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Fisgón de bibliotecas: La biblioteca de Nicolás Curiel

“Porque la biblioteca de Nicolás Curiel parece un pasaporte abierto en el que cada tramo es el sello de migración del país al que lo llevó su oficio, su pasión”

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La luz natural la descubre al poco de entrar en la casa. Hay que subir por las escaleras para llegar hasta la sala. Dos paredes están cubiertas por libros. Una lámpara de papel de arroz, enorme, cuelga sobre el centro de esta sala de lectura, como si la luna se hubiese colado para revisar los libros que descansan en la biblioteca. Dos sillones, uno a cada extremo del mueble de seis secciones por seis entrepaños, invitan a sentarse a leer o solo a pensar sobre lo leído; uno de cuero negro acompañado por una lámpara de pie (hecha por su propietario) del mismo material de la biblioteca al igual que el otro sillón cubierto por una manta amarilla, desde ambos se pueden ver los libros, folletos, periódicos, figuras, manualidades, recuerdos, que están en todos los tramos de esta biblioteca que parece una puesta en escena. Así que me siento mientras escucho a lo lejos, ya voy, ya voy, pasa a ver, voy bajando, a Nicolás Curiel. La función está por comenzar. Bienvenido a mi catedral de bambú, dice.

Un hombre de cabellos plateados aparece lleno de vitalidad, de encanto, de histrionismo. A sus ochenta y seis años exhibe una presencia vigorosa y siento que nunca se ha bajado de las tablas, ahí, en su biblioteca, también está sobre un escenario. Nicolás Curiel, el renovador del Teatro Universitario de la UCV, escenógrafo, vestuarista, director, y principalmente actor, quien transformó el Aula Magna en dispositivo escénico y al teatro nacional en vorágine de ideas, me dice que una biblioteca que se precia de serlo no debe tener menos de unos cinco mil títulos de base, pero esta no llega a cinco mil Nicolás, le digo en broma, y me responde de inmediato, pero es que la mía es tan esencial, tan mi vida, tan cuidadosamente construida que la considero importante, por ejemplo: hay unos introuvables, como dicen los franceses, del Teatro del Vieux Colombier que fundó Jacques Coupeau (con ayuda del editor Gaston Gallimard) que ya quisieran tener muchos franceses, me dice haciendo ademanes de sorprendido por redescubrir en ese momento las puestas en escena de Heywood, Molière, Claudel, Marivaux, Shakespeare, adaptados por Copeau.

La biblioteca en el pasaporte

Son unos seis o siete metros de biblioteca, (más un trío de muebles de hierro que cubren las paredes del estudio en una habitación del pasillo), hecha de bambú, se la compré a unos portugueses que invadieron muchas salas por allá en la cuarta república, el sillón también se lo compré a ellos, venían a casa y te instalaban todo, pero esa lámpara de pie, me indica, la que está detrás del sillón de cuero, la hice yo, es una maravilla, y eleva los brazos hacia ella. Nos acercamos y le pregunto por las figuras que acompañan a los libros en todos los entrepaños, esas figuras son mi vida, los lugares por los que iba pasando, me traía lo que consideraba mío, esos muñecos me los traje de Stratford upon-Avon el lugar donde nació Shakespeare, ahí lo ves, a William como dice mi nieta, con un traje de capa con bordes dorados de la época isabelina, no pude conseguir a Hamlet y ando mentando la madre todavía, Enrique Octavo, Ana Bolena, y a Isabel de Inglaterra -calva pero no virgen-, a quien le debo mucho porque protegió a mi gente; por eso te digo que es esencial, en este tramo encuentras todo Shakespeare, y todo sobre sus criaturas en Who's who in Shakespeare, de Peter Quennell y Hamish Jhonson, (en la editorial académica Routledge), en el que aparecen todos los personajes de la obra del inglés, ese que se asoma, el personaje número mil, da los buenos días y se va ¡está ahí!, dice maravillado.

