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Fisgón de bibliotecas: la biblioteca de Francisco Suniaga

Francisco Suniaga / Manuel Sardá

Francisco Suniaga / Manuel Sardá

“Su relación con la lectura desde que se sabe narrador ha cambiado, aunque el goce sigue siendo el mismo, la naturaleza de la lectura es otra. Lee novelas tumbado en un chinchorro, con la atención puesta en los mecanismos que las hacen posible”

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Hace unos días buscaba Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, en la edición de Seix Barral, la que tiene en la portada un par de vasos de cervezas y muchas colillas de cigarros sobre una mesa. Francisco Suniaga no sabe si aún lo conserva o lo ha prestado, es un libro que admira y cuando lo comenta lo hace con fruición. Y es que entre los tres muebles que contienen su biblioteca solo en el que está en la sala, “el ornamental” dice, comprado en la India, habría algún orden: las ediciones de los premios Nobel de Literatura en la colección de tapa flexible, azul, con repujados dorados de Plaza & Janés, algunos tomos de Grandes Maestros de la Literatura Universal y obras completas de autores consagrados, las impresas en papel biblia, con canto dorado, y una colección de autores ingleses a los que más admira y respeta por el estilo y rigurosidad. Es en los otros dos muebles en donde está el grueso de sus libros. El del pasillo, entre las habitaciones, construido según medidas justas para no entorpecer el paso y el que está en la habitación estudio, comprado en la mueblería holandesa Lundia hace ya muchos años, y que tan solo son varas de madera delgadas que no pretenden competir con sus huéspedes en visibilidad, sino prestar la función por el que fue diseñado; los libros no responden a ningún orden, solo el azar los ha llevado ahí, por eso cuando necesita uno, o lo recuerda y quiere ir de nuevo a sus páginas tiene que buscarlo sin saber si dará con él.

El autor de títulos cuyas ventas superan en conjunto los cuarenta mil ejemplares, La otra isla, El pasajero de Truman, Esta gente y Margarita infanta, no tuvo biblioteca en su infancia. Nacido en La Asunción, en la isla de Margarita, en su casa no había libros, su padre, sastre del pueblo, le compra una colección de unos pequeños libros de literatura universal, esa será la primera "biblioteca" del futuro escritor. De muy joven parte a Caracas a estudiar, y echará mano de las bibliotecas de vecinos y profesores. Le prestarán muchos libros, recuerda haber leído Historia de dos ciudades a la temprana edad de 12 años, sabe, me dice, que no lo entendió. Pero Dickens será un referente desde entonces. Lee en la juventud todo Rómulo Gallegos en una edición prestada que reúnela obra completa, dice que esa lectura le fue fundamental. Los libros pasan por sus manos y van de vuelta a sus propietarios. Le pregunto con malicia si nunca estuvo tentado a quedarse con los libros que le prestaban y me dice que no, naturalmente, como si solo ahora se le ocurriera pensarlo. Así que la idea de cultivar una biblioteca le nace por la motivación de darle a sus hijos algo que él no tuvo, pero un poco decepcionado o resignado me dice que quizá a esa juventud poco le importan los libros. La sinceridad de Francisco se ve reflejada en su biblioteca.

 

El desorden en el orden

La más grande, la del pasillo (que puede tener unos mil títulos) contiene los libros con los cuales trabajó como profesor por muchos años en la UCV, dictaba clases de Política Internacional en la Escuela de Derecho, y también los que le han servido para el trabajo de artículos, ensayos y principalmente novelas: U.S. Relations with Latin American during the Clinton Years, The Making Of US Foreign Policy, Essence Of Decision (Explaining the Cuban Missille Crisis), Democracy and the Global Order, Grand Expectations (The United State, 1945-1974), Multilateralism Matters, seguido de Los días de Cipriano Castro en una edición que deja ver los pliegos a través del lomo del año 1952; Internationals Politics, entre otros, que le recuerdan sus años de profesor pero también los años de investigación para una de sus novelas más importantes, El pasajero de Truman, como la biografía de Harry S. Truman de David McCullough. Vamos dando con un ligero orden, solo instrumental, en dos de las tres secciones de esta biblioteca están los libros de consulta, sin embargo, de improviso, y confirmando ese azar que comenta, encontramos La vida nueva, de Pamuk, el mismo Suniaga sonríe y se sorprende.

