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El misterio de Francisco Isnardi. Estudio Introductorio (un fragmento)

“Este largo periplo le sirvió a la autora para acopiar datos de toda índole (…) con el propósito de deslindar la biografía de los tres Isnardi ​"

“Este largo periplo le sirvió a la autora para acopiar datos de toda índole (…) con el propósito de deslindar la biografía de los tres Isnardi ​"

El material aquí publicado es un fragmento, la primera parte del magnífico estudio que presenta al libro de Marisa Vannini de Gerulewicz

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No es frecuente estar en presencia de equívocos tan perturbadores como el que había supuesto hasta ahora la biografía de Francisco Isnardi, de por sí una de las figuras más elusivas y enigmáticas del elenco insurgente venezolano. La complicación radica en que, a lo largo de casi toda la historia republicana y por una cierta coincidencia de nombres, se le atribuyó a un mismo Isnardi la identidad de tres individuos distintos –el primero turinés, el segundo provenzal y el último, gaditano– que, de un modo o de otro, actuaron durante la etapa inicial del proceso emancipador.

Obviamente, si las circunstancias no fuesen las que ahora se reseñan, se trataría de un caso de simple casualidad, como muchos que hayan podido registrarse a lo largo de la historia. En otras palabras, si pensásemos en un contexto distinto, semejante coincidencia no pasaría de ser quizá un dato anecdótico e, incluso, inofensivo. Pero la situación es radicalmente otra cuando se piensa que ese Isnardi, construido a partir de tres vidas distintas que por tradición o error se vieron condensadas en una misma persona, terminó cobrando una relevancia enorme dentro de la dinámica que condujo a la separación de Venezuela del mundo español. Después de todo fue él quien, como actor clave, llegó a ocupar entre otros destinos el cargo de secretario del Congreso Constituyente de 1811 y a quien, además, se le atribuye haber sido corrector del Acta de Independencia del 5 de julio de ese mismo año.

Mucho y a la vez poco le envidio a la autora de este cautivante y revelador estudio biográfico sobre Isnardi, cuya reedición se ofrece ahora gracias a una generosa iniciativa de Ediciones Fundavag. La parte que corresponde a lo mucho de mi envidia tiene que ver con la calidad de esta hazaña investigativa que llevó a su autora, Marisa Vannini, profesor titular de la Universidad Central de Venezuela, a rastrear documentos en los más diversos repositorios, desde el Archivo de la Academia Nacional de la Historia y el Archivo General de la Nación, en Caracas, hasta los fondos archivísticos de la Universidad de Cádiz, pasando por el Public Record Office (Londres), el Archivo General de Indias (Sevilla), el Archivo General Militar (Segovia), los archivos históricos de Madrid y Ceuta, los asientos y registros parroquiales de Turín, y la sección del archivo de Cumaná.

Este largo periplo le sirvió a la autora para acopiar datos de toda índole –partidas de registro, hojas de servicio, constancias de bautismo, libros de matrícula, certificados de estudio– con el propósito de deslindar la biografía de los tres Isnardi y poner de relieve sus distintas procedencias. Obviamente, como cabría esperarlo, esta labor le ha permitido situarse a sideral distancia de las noticias aportadas por los historiadores venezolanos quienes, casi invariablemente, han tendido a repetirse unos a otros sin cuestionar las fuentes citadas o tomarse el cuidado de volver a revisarlas, dando por resultado que, a la larga, se acumularan vidas distintas en la trayectoria de un mismo personaje. Así, al dar por sentado que existió un solo Francisco Isnardi oriundo de Turín, la historiografía tradicional partía de suponer que su diversidad de oficios (médico, editor, políglota, astrónomo, matemático, hacendado, hombre de la política y del Congreso de 1811) simplemente confirmaba la presencia de un exponente de inquietudes tan disímiles y curiosas como las que caracterizaron en esa misma época a otros cultores del Enciclopedismo y la Ilustración como Francisco de Miranda o, en Europa, a Giacomo Casanova y el conde de Cagliostro.

Habiendo localizado en el camino nuevas fuentes primarias, prestándoles mayor atención a documentos que habían sido en cierta forma soslayados o subestimados, o reinterpretando con un sentido más crítico algunas de las pistas empleadas hasta ahora, Vannini logra reunir la suficiente cantidad de inconsistencias y contradicciones (en cuanto a época, detalles y circunstancias) como para concluir que Isnardi no fue el mismo individuo que se ha visto presentado sucesivamente como responsable de una misma actuación desde 1796 hasta 1812. Dentro de esta concepción tradicional, Isnardi era visto primero, entre 1796 y 1801 como labrador en Güiria, dueño de una respetable finca de algodón y de una exquisita biblioteca, y quien fuera acusado de “trato y comunicación con los ingleses [de Trinidad ], enemigos de la Corona” (Isnardi, 1960:358); segundo, como activista de la causa insurgente radicado en Margarita, donde sirvió como intérprete y secretario de la Junta Provincial allí establecida tras el desconocimiento que se hiciera en Caracas de la autoridad del capitán general Vicente Emparan el 19 de abril de 1810 y, por último, como médico, editor de gacetas en la capital, redactor de artículos de intención orientadora en momentos de vacilación e incertidumbre política y, por si fuera poco, como quien tuvo a su cargo redactar a cuatro manos el Acta de Independencia junto a Juan Germán Roscio, así como coordinar las sesiones y llevar las actas del Congreso Constituyente de 1811 en calidad de secretario.

