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Fernando Paz Castillo: Nuestro poeta metafísico

Fernando Paz Castillo | Foto Archivo El Nacional

Fernando Paz Castillo | Foto Archivo El Nacional

Se pregunta la revista Imagen –que en este caso es lo mismo que decir Luis Alberto Crespo– cuántas veces, cuando la luz de comienzos y de finales de tiempo nos llega a la altura del pálpito, leemos a Paz Castillo, siempre por primera vez. Jesús Sanoja Hernández propone otra primera vez, y Rafael Arráiz Lucca accede gustoso para entregarnos a un Paz Castillo transeúnte del paisaje venezolano, tomado de la mano de Manuel Cabré

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Fernando Paz Castillo era caraqueño y esto, aunque parezca baladí, es importante para comprender su obra. Ve la luz del mundo el 11 de abril de 1893 en el valle que preside el Guaraira Repano. Sospecha desde niño que aquel cerro será una suerte de ángel tutelar a lo largo de su dilitadísima vida, por más que durante algunos períodos respire lejos del monte, llevado a otras metrópolis por el azar del diplomático.

Gracias a su vida caraqueña, estudia en un colegio de raigambre francesa, donde se combinan la educación religiosa y la lengua de Voltaire. Allí traba amistad con sus futuros compañeros de camada poética: Enrique Planchart y Luis Enrique Mármol, con quienes el fuego de la amistad irá creciendo bajo la llama de la vela del poema.

El poeta y el Círculo

Pero antes del acontecimiento capital de su período de formación, Paz Castillo frecuenta, como todos sus compañeros de generación El círculo de Bellas Artes. Ya Manuel Cabré, los hermanos Monsanto y el díscolo Reverón batallaban con la paleta, ya el legendario Círculo había roto con el academicismo de Don Antonio Herrera Toro, director de la Academia de entonces, ya habían tomado sus colores y se habían ido al aire libre a pintar paisajes. De aquella etapa de relación estrecha entre pintores y escritores formó parte el joven Paz Castillo, incluso no falta quien sugiera que la paternidad del nombre del Círculo es haber del poeta, y no de alguno de los pintores.

Alrededor del Círculo dan vueltas los integrantes del grupo Alborada: Gallegos, Soublette, Rosales y el enorme poeta Salustio González Rincones, cuando está en Venezuela. Pero también giran en torno de los pintores, los integrantes de la Generación poética de 1918. Acaso la más significativa de cuantas generaciones poéticas ha habido en el siglo XX venezolano.

De ella es protagonista Paz Castillo, junto a sus compañeros de escuela primaria ya citados y Jacinto Fombona Pachano, Andrés Eloy Blanco, Rodolfo Moleiro y el incómodo José Antonio Ramos Sucre. La cifra de 1918, como sabemos, viene dada por el año en que estos jóvenes ofrecen recitales públicos y además se publica un poemario de Enrique Planchart. Pero a Paz Castillo no lo desvela la magia de la publicación. Su primer poemario, La voz de los cuatro vientos, fue editado en 1931, cuando ya el año 1918 era un recuerdo, y los integrantes de su promoción se desperdigaban por la geografía nacional y extranjera. Treinta y ocho años contaba el poeta cuando se atreve a dar a la luz pública sus versos, aunque muchos de los poemas integrantes de este libro habían sido leídos en publicaciones periódicas y revistas.

Al año siguiente se va a España, siendo este el primer destino exterior de su periplo, pero aún el diplomático no inicia sus funciones. Fue con el gobierno del General López Contreras que Paz Castillo es enviado como Cónsul a Barcelona, para luego pasar como secretario de Legación a París, y después a la Argentina y luego a Brasil. Entre el 36 y el 38, cuatro países lo reciben con sus maletas, para fatigar la rutina del funcionario diplomático. Después Londres, México, Bélgica, Ecuador, Canadá hasta que a partir de 1959 es jubilado y se asienta su destino en la ciudad que le vio nacer.

La puerta que es El muro

En su largo y fatigante itinerario diplomático no dejó de escribir y publicar, pero lo mejor de su obra no surge en aquellos años. Quizás la minucia del oficio lo distrae de los poemas de largo aliento que se esperan de él, quizás la atención esmerada hacia la familia lo alejan del poema. A partir de la vuelta a la patria el poeta se ocupa seriamente de su obra: no sólo recoge y organiza su cuantiosa producción hemerográfica sino que la salva del olvido albergándola en libros. Sus valiosísimas reflexiones sobre la obra plástica, sobre la hechura del poema, sobre las figuras de nuestra historia republicana van salvándose del océano hemerográfico. El entusiasmo se apodera de aquel hombre que parece vivir como si hubiera recobrado la libertad, y es entonces cuando la vena del poeta alcanza su momento cúspide. Lo que se había venido gestando desde su segundo poemario, Signo (1937) y que había encontrado cauce casi definitivo en Enigma Del Cuerpo y El Espíritu (1956), termina por precipitarse magníficamente en El Muro (1964).

