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La GAN, de antología

Portada del libro "150 pinturas antológicas"

Portada del libro "150 pinturas antológicas"

No es la primera vez que Juan Calzadilla intenta dar una visión sintética del desarrollo de las artes plásticas en el país

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Se esperaba, por parte del Instituto de las Artes de la imagen y el Espacio (Iartes), la publicación de un libro dedicado a la colección de arte colonial (ya no más “arte del invasor”) y del siglo XIX, encargado a la crítica y educadora Susana Benko. En su lugar apareció un volumen en formato bolsillo, de tapa dura, con 150 reproducciones a todo color de 150 pinturas antológicas, encomendada a la Editorial Arte y no a la imprenta del Ministerio de la Cultura.

Trae un prólogo de Juan Calzadilla, “Breve historia de las artes plásticas en Venezuela”; las ilustraciones con sus respectivos comentarios, producto de un trabajo colectivo del Departamento de Investigación, responsable también de los resúmenes biográficos. Al final, salen nombrados todos los trabajadores de la institución, y uno no sale de su sorpresa al constatar que hay 40 personas dedicadas a Seguridad y Vigilancia (entre los cuales se cuentan cuatro guías de sala) y ocho a Investigación. Por último, los créditos de quienes intervinieron en la publicación.

No es la primera vez que Calzadilla intenta dar una visión sintética del desarrollo de las artes plásticas en el país. Desde su ya lejano Pintura venezolana de los siglos XIX y XX (La Huella, 1975), lleno de inexactitudes y juicios erróneos, hoy irreditable; hasta el capítulo de arte venezolano para el libro colectivo La cultura en Venezuela. Historia mímina (Fundación de los Trabajadores de Venezuela, 1996), una visión madura y ecuánime del tema, aun cuando se le traspapelara nada menos que El Techo de la Ballena, grupo al que perteneciera en los años sesenta. El libro fue coordinado por Elías Pino Iturrieta y contó con las colaboraciones de Rafael Arráiz Lucca, Inés Quintero, José Peñín (+), Leonardo Azparren Jiménez, Ambretta Marrosu, Rafael Strauss y Simón Alberto Consalvi. Como se ve, antes cabíamos todos.

Así pues, el autor de marras no es un asomado reciente sino alguien con larga experiencia, con más de medio siglo de batallas con las letras e ideas en el campo de las artes plásticas y las instituciones culturales. Eso no lo libra de caer nuevamente en la debilidad de reflotar textos suyos, sin ir muy lejos, el de 1996, del que repite unos cuantos párrafos en este supuestamente nuevo de 2012.

Mal puede uno, entonces, apuntar errores garrafales, sólo leves descuidos que pudieron haber sido solventados de haber confiado la revisión a un colega de su jerarquía, que los hay. Pero en el terreno de los opiniones, cuando están condicionadas por la identificación plena con una política cultural que, a nuestro juicio, no ha sido consecuente ni con los artistas ni con las instituciones (museos, escuelas, concursos) al situarse en el polo opuesto de una tradición de alto profesionalismo y de franca promoción del arte de vanguardia, difícilmente puede uno leer sin disentir y hasta indignarse por la interesada visión que se da en el acápite subtitulado “Signos actuales”.

En efecto ¿de qué país se nos está hablando cuando el autor afirma que “en lo substancial el curso de las artes plásticas, tal como hemos tratado de definirlo en sus momentos principales, no ha variado en Venezuela desde 1980 a esta parte”? (p.35) es decir, en el lapso de una generación, nada ha cambiado, seguimos en las mismas porque sigue produciéndose mucho del arte anterior. ¿Y qué decir de la invasión de lo digital, las instalaciones, el deconstructivismo, etc.?

Hay un párrafo que parece haber sido escrito hace más de una década, al afirmar lo siguiente: “La promoción expositiva a través de salones, premiaciones y concursos estatales y privados nunca había alcanzado tanto auge como hoy”.

¿Estará refiriéndose el autor a los tres “certámenes” promovidos por el inolvidable Farruco Sesto, el Ministro de Cultura a quien debe el cargo?; certámenes que pusieron en entredicho la calidad de nuestra trayectoria expositiva, cuando los principales instituciones (GAN, MBA y MACC) se vieron obligadas a exhibir obras de mediocre factura y burda valoración plástica, muchas de ellas con el tufillo de vulgar populismo con su piquete proselitista; o a la II Mega Exposición, mejor conocida en nuestra historiografía museográfica como “la Megatorta”, cuando de un plumazo el Ministro, con la anuencia de la Presidenta de la Fundación de Museo Nacionales –“quién soy yo para opinar de arte” – invalidó el veredicto de calificados funcionarios de museos que habían seleccionado mil obras, y dio entrada a las tres mil rechazadas.

