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Fisgón de bibliotecas: José Ramón Medina

José Ramón Medina / Fotografía de Sandra Bracho publicada el 15 de junio de 2010

José Ramón Medina / Fotografía de Sandra Bracho publicada el 15 de junio de 2010

“Creo que como decía el extraño personaje del cuento de Bashevis Singer, el doctor Mitzkin, José Ramón Medina hizo de su vida una ‘máquina de palabras”

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En el relato que da título al libro del Premio Nobel de Literatura, un personaje, el extraño doctor Mitzkin, sostiene una tesis lo menos, interesante: “el hombre terminará siendo una máquina de palabras". Un amigo de Kafka, el libro de relatos de Isaac Bashevis Singer, en la edición de la Biblioteca Universal Planeta de la década del setenta, está sobre el pequeño escritorio de caoba. Dejado ahí como si hasta el último momento lo hubiese estado revisando. Lo hacía los últimos años de su vida con la ayuda de una lupa que, como una lámpara de mesa, está suspendida sobre el libro. Detrás de este escritorio, una hamaca que cuelga de largo a largo y un pequeño mueble de mediana altura que contiene en su mayoría libros dedicados, y que forma un pasillo a otros muebles, con muchos libros de la colección El Dorado de Monte Ávila que, con lomos unos al lado de otros, son ejemplo de pulcritud, cuidado y dedicación, y que solo puede corresponder a un hombre que vivió para los libros. Este es apenas el rincón del fondo del segundo piso de la biblioteca de José Ramón Medina.

La biblioteca que ronda los 40.000 títulos

En el mueble del costado del pequeño escritorio –cuya pared es el inicio del largo pasillo en donde deben haber más de veinte mil volúmenes dispuestos en muebles empotrados–, está buena parte de la colección bolsillo de Alianza, las innovadoras ediciones diseñadas por Daniel Gil, que ningún amante de los libros puede olvidar y a la que muchos diseñadores deberían ir una y otra vez. Algunos de los libros que miro al azar en este mueble son de Jorge Guillén, André Gide, Arthur Koestler, Cesare Pavese, Sigmund Freud, Miguel Delibes, Michel Foucault, Voltaire, en perfecto estado, ordenados sin que los espacios estén invadidos por otros libros que se sostengan unos sobre otros; son entrepaños de los cuales podría anotar que la verticalidad es honrada con la disciplina que su propietario ejercía sobre los huéspedes de papel.

En otro mueble, del otro lado de este rincón de consulta y relajación librera, continúan los autores de Alianza hombro con hombro, Emile Zolá, Alexis de Tocqueville, José Ortega y Gasset, Leszek Kolakowsky, Virgilio, D. H. Lawrence, Arthur Miller, Blas de Otero, Luigi Pirandello, Herman Melville, Juan Benet; tan solo una selección arbitraria de mi parte para dar ejemplo de que José Ramón Medina no le huía a ningún tema, género, autor o materia. Cualquier libro que tomo al azar lo encuentro en perfecto estado, el polvo es un extraño a las páginas de estos ejemplares. Es una biblioteca saludable en ese sentido. Luego me contará Doña Inés, su esposa, que con regularidad limpian cada libro, y que entre las mudanzas lo primero que hacían era fumigar muebles, rincones y cada ejemplar, además, me aclara que José Ramón no permitía que sus libros estuviesen mucho tiempo sin ser revisados. Una y otra vez iba a ellos, todos los días.

A lo largo del pasillo catorce bibliotecas debidamente iluminadas le dan albergue a buena parte de la creación literaria occidental. Los muebles, al estar empotrados no tocan el piso, así que el polvo no alcanza los ejemplares dispuestos en los últimos entrepaños. Destacan muchos ejemplares del sello Destino en la colección Áncora & Delfín, hojeo libros de Camilo José Cela, Ramón J. Sender, Francisco Umbral, Juan y Luis Goytisolo, Gonzalo Torrente Ballester, Rafael Sánchez Ferlosio, Álvaro Cunqueiro, y otros tantos; no es posible acercarse a la narrativa española de las décadas del cuarenta, cincuenta y sesenta sin tener en las manos los libros del editor Josep Vergés, del que se dice tuvo la fama de siempre leer los libros que editaba. De tanto en tanto, al revisar algún título doy con uno dedicado a José Ramón, Sobre héroes y tumbas, en Círculo de Lectores está firmado por Sábato, la edición es de 1975 en tapa dura, “A mi amigo José Ramón estos héroes y tumbas como pequeño testimonio de cariño y admiración”.