Este texto, al que juzgo de los mejores de la poesía venezolana, es el más acabado, el más profundo de la obra de Paz Castillo. No desdeño los posteriores, pero de ninguna manera se explican sin la puerta que el poeta abrió con El muro. De su etapa posterior brilla particularmente un poema estremecedor: "Misterio", incluido en el poemario Pautas (1973), y también resuenan con hondura los textos que componen Persistencias (1975), poemario donde la limpieza de los versos llega a su expresión más pura. Pero El muro es el sol del sistema planetario del poeta. Curiosamente fue escrito y publicado cuando el caraqueño rondaba los setenta años y ya era considerado un poeta de obra excelsa.

Todo fue lento en Paz Castillo: no solo el inicio de su vida literaria, al publicar por primera vez al borde de ser un cuarentón, sino la gloria de su mayor poema le llega a los setenta. Su vida, vista a la distancia, parece haber sido estructurada desde la premonición de su dilatación.

Entre luz y penumbra

En El muro se dan cita los fantasmas del poeta. La muerte llega puntual y siembra su bandera de interrogantes. La angustia de la incertidumbre también clava su banderilla: qué pasará con nosotros una vez traspasado el muro, el muro de la muerte; qué hay del lado allá de la vida. Un pájaro, esta vez un zamuro (¿acaso el mismo cuervo de Poe?) pasa de un lado a otro sin dificultad. Nosotros, los que no estamos hechos para el vuelo, permanecemos ante la línea divisoria, dándole forma con las manos a la arcilla de nuestras preguntas. Pero el muro, más que la flecha de una certeza, es la figura que inquiere, la que hace del lado de acá una sola interrogante. En el poema es citada esa otra columna de la obra de Paz Castillo: Dios, el sentido sagrado de la existencia y, junto a él, la tarde, el momento del día predilecto del poeta, la zona ambigua entre la luz y la penumbra. Como vemos, en El muro no sólo logra expresar su filosofía de vida sino que reúne a todos sus fantasmas, a todas las piezas del laberinto de su obra.

Quiero pensar y nada me impide conjeturar esta especie, que el muro del poema es el Ávila, el cerro tutelar de la infancia y la juventud del poeta. Los caraqueños que amamos el monte y, especialmente, la silueta que se dibuja con la luz del atardecer, se nos antoja el cerro como una línea divisoria, como un muro que nos preserva del mundo, como una pared capaz de construir nuestra comarca urbana, como una mole que nos separa del mar y, al hacerlo, hace del mar la escena única del horizonte. No sabemos si hemos aprendido a ver el cerro como nos enseñó a hacerlo El muro de Paz Castillo o si, en cambio, al leer el poema nos viene a la memoria el cerro de la ciudad. No importa qué ocurrió primero: lo sustancial es que entre la creación de la naturaleza y la del poeta, el matrimonio se aviene indisoluble.

Hay vidas que ofrecen similitudes extraordinarias: Cabré, noventa años, devoto del cerro; Paz Castillo, ochenta y ocho, demiurgo de las posibilidades metafísicas del monte. Ambos hijos de un momento glorioso del diálogo: El Círculo de Bellas Artes y La generación del 18.

Un poeta es un lector

Innumerables veces aludió Borges al orgullo que sentía por los libros que había leído, más que por los que había escrito. Que yo sepa, nada parecido afirmó Paz Castillo, pero bien podría haberlo hecho, ya que fue un lector voraz. No sólo leía las palabras que le ofrecían los libros, sino que también comprendía la gramática de los pintores. Leer, aunque parezca mentira, no ha sido una costumbre extendida entre los escritores venezolanos. Aún es así. Venezuela es un país tan laxo para algunos derroteros, que es perfectamente posible ser académico de la lengua y leer un libro cada muerte de Papa o ser profesor de literatura, y, en el fondo, odiar la escritura y tener al “Mío Cid” como un poema contemporáneo y, sin embargo, ser considerado como un escritor o, también, como un poeta, palabra para la que la laxitud es total. Raro fue entonces, y también lo sigue siendo, el poeta venezolano que ama la lectura. La mayoría afirma, con ingenua desfachatez, que les gusta más escribir que leer. Por el contrario, la obra de Paz Castillo es la obra de un lector.

Desde la confesión donde se manifiesta devoto El Quijote, leído varias veces a lo largo de su dilatada vida, hasta la poesía de Antonio Machado, el universo de lecturas castellanas del poeta caraqueño incluye a Darío, Manrique, Unamuno y, muy especialmente, Santo Tomás de Aquino. En la lengua de Shakespeare, bebió en las páginas de Whitman, Wordsworth y Keats. Se detuvo en Verlaine, Mallarmé, Apollinaire, Breton, Eluard, manifestando particular interés por la poesía francesa. No le fue ajena la obra de Nietzche ni la del praguens Rainer María Rilke. Fue, también, atento lector de sus compañeros de generación. Pudo llevar vida de escritor, por más que el trajín de la oficina le robara las horas. Sus lecturas estuvieron guiadas por el placer, por una parte y por el temblor de la búsqueda, por la otra. Su poesía está signada por la ansiedad del hallazgo: desde la perplejidad, el poeta elevaba una oración hacia las alturas esperando respuesta. Estaba tocado por el fervor de los despiertos.

