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Fisgón de bibliotecas. La biblioteca de Inés Quintero

La historiadora Inés Quintero | William Dumont

La historiadora Inés Quintero | William Dumont

Harrys Salswach se adentra en el mundo de títulos, personajes e historia sde la biblioteca de Inés Quintero. En el paso por estos recovecos la memoria independista venezolana tiene la voz principal, también la revisión de títulos que esta escritora e historiadora ha heredado de su abuelo, el insigne académico Carlos Montiel Molero

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Se dice que Francisco de Miranda llevaba consigo la biblioteca que fue formando con los años. Compraba libros por doquier, en Ginebra, Ámsterdam, La Haya, Hamburgo, y los iba enviando a Londres donde conformó una colección de aproximadamente seis mil volúmenes. Cuando Bolívar lo entrega a las autoridades españolas, los libros de Miranda quedan huérfanos en Londres, y los años en que estuvo detenido, serán los años en que muchos acreedores cobrarían las deudas de tantos libros fiados al prohombre. La biblioteca de Miranda comienza un proceso de fragmentación cuyo correlato será el presidio y la muerte del prócer. Al menos se salvan los clásicos latinos y griegos que por la propia voluntad de Miranda debían entregarse a la Universidad de Caracas, el resto de la biblioteca será subastada en partes, los archivos personales desaparecerán por un siglo, y así la disolución fue inminente.

Para cualquiera que tenga afecto por su biblioteca el imaginar la desintegración, la separación, la pérdida, es por lo menos causa de ansiedad. No recuerdo quién escribió que una biblioteca puede anclar a un hombre a un solo lugar. Cierto. Saber que la biblioteca sufrirá una disolución y ya no será tal puede incidir en el ánimo, en la salud de su propietario, dejando atrás el sosiego que brinda su compañía. Estas reflexiones abren la conversación con la historiadora Inés Quintero, quien me cuenta que cuando era solo una niña, la biblioteca de su abuelo Carlos Montiel Molero, en la que los libros estaban resguardados por vitrinas, era hermosa y de una presencia imponente. Académico de Ciencias Políticas y también académico de la lengua, fue abogado con una debilidad por el Derecho Constitucional, y así, por la Historia, y mucho del material bibliográfico que mi abuelo pudo resguardar terminó siendo un material que en sí mismo tenía valor histórico, como la colección de leyes y decretos publicada en tiempos de Guzmán Blanco, en la Imprenta de la Opinión Nacional, que está en la parte superior de la biblioteca donde tengo libros de referencia, esos a los que no voy a diario. Pero esa biblioteca se desintegró, era una niña y ese es mi primer acercamiento y recuerdo que tengo de una biblioteca personal.

La biblioteca de Inés Quintero se encuentra en el estudio, su lugar de trabajo. Cubre toda la pared hasta el techo frente al escritorio. La mandó a construir de manera tal que los entrepaños fuesen móviles para poder desplazar los libros por temas, por siglos, por la investigación que lleve a cabo en el momento en que toma un asunto y no lo quiere soltar (la educación de la Historia es el que ha tomado ahora). Es una biblioteca práctica, instrumental, y la tiene organizada de una manera metódica que facilita la consulta y la utilización de la bibliografía. Y es que, como veremos, Inés Quintero la mantiene a raya, no permite que los libros le roben espacio a la casa, se acumulen, y crezca el afecto por ellos en los términos en que luego sea difícil no pensarlos y que su destino, cuando ella ya no esté, sea incierto, no se va a permitir el desencanto sufrido por Miranda, y como la vida se hace de simetrías sutiles, el de su abuelo, por los libros que tanto amaron, “¡¡Oh libros de mi vida, qué recurso inagotable para alivio de la vida humana!!" anota Miranda. Hasta que hay que desprenderse de ellos.

Orden antes que dolor

Dice Inés, mi llegada a los estudios de Historia en Mérida cabalgó junto al deterioro vital de mi abuelo y ese deterioro vital de su existencia iba reflejándose en la muerte de la biblioteca. Entre las mudanzas viví cómo la biblioteca se iba fragmentando, dispersándose, quebrándose, a la par que la vitalidad existencial de él. Recuerdo cuando mis padres se lo llevaron a vivir a la casa de La Florida, de la que ya mi hermana y yo habíamos salido. Mi abuelo llegó a uno de nuestros cuartos, y el clóset, donde antes estaba mi ropa, fue convertido en el depósito de sus libros, los que aún llevaba consigo, pero el espacio no era suficiente, nuestro clóset se terminó convirtiendo en la negación del concepto original de su biblioteca. Yo viví cómo la otrora colección esplendorosa de mi abuelo terminó en la desintegración, estoy convencida de que haber vivido eso de la manera dramática en que lo viví determinó mi relación con mi biblioteca.