En cada una de estas bibliotecas voy dando con autores y editoriales que señalan una capacidad lectora inusual, y una vida dedicada a conformar una cartografía de lecturas de carácter universal. Y una suerte de historia de la edición en español. Algunos ejemplares de la colección Gigante de Luis Caralt, editor de la postguerra española que fue uno de los primeros en publicar autores norteamericanos, Kerouac, Faulkner, Greene, y otros extranjeros como Mishima, Simenon y Hermann Hesse. Otro trabajo editorial que no podía faltar en estos muebles es el de Josep Janés,  quien entre crisis políticas y económicas se dice que repetía que era un hombre de letras, “pero de letras de cambio”, con Selecciones de Poesía Española y Selecciones de Poesía Universal, ambas en tapa dura con sobrecubiertas, las primeras en blanco y las segundas en colores: Manuel Machado, Damaso Alonso, Leopoldo de Luis, Gabriel Celaya, Luis Cernuda, Manuel Mantero, entre muchos otros, incluido el propio José Ramón, y su amigo Vicente Aleixandre. Los poetas traducidos van desde Blake, Hörderlin, Ted Hughes y Sylvia Plath (cuyos libros están uno junto al otro y no sabré nunca si deliberadamente), Giuseppe Ungaretti, Fernando Pessoa, hasta William Butler Yeats, por solo nombrar algunos. Me dice Doña Inés que compraba libros en cualquier ciudad del mundo, París, Roma, Barcelona, leía en inglés, italiano y francés, y que lo que le interesaba a José Ramón era la poesía, pero que también en esta biblioteca hay mucha narrativa, ensayo, historia y filosofía, inacabable, ilimitada, infinita, como las grandes bibliotecas. Excede a cualquier fisgón.

Sobre la parte superior de este pasillo, y en algunas paredes entre las bibliotecas, los cuadros ingenuos están por doquier, Doña Inés entre risas me cuenta que Miguel Otero Silva le solía decir a José Ramón que ingenuos eran quienes los compraban, pero bueno, ese era su gusto comenta la encantadora esposa. Este salón-biblioteca debe abarcar unos doscientos metros cubiertos de páginas y lienzos en sus alrededores. Retratos de José Ramón Medina hechos por Regulo Pérez, una foto en la que puede verse a José Ramón recostado sobre un sillón mientras es retratado, un lienzo de Alirio Rodríguez, otro de Luisa Richter, de quien ahora se exhibe una muestra en el Museo de Sttutgart en Alemania. Es realmente impactante.

Antes de llegar a las escaleras en forma de caracol que conducen al piso principal me asomo a algunos entrepaños de las últimas bibliotecas de este segundo piso y puedo ver entre muchas otras las obras encuadernadas de Bertrand Russell, Rodolfo Santana, Friedrich Nietzsche, José Martí, Stefan Zweig, Rubén Darío, Juan Montalvo, León Tolstoi, y dos novelas en Monte Ávila que llaman mi atención: Agosto 1914, de Alexandr Solzhenitsyn en co-edición con Barral Editores de 1972, siendo la primera traducción directa del ruso en Occidente, y Las calles de las bodegas oscuras, de Patrick Modiano, que la ha reeditado Anagrama con otra traducción (Calle de las tiendas oscuras) no deja de sorprenderme lo que fue Monte Ávila. Y de nuevo muchos poetas, Kavafis, Rilke, Alberti, Ramos Sucre, Lazo Martí, Gonzalo Rojas, entre otros.

No parece haber un orden, pero me dice Doña Inés que José Ramón sabía dónde estaba cada libro de esta biblioteca que debe sumar más de treinta y cinco mil ejemplares, alguien tiene que clasificarla, registrar títulos al menos, me dice, le hago saber que me ofrezco gustosamente, pero sin intervenir, porque creo que una biblioteca personal que se precie de serlo tiene un orden por descifrar (y respetar) para cualquiera que no sea su más cercano dueño, la disposición de cada biblioteca es una exteriorización de los gustos y afectos (y por qué no, desafectos) de su propietario, pero de alguna manera hay que saber llegarle a un título en esta biblioteca extraordinaria.