 

La búsqueda de Dios

Por Jesús Sanoja Hernández

Pasados los tiempos de Pérez Bonalde y de los no valorados Juan Arcia y Sánchez Pesquera (salvo advertencia de Balza en el primer caso y de Picón Salas en el segundo), el modernismo sonó sus músicas, particularmente en los poemarios hasta hace poco inéditos de Salustio González Rincones, filiado en Lugones y Herrera y Reissig más que en Darío, y en el Blanco-Fombona de Pequeña ópera lírica, para hacerse sensual y a veces retumbante en Arreaza Calatrava y atemperado en Arvelo Larriva.

Cuando muy joven Paz Castillo adhirió al Círculo de Bellas Artes, dos poetas se disputaban la popularidad, Andrés Mata y Carlos Borges, este recién salido de la cárcel y en trance de dar un vuelco en su vida y en sus versos. El Círculo, con predominio de los pintores, significó una renovación recogida poéticamente seis años más tarde por la "generación del 18", a la cual perteneció Paz Castillo. Acerca de uno y otro movimiento meditó y escribió intensamente el autor de La voz de los cuatro vientos, y quien lea su poesía y sus Reflexiones de atardecer encontrará que en los "del 18" la unidad cronológica no es tal como cosmovisión y como factura escritural.

Para comenzar, Ramos Sucre y Andrés Eloy Blanco fueron antípodas en versificación y concepción del mundo. En Andrés Eloy el modernismo todavía aleteaba cuando escribió el Canto a España, mientras en Ramos Sucre no se veía por ningún lado. Blanco se fue a lo popular y Ramos Sucre a los confines del secreto, acompañado de libros raros y reconstrucción de edades perdidas. Luego, poetas como Fombona Pachano trabajaron en un terreno medio, con excelente maestría, e igualmente Luis Enrique Mármol, en tanto Moleiro, Planchart y Paz Castillo forman trinidad muy diferente, identificada en el lenguaje limpio, con palabra flotante, sin abusos métricos y referencias históricas.

Su primera obra editada, La voz de los cuatro vientos, llegó tardíamente, a los 38 años, como lo apunta Sambrano Urdaneta en su prólogo a la obra poética de Paz Castillo. Aquel 1931 resultó importantísimo para la narrativa venezolana (Cubagua y Las lanzas coloradas) y bastante decisivo para la definición de la vanguardia (Poemas sonámbulos, de Rojas Guardia, y perfil claro de la "generación de Elite") en el terreno de la poesía. Dos años más tarde, Uslar, en Elite, al rescatar la importancia de Rimbaud, lo situaba como el primer poeta moderno, “la fuente escrita de la poesía actual”, y en 1934, Carlos Eduardo Frías, en la misma revista, trazaba la silueta de Paz Castillo, una más de las tantas firmadas con el seudónimo de Luis Carlos Fajardo. Magnífico retrato de Paz Castillo, quien ya había pasado por España, trayendo en el morral cargamento de modernidad.

Antes de La voz de los cuatro vientos , Francisco Paz Castillo dio a conocer poemas dispersos, incluso algunos de ese libro que aguardaba ocasión editorial, por ejemplo los tres incluidos en Cultura venezolana en 1927, uno de ellos "Un día", antevisión del destino de los que "un día" se esfumarían como núcleo generacional: "Un día ya no seremos todos.../ Entonces/ sólo quedaremos un grupo, casi de almas,/ que el acaso juntó, después de laarga ausencia,/ una tarde apacible en una plaza".

En 1937 dio a conocer su segundo poemario, Signo, donde además de la evocación del Tajo, aparecen textos de inquietud metafísica, con un Dios intuido y preguntado a cada rato. Las visiones españolas reaparecen, en 1945, en los siete poemas de Entre sombras y luces, con intermediaciones de Unamuno y Machado. Tras prolongado silencio, la edición de Voces perdidas, 1966, equivalió a un interludio para retornar en 1971 a la angustia metafísica, la relación entre el cuerpo y el espíritu, el tiempo como una fluencia entre vida y muerte, con "el muro" y "la sombra de Dios indiferentes". Luego vinieron Pautas, 1973, con versos de poetas de su devoción como apoyatura, y por último Persistencias, 1975, y Encuentros, 1980. Persistencias, poesía reflexiva dispuesta en forma de prosa, podría resumir su concepto de la creación poética, acto reflexivo más que de inspiración, mediante el cual se traspasa el muro y se va, como una flecha, hacia los terrenos de Dios.

 

*Publicado el 7 de junio de 1998