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Fisgón de bibliotecas: La biblioteca de Jean Marc Tauszik. (I/II)

Una de las bibliotecas de Tauszik / Foto: Isabel Hernández

Una de las bibliotecas de Tauszik / Foto: Isabel Hernández

El diseñador gráfico y psicoanalista Jean Marc Tauszik ordena su biblioteca por colores y es el resultado de una que había atesorado en su imaginación

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“Las personas también cambian el destino de los libros”. Esta línea pertenece a una novela del escritor uruguayo Carlos María Domínguez, La casa de papel. Y como sucede en las inextricables relaciones que se tejen entre los hombres y los libros, también pertenece a la biblioteca de Jean Marc. O al menos lo que va siendo de ella. Porque cuando lo visito en su casa, sobre una montaña que mira desde el sureste al valle de Caracas, la biblioteca no se encuentra organizada en totalidad. Me pregunto entonces, ¿pero cuándo una que se precie de serlo no está en formación? Y es que luego de hablar por teléfono con Jean Marc, acordamos que sería interesante conversar sobre su biblioteca en pleno proceso de mudanza. Y al contrario de lo que pueda significar el traslado de los libros para el propietario de una biblioteca, este ha sido no solo esfuerzo agotador, sino también triunfo y alegría.

Al llegar a la nueva casa de Jean Marc, todavía está a mitad de camino para darse él y su novia por completo mudados. La sala es el primer lugar al que llego, y me cuesta esconder mi asombro: un ventanal que se extiende a lo largo de todo el frente de la sala y que da hacia el valle de Caracas y deja ver la ciudad y al Ávila, y recostada a las paredes de una sala realmente grande un mueble de madera claro, de unos sesenta centímetros de alto, y repleto de libros, se extiende y recorre todas la paredes, y llego a creer que todavía no es una contradicción irresoluble leer en esta ciudad. Son ocho muebles que en continuidad, como en las columnas de un crucigrama, albergan en un cálculo promedio unos veinte mil o más títulos. Esta es la primera de las bibliotecas sobre la que conversamos. No hay espacios vacíos, más que varios tramos de una de las esquinas, que luego me dirá la novia de Jean Marc, Isabel Hernández, esa es una pausa, un respiro en el desarrollo de la biblioteca continua. En el centro de la sala, en torres y entre cajas abiertas y otras por abrir, más libros que esperan su turno para dar con un lugar, para ser parte de la comunidad de páginas que visten el nuevo hogar del diseñador gráfico y psicoanalista Jean Marc Tauszik.

Los colores de la memoria

Samuel Pepys fue funcionario del gobierno del rey Jacobo II de Inglaterra y fue un lector muy ordenado, lo fue también con su biblioteca, que mandó a construir en roble y con vitrinas, y dispuso los libros de una forma objetiva que no daba cabida a las ambigüedades: por tamaño. Es el único referente que llega a mi memoria cuando veo la disposición de los libros de Jean Marc en su biblioteca: los ha ido ordenando por colores; sin embargo esta disposición está lejos de ser solamente práctica y funcional como la de Pepys. Tan natural como la lluvia, nos sentamos en el piso frente a uno de los cabos de esta biblioteca camino, y lo único que le digo es, mira, acá comienzas por los libros blancos, y ya sabe que tiene que comenzar a dar cuenta, de esta, la biblioteca de los colores. Me dice, con una voz muy clara que no aspira las vocales, la disposición de los libros por color es una apuesta por un reordenamiento, es hacer que se establezcan nuevos vínculos y relaciones por contigüidad a partir de los colores, he mezclado como en una mesa de dominó los libros, pero es también una apuesta dada a nuestros tiempos, porque hoy por hoy las disciplinas no las podemos encasillar.

El primer libro con el que doy es uno de Alberto Manguel, La Biblioteca de noche, en la hermosa edición de Norma. En un pasaje puede leerse: “Y la atmósfera mental que creamos con la acción de leer, el espacio imaginario que construimos cuando nos perdemos en las páginas de un libro, viene a ser confirmada o refutada por el espacio físico de la biblioteca y se ve afectado por la distancia o la proximidad de los estantes, la abundancia o escasez de libros, las diferencias de olor o de tacto y los diferentes grados de luz y sombra”, le comento a Jean Marc que Manguel es tan cálido que a veces olvidamos su erudición. Y se me hace que poco a poco se puede intuir que esta manera de ordenar la más extensa de las bibliotecas de Jean Marc dará cuenta de su manera de leer y relacionarse con los libros como objeto y como guardianes de saber. Me dice, me ha parecido que puedo plantearme hacer un ejercicio de memoria continuo, y un poco jugué con la noción del punctum de Barthes en La Cámara lúcida –otro libro blanco–, y es que una instancia es el libro y otra la biblioteca en un contexto, no quiero que esto parezca una librería, no quiero que se desborden, quiero mantener, aun cuando se trata de un objeto que en su complexión es pesado, una disposición de libertad. Y quizás, pienso, sí funciona la idea barthesiana, cuando veo que en cada sección hay libros que surgen como un pinchazo, como una pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad, en las propias palabras del filósofo francés.

