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Fisgón de bibliotecas: La biblioteca de Jean Marc Tauszik (II/II)

Jean Marc Tauszik y Harrys Salswach / Foto: Isabel Hernández

Jean Marc Tauszik y Harrys Salswach / Foto: Isabel Hernández

Harrys Salswach continúa su paso por una biblioteca ordenada según colores. Para su dueño, el psicoanalista Jean Marc Tauszik, la patria es la suma de los afectos y los libros

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Los colores de la lectura

“Usted los acumula en los estantes y parecen una suma, pero, si me permite, se trata de una ilusión. Seguimos ciertos temas y, al cabo de un tiempo, uno termina por definir mundos; por dibujar, si prefiere, el recorrido de un viaje, con la ventaja de que conservamos sus huellas.” Estas son otras líneas de La casa de papel que condensan la experiencia de conversar sobre la biblioteca más convencional del psicoanalista. Jean Marc me comenta que en el estudio está ordenando otra biblioteca bajo la tiranía del autor, así que la disposición es más tradicional porque ahí pretende dedicarse a trabajar, a escribir, a sus pacientes. El estudio se encuentra en uno de los cuartos de un largo pasillo que conduce a las habitaciones. Antes de entrar me dice, en esta pared voy a levantar una biblioteca de unos cuantos metros de largo y otros tantos de altura (unos 4 metros por 2 metros), irá del piso hasta el techo, serán unos cuantos metros de muebles, y la tengo pensada para los años que me queden de vida, para ir llenándola de libros. Y le digo que serán bastantes porque apenas comienza su cuarta década. La biblioteca pensada a futuro y no solo como biografía hecha, sino por hacer. Es una manera de narrarse la vida desde los libros, y hacer de la casa una memorabilia en la que pasado, presente y futuro confluyen en los muebles de las bibliotecas, y sus habitantes.

El estudio tiene dos muebles que se elevan hasta el techo. Un ventanal por igual de alto desde el que se ve la montaña muy cercana del otro lado de la casa, una hermosa lámpara de pie, aire acondicionado y un par de muebles donde la mirada del diseñador estuvo atenta. En esta biblioteca del estudio están mis autores, mi día a día, el lugar de escritura y lectura: Enmanuel Lévinas y la construcción de la alteridad, la herencia de Buber en Levinas bajo esa noción de hacer existir al otro que es para mí su aporte fundamental, me dice como guiándome por una galería: acá está Bataille, todo Paul Ricouer, las obras completas de Walter Benjamin en la exquisita Abada Editores, el bello el Libro de los pasajes en Akal, Hans-Georg Gadamer en las elegantes ediciones de Sígueme, Eugenio Trías, Sigmund Freud, Carl Gustav Jung, y algo de George Steiner que pronto vendrá completo para esta biblioteca, aún quedan muchas cajas por abrir, me dice. Sobre esto me comenta su novia, que ha sido una experiencia inolvidable, porque cuando llego a su vida fue especial ayudarlo a embalar los libros, porque Jean no es una persona que tiene libros solo por tenerlos, yo pude conocerlo en varias etapas de su vida porque cada libro que embalábamos era una historia que me contaba, fue un viaje para mí, desde su infancia, hasta el hombre que ha recorrido el mundo.

¿Cuándo descubres que tienes un asunto con los libros?, le pregunto, mira, ser hijo único implica hacer un uso del tiempo y de la diversión muy particular, mi padre fue un gran lector, y siempre para mí verlo leer fue algo que por identificación yo también hacía, y recuerdo de niño que portarme mal era “no vamos a comprarte un libro”, y yo quería uno para ir a Puerto Azul, en la playa y poder leer ese fin de semana; empecé con los cómics, con los libros infantiles, luego los manuales de arqueología, geografía, luego los bestsellers, recuerdo haber leído a los doce o trece años La tercera ola de Alvin Toffler, no entendía nada pero me parecía fascinante. Sé que desde niño ha sido muy cercano a las artes marciales y le comento acerca de cómo conjugar las tres disciplinas a las que le ha dedicado la vida y su relación con los libros, me comenta con toda naturalidad, como si hubiese estado esperando mis palabras, supe que la búsqueda es dentro de uno, la lucha es con uno mismo, el combate es con uno mismo, de allí al zen fue un paso y del zen a la psicoterapia fue otro, mi más grande influencia en el psicoanálisis es Bruce Lee y no Freud, porque a partir de ahí comienzo a interesarme por el alma, por elcrecimiento, las posibilidades que se dan a partir de ahí son infinitas; y sigo conservando mi manera de ver las cosas a partir del diseño, es un modo de observación, y de ahí mis lecturas de estéticas para intentar vincularlas al hecho psicoanalítico, la representación y la imagen.