A juicio de Vannini, el manejo arbitrario y desordenado de los documentos, amén de la parte que en todo ello seguramente le tocó jugar a la tradición oral, condujo a que en la historiografía republicana se hiciera presente el error de fusionar en un mismo individuo a los tres Isnardi, a pesar de sus diferencias de edad, procedencia y, especialmente, de profesión, según lo ha podido esclarecer la investigadora a la hora de cotejar los documentos disponibles en los
distintos archivos que estuvieron abiertos a su consulta.

Ahora bien, independientemente del aval que exhiben los documentos descubiertos o reinterpretados por la investigadora no resulta fácil explicar que la simple tradición –o el caos– se
hayan hecho cargo de igualar entre sí a tres personas distintas y sus respectivas trayectorias,
excepto que se tengan en cuenta algunas circunstancias que debieron contribuir a que, desde
muy temprano, prosperara semejante confusión. En primer lugar, existe la posibilidad de suponer –como lo hace la propia autora– que el apellido Isnardi, aunque ancestralmente turinés, se propagara con el tiempo fuera de la región del Piamonte hasta conformar distintos núcleos en Francia y España, algo que explicaría el origen provenzal del segundo de los Isnardi y
la procedencia gaditana del tercero. Por ejemplo, sorprende observar el número de individuos
que durante el último tercio del siglo XVIII figuraban avecindados en Cádiz con ese apellido,
según lo confirma el patrón de habitantes revisado por Vannini cuando se dio a la tarea de
compulsar los registros civiles y eclesiásticos de aquella ciudad portuaria. Otra circunstancia
que se abona a la confusión es la frágil grafía del apellido: escrito algunas veces como Iznard,
otras como Iznardi y, más frecuentemente como Isnardi, resulta probable que los primeros historiadores que hicieron mención de él optaran por inferir que toda fórmula distinta a la comúnmente aceptada de “Isnardi” era atribuible, simplemente, a errores de escribanía. Esto
lleva a suponer entonces que, por comodidad y conveniencia, el apellido se uniformó en los registros y documentos históricos hasta el punto de hacer que quedase disuelta cualquier traza
de particularidad que pudo haber llegado a existir entre los tres individuos. A la vez, el hecho de
que los tres fuesen oriundos de geografías distintas –Turín, la Provenza y Cádiz– permite darle
cabida a la suposición, a todas luces convincente, de que el apellido se escribiera en cada caso
con alguna variante, viéndose reducido a uno solo –el de “Isnardi”– por obra de una arbitrariedad posterior.

Existe otro detalle al cual conviene prestar atención a la hora de comprender la facilidad con que pudo obrar esta confusión de identidades. De los tres, dos de ellos llevaron el nombre de Francisco, tanto el que era oriundo del Piamonte y que llegó a establecerse en Güiria en alguna fecha cercana a 1796, como el que, provisto de una patente de cirujano graduado en el Real Colegio de Medicina de Cádiz, hizo de Puerto Cabello su destino hacia 1804 y quien –conforme a las pruebas que arroja la investigación de Vannini– llegó a ser el secretario del Congreso Constituyente de 1811 y redactor de diversos documentos fundamentales del primer período republicano.

Sin embargo, todo lo que hasta ahora se ha mencionado como indicio de que distintos apellidos fonéticamente similares al de Isnardi pudieron haberse visto engullidos por una caprichosa operación de la posteridad luciría incompleto si, a estas circunstancias, dejásemos de añadir una observación muy pertinente que hiciera Ramón J. Velásquez al comentar la primera edición de este estudio biográfico escrito por Marisa Vannini. A juicio del historiador, no resulta extraño que en el contexto de enfrentamientos bélicos, o de desastres colectivos a gran escala o, simplemente, dentro de una dinámica tan particularmente violenta y sin cuartel como lo supuso la guerra emancipadora en Venezuela, se hayan generado casos de identidad confusa o dudosa, aunque faltaría saber cuántos se vieron en un trance similar al que hubo de afrontar Francisco Isnardi quien, durante mucho tiempo, se vio dueño de varias vidas que no eran precisamente las suyas.

