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Francisco Pimentel, Doctor en graves y agudos

Francisco Pimentel / Cortesía

Francisco Pimentel / Cortesía

Con una escritura llena de humor, donde solo la cárcel hizo paréntesis a su febril obra, Francisco Pimentel nos ofrece libros de auténtico valor literario y testimonial, como lo es el poemario “Graves y agudos”, escrito durante su estadía en La Rotunda. Formado en sus primeras letras por las amorosas manos de Teresa Pérez Bonalde de Sucre, hermana del poeta de “Vuelta a la Patria”, ingresó más tarde a la Universidad Central, pero lo sorprendió en el camino, al tercer año de estudios de Derecho, una pasión periodística que ya nunca más le abandonaría. Aunque más conocido como humorista, su obra poética, y en especial “Graves y agudos”, está signada por una suerte de tristeza que la torna intensa y dramática

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Dedicado a mi siempre amiga Angela Rizzo y a "Cielito Lindo" también.

Venezuela inauguró este siglo con una dictadura que venía del siglo XIX, producto de más de 200 guerras civiles e intestinas que convulsionaron el país sin misericordia, hasta que Cipriano Castro se aseguró férreamente el poder.

Un golpe de compadre a compadre, cuya felonía terminara en 1935 con la muerte de Juan Vicente Gómez, nos muestra un siglo XX nacional, donde Caracas era apenas una ciudad de menos de 80.000 habitantes, en la cual todos se conocían, y donde la luz eléctrica no alcanzaba a hacer desaparecer los fantasmas de la Sayona, o de la aún más terrorífica Sagrada, que recorrían las 15 manzanas que conformaban la Caracas gomecista.

En una Venezuela donde aún no había llegado todavía el ascensor y el tranvía era el medio de transporte por excelencia, los poetas, los humoristas y los escritores de época, fueron a dar más de una vez con sus huesos a las mazmorras del Castillo de Puerto Cabello y La Rotunda, por hacer frente a la dictadura inconmovible del Bagre Civilizador, Juan Vicente Gómez.

Entre estos intelectuales y humoristas, geniales inconformes y casi siempre opositores, se encontraba Francisco Pimentel (alias Job Pim, cariñosamente apodado también Jobo), quien desafió una y otra vez al régimen con su verbo y con su verso, con sus caricaturas y su personalidad ética a toda prueba. En crónica, la mayoría de las veces rimada, Job Pim nos radiografió la conducta y costumbres del venezolano de la época, sus estilos de vida, la vestimenta, los condumios, las modas y refranes que hacían de Caracas una capital costumbrista y zagaletona, y que nos muestran con minuciosidad periodística la sociedad patriarcal de su tiempo.

Con una escritura llena de humor, donde solo la cárcel hizo paréntesis a su febril obra, Francisco Pimentel nos ofrece libros de verdadera estatura continental, como lo es su Graves y agudos, libro triple con versos de diverso temple, donde podemos leer los poemas “Graves”, que dan cuenta de lo que fue su vida carcelaria, los “Agudos”, en los cuales el humor se despliega a torrentes en una visión de época magistral, y los poemas que forman el “Intermezzo”, que dan cuenta de lo cotidiano, con una calidad de escritura y conocimiento de nuestro idioma que podemos mostrar con orgullo ante los grandes escritores latinoamericanos de su época.

El sino de su vida

Nació en Caracas en el año 1889, la misma ciudad que lo vería morir en 1942. Se formó en un ambiente literario y humorístico, con un padre reconocido como crítico y fabulista, una madre poeta que colaboraba con El cojo ilustrado y La Semana, y tertulias interminables donde la gente más preclara de la intelectualidad caraqueña, como los Fombona o los Calcaño, hacían galas de su conocimiento ante el niño asombrado que era Francisco.

Apasionado por la lectura y con una memoria prodigiosa, ya a los cuatro años recitaba con perfección de entonación y sentimiento, las muchas poesías que su padre le enseñaba. En el homenaje que se le realizara al pintor Arturo Michelena en el Teatro Municipal, con tan solo 7 años, Francisco conmovió a la audiencia, como lo refiere Key Ayala en Páginas Venezolanas.

Tuvo pasión desmedida por la música, de manera tan profunda, que aún enterrado en las mazmorras gomecistas, sus compañeros le oían silbar de memoria, óperas completas, sus favoritas La Bohemia, Madame Butterfly, Rigoletto, Aída, negándose a doblegar su espíritu sensible y su noble hombría, aún en los momentos en que era torturado. Bajo la más terrible de las tristezas, la de la solitaria Rotunda, solía consolar a sus compañeros de celda silbando valses o recordando canciones, con tal perfección que su sonido llegaba a parecer una flauta.

Formado en sus primeras letras, por las amorosas manos de Teresa Pérez Bonalde de Sucre, hermana del poeta de Vuelta a la Patria, ingresó a la Universidad Central a estudiar Derecho, donde en un tercer año con magníficas notas le sorprendió la pasión periodística, que ya nunca más le abandonaría.