En los entrepaños de esta biblioteca hay una serie de figuras que no sabe cómo llegan ahí; le pregunto por un par de culebritas de goma, una fucsia y otra azul, dispuestas como a esconderse entre los lomos, y Guillermina, su esposa, dice entre risas que las ha encontrado por ahí y las ha puesto en la biblioteca, hay una caja de fósforos, un koala con una etiqueta “Souvenirs Australia”, un elefante en miniatura envestido de gala, y una figura de Messi corriendo que pareciera huir de un libro de La Fundación para la Cultura Urbana El pensamiento económico venezolano en el siglo XX. Dispuestos en orden, tapa dura, los treinta y nueve tomos de las Memorias del General O'Leary en la edición del IMD. Y es que la historia de Venezuela es de un interés especial para Suniaga; una de las novelas en la que trabaja se remonta al siglo XIX, así que entre las tareas que lo mantienen ocupado, (entre otras, la escritura de un nuevo caso del abogado Benítez) investiga, toma notas, apuntes, y va recopilando los datos que le servirán para cuando eche a andar la escritura.

Lo que más lee es narrativa. Revisa, como si también fuese la primera vez que fisgonea, los libros que me va mostrando: Koba el temible (La sonrisa y los veinte millones) en Anagrama, la obras completas de Shakespeare en inglés, en un bello tomo de Gramercy en la Literary Classics, seguido de Seda, de Baricco, que no le ha gustado tanto como otras obras del autor italiano, Mi siglo, de Günter Grass, que lo toma y pasa sus páginas mientras comenta que es un libro muy querido por él, el Nobel da cuenta entre relatos, notas y apuntes personales la historia de Alemania y Europa de todo el siglo XX, un capítulo por año, La amigdalitis de Tarzán, de Bryce Echenique, y dice con emoción al tomar Malditos bastardos, el guión de Tarantino, que está por meterse de lleno en el proyecto de llevar al cine La otra isla. Y es que es cierto lo del azar, no hay orden o correspondencia (al menos aparente): El cuaderno rojo, de Paul Auster está al lado de El laberinto de los tres minotauros de Briceño Guerrero, Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz está al lado de Enterrar a los muertos de Ignacio Martínez de Pisón, y otros tantos lomos que conviven en el desorden que Suniaga señala sin preocupación, con buen humor.

Estudio con chinchorro

Su relación con la lectura desde que se sabe narrador ha cambiado, aunque el goce sigue siendo el mismo, la naturaleza de la lectura es otra. Lee novelas tumbado en un chinchorro, con la atención puesta en los mecanismos que las hacen posible, en los engranajes que las hacen avanzar, comenta. Da con la edición norteamericana de Freedom, de Franzen, de la editorial Farrar, Strauss & Giroux, y dice que la leyó concentrado en la pretensión de totalidad que tienen los proyectos del autor norteamericano, y para él Las correcciones es una novela superior a Libertad en todos los sentidos. Compró en una edición paperback la primera novela del autor (que no ha sido traducida al español) Strong Motion, de la misma casa editorial, y la abandonó. Logro ver donde lo hizo, dobló la esquina de la página. Le pregunto si no tiene marca páginas y me muestra uno de la más importante librería de Iowa, pero no los utiliza, y es que Suniaga no tiene una relación fetichista con los libros. No tiene empacho en anotar un número de teléfono en las páginas del libro que estáleyendo, porque los libros son para leerlos, manosearlos, prestarlos, compartirlos me dice, pareciera que su biblioteca es tan generosa como él; porque cada vez que me nombra un libro que recomienda solo encuentra otro título del autor que no le ha gustado. Es como si su biblioteca fuese la de los libros que no están ahí. En Francisco su carácter es su biblioteca, así como para  Heráclito “carácter es destino”.

