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Al Gato le restan seis vidas

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Al Gato le restan seis vidas

Fueron seis días de tensión, y para el séptimo las cartas estaban echadas: el sábado tumbaron la señal de los teléfonos celulares, el domingo se armaron las barricadas de la Guardia Nacional y la madrugada del lunes sonaron los primeros disparos

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A las 11:00 de la noche del viernes llegó el primer mensaje de alerta. "¡Los verdes se quieren meter a los pabellones!", le avisó su hijo a Marisol. En el afán de salir apenas tomó un suéter antes de subir al carro y atravesar la ciudad, desde Petare hacia El Paraíso. El celular no paraba de sonar y desde afuera le decían que la Guardia Nacional había armado las barricadas para que los familiares no se acercaran a la cárcel de La Planta.

Tal vez sólo era el frío, pero Marisol sintió que la noche se le fue y nunca paró de temblar.

No tuvo sueño, ni hambre. Sólo podía pensar en todas las cosas que pasarían si de verdad la guardia entraba al penal. Esta mujer también fue testigo y parte de cómo el grupo de esposas y madres creció con el paso de las horas.

Las primeras noches de vigilia acampó a cielo abierto. No eran más de 50 las mujeres que se instalaron en las adyacencias del penal. Cuando el confl icto se agudizó hubo más de 700. Marisol convirtió su carro en casa, guarida y clóset durante una semana.

La primera mañana las sorprendió a ella y a su nuera desprovistas de las cosas básicas.

Al levantarse se acercaron a la panadería a comprar desayuno, un par de cepillos y crema dental. Circunstancias de la vida la llevaron a ser una más de las que visita presos en La Planta, pero esa manera de hablar, pausada, sin groserías y utilizando correctamente cada palabra, denota que Marisol no es igual a las demás.

Ender pagó con la vida su atrevimiento. La madrugada del sábado 21 de abril, cuando mató a su novia María Teresa Colmenares en el área de Los Talleres, desencadenó la crisis que, más temprano que tarde, se veía venir dentro de La Planta. Ella recibió un tiro en la cabeza, pero a él, por violar un código de los reclusos de proteger a la visita, lo sacaron picado en pedazos.

Fue la excusa que necesitaba la Guardia Nacional para una eventual toma.

El lunes siguiente, desde el despacho del Ministerio de Servicios Penitenciarios se giró la orden. En La Planta se acabaron las visitas y quedaron prohibidas de por vida las pernoctas.

Fueron seis días de tensión, y para el séptimo las cartas estaban echadas: el sábado tumbaron la señal de los teléfonos celulares, el domingo se armaron las barricadas de la Guardia Nacional y la madrugada del lunes sonaron los primeros disparos.

La Planta reeditaba para los caraqueños el confl icto penitenciario del Rodeo I y II, ocurrido entre junio y julio de 2011.

Alexander, el hijo de Marisol, es "población" y no tiene tantos privilegios como los de "La alta". Después de las oraciones de esa mañana Marisol sólo esperaba un mensaje o la llamada para saber que "El gato", como ella le dice, estaba bien.

Tiene 23 años, es un flaco, piel morena y ojos verdes rayados.

Llevaba 30 meses en prisión por un robo. Ante un tribunal admitió su error. Fue sentenciado a 10 años de cárcel y desencadenó en su mamá la culpa de no haber sabido criar mejor al menor de sus dos hijos.

Ella recuerda ahora que, para soportar la angustia de entrar a la cárcel, aprendió a neutralizar sus nervios con una pastilla de Lexotanil, que tomaba cada sábado a las tres de la mañana para que al mediodía, cuando le tocara ver a Alexander, no le ganaran los sentimientos. "Allí adentro está prohibido llorar. Si te ven, la pagan con tu familiar".

Acostumbrarse a esa vida le tomó seis meses.

Cada hora que pasó fuera de la cárcel durante el confl icto se le hizo eterna. La unión impuesta entre las demás mujeres en la primera semana se fracturaba con cada gesto, cada mirada y cada espacio violentado, a propósito o no.

