• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Fisgón de bibliotecas: la biblioteca de Federico Vegas

Federico Vegas / Ramón Lepage

Federico Vegas / Ramón Lepage

“Los libros llegan al cuarto y una biblioteca a mitad de pared cubre prácticamente un lado de la habitación, creo no equivocarme si el lado del que duerme Federico es el que da a los libros”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Mientras echo un vistazo a uno de los muebles de la biblioteca doy con un ejemplar de Breviario del Mediterráneo del intelectual croata Pedrag Matvejević en una edición de Anagrama del año 1991. Este título es una suerte de filología del mar, y desde que doy con él no dejo de creer que la casa de Federico Vegas, que entre la sala, la terraza y el patio no tiene divisiones, y así tampoco sensación de pasar del interior al exterior, da al mar y no al aeropuerto La Carlota. La de Anagrama no la conocía y le comento a Federico que el sello Destino, en la colección Imago Mundi, ha publicado una nueva edición reescrita y ampliada por el autor hace unos pocos años. Pienso entonces que la hospitalidad es herencia de ese mar y que soy un huésped afortunado porque el autor de Falke me ha dejado hurgar su biblioteca abriéndome las puertas de su casa.

La biblioteca caraqueña de Federico Vegas (porque tiene varias: Margarita, Barcelona y Venecia, que ya me gustaría fisgar) se extiende por toda la casa, me cuenta que ha ido creciendo con los libros y ganando terreno, cubriendo paredes, extendiéndose por la sala, pasando hacia el pasillo que da al estudio que comparte con su esposa y en el que también hay libros hasta el techo. De referencia, me dice, los que utiliza para dar con datos, consultar cuando trabaja. No doy con casi ningún espacio vacío en los muebles, ni veo tantos libros dispuestos horizontalmente sobre los demás. Le pregunto por unos lentes que parecen protectores, y me comenta que son los de nadar, hace algunas piscinas cuando, burlándose de sí mismo, dice ejercitarse. Veo en algunos recipientes pelotas de béisbol. Los libros llegan al cuarto y una biblioteca a mitad de pared cubre prácticamente un lado de la habitación, creo no equivocarme si el lado del que duerme Federico es el que da a los libros. Me dice que lee, cuando lee sabroso, en la cama. Me sorprende y le comento que teniendo tantas sillas y muebles le guste leer tumbado. Quizás tenga que ver con la perplejidad, con la ingenuidad con la que le gusta acercarse a los libros, a los grandes libros, y el goce que le produce leer. Ahora mismo lee Antígona por primera vez, y siento en él esa emoción genuina de quien descubre y se enfrenta a una historia con asombro. Antígonas de Steiner está en su biblioteca, ese brillante trabajo que será referente en un artículo que prepara sobre la tragedia de Sófocles, hoy tan vigente, tan urgente, como hace dos mil quinientos años.

La madera con la que está hecha toda la biblioteca que recorre la casa es una madera especial y no solo por su tipo: saki-saki. Es la madera en la que está construido el Teatro Alejandro Humboldt, por ejemplo. Una madera resistente a las polillas, a las termitas, a la humedad, densa pero maleable. El propio Federico la ha construido y el origen de esta madera es vaticano. El 26 de enero de 1985 el Papa Juan Pablo II visita Venezuela, al día siguiente haría una misa en el complejo habitacional que lleva su nombre en Montalbán. La tarima sobre la que el sumo pontífice oficiaría la eucaristía era de saki-saki. “Junto a un amigo nos largamos en un camión a los pocos días de la visita papal y nos hicimos con un coñazo de madera.” Esa madera la preparó, la cepilló, la cubrió de tinte y la dejó convertida en listones que ahora van desde el piso, sobre un soporte o guarnición, hasta el techo. Esta biblioteca es santa, me dice en broma. A mí me gusta pensar en que algo de santidad hay en ella. Hay religiones que se fundan en un Libro.

La biblioteca la ha ordenado en zonas temáticas. La que rodea la sala que lleva a la terraza y al patio contiene libros de arte. Son libros funcionales, no coffee table books. Federico Vegas fue arquitecto de profesión hasta los 46 años, me dice que la conciencia de narrador se le concreta a partir de esa edad. Me cuenta que cuando viajaba a Nueva York en la década del setenta, visitaba una librería especializada en arquitectura y podía comprar una veintena de libros como un desesperado, amontonaba los libros (que ya había decidido comprar) ante el asombro de la encargada de la librería que le preguntaba si se sentía bien. Era una época de menos compromiso social y más poder adquisitivo, comenta, hacer algo parecido hoy día costaría alrededor de unos dos mil dólares. Casi imposible. Otra sección de la biblioteca está asignada a la historia de Venezuela y a la filosofía, y en medio del mueble más ancho que cubre una de las paredes de la sala hay discos, unos setecientos estuches. Una biblioteca que comparte espacio con un pequeño escritorio está dedicada solo a libros de arquitectura. En general está ordenada, o al menos los libros no están desparramados por el suelo, no invaden espacios que suelen apropiarse sin permiso, arbitraria y caprichosamente. Quizás la mirada del arquitecto, la relación del espacio y los objetos son la causa de que todos esos ejemplares (que calculamos al vuelo alrededor de cinco mil) tengan un lugar en la otrora tarima de Juan Pablo II.