En el tramo siguiente, justo debajo de todas las obras y libretos de las adaptaciones de Shakespeare exhibe la reproducción del teatro en el que el inglés presentaba sus dramas y comedias, un modelo de cartulina, junto a un plato decorativo con distintos personajes, y un par de ediciones que realmente son de bolsillo (5 x 6 cm) compradas en Inglaterra a su paso por Europa. Porque la biblioteca de Nicolás Curiel parece un pasaporte abierto en el que cada tramo es el sello de migración del país al que lo llevó su oficio, su pasión. Vivió en París más de un lustro, y esa estadía en el centro cultural más efervescente de Europa en la década del sesenta le brindó la oportunidad única de participar en los cambios profundos en la manera de hacer teatro.

Bertolt y la dinamita

Al menos ocho de los entrepaños corresponden al teatro francés. Su segunda lengua, su segundo hogar. Mientras habla de donar su biblioteca no esconde el temor por esos espacios públicos, no sé cómo ni dónde podrían recibir mi biblioteca, la Escuela de Artes, la Experimental de las Artes, han coqueteado con quedarse con ella, dice el actor mientras me muestra revistas de teatro que viajaron en sus maletas cuando iba de un lugar a otro de Europa: números de la ADE española, Plays and Players inglesa, Sipario italiana, y muchas francesas (Théâtres au cinéma, Arancel) que se aprietan en la parte superior e inferior de la biblioteca y que no deben sumar menos de mil ejemplares. Sin duda un material único que cualquier biblioteca académica debería resguardar, clasificar y poner a la orden de estudiantes e investigadores. No me disgustaría verla en la biblioteca de archivos abiertos de la UCV le comento a Nicolás, ojalá puedan darle un destino mayor, me responde. No estaría mal ver una sección especial para esta biblioteca teatral.

Continuamos viajando y damos con un consentido de Nicolás Curiel: Bertolt Brecth, ¡dinamita!  grita con emoción, y al lado de Théâtres au cinéma dedicado a Brecht por Margarethe von Trotta (directora del film Hanna Arendt), El teatro de Bertolt Brecht teoría y práctica de Jhon Willett (en la desaparecida editorial argentina Fabril), el Volumi terzo e quarto Teatro Brecht en italiano, The messingkauf dialogues en Bloomsbury publishing, hay un tubo negro de cartón, con una mecha en el extremo y la palabra "dynamite" a lo largo, un guarda lápices. ¡Brecht aunque no esté de moda sigue siendo dinamita, en cualquier idioma, italiano, francés, inglés!, exclama y ríe el actor políglota.

Yo, Bertolt Curiel

Seguimos viajando y damos con España (obras completas de Lope de Vega, Tirso de Molina, en Aguilar) y Picasso, me enseña un ejemplar en tapa dura en cuya portada hay unos trazos del pintor, de esos solo hay doscientos ejemplares, dice, es una edición del Círculo de Arte de París en la se recoge todo lo relacionado con el teatro y el pintor cubista, es un libro hermoso, ahí está la que quizá sea la única pieza de teatro escrita por él, Las cuatro niñas que no sé por qué nadie se atreve a montar, y es que Picasso fue escenógrafo y vestuarista, y ese es un dato que se olvida, ¡fue muy cercano a Stravinsky, a los ballets rusos! exclama Nicolás mientras agita las manos y se ríe. Y así llegamos a la sección rusa, roja, mi sección revolucionaria dice entre bromas, Maiakovsky el más grande poeta del comunismo soviético (la obra completa en cuatro tomos empastados en edición bilingüe) y Lenin, el pensador, y acá está la Torre Spasskaya (un modelo para armar), -hay que imaginar esta biblioteca como un pasaporte con souvenirs-, estuve varias veces en Moscú donde montamos Yo, Bertolt Brecht en el Instituto Lunacharsky. También la montamos en Varsovia, y así llegamos a Polonia, donde estaba Grotowski, el gran realizador de la nueva sintaxis teatral, (entre muchos libros destaca Towards a Poor Theatre), y aprovecha la oportunidad para comentarme extasiado el trabajo de la actriz y directora Elizabeth Albahaca: una mujer pequeña, ¡pero que cuando se subía a escena le crecían los muslos y los pechos, poderosa, llegó a convertirse en la primera actriz de Grotowski y es hoy su heredera! si no me equivoco vive en Canadá y sigue haciendo teatro.

