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Fragmentos de “Viajes a las regiones equinocciales del nuevo continente”

Viaje a las regiones equinocciales, de Alejandro de Humboldt

Viaje a las regiones equinocciales, de Alejandro de Humboldt

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“Los indígenas cobrizos o indios no constituyen una masa muy importante de la población agrícola sino allí donde los españoles han hallado, en el momento de la conquista, gobiernos regulares, una sociedad civil, instituciones antiguas y las más de las veces muy complicadas, como en Nueva España, al Sur de Durango, y en el Perú, desde el Cuzco al Potosí. En la capitanía general de Caracas la población india es poco considerable, por lo menos fuera de las misiones, en la zona cultivada. En el caso de grandes disensiones políticas, los indígenas no inspiran temores a los blancos y a las castas mezcladas. Evaluando la población total de las siete provincias reunidas en 900.000 almas, para 1800, pienso que los indios sólo alcanzan a 1/9, mientras que en México alcanzan a casi la mitad de los habitantes. Entre las castas de que se compone la población de Venezuela, la de los negros, que se hace doblemente interesante por la desventura y por el temor a una reacción violenta, no es considerable por su número sino por su acumulación en una extensión de terreno poco considerable. Pronto veremos que en toda la capitanía general los esclavos no exceden 1/15 de la población total. En la isla de Cuba, que entre las Antillas es aquella en que los negros están en menor número comparativamente a los blancos, esta razón era en 1811 como 1 a 3. Las siete provincias reunidas de Venezuela contienen 60.000 esclavos; Cuba, cuya extensión es ocho veces menor, tiene 212.000. (...) Los 60.000 esclavos que incluyen las siete provincias unidas de Venezuela están repartidos tan desigualmente, que la sola provincia de Caracas contiene cerca de cuarenta mil de ellos, de los que 1/5 son mulatos. Maracaibo de diez a doce mil, Cumaná y Barcelona apenas seis mil. Para juzgar de la influencia que los esclavos y los pardos en general ejercen sobre la tranquilidad pública, no basta conocer su número; es menester considerar su acumulación en ciertos puntos y su género de vida como labradores o habitantes de las ciudades. En la provincia de Venezuela se hallan los esclavos reunidos casi todos en un territorio de no grande extensión, entre la costa y una línea que pasa (a 12 leguas de la costa) por Panaquire, Yare, Sabana de Ocumare, Villa de Cura y Nirgua. Los llanos o vastas llanuras de Calabozo, San Carlos, Guanare y Barquisimeto, no incluyen sino de cuatro a cinco mil de ellos, que se hallan esparcidos en los hatos y ocupados en el cuido de ganados. El número de manumisos es muy considerable: las leyes y las costumbres españolas favorecen la manumisión. El amo no puede rehusar la libertad a un esclavo que le ofrece la suma de trescientos pesos, bien que hubiese costado el doble el esclavo a causa de su industria y de una aptitud particular para el oficio que ejerce. Los ejemplos de personas que dan libertad por testamento a cierto número de esclavos son más comunes en la provincia de Venezuela que en cualquiera otra parte. Poco antes de que visitásemos los fértiles valles de Aragua y el lago de Valencia, una dama que habitaba la considerable villa de La Victoria ordenó a sus hijos, desde su lecho de muerte, que diesen libertad a todos sus esclavos, en número de treinta. Me place referir casos que honran el carácter de los habitantes de quienes hemos recibido el Sr. Bonpland y yo tantas señales de afecto y benevolencia. Después de los negros hay interés sobre todo en las colonias por conocer el número de blancos criollos, que llamo yo hispano-americanos, y el de los blancos nacidos en Europa. Es difícil obtener nociones suficientemente exactas sobre punto tan delicado. En el Nuevo Mundo, como en el antiguo, el pueblo detesta los empadronamientos, porque sospecha que se hacen para aumentar la masa de los impuestos. Por otra parte, los administradores enviados por la metrópoli a las colonias no gustan mejor que el pueblo de las nóminas estadísticas, y esto por razones de una política recelosa. (...)