"¿Qué ves?", se volvió una frase recurrente entre ellas. Una tarde, cuando ya no había periodistas a la vista, ni cámaras que dejaran registro, vio a una mujer morena, robusta, de vientre pronunciado, vestida con una lycra anaranjada, una camiseta que fue blanca y cholas azules, encarando a otra que estaba sentada a pocos metros, en la entrada de una carpa. De ahí en adelante, una larga cadena de pitidos hubiese sido de mucha ayuda, para no escuchar la cantidad de vulgaridades que se dijeron, antes y después de la golpiza.

--¿Qué coño te pasa a ti? --Aquí no vengas a joder ­dijo la contrincante, que en un esfuerzo inútil por agarrar el cabello a la otra, saltó del piso y se le guindó del gorro de lycra que la retadora llevaba puesto en la cabeza.

Gritos y más gritos a favor y en contra de las dos mujeres alertaron a los guardias que tuvieron que intervenir para separarlas.

No fueron más de cinco minutos de espectáculo de pellizcos, golpes y hasta mordiscos, que evidenciaron la tensión de una convivencia obligada que se había vuelto completamente hostil.

En esos ratos Marisol se apartaba. Era mejor meterse en la carpa, sentarse viendo hacia otro lado y conversar con alguna de las mujeres de su parcela, ahí en lo que antes era un módulo de Tránsito Terrestre y ahora un campamento de mujeres. Adentro seguía la tensión.

Ellas les decían a los presos que todo estaba en calma y ellos a sus mujeres que los verdes no habían entrado.

Ella perdió una chaqueta y dos camisas que prestó a algunas de sus vecinas, para que se cubrieran del frío, pero entre tanta tensión, pedírselas no era su prioridad.

Antes del desalojo total, hubo tres tiroteos dentro del retén, ese vecino indeseable que molestó a los habitantes de El Paraíso hasta la noche del viernes 18 de mayo.

Después del primer tiroteo, ocurrido el 30 de abril, era inminente la necesidad de los familiares de permanecer en el lugar.

Adentro los teléfonos estaban apagados, les habían quitado la luz y el número de guardias había aumentado. Por un lado sonaban las ráfagas y desde la zona de Puente Hierro se veían las balas pegar de las paredes de los edificios.

Aparecieron las carpas, colchonetas roídas y cartones que les permitieron a las mujeres pasar la noche lo más cerca posible del retén. Cada quien marcó su territorio lo mejor que pudo. Tener a la mano el poste de luz, una toma de corriente y algún espacio que hiciera las veces del baño era el máximo confort que se podía aspirar a tener durante los siguientes días.

El 8 de mayo comenzó la segunda revuelta. "¡Los van a matar!", gritaban las mujeres. Las carpas quedaron aplastadas en la estampida. Troncos, colchonetas y cartones ardían cerca de los militares. El pavimento desapareció entre la humareda. El aire dejó de oler a orine y excremento para enturbiarse con ese olor que ciega, asfixia y aturde el sistema respiratorio.

La brisa traía también la estela del vinagre y crema dental para contrarrestar el efecto de las bombas. "¡Ya basta! ¡Malditos!", era el coro de tanta histeria.

El desespero las hacía correr hacia adelante, contra la guardia, pero la asfixia las neutralizaba. Habían pasado 10 días desde que acamparon por primera vez. Sólo el aguacero que cayó esa tarde en Caracas pudo calmar el enfrentamiento entre las mujeres y los guardias.

Los tiros seguían adentro. Salía humo negro, señal de que algo estaban quemando, pero también salía humo blanco, que a diferencia de lo que ocurre cuando la Iglesia Católica escoge un líder, no anunciaba buenas noticias. Sólo eran los gases de las bombas lacrimógenas que los militares lanzaban hacia el interior del penal.

Los celulares tenían parte del protagonismo durante estas revueltas. Cuando sonaban los tiros era una acción automática: las mujeres comenzaban a gritar, a llorar y a marcar desesperadas los números de sus maridos.

Nos refugiamos en la entrada de las Residencias Las Flores.

Costaba respirar y tampoco había mucho espacio para resguardarse de los tiros. Una bala pegó del ventanal de uno de los apartamentos del tercer piso y los vidrios cayeron a escasos dos metros del lugar donde me ubiqué. Fue la primera vez que realmente tuve miedo de estar ahí.

