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Fisgón de bibliotecas: Vasco Szinetar

Vasco Szinetar, fotógrafo venezolano | William Dumont

Vasco Szinetar, fotógrafo venezolano | William Dumont

“En el pequeño y acogedor apartamento de Vasco no hay pared sin biblioteca, desde la sala hasta la habitación, pareciera que un solo mueble rodeara todos los ambientes. Los de mediana altura demarcan y a su vez dan continuidad, son nueve muebles que reciben alrededor de cinco mil ejemplares, de una selección que ha hecho cuando se mudó de Mérida a Caracas”

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En una carta de 1983 Cioran escribe, en las últimas líneas, “¡Abajo el espejo! Al no tener fondo ni límites, este nos revela lo que de más íntimo y lejano hay en nosotros: nuestros terribles secretos, nuestras ocultas demencias”. Esta carta se la envió el filósofo rumano desde París luego de varias visitas que hiciera el fotógrafo a la casa del genial pesimista, donde lo retrató frente al espejo e hizo amistad en los años ochenta. La carta original está en francés, la grafía de Cioran es de trazo breve, firme, inclinada hacia la derecha, solo las eles, las tes, las pes, son de trazo largo, en general las letras están separadas y en equilibrio. La profunda y desconcertante lucidez de Cioran no me abandona desde que leo esas líneas y quizá, también tengan mucho que decir sobre la biblioteca de Vasco Szinetar.  

En el pequeño y acogedor apartamento de Vasco no hay pared sin biblioteca, desde la sala hasta la habitación, pareciera que un solo mueble rodeara todos los ambientes. Los de mediana altura demarcan y a su vez dan continuidad, son nueve muebles que reciben alrededor de cinco mil ejemplares, de una selección que ha hecho cuando se mudó de Mérida a Caracas, dejando el resto guardado en cajas, (algunas de ellas me las ha mostrado cuando apenas estaba llegando al estacionamiento, resguardadas en varios depósitos del edificio). Muchos de esos muebles no son originalmente bibliotecas, la mano mágica de su esposa Kataliñ transformó muchas cabeceras, largueros y pieceras en bibliotecas perfectas que no permiten la doble fila, reconstruyó muebles de familiares, modificándolos y disponiéndolos en el apartamento como si hubiese sido diseñado para albergarlos, sorprendiéndonos al revelar que algunos superan los cincuenta años; la presencia de los libros es natural en casa, y es que Vasco es un bibliófilo, y esta condición produce una combinación de orden, ansiedad y memoria fascinante en el coleccionista.

¡libros, libros! 

Me quiere enseñar los libros partiendo desde la habitación, atravesando el pasillo, hasta llegar a tres muebles que rodean la sala donde conversaremos sobre su pasión por las hojas impresas. Ya en la habitación, donde está Antxon, el gato octogenario que reposa sobre la cama y nos mira con indiferencia, Vasco me señala varios retratos que le ha hecho Jacobo Borges, aquel otro me lo hizo Zapata, dice señalando un cuadro en el que se puede reconocer a Vasco como si fuese Cervantes, me corrige y me dice, no, ese soy yo, pero como Quevedo. El mueble junto a la cama contiene varios títulos que anuncian uno de los temas recurrentes al que Vasco va una y otra vez. La autobiografía de Nina Berberova, la periodista y escritora rusa exiliada, publicada en Circe y traducida por Ana María Moix, mucho del pensador bulgaro-francés Todorov, Deberes & Delicias en el FCE, una larga entrevista hecha al filósofo por Catherine Portevin, Memoria del mal, tentación del bien, en Península, en Galaxia Gutenberg me muestra Elogio del individuo, El miedo a los bárbaros, Los aventureros del absoluto, Sobre Vida y destino junto al propio Grossman y el traductor y crítico Efim Etkind; No vendrá el diluvio tras nosotros, del Premio Nobel Joseph Brodsky, y Quiero dar testimonio hasta el final, los diarios del lingüista Victor Klemperer.

Sobre la mesa de noche, libros que va ojeando, revisando, Isaiah Berlin. Su vida, de Michael Ignatief, en Taurus, Poesía completa, del polaco Zbigniew Herbert, en la bella edición de Lumen, Tren nocturno, una novelita de Martin Amis, en Quinteto, que es muy buena dice Vasco mientras va señalando los autores que se reúnen bajo la luz de una lámpara de pie cuya altura es la justa para que le alumbre las páginas una vez que está acostado para leer, porque lee en la cama aunque siempre lleve consigo algún libro cuando no está en casa, tengo a Harold Bloom, a Coetzee, a Cees Noteboom, y por acá tengo los diarios de Sándor Márai y el otro tomo de su autobiografía ¡tierra, tierra! ambos en Salamandra. Vasco se ríe cuando le pregunto por todos esos libros, son libros que están ahí, cercanos, a los que voy con regularidad, dice con picardía.

