• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Fragmentos

En cinco estadios José Antonio Parra juega con las imágenes, con los tiempos y con las palabras. Estos “Fragmentos” propician el encuentro con el otro: “miradas otras, de muchas pieles, hechas de muchos instantes, miradas que se adhieren y que siendo tantas son una”

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Aquí encontramos una nueva singularidad: nosotros. Aquí ni siquiera hay vaivén sino un franco escape del mundo que nos sostiene, desde donde suponemos el agua pasar y por allá toman lugar lluvias, soles, por allá camina un hombre con sombrero –silencio interminable de los halcones, de los jaguares–. Éste es un espacio sagrado, éste es un templo terracota con extensiones y voladizos que saltan más allá. Hombres etéreos, hombres rana, hombres interminables; este pasadizo contiene caras, imágenes que se transparentan. Burbujas saltan sobre habitaciones que desaparecen y el cielo se lo traga todo.

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Son las ligerezas que paren a nuestros ojos. La desaparición. Los eternos jugadores naranja. Las bocanadas. Nos miramos. El disparo. El murmullo. Los convidados han escapado del festín. Se deshacen y se repiten, dan vueltas. Las formas perduran acabadas y los álamos se derriten llenos de vacío, solitario.

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Se da el encuentro entre nosotros, personajes de una y mil historias, símiles y disímiles, pero al fin y al cabo historias ocurrentes en diversos estadios de tiempo. Se sienta y ve un cielo ennegrecido, un cielo sin límites, silencioso, lejano y cercano, un espacio en total oscuridad, estrellas que queman la lejanía. Entonces, súbito como el relámpago se precipitan cuatro motocicletas desde cada uno de los extremos de esta oscuridad amorfa y se dirigen hasta el centro de la misma, su velocidad es indescriptible, así como también lo es el sonido que no realizan, y así lo son estos días de aguzar los sentidos y de prepararse a sentir con fuerza y de saberse en la carrera del tiempo y que ella está en diversidad de planos. Nuestras motocicletas cada vez se aproximan más al centro como si fueran a estrellarse. Los pilotos se deslizan en el medio de la nada, sin temor en sus ojos; al parecer se trata de cuatro jugadores naranja que han escapado para venir a mostrarnos esta curiosidad. Y es así como, en definitiva, las motocicletas atraviesan el punto central, trasvasándose entre sí, sin ningún tipo de colisión para continuar el camino hacia el otro extremo diagonal de nuestra escafandra oscura, pequeño mundo que te haces galaxias, universos y así son sus muchos mundos y nuestros eternos jugadores naranja.

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Se aproxima un hombre con sombrero, desciende la escalera de hierba en el jardín, un hombre camina relampagueante, sus ojos no son. Él repite todos los nombres en una sola palabra, un solo vocablo que él conoce; un hombre baja, toma rutas inéditas en la oscuridad melancólica de todos los sueños, un hombre se aproxima, él viene con sombrero y hace tronar.

Es un vértigo rotundo, una noche que se volvió signo puro, la palabra denotando un lugar que a la vez es y no es. Mira al vacío, a nadas que no son, pero que están ahora mismo en el campo de huesos del atardecer, donde solemos ir cuando se desbarata la escenografía y quedamos reducidos a personajes de otra historia.

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Algunas veces es desenredar la maraña de las circunstancias, algunas veces es entretenerse y no pensar, mirarte oculta tras todos los rostros que te pertenecen –miradas otras, de muchas pieles, hechas de muchos instantes, miradas que se adhieren y que siendo tantas son una–.

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Te ruego por nosotros y por todos los que dijeron tantas mentiras como nosotros lo hicimos, te ruego por nosotros que hemos matado en masa. Y ruego por las heridas aún sin sanar a dios, el altísimo. Y ruego por todos nosotros y mi palabra no tiene límite; es la palabra que ha ido y venido, y en la montaña hay un hombre, y él va con sombrero y una serpiente, recorre las selvas y dice sin decir, un grande hombre vive apartado en una montaña y en las noches sus sueños son ciudades de diamante. Ese hombre es el final de todos los finales y nadie conoce con certeza su nombre, su mirada ya no es. Ese hombre te despoja de la vestidura que te ata, summer love. Sólo eso, sólo una ligereza.