Le llevamos Brecth a los chinos, yo estuve en China con el Teatro Universitario hacia 1965, tuvimos  éxito con la dinamita, dice con jocosidad Nicolás; mientras señala unas figuras en mármol muy pequeñas, y se pueden ver a unos vendedores ambulantes intentando convencer a unos sabios orientales a comprar sus mercancías. Llegamos hasta Turquía con la poesía completa del poeta marxista Nazim Hikmet en una edición italiana de la década del sesenta, dos tomos, en estuche, por Editori Riuniti. Me dice, como entrecerrando los ojos, creo que solo a la India y a Japón no llegué a ir durante mis viajes por el mundo. Esta es una biblioteca mía, hecha de los libros que yo necesité para vivir. Para hacer mi teatro universitario, mis creaciones. Mis cinco años viviendo en París son los que más influyeron en la conformación de esta biblioteca. Y tuve la suerte de conformarla y de viajar, sin dinero, haciendo teatro.

La ceguera y el alma

La biblioteca de Nicolás Curiel es su vida expuesta, y él conversa sobre ambas como si representaran en escenario su biografía. Me habla de Luci (Lucía Guitlitz) su compañera de vida, la exquisita mezzosoprano, con devoción, y es que la biblioteca de la cantante exige otro trabajo de fisgón que le he prometido. A pocos meses de su fallecimiento, Nicolás ha subido de nuevo a las tablas de su biblioteca para dejarnos fisgar en ella y en su vida. Le pregunto qué lee actualmente y me habla de su degeneración ocular, y que ha instalado un software que compite con Dios, yo escogí los cuatro idiomas de los más de ochenta que ofrece el programa, los que me son cercanos: inglés, francés, italiano y por supuesto el español, es un programa que me hace pensar que papa dios está embromado, dice sorprendido. Ese programa es la respuesta al desencuentro bíblico de La Torre de Babel, le comento, y se ríe. La técnica compite con Dios me dice con efusividad. Ahora leo mucho la prensa y sigo la basurita de la política nacional, dice entre risas.

Una biblioteca de estas características tan íntimas, tan vasta en anécdotas, encuentros, viajes, idiomas, (porque han quedado muchos lomos por referir, Camus, Eluard, Sartre), me lleva a preguntarle por la posibilidad de conformar una en la actualidad, me responde un tanto desesperanzado, creo que incluso teniendo la oportunidad, los jóvenes exhiben una flojera cultural inmensa, parecen agotarse en los mensajes de texto comenta, el tiempo en el que conformé mi biblioteca tuvimos la suerte de sujetar el alma del ser humano creando, un momento que considero, no se repitió, me pregunto por el arte hoy, qué será un clásico hoy. El teatro hoy está detenido, es el arte más débil. Parece no tener alma.

Pero a Nicolás Curiel es difícil verlo desanimarse, en lo que le pregunto qué obra de su biblioteca quisiera ver hoy (le hubiese gustado montar) en los teatros venezolanos, se llena de una vitalidad explosiva y comenta con emoción que haría un combo con varios grandes y un desconocido, llevaría a las tablas un par de cuentos de Rulfo, el gran sintetizador de lo latinoamericano, combinado con una adaptación de Los días de Cipriano Castro de ese intelectual gigante que fue Mariano Picón Salas, La Comuna de París, la obra inconclusa de Brecht, y sumaría Estrella roja, la obra de un joven francés que yo traduje y que insta a dialogar, a enfrentarse, a una Marilyn Monroe exuberante, sensual y sexual con Rosa de Luxemburgo, para mí, ¡la Edith Piaf de los obreros del mundo!

Este hombre de cabellos plateados lleno de vitalidad, de encanto, de histrionismo, y que a sus   ochenta y seis años exhibe una presencia vigorosa, y que se le ocurrió nacer un 23 de abril como a Shakespeare, y que siento que nunca se ha bajado de las tablas, tiene un alma que es como la obra de su querido Bertolt Brecht: pura dinamita.