Hay un pequeño tramo que contiene libros sobre fotografía, Boris Kossoy, Raúl Beceyro, Roland Barthes, Serge Tisseron, y un libro que me ha parecido clave para entender ciertas recurrencias en la mirada de Vasco: Historia del espejo, de la investigadora francesa Sabine Melchior-Bonnet -cercana a Jean Delumeau- en Herder. Y es que la biblioteca de Vasco ya va mostrando, como señala la autora de este libro, «una carga de pasiones y fantasmas» que reflejan las obsesiones y las vinculaciones entre «verdad y apariencia», porque el fotógrafo de los escritores, tiene una relación íntima con los libros, los manosea, los escudriña, los ausculta, y no solo ahonda en sus contenidos sino que reconoce en ellos el momento particular de su impresión en el contexto en que se convierten en objetos culturales susceptibles de ser apreciados y también comercializados. No olvidemos, es un coleccionista.

Las primeras ediciones y el poeta revelado

Ya en el pasillo angosto que da a hacia las habitaciones y conduce al estudio y a la sala, Vasco me va mostrando algunas joyas, de las que muchas veces es protagonista porque están dedicadas por los autores al retratista. Fíjate, me dice Vasco mientras me muestra varias primeras ediciones de la colección Ocnos (de la desaparecida editorial Llibres de Sinera en la que participaron Pere Gimferrer, Luis Izquierdo, José Agustín Goytisolo, entre otros), acá están Alejandra Pizarnik, César López, Leopoldo María Panero, este gran poeta nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez me regaló esta edición por allá en 1982. Por acá tengo, sigue Vasco, una joyita: Ylia Ehremburg quien fue un intelectual ruso judío importante, cubrió varias guerras, cercano a Vassili Grossman, lo leí mucho en una época, este libro Julio Jurenito tiene algo especial y es que está firmado por los presos de Palenque que pudieron leerlo en reclusión, es una edición de 1928, dice Vasco mientras intenta descifrar algunas firmas. Este otro libro, que para mí es muy interesante, El materialismo histórico, de un hombre cercano también a Ehremburg, Bujarín, editado por Zig-Zag ediciones, si mal no recuerdo una editorial chilena, del año 1938 y que perteneció a mi tío Argimiro Gabaldón, héroe revolucionario. Mira este libro que era de mi padre, dice Vasco, del poeta Sandor Petófi romántico húngaro, Poesía, en una edición bilingüe. Y esta primera edición en español de Mi lucha de Hitler, de 1937, autorizada por la asociación central del partido nacionalsocialista.

En este mueble tengo una selección pequeña de mi colección de poesía, en donde encuentras a muchos venezolanos: Guillermo Sucre, Hanni Ossott, Gustavo Pereira, José Barroeta, Juan Sánchez Peláez, José Ramón Medina, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Alejandro Oliveros, Luis Alberto Crespo, muchos de esos poemarios son primeras ediciones, me dice con emoción contenida el fotógrafo que también los ha retratado. Mientras, Narcisa García, quien me acompaña a fisgonear esta biblioteca, descubre un libro de poesía cuyo autor es Vasco Szinetar, El libro del mal amado, en la editorial Mandorla del año 1988, revelándose algo muy íntimo del fotógrafo, la sensibilidad poética en la escritura, despojada de toda pretensión literaria. Si algo expresa Vasco mientras va de un libro a otro con agilidad gatuna recordando la ubicación, el momento en que lo obtuvo, la relación con el autor, la editorial, el año de publicación, en una retahíla de datos impresionante, es una genuina modestia por su tesoro de papel y por lo que él significa para este fisgón.

La persona y la experiencia totalitaria

Baja de uno de los tramos de la biblioteca del pasillo, a unos pocas secciones de la sala, una biografía de Stalin, por Kalinin en Ediciones en Lenguas Extranjeras, de Moscú del año 1939, en cuya portadilla se ve un retrato del padrecito con la mirada en el horizonte, exhibiendo un mostacho tupido, que aterrorizó a Europa. Junto a ella la primera edición en español de la biografía del “hombre de acero” escrita por Trotsky. Ambos títulos se suman a una recurrente temática en la biblioteca de Vasco: los regímenes totalitarios del siglo XX, en especial el de Rusia y los países satélites: Historia de Rusia en el siglo XX, de Robert Service, La corte del zar rojo, de Simon Sebag Monttefiore, ambos en Memoria Crítica, Stalin y los verdugos, de Donald Rayfield, en Taurus, El Gran Terror, de Robert Conquest, sobre ese libro se sostiene esa suerte de memorias ensayo de Martin Amis, Koba el temible. La risa y los Veinte Millones, comenta Vasco mientras me señala Fin de siglo en La Habana, de Fogel, La hora final de Castro, de Oppenheimer, y Mea Cuba, de Cabrera Infante, Propiedad y libertad del historiador Richard Pipes, en Turner, que ha escrito una breve historia del comunismo en Debate, dice Vasco y señala los tres tomos en Galaxia Gutenberg de Vitali Shentalinsky, el primer investigador en abrir los archivos literarios de la KGB y develar el destino cruel y fatal que alcanzó a muchos de los escritores rusos bajo la pesadilla totalitaria.