En este otro mueble algo que me apasiona, me dice con entusiasmo, los diccionarios de autor, un género fascinante, Fragmentos de un discurso amoroso, de Barthes, el Diccionario filosófico de André Comte-Sponville, En esto creo de Carlos Fuentes, Fundamentos del psicoanálisis de Alain de Mijolla y Sophie de Mijolla-Mellor en editorial Síntesis, Iconologías, de Maffesoli, el Diccionario del pensamiento alternativo en editorial Biblios, que incluye una entrada al Socialismo del siglo XXI que nadie ha podido definir, y una edición como Las palabras no son neutras de Rigoberto Lanz en Monte Ávila Editores, y es entonces cuando le comento sobre la impronta intelectual de varios de estos pensadores que influyeron de una u otra manera en el devenir de nuestra realidad, me comenta acerca de algunas ideas de Mafessoli sobre lo orgiástico como generador de nuevas estructuras, lo que pasa es que en nuestro caso venezolano solo nos quedamos en esa orgía sin resultados, como chapoteando en el fango le comento, embarrándonos.

El gran narrador de este país es el Estado, en ese sentido las bibliotecas personales son la resistencia ante ese mononarrador, en la pluralidad de sus voces y miradas, en la multiplicidad de mundos que contienen, en la amplitud de pensamiento, en la potenciación de la vida, en los colores de las lecturas, ante la reducción a un narrador monotemático, monocromático y omnipresente, que corre en fango mientras llena de barro a todos a su alrededor, los libros quizá puedan evitar el desamparo.

Los colores de la tristeza y la alegría

La respuesta que encuentro cuando le pregunto por el futuro de su biblioteca cuando él ya no esté, es de un desconsuelo que me sacude, porque es la misma respuesta que consigo cuando pregunto por la posibilidad de hacerse de una biblioteca personal a partir de ahora, en nuestras circunstancias de precariedad cuando las prioridades se acercan tanto a las necesidades de supervivencia, mira, me dice Jean Marc, yo tengo libros que fueron de otras bibliotecas... quizás me sienta un guardián, quizás alguien más guarde los míos... pensar que mis libros puedan acabar en cajas, olvidados, vendidos...y se hace un silencio, y luego de un suspiro breve, me dice, cuando pienso en eso me encuentro con una pared. Pero inmediatamente, volvemos a conversar sobre la alegría de volver a tener sus libros fuera de las cajas por la mudanza, me deprimí por mucho tiempo, hace ya como un año me tuve que operar, y justo un día después de darme de alta, comencé a embalar mis libros para venirme a esta, mi nueva casa, y pagué la novatada de hacerlo en cajas grandes, y cuando tuve que moverlas me dije “yo no puedo irme de este país” “no puedo poner mis libros en un barco”, fue repentino lo que me dije a mí mismo. Estuve un año prácticamente con mis libros embalados, fue cuando me deprimí. Su novia me dice que desde el momento en que comenzó a abrir las cajas y los libros comenzaron a salir, el humor de Jean cambió, regresó la alegría.

Esta es una biblioteca construida cuando las librerías en Venezuela eran referentes en Latinoamérica, luego se ha ido construyendo en los viajes, Bogotá, Buenos Aires, Ciudad de México. Es entonces cuando me pregunto y le pregunto de nuevo por las posibilidades de conformar en nuestras circunstancias una biblioteca personal, y me dice, todo atenta contra la construcción de una biblioteca personal, mira, yo no me he ido de Venezuela por mis libros, esa es la realidad, mientras mi gente cercana se va y yo despido por lo menos dos pacientes al mes que se van a vivir afuera, yo siento que no sé qué hacer con mis libros, eso me ha atado. La patria son los afectos y los libros, y los afectos se me han ido yendo, los libros quedan, a veces bromeo sobre lo que nos sucede y pienso que cuando no haya cemento, y no consiga ladrillos, pues me digo que construiré mi casa con mis libros. “Y arriba del cemento, comprenderá que decirlo me produzca una sensación de horror, le pidió que convirtiera sus libros en ladrillos (...) Podría decir, sin embargo: ‘siguen siendo mis amigos. Me dan abrigo. Sombra en el verano. Me protegen de los vientos. Los libros son mi casa.” Jean Marc debería leer La casa de papel.