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El Gabo, Fidel y la fascinación por el poder

Fidel Castro y Gabriel García Márquez durante la cena del festival anual del tabaco en La Habana | Jose Goitia

Fidel Castro y Gabriel García Márquez durante la cena del festival anual del tabaco en La Habana | Jose Goitia

“Fue un fabulador con una capacidad mayéutica que no se había vuelto a vivir desde los tiempos de “Amadís de Gaula”, “Tiran Le Blanc” y las historias de caballería que les calentaran el caletre a nuestros conquistadores”

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“Sancho amigo, la ínsula que os he prometido no es movible ni fugitiva: raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones”

El Quijote


La inesperada muerte de García Márquez, que ha desatado un verdadero torbellino de apasionados retratos, anécdotas, reportajes, historias, recuentos, perfiles, estudios y  declaraciones de amor ha vuelto a poner en el tapete el complejo, oscuro y hasta sórdido laberinto de las relaciones de Fidel Castro y su revolución cubana con el liderazgo político, las élites intelectuales, empresariales y todos los vericuetos antropomórficos del establecimiento latinoamericano. Como el Gabo, todos rehenes –Elisabeth Burgos dixit– y rendidos a los pies de un miserable trastocado en Pontífice.

Pero separemos aguas. Una cosa es adorar, respetar y rendirle pleitesía al tirano, y otra muy distinta amar al Gabo y perdonarle sus debilidades. Quienes lo hacen, parten de un supuesto común indudable: el Gabo, como le llaman en Arataca hasta los limosneros, era una figura seductora, cordial, amistosa, donjuanesca, de una extraña generosidad, ingenioso y abierto al mundanal ruido como si en lugar de ser el portentoso creador de mundos imaginarios fuera un granuja amable, bonachón y extrovertido a la búsqueda de los amores del barrio. Al extremo de merecer una trompada que le entintó su ojo izquierdo por traspasar los límites de la consideración y el respeto por la mujer de un viejo y respetable amigo, tan dado a las solemnidades como él a los desenfados.

Un genio que satisfizo con delicada orfebrería las ansias del hombre común por experimentar un mundo maravilloso en donde refugiarse de tanta miseria. La ancestral búsqueda de lo extraordinario para paliar tanta alienación y darle un mínimo sentido, así sea de utilería literaria, a la gris chatura del mundo en tiempos de la descreencia y la orfandad de mitos y dioses. Particularmente necesario en tierras del subdesarrollo, en donde la ausencia de cura, la “Sorge” que diría Heidegger, echa a los pobres y menesterosos a la cochambrosa ruindad de la desatención. De allí la extraña tensión entre lo real y lo maravilloso, que logra el prodigio de convertir a odiosos caudillos analfabetas como Chávez y dictadores gangrenosos como los Castro en seres de una asombrosa zoología fantástica, la macondiana. Haciendo brotar de una tierra en la que Joseph Conrad no vio más que crímenes, robos, expoliaciones y desafueros, narrados con parca sobriedad en Nostromo –la urdimbre de una humanidad prodigiosa–. Trascendiendo incluso el abismo abierto por Cervantes entre la imaginación y la realidad, el sometimiento y la locura.

Fue un fabulador con una capacidad mayéutica que no se había vuelto a vivir desde los tiempos de Amadís de Gaula, Tiran Le Blanc y las historias de caballería que les calentaran el caletre a nuestros conquistadores, los prepararan espiritualmente para domeñar un universo de monstruos de carne y hueso, les diera la fe y el coraje para asesinar a mansalva, por millones, y sembraran al continente con la simiente de la desmesura. Que viniera a parar, precisamente, en lo real maravilloso. Como se lo pasaba recordándonoslo el inventor del concepto, Alejo Carpentier. Para nuestra eterna desgracia. Prefiero definitivamente la ética de la mesura recomendaba por Joseph Conrad: “No; mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que, en resumidas cuentas, no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos: ultraje a nuestra dignidad.” (Línea de sombra). 