Mira, me dice Vasco, los libros son personas, y como tales tienen una ubicación en la vida de los otros, te acompañan desde que llegan a tus manos. Yo tuve un tutor, continúa, mi tío Edgar Gabaldón Márquez, un erudito, un intelectual importante en Venezuela, hablaba y leía en francés, alemán, inglés, y tenía una biblioteca copiosa, ordenada y pulcra, ¡ese era el lugar del deseo! y yo tenía cuando jovencito acceso a ella. Los libros nunca le fueron extraños a Vasco. Además, dice, los libros los adquiere uno también como espacios de consulta sobre temas que nos son afines, yo trabajo haciendo curadurías así que tengo libros de historia que me son útiles, y también nos vinculan, un amigo me pregunta por un título y yo le digo “no te preocupes te lo consigo”, los libros son el universo afectivo e intelectual del que uno se rodea, y hay temas que nos son fundamentales.

Yo tengo acá libros de fotografía, novelas que me interesan, ensayos, poesía, pero todos vinculados a mi oficio, a mis obsesiones, por eso ves mucha Rusia, mucha Europa del Este, Europa Central, tengo toda la obra de Stefan Zweig, y es que la gran cultura occidental está soportada sobre una serie de autores como el vienés, Sigmund Freud, Isaiah Berlin, Dostoievski, Elias Canetti, Peter Handke, George Steiner, Kafka, Bernhard, y muchos otros que conforman un universo cultural sumamente rico, dice Vasco con una seriedad que está lejos de ser solemne sino respetuosa y agradecida. La biblioteca le da orden a las obsesiones y a los afectos. En Lodz y en Londres estudié dirección de fotografía para cine, si puedo decir que estudié, comenta entre risas, y me especialicé en edición, en montaje, que tiene mucho que ver con la narrativa, con el orden del discurso; era lo que me gustaba, y ese lenguaje del montaje es también como el de la construcción de la poesía, vas depurando, reduciendo, cribando, y algo tiene que ver en la manera en que he ido depurando el orden de la biblioteca. Vasco tiene un ojo agudo y certero para identificar, seleccionar y recordar la disposición de las imágenes, por eso con rapidez recuerda un libro y va hacia él sin titubear.

Es un conversador risueño, de un humor filoso y a la vez tierno, en contradicción con uno de los temas que lo sacude, el totalitarismo es una de las grandes experiencias ideológicas culturales que ha vivido el siglo XX y que comienza a incorporarse al siglo XXI, comenta con una media sonrisa, como si la risa contenida fuese causada por el asombro al ver los síntomas de una experiencia aberrante repetirse en la actualidad. Vasco piensa en libros, es como si las ideas le surgieran en forma de libros, se levanta del sillón y me muestra un título del cineasta, intelectual búlgaro amigo de Todorov, Vesko Branev El hombre vigilado, en Galaxia Gutenberg, un espeluznante testimonio de cómo se puede someter al individuo a un estrecho acecho, Branev pudo echar mano del dossier de inteligencia -de más de ochocientas páginas- sobre su vida, vista como una peligrosa amenaza para el Estado totalitario búlgaro. La biblioteca de Vasco se me hace, además de ser una conjunción de intereses intelectuales y afectivos, una defensa sólida de la noción de persona frente a la despersonalización que procura la experiencia totalitaria. Los libros también son personas, repite Vasco.

¡libros, más libros!

De uno y otro lado Vasco sigue enseñándome libros, primeras ediciones: La mala hora, con la nota de García Márquez en la que autoriza la publicación con la restitución de “barbaridades estilísticas”, del año 1966; la novela El pueblo es inmortal, de Vasili Grossman, publicada en la editorial Páginas en La Habana y galardonada con el Gran Premio Stalin en 1943, ¡en plena guerra! exclama Vasco; trae dos ejemplares de García Márquez. Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, editado en Monte Ávila en 1971; Sobre héroes y tumbas, de Sabato, en Compañía General Fabril Editora de Argentina del año 1961; Una meditación, de Juan Benet, en Seix Barral cuando ganó el Premio Biblioteca Breve en 1969; Las nubes, de Luis Cernuda, en una edición numerada (935) de 1943; la edición argentina de Ferdydurke de 1947 cuando Gombrowicz llevaba unos ochos años de exilio en Buenos Aires; hasta que se nos hace de noche entre tazas de café con canela que nos trae Kataliñ, y muchos ejemplares únicos que en buena medida son una historia de la edición en español.

Roberston Davies escribió en un ensayo titulado El coleccionista de libros que el coleccionista que vivió solo para el placer es el único que en verdad importa: “Es un hombre que ama y lee los libros. Los ama no solo por lo que le dicen —aunque esta es su razón principal—, sino por su apariencia, su tacto y, sí, incluso por su olor. Es un hombre que podría regalar sus libros, pero que nunca piensa en conseguir la mohosa inmortalidad con su biblioteca. Su relación con los libros es una pasión alegre y revitalizante.” Vasco tiene la inmortalidad ganada, lo sé porque leí la dedicatoria que le escribió Reinaldo Arenas en la portadilla de La Vieja Rosa en una edición impresa en Venezuela en 1980: “Para Vasco Szinetar, que es dueño de la imagen: ese reto a la muerte”.