Noto que hay muchos ejemplares encuadernados, en cuero, con las iniciales JRM en los lomos. Y es que cuando se podía, hace ya mucho tiempo, me cuenta Doña Inés que José Ramón, mandaba ejemplares a España para ser encuadernados y poder darles más años de vida, y ese es un gesto que para este fisgón denota nobleza y genuino amor por los libros, por los escritores, por los lectores. Escribe Elias Canetti en el segundo tomo de sus memorias “Pero mi respeto por los libros aún era demasiado grande, y apenas había hollado el camino hacia el verdadero libro: cada ser humano, encuadernado en sí mismo”, pues el propietario de esta biblioteca parece haber encuadernado su vida, a quienes amaba, ya su hogar, en este hermoso salón. Creo que como decía el extraño personaje del cuento de Bashevis Singer, el doctor Mitzkin, José Ramón Medina hizo de su vida una máquina de palabras.

La biblioteca está viva

Al bajar las escaleras estamos frente al piso principal de la biblioteca, detrás de ellas ya comienzan a aparecer búhos y lechuzas sobre uno de los muebles que guarda libros de historia y derecho, cientos que están sobre los entrepaños, en las mesas, en el escritorio, hay unos de bronce que se trajo de París, de mármol, de cerámica, de madera, y pienso en José Ramón Medina a punto de metamorfosearse, con aquellos lentes redondos, “muy redondos” como me contó una viejita encantadora que le transcribía poemas escritos a mano, con la mirada aumentada sobre las páginas de sus libros, y concentrado, como intentando un ejercicio de clarividencia sobre los signos, la sabiduría de los poetas.

Esta es la primera biblioteca con cuyo propietario no puedo conversar. Quizá ya haya comprobado que Borges tenía razón. Así que es con su hijo Ramón José Medina con quien converso sobre esta, la biblioteca personal más grande que he visitado hasta ahora. Me dice, en las casas en que hemos vivido la biblioteca siempre ha sido el lugar especial en el que se le rendía una especie de culto a los libros, a la lectura, la casa de mi papá es la biblioteca y el apartamento viene adosado, siempre ha sido así, me dice Ramón José con la naturalidad de quien ha vivido entre libros siempre. Continúa, ella es el centro de la casa, el libro cobija ideas, historia, conocimiento, la biblioteca cobija a los libros, si lo vemos así, la construcción de una biblioteca personal exige trabajo, dedicación, entrega, cuidado, y de quienes la hereden, pues respeto, me dice sin titubear, con firmeza.

Esta biblioteca en ese sentido está viva, le comento a Ramón José, quien me afirma que así es, heredar una biblioteca significa que quienes la reciban tienen que hacerlo con el mismo afecto con el cual fue construida, en mi casa, en la familia, la relación con el libro es de respeto, mi hermana María Beatriz, mis hijos, los nietos de mi papá tienen acceso total a ella, la consultan, planifican lecturas en grupo, vienen una y otra vez cuando necesitan buscar algún autor, por ahí hay poemas escritos por ellos que están montados en las paredes, ¡que las bibliotecas personales terminen extraviadas, en libreros de viejo, creo que delata el poco respeto hacia lo que significó formarla! me dice con convicción. Recuerdo, continúa Ramón José, que en la casa de El Paraíso yo tenía la biblioteca justo en frente de mi cuarto, y veía pasar a mi papá muy de madrugada sobre las cuatro o cuatro y media y oírlo hurgar entre libros y teclear sobre la máquina de escribir, una vieja Underwood, la biblioteca siempre ha sido un lugar en donde nos sentimos bien, a gusto, y es que fuimos educados para profesar afecto por los libros.

La biblioteca y la paz

Dos atriles de madera, uno a cada extremo del salón, sostienen sendos libros: la Biblia, abierta en el Salmo 64 La justicia de Dios, aquel que dice “Obstinados en su obra mala / se conjuran para tender lazos ocultos”, y El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha abierto en el capítulo XXXV en el que se puede leer que “don Quixote dezia a vozes: Tente ladron malandrin follon, que aqui te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra.” Dos libros fundacionales del espíritu occidental, y que espero no dejen de sostenernos como lo hacen los atriles con ellos. Que esos dos libros sean los que se encuentren ahílo considero un gesto de respeto y lucidez donde los haya.