Esa disposición de libertad es la que confirma la manera en la que Jean Marc se relaciona con los libros, esa es su manera de leer, y en ese sentido, el orden por colores responde a ese impulso de libre asociación, y creación de vínculos del psicoanalista y satisface la intención decorativa y funcional del diseñador. Y tendrá que echar mano de la memoria para poder recorrer su biblioteca, y el referente del color será un recurso mnemotécnico efectivo, pero también será una manera de cargar significativamente las nuevas relaciones que surgen entre los ejemplares y de caer en cuenta que quizás, esos colores también tengan algo que decir sobre los contenidos. Esta disposición me obliga a reconocer los textos, a volver a ubicarlos, y me exige físicamente a agacharme, me comenta mientras me dice que está diseñando un pequeño mueble con ruedas en el que pueda desplazarse una vez sentado a lo largo de las secciones, y en el que incluso pueda recostarse a leer.

Mientras conversamos me va mostrando títulos con la rapidez de quien lo que ha hecho al disponer de esta forma su biblioteca, es exteriorizar una noción hipertextual en una realidad textual. Será la memoria la que hará de vehículo, pero no importa, Jean Marc sabe que de todas maneras las respuestas del olvido están en su biblioteca, el orden por colores les da un espacio común a los libros, no importa de dónde los tomas, los blancos irán en su sección sin un orden estricto dentro de ella, me comenta con voz calma y emocionado por lo que está construyendo. Le digo que puede parecer en principio una frivolidad esta disposición, y me dice que muchos conocidos vinculados al mundo del libro muestran una mueca cuando les digo que estoy organizando mi biblioteca por colores, porque piensan que es algo sumamente frívolo, y a mí me parece que no hay nada menos frívolo que un espacio que verdaderamente te acoja y te dé una sensación de que coincides en él; continúa, ¿por qué la biblioteca tiene que tener un estatuto distinto al que puede tener un sillón, o al que puede tener una pared, o una obra de arte? Si es que para mí esto es una obra de arte propia, puedo tener una pieza y es esta, juego con el color, y mi biblioteca entonces también es una instalación.

Los colores de los libros

Las máscaras de Dios, de Joseph Campbell, en los cuatro tomos de Alianza, se encuentra junto a Los mitos de los héroes, de Luciano de Crescenzo, en Seix Barral, seguido de A Psique do Corpo, de Denise Gimenez Ramos, en la editorial portuguesa Summus, porque Jean Marc lee también en portugués, Recuerdos, sueños, pensamientos, el ejercicio autobiográfico de Carl Gustav Jung, en Seix Barral, De lenguaje y literatura, de Michel Foucault, en Paidós, Hooper, un hermoso libro de notas sobre la pintura del artista norteamericano, del poeta canadiense Mark Strand, en Lumen, Más allá de la interpretación, de Gianni Vattimo, en Paidós. De Vattimo me comenta Jean Marc que la noción de pensamiento débil le parece importante, pero que las reivindicaciones hacia la izquierda latinoamericana le son sospechosas, con cierta insidia me comenta, me encantaría que viviese aquí unos seis meses para que se dejara de tantas pendejadas. Y esta es solo la sección blanca, en donde puedo ver a André Comte-Sponville, Ken Wilber, Erwin Panofsky, Octavio Paz, Elemire Zolla, Ana Teresa Torres, Wladimir Granoff, Jhon Kerr, Colette Soler, Carlos Silva, Gastón Bachelard. Y muchos, muchos otros, vinculados ahora por la arbitrariedad del color. Me comenta Jean Marc, ¿y cuál orden no es arbitrario?

Le sigue la sección azul, con La tentación de existir, de Ciorán, en Punto de Lectura, Poesías reunidas, de T.S. Elliot, Otras Meninas, de Jonathan Brown, en Siruela, y veo a Diderot y D'Alambert en Orbis, Michael Maier, James Hillan, las Memorias de un enfermo de nervios, de Daniel Paul Schreber, del que Canetti escribió un ensayo en dos partes en Masa y poder en el que da cuenta de la paranoia del poder en la figura del presidente Schreber. Las bibliotecas procuran el milagro de llevar al lector de un libro a otro, en una continuidad infinita. Luego la sección verde, donde veo juntos a Jean-François Lyotard y a Jorge Luis Borges, seguido de Gilles Deleuze, a Platón junto a Elizabeth Kübler-Ross, a Bernstein junto a Amos Oz, El mal radical seguido de Una historia de amor y oscuridad. La sección morada, en donde hay varios libros de Taschen sobre arte y diseño,  Dios es mujer de Rafael Ernesto López, en Monte Ávila, La imagen y el ojo de Gombrich, la sección roja donde Baudrillard, Cortázar y Perec comparten espacio con Aby Warburg y La curación infinita en Adriana Hidalgo, en donde Ludwig Binswanger entre notas diarias del tratamiento que le dio a Warburg y las propias notas del paciente, llegan a la noción de sanación continua, como la biblioteca de Jean Marc. Y es que hay algo de Warburg en estos muebles, hay algo del movimiento del espíritu en la disposición de los títulos que hacen que esta biblioteca sea lo que tenga que ser solo cuando un visitante se acerca a ella, solo cuando su propietario la recorre. Es una biblioteca de colores en gerundio.

Seguirá una sección geométrica (lomos dispuestos por figuras geométricas), la amarilla, la impresionista (lomos de colores y combinaciones distintas), la sección marrón, la crema, los grises, y la negra. Dispuestos en todas las paredes de la sala convirtiendo esta biblioteca en una instalación con carácter estético, en su forma, disposición y contenido. No sin emoción, Jean Marc me dice, esta fue una biblioteca muy atesorada en mi imaginación, tardé años en verdaderamente abrir el espacio para hacerlo, vengo de un apartamento de 86 metros a este que debe tener unos 450 metros. “La biblioteca que se arma es una vida. Nunca, digamos, una suma de libros sueltos”. De nuevo, La casa de papel.