Su obra: la inteligencia contra Gómez

Cinco son sin duda los grandes nombres de nuestro humorismo de este siglo: Francisco Pimentel, Leoncio Martínez (Leo), Andrés Eloy Blanco, Miguel Otero Silva y Aquiles Nazoa, en un país donde el humorismo ha sido elemento clave en la formación de la personalidad del venezolano.

Frente al absolutismo carnívoro de nuestro siglo, los humoristas reaccionaron con el ingenio mordaz de la sátira política. Pero dentro de esta lista conmovedora de grandes nombres, un dúo brilla con luz propia. Nacidos con apenas dos años de diferencia, en toda la Historia de la literatura venezolana no hay amistad más hermosa y entrañable que la de Leoncio Martínez y Francisco Pimentel, cuya profunda y mutua admiración podemos leer en versos de Job Pim: “Mi querido compinche: tu destino/ empalma mi camino a tu camino/ y tu acción a mi acción;/ desde hace un siglo que nos conocimos/ y a la vida de prensa recurrimos,/ soy tu medio limón”.

En 1913 comenzó Job Pim a publicar una sección humorística en verso en El nuevo diario, titulada “Pitorreos” (que más tarde se convertiría en libro). Un año después, el 26 de mayo de 1918 fundó una revista con el mismo nombre cuyo éxito le obligó a convertirla en diario. Es en este momento que el Jobo decide asociarse con Leo, para constituir el inmortal dúo de humoristas, que supo con el pecho henchido de valor, colocarle una tierna sonrisa a la triste Venezuela de Gómez. Como tercer socio de esta aventura periodística se encontraba el no menos intrépido José Rafael Pocaterra, quien firmaba una columna en el periódico con el pseudónimo de “Le Démon du Midi”. También Rafael Guinand tuvo su lugar en estas páginas y en ellas publicó algunos de sus cuentos como “Jacinto”.

El 17 de Enero de 1919, cinco meses después de la constitución de “Pitorreos” en El nuevo diario, el general Gómez ordena su clausura y la prisión de los responsables. Leo y Job Pim son violentamente mudados a la Rotunda, donde les acompañan los dos hermanos de Pimentel: Tancredo y Luis Rafael.

Durante esos tres años de duro encarcelamiento y torturas, escribe Job Pim sus más conmovedores poemas: “La bordadora” y “Hierro dulce”, y su amigo Leo escribe a su vez la inmortal “Balada del preso insomne”. Es allí donde Job Pim escribe sus “Graves”, poemas de la mejor factura de la época.

Al salir de la cárcel, de nuevo los dos humoristas se alían, y en abril de 1923 Leo funda el semanario Fantoches, donde Job Pim colaboraría con su humor ácido y picante, junto a la joven intelectualidad antigomecista.

Hasta la muerte de Gómez y aún después, bajo la presidencia de López Contreras, que lo nombró Cónsul en España, Job Pim continuó ejerciendo el periodismo humorístico sin descanso.

Humor y más humor

Notables tanguistas y fanáticos de los toros, Leo y Job Pim, definidos por sí mismos como “calaverones”, en medio de los carcelazos y las persecuciones, tuvieron tiempo para hacer burla del régimen, también de otras maneras creando una comedia tropical: la gran joda del Gran culto de Osiris. Este supuesto culto o sociedad cómico-secreta, se reunía en la esquina de Manduca. Allí, una cuerda de literatos y jodedores, bajo la influencia de la francomasonería y su ceremonial de símbolos y oficios, disfrazados y recordando los ritos de Osiris, componían pantomimas contra el gobierno, contribuyendo al gozoso misterio del humorismo nacional. Figuras como Pedro José Muñoz, Rafael Carías, Pedro Sotillo, Juan Vicente Lecuna (músico mayor), entre muchos otros, parodiaban a las deidades momiformes como la dinastía Amenhotep, cambiando sus nombres y representando en funciones públicas y pantomimas contra los ministros gomecistas, dedicándose a “mamarle el gallo egípciacamente” a la sociedad caraqueña, usando a los políticos del Bagre como corderos de sacrificio al Gran Dios Osiris.

De este “culto”, todavía en los años cuarenta, se recordaban los “Juegos frutales” (por los “Juegos florales”, competencias poéticas puestas en boga por el Modernismo), los espectáculos dadaístas y las veladas etílicas, que fueron las delicias de propios y extraños en aquella época.

Como vanguardia literaria y política, gente como Leoncio Martínez y Francisco Pimentel dejan una huella difícil de seguir. Al recordar a Job Pim, y leer su extensa, culta y pulida obra, nos preguntamos, dónde están en este momento aquellos de nuestra generación que puedan continuar hacia el siglo XXI, ese ejemplo de ética humana y literaria, que hizo de la sonrisa, el arma más poderosa contra la corrupción y la tiranía.