Tiendo a ver en esa asombrosa capacidad de fabulación y en esa prestidigitación del imaginario la particular debilidad que sintiera García Márquez por el Poder, y muy en particular al arquetipo del latinoamericano aventurero de cruzadas –imaginativo, engañoso y delirante como Ulises, aunque brutal como el cíclope, encerrado en su pequeña ínsula de Barataria– como Fidel Castro. Y todos los caudillos, patriarcas, chamanes y brujos que han constituido el paradigma del político latinoamericano desde el Doctor Francia en adelante. En el fondo, unos desalmados posesos y delirantes. El facineroso que se hace con el Poder utilizando todas las mañas y malas artes del asaltante de caminos, blandiendo la espada, la lanza o la metralleta y desplegando una prodigiosa artillería de recursos de la política en su bajeza más hamponil, la de la seducción populista. Seguro de la impunidad de sus tropelías por el infantilismo antropológico de quienes se les subordinan. Y el odio de las élites a una auténtica emancipación. De allí la cruzada por folklorizar nuestras miserias y darle esa pátina de mistificaciones con la que el Gabo supo convertir todas sus historias en deslumbrante parusía.

Tuvo, como bien lo afirma en una entrevista con el País el ex presidente de México Raúl Salinas de Gortari, una tenaz fascinación por los intríngulis del Poder: “A Gabo le encantaba descifrar  la esencia del Poder”. Desde luego, de ninguna manera como le interesaba descifrarlo a Max Weber o a Lenin, a Vilfredo Pareto o a Antonio Gramsci. De hecho no lo descifró, como sí lo intentara Vargas Llosa en sus Conversaciones en la catedral, La Casa Verde o La Fiesta del Chivo, salvo si por descifrar la esencia del Poder nos referimos a reinar sobre un mercado de millones y millones de seres humanos ansiosos por pasar sus vacaciones en Macondo y comprar más de cuarenta millones de ejemplares de su maravilloso catálogo de despropósitos, merecedor del asombro planetario que él tanto ambicionaba: no uno, que con eso basta y sobra, sino Cien años de Soledad. Y el Nobel de Literatura.

Ese Poder, del que disfrutó hasta su último suspiro, con una flor amarilla en el ojal de su elegante chaqueta de tweed y su sempiterna sonrisa picaresca, dejándose venerar por millones de admiradores –¡y admiradoras, que el ojo entintado no lo obtuvo en una pelea por la faja de los peso medianos!– no era el que él verdaderamente ansiaba conocer, disfrutar y frecuentar: era el poder de los poderosos de verdad, sin mistificaciones literarias, aquellos que pueden decidir –y como Fidel, Raúl o el Ché Guevara decidieran– de la vida y la muerte de simples mortales, los Nerones de la modernidad, con sus manos ensangrentadas y sus golosas cuentas bancarias: el de Castro, en primerísimo lugar, su patriarca predilecto, porque había desafiado al tiempo con una extraña simbiosis de crueldad y mágico encantamiento –en Venezuela, un pequeño país del Tercer Mundo, llegó a tener una cofradía de más de novecientos adoradores, entre hombres del arte, la academia y la cultura enfervorecidos a sus pies, y ya llevaba más de 30 años ejerciendo una brutal tiranía– : un paradigma macondiano. O, en menor grado, el de cualquier presidente de la república que se le cruzara en su camino. Desde Bill Clinton a Carlos Andrés Pérez y desde Salinas de Gortari a Felipe González o César Gaviria. Aparecía el Gabo y hasta Lusinchi se volvía loco. En esa debilidad debe haber estado pensando nuestro entrañable José Díaz, Joselo, cuando creó al granuja encantador, ese picaresco personaje de la IV República, tan garciamarquiano, que culminaba sus sketch televisivos repitiendo una frase que se haría famosa en los años de la decadencia: “¡Qué sabroso es el Poder!”

Se nos murió el Gabo, antes de llegar a sus 100 años de soledad. De haberse sobrevivido hasta entonces hubiera alcanzado el mítico logro perseguido secretamente por todos los tiranos: igualar su tiempo de vida al tiempo del mundo.  Su amado Fidel espera poder cumplir la proeza.