Sin querer, supe que "Oriente" era el negociador de este nuevo episodio de violencia. Yorvis Valentín López ­su nombre verdadero­ había sido el protagonista del conflicto en el Rodeo I.

Robert Suárez, mejor conocido como "El Chingo", fue uno de sus escoltas y ahora encabezaba el caos de La Planta.

Chargenis, un pastor evangélico que sirvió de intermediario en la negociación del conflicto, se estaba quedando sin pila. Ofrecí la mía a cambio de información. "Oriente" insistió varias veces para que se rindieran, pero "El Chingo" se negaba.

"Eso no les va a dejar nada bueno. La fama durará pocos días y después el castigo es peor", fue el mensaje que desde la Ciudad Penitenciaria de Coro mandó "Oriente" al pran de La Planta.

Del otro lado de la autopista, Marisol se resguardaba de los tiros en compañía de un amigo. Sin querer, también escuchó cómo un hombre moreno y corpulento decía que el carro bomba estaba listo. Ese hombre contaba a alguien, por teléfono, que "El Chingo" aún no había dado la orden, pero que el vehículo estaba en la Cota 905, preparado para que lo bajaran cuando él los llamara.

Se abrazó a su amigo, tembló y los nervios le dejaron la mente en blanco. Un mes después de ese hecho, al recordarlo, se le quiebra la voz y los ojos se le aguan. Ella sintió miedo, pero nunca antes como el día que todo terminó.

Llegó el mediodía que marcó el comienzo del fin. La revuelta externa se había calmado y aunque aún sonaban los tiros dentro del penal, la guardia ya no arremetía contra los familiares y los habían arrinconado en la plaza Madariaga.

La panadería de la esquina sirvió a muchos para descansar del trajín que hubo horas antes. Era necesario recargar los teléfonos para estar preparados porque las siguientes horas no serían fáciles. "Es el hampa seria de La Planta. Llegó el día y no nos rendiremos.

De aquí salimos todos vivos o muertos", declararon los reclusos en un mensaje masivo enviado a los celulares de sus mujeres. Marisol jamás perdió la calma al hablar, pero antes llamó a su jefa y le ordenó tener a la mano el poder que le había firmado días antes. Le dejó preparada la póliza de su seguro funerario, por si ocurría algo con ella o su hijo.

Llamó a su hija, a su mamá y echó bendiciones a ambas.

Marisol seguía plantada en El Paraíso, con su melena rubia alborotada, jeans y franela blanca, sus largas uñas acrílicas a medio pintar y las ojeras que evidenciaban la falta de sueño. Pero con todo eso a cuestas, todavía le quedaba amabilidad para dar información a los periodistas. Su bota izquierda estaba prensada a su pierna y para caminar debía arrastrar el pie. "Tengo dolor, pero ahora no puedo pensar en eso". Una hora antes, tratando de resguardarse de las bombas, se había parado detrás de un muro y un guardia le disparó de frente. La lata envuelta en caucho la golpeó en el empeine. "Me volteé y con el pie derecho se la devolví. Sólo vi que tenía sangre en la nariz, pero mi intención no fue pegársela a él, sino alejarla de nosotras", recordó.

Los presos se rindieron. A las 6 de la tarde comenzaron a salir, primero los "bautizados" ­los que se convierten en evangélicos para formar parte de las iglesias­ y después la "población" ­presos de baja jerarquía que no están aliados a los grupos de poder. La concentración de familiares migró de El Paraíso a Puente Hierro para esperar la salida de los autobuses. Las cárceles de Yare y Rodeo aguardaban la llegada de los 1.689 reos que estuvieron atrincherados 27 días en La Planta.

Pasaban las horas y "El Gato" no llamaba. Marisol estuvo aún más pendiente de las actualizaciones de su BlackBerry, pero no había en el aparato ningún mensaje que le indicara si su hijo había salido del retén. "¡Que mi señor Jesús los acompañe y los bendiga!", decía tras la salida de cada autobús. Hizo foco en las ventanas de cada unidad de transporte y en cada preso veía a su hijo. De pronto el celular vibró para anunciar la llegada del mensaje que tanto esperaba. "Mamá, estoy en el Rodeo". En una mano quedó un bocado de pan que había aceptado probar después de tres días sin comer.

Su pesadilla de 30 meses en La Planta había terminado.