 

Sal de Pim

Los poetas festivos, los caricaturistas felones y los dibujantes guasones no pararon de burlarse de la dura dictadura gomecista. El genial opositor que fue Job Pim, supo resistir los terribles años de cárcel feroz a los que fue sometido, con una dignidad que mucho serviría hoy en día de ejemplo a nuestros intelectuales comodones, pues en aquellos años, venezolanos de la talle de Leoncio Martínez, Andrés Eloy Blanco y Francisco Pimentel, se jugaban el destino de sus letras junto al de sus vidas, apostando a la gloria, no de “aparecer en la Historia” sino de hacer la Historia, aportando su parte en el largo drama nacional de allanar un camino hacia la democracia. Siempre con valor y con una finura rallana en la genialidad, hasta en los momentos más difíciles brillaba el genio, como cuando Job Pim asiduo huésped de La Rotunda, era interrogado por la policía a la entrada de la cárcel sobre su profesión y contestaba con sarcasmo: “Preso político profesional”.

 

Retrato en familia

Por Jesús Sanoja Hernández

Cecilia, una de sus hermanas, publicó en 1970 el libro Bajo la tiranía, donde se mezclan biografía familiar y biografía del gomecismo, estableciendo el contraste entre lo que es la lucha por la libertad y lo que representa el régimen que la ahoga. Como grupo familiar, los Pimentel encarnaron la Venezuela creadora, rebelde y ética. El Jobo, además, asumió esos valores con una valentía donde el humorismo, que manejaba como pocos en Latinoamérica, nunca cedió un palmo.

Fue la misma Cecilia quien años antes escribió el prólogo a las Obras completas, ayudada en la tarea investigativa por la viuda de Job Pim, doña María Luisa Vegas, promotora de la idea de recopilar cuanto hubiese en viejos periódicos y revistas y que no estuviera ya guardado en el archivo o biblioteca de la familia. Esa introducción constituye una importante fuente de información para entender lo que fue la vida del Jobo: su actividad literaria, su pasión periodística, sus tres, y no cortas, prisiones, así como las de sus hermanos, el sentimiento profundo del hogar, la solidaridad con los humillados y ofendidos. El Jobo (como los suyos) afrontó todas las desgracias bajo la tiranía sin apelar al apóstrofe y al panfleto. A diferencia de Pocaterra, cuyo estilo y actitud eran opuestos, el Jobo tomó aquello con humor impar, dentro del tono de sus “agudos” y sus “pitorreos”, o con dramatismo dulcificado, sin vehemencia ni fogosidades.

Graves y agudos fue reunido en volumen, en 1940, poco antes de su muerte, e incluido un decenio más tarde en la antología que editó el Ministerio de Educación. Pero aquel que tenga la fortuna de conseguir un ejemplar de las Obras completas, cuyas 1290 páginas se abren, precisamente, con ese poemario, logrará tener una mejor idea de lo que representó Job Pim en la literatura y el periodismo de nuestro país. Me atrevería a afirmar que allí se encuentra casi todo lo que acaeció en Venezuela (y muchísimo de lo acaecido en el mundo) entre 1911, cuando comenzó a publicar sus Pitorreos, y 1942, que fue el año de su muerte.

En la hora final Andrés Eloy Blanco y Miguel Otero Silva lo despidieron con poemas donde el tono “grave” se contaminaba de “agudos” que hubiesen sido de su agrado. Aquiles Nazoa lo enalteció en admirable selección Los humoristas de Caracas. Picón Salas recordó cómo él había hecho “la burla de todo lo solemne y falso del folklore racional, y de la más expresiva lengua y vernácula, los símbolos e imágenes de su tragicomedia”.

En el cuarto tomo de su acuciosa indagación sobre el humorismo venezolano en verso, Efraín Subero cedió a Francisco Villalba Pimentel, sobrino de Job Pim, la presentación del “Jobo triste y jovial”, quien acudió, entre otros, a la opinión de un monstruo del humorismo, por un lado, y por el opuesto, a la del poeta más venerable en estos tiempos por la generación desacralizadora. A la de Leoncio Martínez, Leo, y a la de Ramos Sucre, el solitario.

Decía Leo que Job Pim constituía un caso insólito de fertilidad en un medio árido. Y decía Ramos Sucre que era “la más grande inteligencia” que había dado Venezuela “en los últimos años”.

Como Job Pim, su amigo Leo, el de Fantoches, y antes el de Pitorreos, fue cliente seguro de La Rotunda. Ambas publicaciones fueron acosadas por el tirano, pero ninguno de los dos se acobardó. Más fuerte resultó, es verdad, el golpe para el Jobo, porque el impacto alcanzó al ámbito familiar. Su hermano Luis Rafael había sido gestor, desde el campo de la juventud militar, del movimiento que en enero de 1919 planeaba derribar a Gómez, y en el que figuraban universitarios como Gustavo Machado y Salvador de la Plaza, e intelectuales como Pocaterra (que fue injusto con el Jobo). Entre la prisión de Luis Rafael y la suya solo hubo cuatro días de diferencia. Pero nunca hubo diferencia entre su actitud, la del capitán de artillería y la del resto de la familia.

 

*Publicado el 24 de mayo de 1998