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Fresa y chocolate

Montaje de Fresa y chocolate del Grupo Actoral 80, dirigida por Héctor Manrique / Leonardo Guzmán

Montaje de Fresa y chocolate del Grupo Actoral 80, dirigida por Héctor Manrique / Leonardo Guzmán

Héctor Manrique ha traído a las tablas caraqueñas su interpretación de Fresas y chocolate con el Grupo Actoral 80. En este montaje quedan asentadas las vetas de la intolerancia en una historia que, aunque fue inspirada en la Revolución cubana, puede transpolarse a la realidad actual venezolana

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El sueño de todo autor es que su obra no se pierda en el tiempo. Y las grandes obras resaltan por su versatilidad para adaptarse al paso del tiempo. Para muestra un botón: Trono de sangre, película dirigida por Akira Kurosawa en 1957, es una adaptación de Macbeth, obra teatral escrita por William Shakespeare en 1606. La Alegoría de las cavernas, de Platón, inspiró a los Hermanos Wachowski en 1999 a escribir el guión que se convertiría en la célebre trilogía de The Matrix.

Y existe otra clase de obras que trascienden porque, sin tener que acudir a las brujas de Macbeth o a las píldoras azules y rojas de Morpheus, logran aferrarse a los años porque lo planteado en ellas son problemas humanos presentes en todas las generaciones, como la religión, la ideología política, la sexualidad, el amor y la intolerancia. Este es el caso de El lobo, el bosque y el hombre nuevo, cuento de Senel Paz, que le hizo ganar el Premio Juan Rulfo otorgado por Radio Francia Internacional. Posteriormente, el mismo Paz lo adaptaría a un guión cinematográfico, y la nueva versión del famoso cuento, Fresa y chocolate, quedó grabada en la historia del colectivo cuando se estrenó en el Festival de la Habana en 1993. Casi veinte años después, Paz convirtió su cuento en una pieza teatral para tres personajes, con el mismo título.

Fresa y chocolate habla al espectador de la intolerancia hacia dos grandes bloques: la orientación sexual y la ideología política, y de cómo esa intolerancia puede ser vencida por la amistad, que es otra de las formas en las que se expresa el amor.

Tanto el cuento como el montaje teatral están enmarcados en la Cuba de 1979 y se centran en la amistad –imposible a simple vista– de dos hombres diametralmente opuestos: David,  militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, heterosexual y homofóbico, y Diego, profesor homosexual, culto y opositor de la Revolución, enamorado secretamente de David desde que lo viera actuando en un montaje de Casa de muñecas y quedara prendado de él.

El cuento de Senel Paz también habla del sacrificio. David depone sus ideas sobre los detractores de la Revolución que le ha dado estudios y posibilidad de instruirse en una universidad para darse cuenta de que los homosexuales como Diego no son depredadores de ese hombre nuevo que promete la Revolución, sino que más bien son individuos que podrían enriquecerla. Sin embargo, a mi parecer, el personaje que más se sacrifica en esta relación es Diego, quien al darse cuenta de que David nunca podrá corresponderle de la manera que él espera, doblega sus intereses y hace lo posible por mantenerlo como amigo, pues sólo de esta forma podrá estar con él. La renuncia de cada personaje con respecto a sus ideales los desnuda hasta que son capaces de reconocerse el uno en el otro, más allá del color ideológico o el multicolor de la orientación sexual, y es cuando nace la amistad pura y sincera, que no es sino uno de los tantos matices que tiene el amor en las relaciones humanas. Amistad severamente cuestionada por Miguel, militante revolucionario, que vigila de cerca los pasos de David.

Esta pieza llega a Venezuela en esta oportunidad gracias al Grupo Actoral 80, particularmente por Juan Vicente Pérez que es, según Daniel Rodríguez, quien propone la puesta en escena de este montaje. Así comenzó el trabajo actoral –dirigido por Héctor Manrique– durante dos meses, desde noviembre hasta su estreno el 17 de enero, parando únicamente el día de Navidad y el Año Nuevo. El resultado de este corto pero exhaustivo período de ensayos cosechó sus frutos: cada actor más que interpretar logra encarnar por completo a su respectivo personaje. Lo entienden, lo poseen, lo llevan adentro y lo exteriorizan cada vez que pisan las tablas y se disponen a representar esta historia agridulce, de encuentros y desencuentros. La puesta en escena es detallista, pero sobria, que consta de un único escenario que permite precisar tres lugares totalmente distintos sin ninguna dificultad: la casa de Diego, la famosa heladería Coppelia y el despacho de Miguel, esa sombra que amenaza constantemente la amistad entre Diego y David.

Sin embargo, el mayor acierto de Manrique es la elección de la pieza en sí, pues su planteamiento calza con los padecimientos sociales de la Venezuela actual: la intolerancia, la incapacidad del diálogo, no sólo entre nuestros dirigentes sino entre nosotros mismos, y la emigración como la única salida a lo enumerado anteriormente. Pero el montaje no sólo enumera los problemas de nuestra sociedad, sino que nos conforta con la posibilidad del reencuentro, con la moraleja de que no importa cuán distintas sean dos personas, siempre y cuando exista la disposición a construir un puente entre ellas.

Al término de esta experiencia varias son las preguntas que necesitan ser respondidas: ¿Quién es el verdadero lobo? ¿Diego, el homosexual que debe emigrar para poder ser él mismo, o Miguel, el comisario político que lo persigue simplemente por ser distinto a lo que espera la Revolución de un hombre? Y, más importante aún, ¿quién es este hombre nuevo que promete la Revolución? ¿El David homofóbico, precámbrico, que se presenta en el primer monólogo? ¿O el David que se transforma como consecuencia de su amistad con Diego?

Afirmé al principio que el sueño de cada autor es que su obra no se pierda en el tiempo. La prevalencia de Fresa y chocolate en el tiempo tiene una razón agridulce: la brillantez de Senel Paz para detectar un problema –la intolerancia– que se sigue repitiendo no sólo en Cuba, el país que sirvió de inspiración, sino en todo el mundo, y muy particularmente en nuestro país. Posiblemente llegue un día en el que Fresa y chocolate se siga representando para recordarle al mundo una terrible pesadilla que no debe repetirse jamás. Y mientras ese momento llega, es necesario saber que es posible abrir la mente, y más aún: reconocer que la libertad de pensamiento es más colorida que una sola bandera unicolor.