Yo no tengo un apego frenético con los libros, hago limpieza, clasifico, no acumulo; (mientras Inés me dice esto no dejo de pensar en el inventario riguroso que hacía Miranda de sus libros y del cuidado que Carlos Montiel Molero practicaba por los suyos hasta envolverlos uno por uno en papel antes de guardarlos en cajas destinadas a la mudanza, y el destino que a ambas bibliotecas les esperaba) continúa Inés comentando, hay goce en la indagación, yo me formé yendo a bibliotecas, tengo una relación abierta con ellas, tuve la suerte de obtener la Beca Fulbright para trabajar por seis meses en la del Congreso de Washington, ¡inconmensurable! los grandes premios de mi vida tienen que ver con las bibliotecas que he conocido, la Biblioteca Bodleiana de Oxford en la que trabajé por nueve meses y una tarde al salir de ella caí en cuenta conmovida hasta las lágrimas de que realmente estaba ahí. Así que mi relación con los libros y la lectura es indagatoria, funcional, práctica, utilitaria, sin dejar de apasionarme, y así la tengo con mi biblioteca.

El orden de la biblioteca de Inés Quintero es sistemático, concentrado, preciso, tiene completo control sobre los libros, no desbordan los entrepaños, no hay doble fila, no hay libros dispuestos unos sobre otros, no se disputan un lugar, Inés no permite un crecimiento innecesario de volúmenes. Siento que la suerte de la biblioteca de su abuelo y la experiencia de ese quiebre es una advertencia constante. Arriba encontrarás libros de referencia, documentos, Francisco González Guinán, O'Leary y sus memorias, en la edición que publicara el Ministerio de la Defensa, archivos de Miranda, pero no tengo la Colombeia porque hay libros que se consultan en una biblioteca, yo no puedo tener todos los tomos en mi casa. Tengo un bloque, continúa, para el período de la Independencia, y lo tengo dividido en “proceso” y “personajes”, Piar, Sucre, Miranda, Bello, y ahí los tengo, uno al lado del otro a Bolívar y a Páez, le comento que esos dos deben pelearse por las noches cuando ella no los vigila. Una sección para las historias generales, Gil Fortoul, Francisco Javier Yánez, Caracciolo Pérez, Feliciano Montenegro y Colón, José Manuel Restrepo, el Diccionario de Historia de Venezuela de Fundación Empresas Polar del que me dice con un tono de broma que lo prefiere antes que hacer consultas en Google; luego una sección para el siglo XX con Manuel Caballero, Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta, y la interrumpo por un libro de Anagrama que mi ignorancia me hace creer que se ha coleado en esta biblioteca del estudio y que pienso inmediatamente debería estar en la del pasillo donde tiene una biblioteca circulante para la narrativa, y me dice ¡no, ese es Simón Schama! un historiador de escuela, académico inglés, profesor en Oxford, Cambridge, también en Harvard y Columbia, que rescata el sentido del relato en la historia y así llega al lector común, ha hecho programas de televisión, radio, es documentalista para la BBC, etc., es más que un divulgador.

Y creo que acá hay un punto de inflexión que me permite ver en Inés Quintero mucho de esta impronta narrativa en el hacer de la historia, en la que la investigación, los datos, la indagación, sostienen el relato, lo hacen posible, hacen posible el cuento para poder acercarlo, sin detrimento de la rigurosidad histórica, al público en general. El libro de Schama se titula Certezas absolutas y narra, con las posibilidades literarias a mano, dos hechos históricos: la muerte del General Wolfe en Quebec en el año 1759 y la muerte del doctor George Parkman en Boston en el año 1849, y es, en suma, una reflexión sobre la configuración de hechos históricos en términos narrativos, para Schama “la historia debería ser narrada, no para descartar el argumento y el análisis, sino para darle la fuerza dramática y poética que merece”. Inés me dice con emoción y picardía, ¡cómo he buscado otro de sus libros, Ciudadanos, sobre la Revolución Francesa y no he logrado dar con él, tenlo presente cuando estés fisgoneando en otras bibliotecas!

Los héroes no son los más

Inés Quintero ha acercado la historia de este país a los lectores, al público en general, despojándola de toda épica, es una manera de desmitificar la historia propia, tan plena en héroes, y en ilustres eternos. Este es un ejercicio que este fisgón considera saludable, y es que en la biblioteca de Inés hay una sección con libros de su autoría, libros que pueden verse como el ejercicio de pensar la historia de nuestro país no como una gesta heroica sobrenatural, sino como la gesta cotidiana que enfrenta un pueblo en pugna por conformarse como nación. Títulos como Más allá de la historia, La conjura de los mantuanos, No es cuento, es historia, La criolla principal, El último marqués, El sucesor de Bolívar, El fabricante de peinetas, y el más reciente El hijo de la panadera, en todos ellos se siente ese impulso por contar, por narrar la historia, y por desglorificarla, si se me permite el término.