Si se comparan las siete provincias reunidas de Venezuela con el reino de México y con la isla de Cuba, se logra hallar aproximadamente el número de blancos criollos y aun el de los europeos. Los primeros, o españoles-americanos, son en México cerca de un quinto, y en la isla de Cuba, según el padrón muy exacto de 1811, un tercio de la población total. Cuando se reflexiona sobre los dos y medio millones de indígenas de raza cobriza que habitan en México, cuando se considera el estado de las costas bañadas por el océano Pacífico y el corto número de blancos que encierran las intendencias de Puebla y Oajaca, en comparación con los indígenas, no puede dudarse de que, si no la Capitanía general, por lo menos la provincia de Venezuela, da una proporción más fuerte que la de 1 a 5. La isla de Cuba, en la que los blancos son más numerosos aun que en Chile, puede suministrarnos un número límite, es decir, el máximum, que puede suponerse en la Capitanía general de Caracas. Creo que deben estimarse doscientos o doscientos diez mil españoles-americanos en una población total de 900.000 almas. En la raza blanca, el número de europeos (sin incluir las tropas enviadas por la metrópoli) no parece exceder de doce a quince mil. En México ciertamente no se eleva a más allá de 60.000, y por varias aproximaciones encuentro que si se evalúan en todas las colonias españolas 14 o 15 millones de habitantes, hay en este número a lo más 3.000.000 de criollos blancos y 200 mil europeos. (...)

Parecen asombrarse en Europa cuando ven que los españoles de la metrópoli, cuyo corto número hemos indicado, han hecho durante siglos tan larga y fuerte resistencia; y se olvida que en todas las colonias el partido europeo aumenta necesariamente con una gran masa de nacionales. Intereses de familia, el deseo de una tranquilidad ininterrumpida, el temor de lanzarse a una empresa que puede fracasar, impiden a éstos abrazar la causa de la independencia o aspirar al establecimiento de un gobierno local y representativo, bien que dependiente de la madre patria. Unos, de miedo a todos los medios violentos, se lisonjean de que reformas lentas podrán hacer menos opresivo el régimen colonial, y no ven en las revoluciones sino la perdida de sus esclavos, el despojo del clero y la introducción de una tolerancia religiosa que creen incompatible con la pureza del culto dominante. Otros pertenecen a ese corto número de familias que, en cada comuna, sea por una opulencia hereditaria, sea por su muy antiguo establecimiento en las colonias, ejercen una verdadera aristocracia municipal: más quieren ser privados de ciertos derechos, que compartirlos con los demás: y aun preferirían una dominación extranjera a la autoridad ejercida por americanos de una casta inferior: abominan toda constitución fundada en la igualdad de derechos: se espantan por sobre todo de la pérdida de esas condecoraciones y títulos que tanto trabajo les ha costado adquirir y que, como atrás lo recordamos, forman una parte esencial de su dicha doméstica. Otros todavía, y su número es muy considerable, viven en el campo del producto de sus tierras y gozan de esa libertad que hay, bajo los gobiernos más vejatorios, en un país cuya población está diseminada: no aspirando por sí mismos a los puestos, los ven con indiferencia ocupados por hombres cuyo nombre les es casi desconocido y cuyo poder no les alcanza: preferirían sin duda al antiguo estado de las colonias un gobierno nacional y una libertad plena de comercio; pero este deseo no aventaja lo bastante al amor del reposo y los hábitos de una vida indolente para comprometerlos a largos y laboriosos sacrificios. (…)

Atrás vimos que la población india en las provincias reunidas de Venezuela es poco considerable y recientemente civilizada; y es por eso que todas las ciudades han sido fundadas allá por los conquistadores españoles. Éstos no han podido continuar, como en el Perú y en México, las huellas de la antigua cultura de los indígenas. Caracas, Maracaibo, Cumaná y Coro no tienen de indio sino los nombres. (...) Caracas es asiento de una Audiencia (corte suprema de justicia) y uno de los ocho arzobispados en que está dividida toda la América española. Su población en 1800, según las investigaciones que hice sobre el número de nacimientos, era de unas 40.000 almas: los habitantes más instruidos la creían aun de 45.000, de los que 12.000 eran blancos y 27.000 pardos libres. Evaluaciones hechas en 1778 habían dado ya de 30 a 32.000. Todos los censos directos han quedado en un cuarto, y más, debajo del número efectivo. (...)