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Gabo y yo

Gabriel García Márquez / Foto Andres Reyes. AP Photo

Gabriel García Márquez / Foto Andres Reyes. AP Photo

“Mi más reciente macondazo con García Márquez fue en una celebración de esos cursos de guión para izquierdistas de la semidesaparecida Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en San Antonio de los Baños, al sur de La Habana, en el 2006”

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Dos veces conocí en persona a Gabriel García Márquez. En Cuba las dos, en los años cero o dos mil.

Él entraba y salía como «Gabo por su casa» de la Isla de la Libertad, fornicando divas, donde año tras año a muchos nos negaban sin explicación el Permiso de Salida para viajar al exterior. A mí y a miles de ciudadanos, sin causa judicial. Así como a millones de exiliados cubanos le niegan el Permiso de Entrada, pues ninguno puede vivir permanentemente en Cuba a menos que pidan el largo y tortuoso camino de la «repatriación» (ni siquiera se les reconoce ninguna otra nacionalidad).

Por entonces ya no existía la Revolución Cubana, por supuesto. Deshabitábamos en una especie de inercia disciplinaria, mitad hedonismo y mitad horror, a la espera de que el Comandante en Jefe se desmayara tras los micrófonos, fuera picado por un mosquito que le provocó linfangitis, se rompiera la rótula en ocho pedazos tras su caída antológica, y finalmente sus intestinos se le reventaran con sangre fecal (todo lo cual aconteció, de hecho, pero ahí sigue aún sobre sus pies «El Caballo», casi senil, pero rebautizado ahora como «El Caguairán»).

Mi más reciente macondazo con García Márquez fue en una celebración de esos cursos de guión para izquierdistas de la semidesaparecida Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en San Antonio de los Baños, al sur de La Habana, en el 2006. Durante la velada, Gabo lucía eufórico más que afónico, y jugaba a ser un Chaplin chapucero con los cubiertos de nuestra última cena en comunión.

Lo vi encasquetarse entonces unas orejas de conejito sobre su cana cabeza. Su esposa no parecía andar por todo aquello, por suerte. Lo rodeaban —lo rodeábamos— jóvenes ilusos de mirada limpia de cara al futuro: gente sin memoria de los cadáveres en el closet que implica todo boom cultural.

Es sabido que no hay arte inocente. Que la literatura es bien culpable al respecto. Y que por eso mismo es un arte tan humano, demasiado humano, que se confunde con lo social.

Me le acerqué y le dije a GGM:

—Ni se le ocurra vomitar un conejito, Maestro, o sería una parodia pésima de Cortázar.

No sé cómo me atreví a semejante lance. Rieron –reímos– en grupo, sobre todo las muchachas que iluminaban la escena. Y El Gabo era también todo cuacuacuá entre aquel coro de talentosas inéditas. Olía a virgen (esta es o debió ser la primera línea de algún cuento de él). Creo que las toqueteaba por debajo de las mesas, como un adolescente incontinente. O acaso ellas, muy a lo Fermina Daza le tanteaban su penecillo florentinesco a él.

Creo que todos fuimos felices esa medianoche de despedidas. No recuerdo que nadie mencionara nunca la palabra «fidel». Vivíamos en un estado de postcastrismo naif.

Confieso que me dio gusto verlo brillar de puro macho, al margen de ideologías idiotas y fidelidades fósiles. Como si por primera vez, en semi-cien años de socialismidad, Gabriel García Márquez se sintiera libre dentro de la Cuba que él quiso tanto y que tan poco entendió.

Ni siquiera respondió a mi provocación. Es casi seguro que ni me viera en mis revoloteos de autor amateur. A lo mejor me confundió con una de sus alumnitas ávidas de ser des/cubiertas como talentos por pulir (y yo lo era, como es obvio, todavía lo soy: una pupila de provincia, un lector-hembra de pasividad proustiana, que hace de su prosa impaladeable un vicio más que una virtud).

Esa fue nuestra última vez, de La Habana a la eternidad. Adiós, Gabo querido e inquerible.

Pero mi primer macondazo fue un poco antes, en el inviernito inverosímil de diciembre de 2002. Cruzábamos la Plaza de Armas y lo vi. Él iba como de la mano de Eusebio Leal Spengler, ese buitre de sacerdocio ninfómano que era o es el Historiador –Expropiador– de la Ciudad: un déspota decimonónico con ínfulas de castrismo cooltural.

A mi lado iba un escritor maldito, Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), recién censurado por formar parte de la Agencia Decoro de Periodistas Independientes, dirigida por el que muy pronto se revelaría como el Agente Orrio de la Seguridad del Estado. La Revolución en su laberinto (luctuoso, lenguaraz).

JAAD cargaba en la mochila una de las últimas copias de su libro «Adiós a las almas», cuentos publicados por la editorial estatal Letras Cubanas, que enseguida los hizo pulpa por órdenes del talibán totalitario Iroel Sánchez, aquel impresentable presidente del Instituto Cubano del Libro (ICL), quien en el 2009 fuera expulsado por indisciplina o por corrupción a instancias del ministro de Cultura Abel Prieto (un tipo mucho peor).

Le arrebaté un Adiós a las almas a JAAD y crucé corriendo el parquecito del Casco Histórico de la ciudad. Lo dediqué al vuelo como si fuera mío (yo amo ese libro, y por tanto es mío) y detuve con mi cuerpo a la comitiva garcíaministerial.

—Maestro –desde el inicio tengo esa palabra en la boca para referirme al Gabo–: este libro es de un autor cubano que no cupo en el anaquel de las Letras Cubanas.

Y se lo entregué.

Eusebio se puso azul (él normalmente es verde). Pero García Márquez sonrió bajo el sol solemne de la mañanita aún no enmarañada. Parecía un profeta en paz. Un pez en su saludabilísima salsa. Había vivido y contado lo suyo, por lo que no le debía nada a la literatura universal. Incluso se rumoraba sobre sus enfermedades, pero igual me dio la impresión de que GGM sobreviviría a Fidel, aunque Fidel desde antes del 2002 ya daba síntomas de no ser del todo mortal (de ser el último de los cubanos en convertirse en cadáver).

El Gabo aceptó el libro de JAAD como si fuera mío, me dio unas domingueras gracias de personaje garcíamarquiano, y siguió con sus acólitos hacia alguna institución oficial. Acaso hacia la propia oficina de Iroel Sánchez, pues el ICL quedaba a un costado de la Plaza de Armas, en el Palacio del Segundo Cabo. Solo espero que el irascible Iroel no le haya decomisado aquel ejemplar de Adiós a las almas al Premio Nobel de Literatura.

Y en este punto ya no tengo nada más que añadir. Bueno, sí. La dedicatoria decía: Por la libertad de Cuba, ¿cabe la libertad de Cuba en su anaquel?

Esa fue la pregunta que después no le hice al Gabo en una noche de conejitos y conejitas, todos contentos e incontinentes, en aquella arcadia ácrata que fuera alguna vez al sur de La Habana la ex-EICTV.

 

 

*Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971). Escritor, fotógrafo y bloguero cubano. En Cuba publicó los libros de cuentos Collage Karaoke (2001), Empezar de cero (2001) y Mi nombre es William Saroyan (2006). Su libro de cuentos Boring Home, ganador de una Mención en el Premio UNEAC 2007, fue retirado de la imprenta por la editorial Letras Cubanas a finales de 2008, como penalización por autopublicar provocaciones políticas en su blog Lunes de Post-Revolución. “Gabo y yo” forma parte del libro de crónicas Del Clarín escuchad el silencio (Hypermedia Ediciones, 2016).