De seguidas, Calzadilla nos lanza otra perla que parece retrotraerse a los setenta: “El espacio museístico se ha visto materialmente agrandado en los últimos años, extendiéndose su radio de acción al interior del país en su sostenido esfuerzo para descentralizar y homologar la producción de arte y actividad promotora a escala nacional” (p.35).

Creemos entender que se refiere al nuevo edificio de la GAN, todavía inconcluso, luego que en 2006 se retomara el trabajo por la exposición de apertura dedicada a Francisco de Miranda. Como la prioridad actual es la Misión Vivienda, suponemos que se concluirá en un próximo período presidencial. O será el Museo de la Arquitectura, cuyo proyecto se auto adjudicó en limpia competencia, el director del mismo, Juan Pedro Posani, haciendo honor a las pautas autocráticas venidas de más arriba.

El tema inaugural no podía ser otro que el electoral: la Misión Vivienda. Lo salva que, en una entrevista reciente, Posani formula críticas a la misma, pero sin nombrar al responsable de tanta improvisación y simulando no entender por qué no se hizo antes. O acaso se referirá Calzadilla al Museo Arturo Michelena de Valencia, en el hoy restaurado Centro de Amigos, al lado de la catedral, pero con la colección rabiosamente arrebatada al legítimo dueño: el Ateneo de la ciudad, por un generalote hoy desahuciado. Desde 1943, el Ateneo de Valencia apuntaló, junto con el Salón Oficial de Arte Venezolano (1940-1969), la vanguardia artística del país; ahora ni sede tiene, a pesar del dictamen a su favor del Tribunal Superior de Justicia. Ya la actual directora del nuevo museo, la artista Fabiola Sequera, tuvo su merecida exposición en la GAN. Y si es por otros “nuevos museos” que, en efecto se han creado pero cuya existencia sólo es burocrática, confiemos en que se hagan realidad cuando florezcan las amapolas o la rana eche pelos. Pero sigamos con los asertos fuera de época.

Dice Calzadilla: “son los salones y concursos entre los factores nombrados los que más han contribuido al gran desarrollo, en términos cuantitativos, que ha experimentado en la última década el arte venezolano (…)” (p.35). Sin duda, siguen existiendo salones en muchas ciudades del interior (de carácter regional, como el de Carúpano; de alcance nacional, como el de Aragua, en Maracay), ninguno de ellos de reciente creación; pero el único de Caracas sigue siendo el Lovera, convocado por el Consejo Municipal del Distrito Libertador, cada vez más condescendiente con un arte ilustrativo, decorativo, artesanal o llanamente mediocre. Por supuesto, el gobierno se encarga de invitar a funcionarios y no a críticos profesionales para conformar los jurados.

Mientras escribimos, están abriéndose dos salones temáticos en Caracas, uno sobre el paisaje (MBA) y otro sobre el legado cinético (MACC), en ambos la selección ha quedado en manos de gente afín a las políticas oficiales. ¿Cómo se explica entonces que Calzadilla arremeta, a continuación, sobre el papel de los jurados?

“Los salones vienen a llenar el papel que antes cumplían las vanguardias, si bien tienen en contra el hecho de su anacronismo y el que, en casi todos los casos, reflejan parcialidades del acontecer y evaluaciones autoritarias o de peso subjetivo” (p. 35). ¿En qué quedamos? ¿Sirven o no sirven? ¿No será que hay la secreta aspiración de eliminar la crítica, y no se dice para no ser vinculado histórica e ideológicamente con Pedro Centeno Vallenilla y sus salones independientes, sin selección ni premiación? ¿No decía Martí que la crítica era el ejercicio del criterio?

Para concluir, aunque no podamos compartir esta visión sesgada del desarrollo institucional por obedecer más a una postura política que a una sensibilidad artística, recomendamos a los eventuales lectores de esta publicación, confrontar los comentarios de las obras con sus propias apreciaciones, e incluso los resúmenes biográficos con la consulta del Diccionario biográfico de las Artes Visuales en Venezuela (2005), producto de diez años de trabajo de la Fundación Galería de Arte Nacional, pues aparecieron, a pesar de los tres correctores, numerosos errores, incluso en fechas muy bien establecidas en la historiografía de nuestro arte.

Nota bene: agradezco a Juan Calzadilla la donación de dos ejemplares del libro en cuestión, para la biblioteca de la Universidad de Heidelberg, Alemania, que enviaré junto con la necesaria fe de errata.

FICHA DEL LIBRO

150 pinturas antológicas

Galería de Arte Nacional

Editorial Arte

Caracas, 2012