Nueve muebles repletos de libros, entre enciclopedias, revistas encuadernadas (como la de la Shell que dirigió hace muchos años) documentos, cubren las paredes, casi toda Orbis de narrativa y ensayo, la colección de Premios Nobel de Plaza & Janés, todo Aguilar con libros realmente de bolsillo, los tomos de todas las obras de Eugene O' Neill en Random House, una sala con sillones de cuero funciona como espacio de lecturas y discusiones grupales sobre lo leído, un diván moderno, regalo de Miguel Otero Silva al editor, se lo han traído al salón porque lo tuvo en la habitación, porque leía tumbado sobre él, también en el chinchorro del segundo piso, en los muebles, en el escritorio, siempre leyendo, como si la vida se le fuese en ello; dos imágenes de San Juan de la Cruz a quien leía con fervor, y al menos una veintena de Cristos; el escritorio principal, sobre el que hay a resguardo cartas como la que le envió su amigo Vicente Aleixandre desde Madrid en 1957, en la que podemos leer un agradecimiento por el pago de una colaboración en el Papel Literario y "espero tenga ud. ya en su poder mi antología Mis mejores poemas (...) excuso decirle lo que me agradará el comentario que ud. me ofrece sobre este libro mío." Aleixandre ganaría el Premio Nobel de Literatura en 1977. Una foto de Pablo Neruda en la que se ha condecorado él mismo a bolígrafo dibujando un dije sobre la solapa del traje y escribiendo "mi condecoración es la amistad de José Ramón Medina" fechada en 1968. Neruda ganaría el Premio Nobel de Literatura en 1971. Una sorpresa en cada rincón. Un gesto de cariño de amigos unidos por las letras.

La madera de estos muebles es caoba, me dice Ramón José, él mismo mandó a armarlas a medida, cuando nos mudamos de El Paraíso, son las mismas que teníamos allá. El mantenimiento material de una biblioteca como esta exige la participación de todos los miembros de la familia, sin duda. El único mueble que mandó a hacer con el cuidado más delicado y riguroso es el que se encuentra detrás del escritorio principal, en el centro del salón justo debajo del pequeño escritorio del segundo piso. Con ornamentos en los bordes, consta de tres tramos en cada una de las dos secciones, y descansa sobre gabinetes donde guardaba más libros y documentos. También de caoba, esta biblioteca especial fue construida para albergar los primeros ciento cincuenta títulos de la Biblioteca Ayacucho, ese portento de la creación literaria de Latinoamérica que junto a Ángel Rama fue la eterna tarea de este lector, poeta y editor excepcional. Esta edición de colección es el tesoro de este salón, encuadernados en cuero repujado, de un color marrón claro tostado, una franja de tela atraviesa las portadas a lo largo, a un costado las iniciales de su propietario, el lomo con título, autor y sello en letras doradas, con nervios, manteniendo la esencia del diseño que todos conocemos en negro, las guardas en cartulina recuerdan algunas pinturas de Edward Munch, con el canto de las hojas en dorado como si hubiesen salido ayer del taller de encuadernación. Me comenta Ramón José que estas ediciones especiales se terminaron a mano, todo el trabajo de encuadernación es artesanal y se llevó a cabo en España.

Rayuela, Pedro Páramo, Ficciones, El Aleph, Espejos y disfraces, Los ríos profundos, Historia de la conquista de México, Pensamiento positivista en Latinoamérica, América espera, Don Segundo Sombra, Sobre héroes y tumbas, La muerte de Artemio Cruz, Casas muertas (el único libro de esta colección guardado en un estuche, porque a los amigos se les protege) y muchos otros títulos que reúnen el pensamiento continental americano, y que se condecoran con una edición que ya debería repetirse para no olvidar las grandes hazañas de hombres de letras, de pensamiento, de reflexión, a los que deberíamos honrar con la lectura, porque quizá, en ese acto de reivindicación de la intimidad, en ese ejercicio de libertad que es leer, en el afecto hacia los libros, ir una y otra vez a ellos, quizá nos depare un poco de sosiego. Como dijera el propio José Ramón Medina sobre los libros de su biblioteca en una entrevista que le hizo Rubén Wisotzki hace unos años: “a veces siento que ellos me reclaman en silencio que los deje un día en paz, pero no puedo, cómo hacerlo, si ellos son mi paz”.