Otra sección le corresponde a la narrativa, que fue ganando espacio hasta lograr extenderse al pasillo que da hacia las habitaciones y de la que creo se siente más cercano. Esta sección en principio estuvo organizada por orden alfabético del autor, y al pasar de los años dio paso al desorden, a la pérdida de títulos, a la extrañeza y sorpresa cuando da con un libro que buscaba o con uno que encuentra cuando no precisamente lo tenía en mente. Hace días estuvo buscando Antígona de Sófocles, la Odisea, Los dioses griegos de Robert Graves y no los encontró, y no puede creer que los haya perdido o prestado. Me sorprende que sea así cuando ha logrado evitar la tentación de hacer doble fila en los tramos, disposición que le da un boleto al olvido a los libros que quedan tapados (o atrapados) en la parte de atrás. Se puede ver la edición de Alfaguara de Cuentos completos de Nabokov sobre la que reposa La invención de lo humano de Harold Bloom en la edición bolsillo de Norma, y que están uno sobre el otro por azar, me insiste (aunque creo que en los laberintos de las bibliotecas siempre hay un orden oculto). Cercanos a estos títulos damos con un Camilleri, El miedo de Montalbano, en la oportuna editorial Quinteto, y por la arbitrariedad del orden alfabético y lo que queda como vestigio del orden es explicable que La negra espalda del tiempo de Javier Marías, Groucho Marx con Groucho y yo en Tusquets, Sándor Márai y El último encuentro, cuentos eróticos de Maupassant, y Cuadernos de un escritor de Somerset Maugham sean residentes de uno de los tramos de esta sección. Se le hace cada vez más difícil dar con un título de un autor porque al parecer los libros disponen visitarse entre sí como si se resistieran al abecedario. Pareciera que siempre es una biblioteca nueva, porque los libros cambian de lugar.

Entonces echa mano de Internet, que le parece una gran herramienta para consultar libros, buscar dentro del texto lo que le interesa se hace con efectividad y rapidez, leer textos breves como lo hace ahora con Antígona es una ventaja, pero no puede leer sabroso, como dice, una novela en pantalla; cree que quizás el dispositivo electrónico pueda dar más comodidad para leer en la cama, intentará probar. La biblioteca que más desea organizar es esta, que fue una vez organizada por su hijo como castigo por haber armado un berrinche en el que volaron algunas lámparas y se quebraron unos vidrios. Esa penitencia bibliotecaria no se tradujo en un acercamiento a la lectura, es de sus hijos el que menos lee. A diferencia de sus dos hijas que lo hacen pero de maneras distintas: la menor lee organizadamente, con una disciplina feroz que le permite hacerlo al ritmo de cursos en Harvard y Columbia, pero fuera de la exigencia académica la lectura cesa; en cambio la mayor, quien no culminó una carrera, empezó Derecho, luego Letras, lee por gusto, siempre tiene un libro en la mesa de noche, y sabe que esta biblioteca la van a heredar ellas, y sus nietos. Al hablar de su nieta me dice que es una verdadera niña problema por su afición a la lectura, y está seguro de que ellas resguardarán y harán suyos estos libros. Con descreimiento me habla de donarlos. “Terminarían en cajas por varias librerías de viejo, olvidados o perdidos.” La biblioteca es memoria y familia.

También los libros son compañía, un escenario que siempre le rodeó. Martín Vegas, su padre, fue un lector asiduo y Federico desde niño tuvo acceso a la biblioteca de la casa. No fue un intelectual en el sentido más estricto pero fue un lector constante, los libros eran manoseados, así que la magia de verlos unos recostados de otros sobre sus lomos, como si se diesen apoyo entre ellos es una imagen que lo constituye desde su temprana juventud. Porque la biblioteca, en el fondo es una construcción, dice, los ladrillos son los libros, mi verdadero hogar no son unas paredes, mi verdadero hogar son estos libros; una vez, continúa, conversando con una amiga le comentaba que podría vivir en cualquier lugar, soy escritor, no soy abogado ni médico, y ella me preguntó ¿y tu biblioteca? y de pronto, dice con una inflexión en la voz, sentí como un dolor, sentí mucha pena, porque es que los libros más allá de lo importante, son ideales para la acústica, para la decoración (sin ponerla por delante de lo que significan realmente), no hay nada que le dé más calidez a un hogar que una biblioteca, no hay pared más bella que una biblioteca.

Los cuarenta y nueve escalones de Roberto Calasso en Anagrama, Fascinación de Don Delillo en Circe, La historia del amor de Nicole Krauss en Salamandra, Gerona de Pérez Galdós en Biblioteca Alianza, Ferdydurke de Gombrowicz en Seix Barral Crónicas de Caña y muerte de Orlando Araujo, Conversaciones con Henri Miller, entre tantos otros están dispuestos uno al lado de otro, cómo llegaron a estar juntos no lo sabemos, pero ahí están como huéspedes de una biblioteca anfitriona que brinda calidez a la hermosa casa del autor de El buen esposo, y la hospitalidad que me acoge tiene que ver con esos libros que esperan ser leídos de nuevo o descubiertos por primera vez por la manos de sus hijas, de sus nietos, o por las del propio Federico porque en su biblioteca, como en el Mediterráneo de Matvejević, “el espíritu envejece más despacio que el cuerpo”. La biblioteca es el hogar.