Su biblioteca es la que no está. Cada vez que me señala un libro o yo intento dar con un orden me dice que no lo tiene, que la disposición de los libros en la biblioteca del cuarto de estudio (cuyo chinchorro lo atraviesa en diagonal, una cama y un par de escritorios de madera en los que dispone de diccionarios históricos, lingüísticos, lexicográficos) están ahí al azar. Olvida o no encuentra los títulos que busca, y los presta sin ningún tipo de celos o aprehensión, el desprendimiento que muestra lleva a desesperarme, dice que no lo hace porque sea bueno, que debe ser porque tanto años como profesor lo llevan a ser desprendido, comenta, los buenos libros le gusta prestarlos, así que le pregunto si es que en la biblioteca solo deja los que considera malos y se ríe descubriendo que quizá sea así. Le pido Nocturno de Chile, de Bolaño (solo para probarlo), y me dice que le pareció una mala novela, que me lo lleve si quiero, pero que Los detectives salvajes sí que le parece importante ¡pero no lo tiene en su biblioteca! Seguramente lo prestó, los libros en inglés se confunden con los que están en español, Mailer, Franzen, Joyce, están junto a Baricco y García Márquez, Javier Marías va desparramado entre Siruela, Alfaguara y DeBolsillo, y las novelas que más le gustan del madrileño, Mañana en la batalla piensa en mí y Corazón tan blanco, ¡las ha prestado o perdido! Vila-Matas anda disperso, Evelio Rosero le gusta mucho pero no recuerda a quién le prestó La carroza de Bolívar, y me comprometo a darle mi ejemplar. Mahfouz, Kapušciński, Millás, Bellatín, Sacks, Montero, Goytisolo y Roy comparten tramo en una biblioteca que se acomoda al capricho de su propietario y a la disposición de sus amigos. Nos echamos al suelo a revisar los libros que tiene en el último tramo, grandes libros ilustrados, Picasso junto al Mar Caribe, una edición de Doña Bárbara ilustrada en acuarelas, libros sobre la ciudad de Caracas, sobre Nueva Esparta, sobre barcos y veleros, hermosos libros que me dice que alguno ha leído y que un tanto el destino de ellos es que nadie los leerá nunca. Me muestra las ediciones alemana y francesa de La otra isla, aquella es hermosa, las aguas del mar con ondulaciones moderadas, sospechosas, y la inversión de la palabra “Insel” en color, la francesa muestra unos gallos en plena faena. Ambas ediciones han recibido sendas críticas y aceptación del público. Son mercados maduros, el tiraje inicial de ambas sería una apuesta importante en Venezuela para un autor foráneo y desconocido. 

Padura y el oficio de escribir

Entre las mudanzas ha ido perdiendo libros. Vivió en Alemania donde se hizo de una buena cantidad en español que podía conseguir en La Librería Internacional, en Frankfurt, me comenta recordando aún la dirección “Kaiserstrasse”. Y también en EE UU cuando estudió en la Universidad de Columbia. Y como no tiene apego por ellos, va perdiendo títulos, pero van llegando otros, no hay purgas ni apuros, es como si la biblioteca acogiera y recibiera lo que le gusta y disgusta. Los libros pueden irse porque ya los he leído, dice despreocupado, incluso por los que quisiera tener de nuevo. Muchos están cruzados horizontalmente sobre otros, los ha comprado, se los han prestado, y él los ha vuelto a prestar, los libros salen y entran de su casa de la misma manera que salen y entran los amigos. Y desde que sabe que su biblioteca no es motivo de disputa en una herencia o divorcio, la tranquilidad y displicencia con la que la mantiene es desconcertante. Ya le dije a Guillermina que si nos divorciamos la biblioteca seguirá acá, no insistiré en quedarme con ella, dice con media sonrisa, tengo sesenta años y me quedarán unos veinte más, así que los libros seguirán yendo y viniendo, esta es una biblioteca aluvional.

Se encuentra en la lectura de Herejes de Leonardo Padura y me dice que será recordado siempre por El hombre que amaba a los perros (que ha regalado a algún amigo porque no está en la biblioteca), que la serie de Mario Conde se le hace repetitiva, y que Padura es otro de los fenómenos extraños de la isla de Cuba: que viva y escriba en la isla en los términos críticos en los cuales lo hace. Recostado del chinchorro, en el suelo, comenta la dificultad de leer y escribir viviendo en un país en el que el contexto aprieta, exaspera, agota y ahoga (literalmente porque vive en la 1ª avenida de Los Palos Grandes, justo detrás de la Plaza Altamira). La escritura de La otra isla la hizo íntegra en Alemania, dice que hoy le sería imposible tan solo escribir la primera página de ese libro en Caracas. Y le comento por el contexto lingüístico hostil en el que vivimos y su oficio, y me dice que coño, en un par de horas de haber estado escribiendo, termino agotado.

Antes de salir hacia la sala para despedirnos, nos detenemos de nuevo en la biblioteca del pasillo, fisgoneo un tanto y doy, en el último tramo del mueble, con Conversación en La Catedral en la edición que tanto le gusta de Seix Barral, se emociona al descubrir que sí lo tenía pero no daba con él y va a colocarlo en la biblioteca del estudio. Quizá ha sido lo más importante que ha pasado durante nuestra conversa, y es que Suniaga tiene que tener a la mano la novela de Vargas Llosa porque creo que ha ido escribiendo una obra que intenta dar respuesta a una interrogante: en qué momento se jodió Venezuela.