe y acaso puede hacerse de un destino.

 

Jefe civil de una nube

Amigo íntimo de Rómulo Betancourt, adeco militante, funcionario diplomático de la República por largos años, receptor de innumerables premios oficiales, Vicente Gerbasi correría el riesgo de ser tildado “poeta de régimen”, de no ser porque, antes incluso de que sus poemas demostrasen por sí mismo su valía, ya tan hipotética mezquinidad quedaba descartada con el epíteto que tempranamente le endilgara Andrés Eloy Blanco: “Jefe civil de una nube”, lo llamó, al hacer de su proverbial contracción motivo de chiste en las páginas de El Morrocoy azul.

Distracción, o quizá mejor decir ensoñación. Y en efecto. Nacido en 1913 en Canoabo, estado Carabobo; hijo de un italiano garibaldino que fue a un tiempo lector de textos sagrados y guerrero del Mocho Hernández; enviado a Florencia a los 10 años de edad y regresado a la muerte del padre, hacendado arruinado, cobrador de banco, pintor de carteles comerciales, maestro alfabetizador, Gerbasi no dejó de cabalgar nubes desde que en 1937 escribió su primer libro (Vigilia del náufrago) ni permitió que su poesía bajara de ellas hasta que en 1991 publicó el último (Diamante fúnebre). Entre uno y otro, además de Mi padre, el inmigrante (1945), vuelan 21 títulos: Bosque doliente (1940), Creación y símbolo (1942), Liras (1943), Poemas de la noche y de la tierra (1943), Tres nocturnos (1946), Poemas (1947), Los espacios cálidos (1952), Círculos del trueno (1953), Tirano de sombra y fuego (1955), Por arte del sol (1958), Los olivos de la eternidad (1961), Alegría del tiempo (1965), Poesía de viajes (1968), Rememorando la Batalla de Carabobo (1971), Retumba como un sótano del cielo (1977), Edades perdidas, Los colores ocultos (1985), Un día muy distante (1938), El solitario viaje de las hojas (1989) e Iniciación de la intemperie (1990).

En un país donde la poesía fue y recurrentemente vuelve a ser oficio diletante –desinteresado de decir y ansioso de editar–, Vicente Gerbasi trabajó sus versos bajo el ansia de saber, de descifrar, de darle voz a las más secretas angustias del hombre. Y lo hizo con un simbolismo límpido, a la vez denso y cristalino como sólo pueden ser los símbolos auténticos. No hacen falta por tanto traductores para palpitar con cada una de sus obras. Pero quien quiera ir más allá, encontrará que la crítica se ha ocupado como pocos de este autor. Se leerá con especial provecho a Ludovico Silva (Ensayos sobre Vicente Gerbasi. Fundarte, 1985) e Ignacio Iribarren Borges (La poesía de Vicente Gerbasi. Edit. Tiempo Nuevo, 1972), así como muchos de los trabajos recopilados en Vicente Gerbasi ante la crítica (Monte Ávila, 1997).

 

 

Gerbasi y el Grupo Viernes

Por Jesús Sanoja Hernández

 

Vino el padre desde lejano pueblo del Tirreno a otro cerca de Bejuma. Acogió Canoabo al inmigrante y allí, en 1913, le nació hijo, Vicente de nombre y poeta por fatum, que en libro memorable y memorioso lo invocaría, tomándolo como (pre) texto para indagación existencial (qué somos) y enigmas cósmicos y metafísicos (“Venimos de la noche y hacia la noche vamos”), y en donde contrastan los dos parajes nativos, el del padre mismo, “frente al mar con pescadores en la aurora”, y el del hijo evocador, “donde la noche congrega a los hombres con sus guitarras,/ entre viviendas de ennegrecida calma”.

La publicación de Mi padre, el inmigrante, en 1945, significó un vuelco tanto en la visión del paisaje como en el tono elegíaco, a más de convertir al lenguaje en material encantatorio. Frente al mecanismo enumerativo y descriptivo de Bello en La agricultura de la zona tórrida, o de Lazo Martí, quien apeló a lo simbólico, Gerbasi le otorgó a la flora y la fauna, al escenario tropical, una función movilizadora de recuerdos, asociaciones y preguntas radicales. El padre inmigrante está reconstruido en la elegía de manera atípica: no es su muerte, sino la muerte misma, identificada con la noche y ésta con la nada. Y en fin, la palabra brilla en ver de nombrar, se desliza como un río y adquiere valores diferentes a los del diccionario. Está, como escribió Ida Gramcko, “más cerca de lo mágico que de lo lógico”.

Gerbasi puede ser analizado, además, como miembro de un grupo literario que marcó época en la primera mitad del siglo y que dispuso de una revista, Viernes, innovadora y, por lo mismo, provocadora de polémicas. Pocas veces se han juntado poetas de tanto valor en un mismo órgano generacional como en Viernes. Lo generacional está entendido como unidad estética y voluntad de ruptura, pues José Ramón Heredia, Venegas Filardo, Rojas Guardia, Otto D’Sola y Gerbasi eran menores que Luis Fernando Álvarez y que Ángel (Ángel tutelar) Miguel Queremel.

Por si fuera poco, dos pequeños libros de ensayos sobre poesía (Creación y símbolo, 1942, y La rama del relámpago, 1953) sirven de apoyo para comprender el credo de Gerbasi y, en general, de los agrupados en Viernes, si bien el segundo pertenece a una etapa en que ya habían entrado en escena otros protagonistas y los viernistas se habían dispersado. De 1941 data el poema humorístico de Miguel Otero Silva, “Responso al Grupo Viernes”, en el cual enumeraba a cada uno de los poetas en dispersión. En lo que toca al nuestro decía:

Huyó como el arroyo opalescente/ que copia el cielo sin mirarlo casi/ Vicente/ Gerbasi

En verdad, antes de morir, Viernes se disolvía, como luego habría de suceder con otros grupos, como Contrapunto, Sardio, Tabla Redonda, Techo de la Ballena, Lam, Trópico Uno, y En Haa, entre fines de los 40 y mediados de los 50. Lo de Miguel era una humorada. Viernes y sus poetas, Gerbasi muy particularmente, siguieron vivos.

 

* Publicado el 25 de enero de 1998