Líneas más arriba confesé haber sentido un dejo de envidia ante la descomunal escala con que Marisa Vannini emprendió esta investigación sustentada en pruebas que, sin duda, certifican la calidad y solvencia de su trabajo. Pero deliberadamente eludí o me abstuve de mencionar en qué punto me sentía, al mismo tiempo, lejos de envidiarla. Obligado a hacerlo ahora, comienzo por decir que no debe ser fácil ni cómodo cargar encima el peso que significa poner en duda lo que respecto al nombre, trayectoria y gentilicio de Isnardi han afirmado, casi como artículo de fe, historiadores y escritores del rango de Ramón Díaz Sánchez, Pedro Grases, Joaquín Gabaldón Márquez o Guillermo Meneses. Hasta la propia Vannini, víctima de tan honda y –hasta ahora– incuestionable tradición, afirma lo siguiente: “Yo misma, con base en los datos aportados por otros historiadores, caí en el error, y en mi libro Italia y los italianos en la historia y en la cultura de Venezuela, uno de mis primeros trabajos de investigación, me refiero al secretario Isnardi como ‘italiano” (Vannini, 2001:23).

Aparte del coraje que supone cuestionar un consenso historiográfico tan arraigado se plantea una segunda razón para hacer de lado la envidia. Me refiero, por supuesto, al desengaño que esta investigación tan sesuda y rigurosa habrá de significar para la comunidad italiana residente en Venezuela, entre cuyos miembros la figura de Isnardi, en tanto que secretario del Congreso y firmante del Acta de Independencia, ha venido a ser objeto de una veneración similar a la que se le profesa a Agustín Codazzi, al punto de haberse creado una asociación que lleva el nombre de Francisco Isnardi como una forma de poner de relieve la actuación de uno de los fundadores de la italianidad en Venezuela. Escuchemos por ejemplo lo que, al conmemorarse en el 2001 los 190 años del 5 de julio de 1811, llegó a apuntar el acucioso y respetable historiador Luigi Frassato al invocar el gentilicio que se le atribuía al Isnardi firmante del Acta de Independencia, lo cual, hasta ahora, había sido visto como timbre de orgullo para los italianos  “Desde que tuve conocimiento de mi designación, empecé a preparar este Discurso de Orden, pero lo he cambiado a lo menos cuatro veces, cada vez con diferente contenido y diferentes formas de expresión, hasta que decidí seguir la primera inspiración que tuve a los pocos minutos de saber que me tocaría hablar sobre el 5 de julio de 1811; dicha inspiración fue la de recuperar la memoria de un coterráneo mío que tuvo importante presencia en la jornada  de ese 5 de julio y en los hechos que la prepararon y en los que siguieron: me refiero a Francisco Isnardi que, al igual que yo, nació en la Provincia de Turín (Torino) en la región de Piamonte (Piemonte) en Italia” (Frassato, 2011: s/p. Cursivas nuestras).

Existe un tercer motivo para no experimentar envidia frente a esta fascinante investigación y ante lo que, a juicio de muchos, pudiesen significar sus amargas conclusiones. Si, como lo demuestra Vannini, el Isnardi que fungió como uno de los ideólogos de la ruptura con el Consejo de Regencia en España y compartió la tarea de componer el Acta de Independencia fue, nada más y nada menos, que un médico liberal oriundo de Cádiz –Francisco José Vidal Isnardi– solo cabe imaginar lo que esta revelación, y su difícil digestión, podría significar para cierta historiografía que aún exhibe (y no hacen falta muchas pruebas para confirmarlo) una antipática sensibilidad nacionalista. Para Ramón J. Velásquez, por ejemplo, la paradoja de que españoles peninsulares participaran de manera decisiva en apoyo a la insurrección venezolana ha sido, desde siempre, un hecho lo suficientemente incómodo para que algunos historiadores hayan resuelto minimizar o esquivar la procedencia de tales individuos. A manera de ejemplo Velásquez se limita a nombrar el caso de Isnardi, justamente a raíz de las esclarecedoras pesquisas llevadas a cabo por Marisa Vannini. Pero por nuestra cuenta, y no sobra hacerlo, podríamos mencionar al menos a otros dos españoles cuya actuación fue decisiva del lado de la bandería insurgente: Manuel Cortés Campomanes (aunque de ingrata recordación para los cultores incondicionales de Bolívar) y Vicente Campo Elías, quien frenó a José Tomás Boves en el combate de Mosquiteros, en 1814. Sin embargo, el hecho de que fuese un médico liberal oriundo de Cádiz quien –como lo demuestra Vannini– contribuyera en buena medida a redactar el Acta de Independencia, traslada la presencia española a terrenos mucho más polémicos frente a las rabiosas expresiones de quienes, antes y ahora, han persistido en sostener que la independencia fue obra exclusiva del gentilicio local.


EL MISTERIO DE FRANCISCO ISNARDI

Marisa Vannini de Gerulewicz

Fundavag Ediciones

Caracas, 2014