• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Fragmentos para celebrar un espacio que huye

Alejandro Oliveros / Manuel Sarda

Alejandro Oliveros / Manuel Sarda

A primera vista, los poemas de Alejandro Oliveros parecen poemas sobre el espacio, o sobre los espacios: poemas que se organizan para conmemorar o configurar un paisaje, a medias real, a medias imaginario

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

1 En realidad, me parece, son poemas acerca del tiempo, acerca del paso del tiempo y sus derivas. Sólo que es en el espacio, y en las cosas que pueblan el espacio, un espacio dado, donde se experimenta y se concibe ese paso del tiempo que pasa.


2 Es en el espacio donde se vive el tiempo. Por eso la poesía de Oliveros, más allá de su forma sobria, coloquial casi, austera, contenida y transparente, está atravesada por un hálito barroco: la conciencia de la decadencia del mundo en cada faceta de las cosas que lo pueblan, en la naturaleza, en los cuerpos, en los afanes e ilusiones y en los amores y caprichos de los hombres. Una poesía que parece luminosa, descriptiva, casi severa, objetiva y desnuda, y que en el fondo se impregna de una melancólica pesadumbre: el rostro de la muerte en cada presencia se asoma, y en medio del esplendor de campos y ciudades, de cuerpos y de cosas, su sombra se insinúa, sin aspavientos, como tenue aunque persistente e insistente basso continuo .


3 Por eso, los espacios de la topología poética de Oliveros son necesariamente espacios que pasan, espacios que huyen (ha hecho bien el poeta en reunir su poesía bajo el título certero de Espacios en fuga ): espacios no estáticos sino espacios que transcurren, espacios que adquieren presencia e imponencia porque están signados por el paso del tiempo, en situación de tránsito. Sus paisajes, sus interiores domésticos y sus probables naturalezas muertas son dinámicos, precisamente porque están marcados por la huella del cambio que el paso de las horas provoca en las cosas del mundo, en las cosas de la naturaleza y de los hombres.

Los objetos en la poesía de Oliveros acceden a nuestra percepción gracias a la mediación atmosférica (luminosidad del día o de la noche, declinación de la luz, prolongación de las sombras, temperatura del clima, estación del año) del tiempo que los envuelve, los atraviesa, los posee y los colma. Son cosas en el espacio porque son cosas en el tiempo; están vivas porque están muriendo, es decir, porque el tiempo está pasando por ellas, en ellas y con ellas.


4 La parquedad de la poesía de Oliveros, su naturalidad escueta, obliga a ser cauteloso: el peligro de excederse en su comentario es enorme. Tratándose de una poesía que hace tan poco ruido, es necesario ir con pies de plomo a la hora de decir algo consistente, y sobre todo justo, acerca de ella. Se corre demasiado riesgo de exagerar o tergiversar al hablar de una poesía que se aleja tercamente de la especulación y de la habladuría, a pesar de su inclinación conversacional y reflexiva.


5 Toda la poesía de Alejandro Oliveros, me parece, desde su primer libro ( Espacios , 1974) hasta el último ( Poemas del cuerpo , 2005), contando sus poemas no recogidos en libros y ahora reunidos, junto con los más recientes inéditos, en la compilación de Pre-Textos, está marcada entonces por la cadencia del paso del tempo: es decir, por la cadencia de la decadencia que el tiempo imprime en las cosas del mundo, en los cuerpos, en las mentes y en los corazones. Así, vemos pasar por sus transparentes escenarios objetivos los dramas discretos que determinan la progresiva declinación de la belleza, de la juventud, de las pasiones, de la pureza, de la lozanía, del candor en cada paisaje rural o urbano, en cada enser doméstico, en cada persona amada o simplemente observada en un recodo de un parque o de una calle, de repente.


6 Poeta apegado y fiel a unos mismos lugares, Oliveros vuelve a ellos recurrentemente (Valencia, Roma, Nueva York, las carreteras que conducen de Valencia a Caracas con sus cambiantes paisajes aledaños, tan variados, pintorescos e inquietantes). Vuelve y revuelve, y en cada vuelta va señalando los rasgos y matices de la decrepitud impecable e implacable que avanza sobre todo lo que observa, sobre todo lo que observa y siente y padece, fuera y dentro de sí mismo.


7 Porque si la poesía de Oliveros tiene a menudo la apariencia de la objetividad de una mirada descriptiva limpia, a veces fotográfica, es al mismo tiempo una poesía hondamente introspectiva; sin llegar, tal vez, al intimismo. Más allá de su evidente pulsión exteriorista, por así decirlo, esa poesía está impregnada de una potente pulsión, llamémosla así, interiorista.


8 Uno de los objetos principales y reiterados de esa poesía es el propio poeta: el paisaje interior de la conciencia de ese observador implacable del mundo es uno de los recurrentes lugares que su mirada reflexiva visita. De modo que hay mucho deconfiguración autobiográfica en esos poemas suyos que van a la caza de lo que el tiempo muda, tratando de detener los instantes memorables en los que es posible, para un alma atenta, capturar el esplendor de un cuerpo, de un paisaje (un gesto, una sonrisa, una puesta de sol, una llovizna, un verso ajeno, un sueño, un cuadro, una remota melodía) en la brevedad infinitesimal de su duración precaria. Así, el propio cuerpo del poeta, sus vicisitudes anímicas, sus cotidianidades, son materia preciosa para poner en evidencia, una vez más, el implacable poder taumatúrgico, destructor del tiempo.


9 Por esta razón, Oliveros juega, y juega bien, al autorretrato: con ironía, con discreción, sin arrebatos. Enmascarado, fingiéndose otro, reflejándose en la inesperada superficie de un espejo invertido en medio de un poema, su rampante figura puede salirnos al paso entreverada en el paisaje. Es una sombra en la penumbra. El testigo sigiloso de sus propios dramas y epigramas.