• Caracas (Venezuela)

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Fotos de una ciudad fantasma

Enrique Moya exhibe en Caracas / Foto Lucía Jiménez

Enrique Moya exhibe en Caracas / Foto Lucía Jiménez

“Chernóbil, 30 años después” se inauguró en la Asociación Humboldt el pasado domingo y podrá verse hasta el 8 de mayo. Las imágenes documentan la desolación y el abandono que se mantiene luego de la desastrosa explosión nuclear ocurrida el 26 de abril de 1986

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Enrique Moya es un cronista, aunque prefiere llamar a sus textos “Apuntes”. Alejado de los destinos comunes del turismo, se interna en lugares remotos con una necesidad personal de documentar y de aprender por sí mismo. El año pasado visitó Chernóbil, Ucrania, y registró, en texto y en imágenes, aquella desolada ciudad que el martes pasado cumplió 30 años de haber sido destruida en un catastrófico accidente nuclear.

La Asociación Humboldt llegó al acuerdo con el artista cuando sumó al proyecto la curaduría de Sara Maneiro. Ella y el fotógrafo vienés Paul Srna fueron quienes ayudaron a Moya en la selección de las 25 imágenes que componen Chernóbil, 30 años después. Aunque no hay un objetivo educativo, vale la pena dar una importancia a lo que se pueda decir sobre aquella catástrofe: “Mis fotos están circulando por varios países, Colombia, por ejemplo, y por los 30 años se han hecho distintos actos conmemorativos; aunque muy poco en Venezuela, claro, por todo lo demás que está pasando”. 

Las fotos y los “apuntes” de Moya no son extrañas al Papel Literario. Frecuentemente se publican sus textos acompañados de galerías sobre sus viajes. Muchos de ellos con un sentido de “guía” para el viajero errante, y otros, como este de Chernóbil, que documentan un espacio muerto, un total abandono. Una ciudad fantasma.

“Me gustan estas zonas que están un poco fuera del circuito de turismo: son para mí, las más interesantes”. Estos lugares poseen un “equilibrio precario”, que parecen abandonar por ratos y la intención de Moya es la de “ayudar” a sobrevivir en ellos, partiendo de su propio sentido de supervivencia unido al deseo de explorar.

El viaje a Ucrania surgió de la conversación con un fotógrafo en Japón cuyo trabajo era el de reportar sobre lugares con plantas nucleares. No es fácil entrar a Chernóbil: es una zona militar cerrada y hay que pedir permisos. Sin embargo, hay turismo. Uno lleno de curiosos y extremistas sin ningún fin educativo.

También hay más de 1.000 trabajadores en la zona. El mantenimiento en el epicentro del desastre es necesario: el lugar esconde una especie de “gran sol” que podría explotar en cualquier momento. Es un “accidente latente”. Los países, a través de los fondos de la ONU, pagan por cubrir una catástrofe que podría ocurrir.

En la exposición, la mayoría de las fotos registran un paisaje destruido o un espacio abandonado. El detalle en algunas son las que elevan el sentido emotivo de la muestra. Una montaña de máscaras de oxígeno recuerdan a aquellas imágenes de cadáveres apilados en el Holocausto –guardando las distancias, claro. El hierro descubierto de la figura de un ángel, o las cunas oxidadas y roídas de una desolada habitación de recién nacidos en el hospital muestran finalmente aquello que los paisajes olvidan: la muerte.