Continuamos el recorrido, y me señala los tesoros de la corona: la edición original en tres tomos de Resumen de la Historia de Venezuela, de Rafael María Baralt, de la Imprenta de H. Fournier y Compañía de 1841 hecha en París. Casualmente veo que el primer tomo tiene un separador entre las páginas 102 y 103, fisgoneo y veo que está justo en un pasaje que da cuenta de la detención de Miranda, se puede leer porque el libro está, luego de ciento setenta y tres años, en perfecto estado: “Cásas y Peña firmaron la órden, y en la noche Bolívar, Tomas Montilla, José Míres, Miguel Carabano y el francesChatillon le arrestaron en su casa y seguidamente le condujeron al castillo de San Carlos. El desgraciado anciano se hallaba mui ajeno de sospechar semejante tropelía”. Bochinche. Ese es un asunto intraficable para los bolivarianos me comenta Inés, la captura y entrega de Miranda por Bolívar, le dedico un capítulo entero en mi nuevo libro, y lo tengo marcado ahí porque esa es como una “historia madre”. El otro tesoro es la Historia de la Revolución Hispanoamericana, de Mariano Torrente, edición original impresa en Madrid en el año 1829, ¡es la historia de la Independencia por un defensor de Fernando VII! me dice Inés emocionada, quizá revelando que esos libros sí que le han llegado a arrebatar el afecto, le pregunto si ese libro se ha reeditado, me dice que no, ¡he trabajado mucho para que se reedite y no he tenido éxito! esta es la versión contraria a como hemos visto nuestra historia, es entender que no hay una mirada única, en este libro podemos ver una satanización de la Independencia, y nosotros hemos vivido la idealización de la Independencia, este es un libro que debería conocer todo latinoamericano, comenta emocionada la individuo de número de la Academia Nacional de la Historia.

Las biografías de Bolívar están en una sección, la señalo y comenta, me gustó mucho la de Indalecio Liévalo Aguirre, he leído muchas biografías de Bolívar, respeto mucho la de John Lynch porque un historiador ya maduro con una obra monumental haya decidido al final de su vida ocuparse de Bolívar es significativo, y valoro mucho que Lynch le haya dado importancia al aspecto social y se haya preocupado por señalar que hay un problema en el culto a Bolívar, que ahí hay un punto a observar con atención. También tengo El divino Bolívar de Elías Pino, le pregunto por el Bolívar de Madariaga y me comenta que es importante pero hay que tener cuidado porque de la desmitificación al ablandamiento del aparato crítico se puede estar muy cerca y que eso lo ve en la biografía del español. Me muestra la del historiador norteamericano David Bushnell que como experto en Santander se me hacía muy interesante su mirada sobre Bolívar. Y me comenta de pasada que tiene en esa sección La carroza de Bolívar, de Evelio Rosero, para mí no es una novela, es una pieza historiográfica, por eso no la tengo en la sección de narrativa de la biblioteca del pasillo, esa en donde los libros van y vienen, porque ellos también son objetos de intercambio, de cercanías, de amistades, lo que pasa es que las novelas salen con más facilidad que los de historia, y sonríe mientras me lo dice.

Herencia, memoria y bibliotecas

En esta biblioteca, que ves modesta, razonable en cuanto al manejo de volúmenes, utilitaria, de la que conozco cada título, podría dejar en herencia, es decir, “este libro se lo dejo a”, los tres tomos de Baralt, ese es el libro que me interesa dejar para quien venga después de mí. Le hago saber a Inés que la desventura de su abuelo, y la de Miranda que la tiene tan reciente, se encuentran en ese cuidado que tiene para que la biblioteca no crezca hasta ser inabarcable, inmanejable para ella y para quienes tengan que cuidarla. Me dice, yo no tengo inconvenientes en ir a bibliotecas públicas, mira, la de La Casa de Estudio de la Historia de Venezuela Lorenzo A. Mendoza Quintero es una maravilla, ahí consigues la colección de Manuel Pérez Vila por ejemplo, y otra que es grandiosa y a la que voy con mucha frecuencia porque además tengo que ir a reuniones semanales es la biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, siempre salgo con algún libro en las manos. Esto le permite controlar y hacer manejable la biblioteca personal.

En el más reciente libro de Inés Quintero, El hijo de la panadera, hay algunas páginas sobre la suerte de la biblioteca y los archivos de Miranda, ese lector empedernido que pensó la nación mientras vivía el mundo, hasta que los hechos lo llevaron a instalarse en la memoria, de esta hoy no-nación, con el rostro avejentado, apoyado sobre su mano derecha, recostado él en una posición imposible sobre una cama de paja, un libro detrás, apresado en La Carraca, me gusta creer que pensaba en la suerte de sus libros en Londres, me gusta creer que esa fue su angustia y desasosiego final. Y lo pienso también como Carlos Montiel Molero, con el rostro avejentado, recostado en la cama de Inés en La Florida, sin que ningún pintor lo inmortalizara, pensando en la suerte de sus libros, como si la historia se empeñase en repetirse. La liquidación de una biblioteca. La liquidación de una vida.