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El Gabo, un recuerdo

En esta fotografía tomada en 1972 y publicada por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) el escritor colombiano aparece en una localidad desconocida | Rodrigo García

En esta fotografía tomada en 1972 y publicada por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) el escritor colombiano aparece en una localidad desconocida | Rodrigo García

“Pocas veces escribo obituarios, y quisiera que este breve texto se leyera más bien como un mensaje de agradecimiento a un artista que supo colocar a nuestra empobrecida lengua castellana en un sitial de honor y prestigio en el ámbito de la literatura universal”

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Ahora que el Gabo se ha escapado hacia el cielo de Macondo, lo aguarda acá en el planeta tierra una avalancha de elogios y panegíricos, teñidos con uno que otro reproche, y sus funerales serán recordados como los de la mismísima Mama Grande, uno de sus personajes más caros y emblemáticos. Es cierto que él mismo, a partir de la publicación de ese prodigio de la imaginación que es Cien años de soledad, se convirtió en un personaje carismático y encantador, que con el tiempo alcanzó una dimensión mediática comparable con la de una estrella de rock… o con la del Papa, y como estos fenómenos acontecen una vez en un siglo, las “celebraciones” por su partida serán de antología. Pocas veces escribo obituarios, y quisiera que este breve texto se leyera más bien como un mensaje de agradecimiento a un artista que supo colocar a nuestra empobrecida lengua castellana en un sitial de honor y prestigio en el ámbito de la literatura universal. Uno de esos autores, muy raros por cierto, pienso en Kafka, pienso en Proust, que constituyen en sí mismos una literatura. La incidencia en su lengua es tal que suelen transformarla o refundarla. Así él, Gabriel García Márquez, al igual que Jorge Luis Borges, cada uno a su particular y genial manera, le dieron un impulso, un brillo y un prestigio fundamental a nuestro universo literario como no sucedía desde la época de Cervantes. ¿Cómo agradecer al Gabo ese inmenso legado? En mi caso particular recordando una anécdota relacionada con mi padre.

Es muy probable que en mi ya larga vida me haya leído todas las páginas de ficción que escribiera García Márquez, y por alguna razón que no alcanzo a comprender he leído El coronel no tiene quien le escriba una docena de veces. Es obvio que es mi libro favorito entre los muchos de este insoslayable autor. Y por mi adicción a esta breve y entrañable narración lo he utilizado como amuleto y talismán, un legado que comparto con mis afectos más cercanos. En agosto de 1980 visité a mi padre, don Felipe, en su casa solariega de un páramo de Trujillo, a orillas de un riachuelo torrentoso llamado La Coneja, que desemboca en el turbio y traicionero Burate. Le llevé como regalo un ejemplar de El coronel…, que mi padre, a sus 87 años y con una vista muy deteriorada, leyó en unos tres o cuatro días, sentado en la mesa del comedor, temprano en la mañana, aprovechando esa luz esplendorosa que se precipitaba a esas horas desde el páramo de Cabimbú. Que mi padre leyera no era una gran novedad, pues había sido alfabetizado a principios de siglo y adquirió algunos conocimientos básicos de leyes que le permitían redactar documentos de compra y venta de ganados y terrenos, y escribir unas cartas muy precisas adornadas con su preciosa caligrafía Palmer. Pero no era mi padre un lector asiduo, y aunque conservo algunas imágenes en las cuales lo veo leyendo, en nuestra casa no abundaban los libros. A decir verdad, no había nada parecido a una biblioteca. El código civil estaba siempre a la mano de don Felipe, y desde hacía poco tiempo una Biblia, no porque mi padre se hubiera reconvertido al cristianismo, sino porque una cuñada suya, la esposa de mi tío Alejandro, evangélica al borde del fanatismo, se la había regalado. Puedo jurar que mi padre la leía lenta y pausadamente, al mejor estilo de Borges, como si se tratara de una antología de literatura fantástica.

Bueno, ya don Felipe se acerca al final de su lectura de El coronel…, y yo lo observo un tanto al sesgo envuelto en un cono de luz desde el sardinel. Lleva ya una media hora y está llegando a la última página. Yo estoy atento a sus gestos y aguardo su reacción. A lo lejos ladra un perro y más cerca se escucha el canto de un gallo; La Coneja, apenas a diez metros del portón, ronronea, y aquel ruido amortiguado por el aire limpio de la montaña se convierte en una música de fondo para el cierre de la escena. Ahí está mi padre, don Felipe, sus ojitos pequeños clavados en el último párrafo: “El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

—Mierda.”

Mi padre entonces se levantó como impulsado por un resorte y golpeó la mesa con la palma de su mano al tiempo que exclamó: “¡Ja!” Una expresión de júbilo que nunca olvidaré. Sólo por este recuerdo que me ha acompañado desde siempre, debería estar agradecido, y lo estoy en alto grado, al espíritu del Gabo, un escritor único y unánime que llegó para quedarse en el corazón de sus lectores.

Mérida, 19 de abril de 2014