• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Fermín Toro, una liberal doctrina conservadora

Fermín Toro | Foto: Cortesía

Fermín Toro | Foto: Cortesía

En La Doctrina Conservadora Fermín Toro se manifiesta como un pensador fiel a sus propias convicciones y un político que busca lo mejor para su país, aunque esto signifique ir en contra de los intereses de su propio partido, el Conservador. Su presencia fue fundamental para la reconstrucción del país devastado por la guerra, de tiempos difíciles en los que se presagiaban conflictos armados entre los defensores del Centralismo y los que proponían el Federalismo como nueva forma de gobierno. Fermín Toro buscó la paz en todo momento y abogó por la justicia

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Comenzar algo nuevo nunca ha sido fácil para el ser humano, especialmente si ese “algo” es una nueva nación. Los comienzos de Venezuela como república requirieron grandes esfuerzos de personas que habían sobrevivido a los horrores de una guerra independentista, sin embargo, muchos se entregaron con gran entusiasmo en la construcción de nuestro país. Aparecieron figuras de gran talla como José María Vargas, Rafael María Baralt o Cecilio Acosta, que se prepararon en diversos campos del saber para servir mejor a la Patria. Entre ellos, la figura de Fermín Toro se destacó por ser un hombre de acción, fiel a sus principios éticos, que buscó sentar las bases ideológicas de la Venezuela que comenzaba a transitar por la vida republicana; joven país, amenazado por el intervencionismo de potencias europeas “civilizadas”, por la codicia desmedida de algunos héroes de la Independencia que pretendían gobernar a su antojo y por la pugna entre dos grupos políticos opuestos (Conservadores y Liberales) que carecían de una verdadera base ideológica que los diferenciara, pugna que comenzó en los periódicos de la época y terminó en los campos de batalla de la Guerra Federal. Ante todo esto, Fermín Toro fue una figura conciliadora, que buscó la justicia, el orden y la paz entre sus coterráneos a través de sus escritos y de sus intervenciones orales.

Si bien tiene su puesto en la Literatura nacional por ser autor de la primera novela venezolana (Los Mártires), de cuentos (La Sibila de los Andes, La Viuda de Corinto, entre otros), de artículos costumbristas (Costumbres de Barullópolis) y de algunos poemas acartonados, la fama de Fermín Toro como hombre de letras se la debe a sus ensayos políticos, a sus artículos periodísticos y a sus intervenciones como orador en el Congreso.

Todos ellos fueron recopilados en un libro que se tituló La Doctrina Conservadora. Dicha publicación forma parte de una colección que recoge el pensamiento político venezolano del siglo XIX, publicada en 1960 por la Presidencia de la República. En estos escritos, Fermín Toro se manifiesta como el pensador fiel a sus propias convicciones, el político que busca lo mejor para su país, aunque esto signifique ir en contra de los intereses de su propio partido, el Conservador.

La Doctrina Conservadora está estructurada en cuatro partes, de acuerdo a las facetas de nuestro pensador: “El Sociólogo”, “El Parlamentario”, “Temas de Historia y de Cultura”, “Del Epistolario”. De estas cuatro, las dos primeras son las de mayor valor político, ético y social, ya que allí se demuestra la calidad de ser humano que fue Fermín Toro; el hombre público que Venezuela busca y necesita desesperadamente.

“El Sociólogo” contiene artículos y ensayos donde Toro realiza un profundo análisis crítico de la sociedad de su época. De todos ellos hay que mencionar dos ya que dejaron una huella en su tiempo y por la trascendencia que actualmente tienen. El Primero es Europa y América, una serie de diez artículos publicados en El Correo de Caracas entre marzo y julio de 1839. En ellos se critica duramente el intervencionismo de potencias europeas como Inglaterra y Francia sobre las jóvenes naciones hispanoamericanas que intentaban buscar la forma más adecuada para gobernarse. Al igual que las actuales potencias mundiales, estos países europeos justificaban su papel interventor en la idea de ser ellos los más civilizados. Y tal como lo hacemos actualmente con las “Superpotencias”, Toro cuestiona si Europa: (...) “¿ha llegado a aquel alto grado de civilización, el más propicio a la humanidad?”.

El otro ensayo imprescindible es “Reflexiones sobre la Ley del 10 de Abril de 1834”, publicado por vez primera en 1845. En él, se analiza con detalle las consecuencias negativas que trajo el permitir la usura dentro de la economía nacional. Dicha ley fue aprobada por los conservadores, cuando el mismo Toro era presidente de la Cámara Baja del Congreso. Sin embargo, al ver en el tiempo las consecuencias que esta trajo, Fermín Toro no tiene miedo de retractarse ni de ir en contra de los intereses de su propio grupo político: “Así es la usura; es un mal permitido por la ley, un mal que tiene sus defensores, pero, al fin, es un mal y es preciso desarraigarlo porque sus frutos no pueden ser sino amargos”.

“El Parlamentario” es la parte del libro que incluye las intervenciones de Toro en el Congreso. Indudablemente, la más conocida fue la que él hizo el 25 de septiembre de 1858 ante la Convención de Valencia, cuando se discutía la forma más apropiada de gobierno para Venezuela. Eran tiempos difíciles en los que se presagiaban conflictos armados entre los defensores del Centralismo y los que proponían el Federalismo como nueva forma de gobierno. Ante esta polémica, Toro propone: “Apartado, señor, a un lado del poder central como expuesto y tentador, y el federalismo como irrealizable por ser demasiado complejo para nuestra situación actual, queda un término medio, la descentralización administrativa y el ensanche del poder municipal”. Después de más de un siglo de polémicas, luchas y ensayos políticos, este es el sistema de gobierno que actualmente se aplica en nuestro país. Además, en esta intervención se hace un brillante análisis de la idiosincrasia venezolana a través de un ejemplo donde se explica el funcionamiento de una pequeña comunidad rural. Lo asombroso de este análisis radica en que muchas de las características que se dicen sobre los hombres de esa época todavía siguen vigentes en la actualidad: la corrupción revolotea alrededor de los jueces, las fiestas patronales como pretexto para no trabajar, el poco número de familias formalizadas, entre otros aspectos.

Comenzar la aventura de construir un país no es fácil. Se requiere de hombres que tengan una gran fuerza moral; valentía para enfrentarse a los intereses de diversos sectores políticos y sociales, integridad para vivir siempre de acuerdo a sus principios. Fermín Toro fue uno de ellos. Fue un hombre que nunca se acobardó de vivir como pensaba: “Decidle al Presidente Monagas que mi cadáver lo llevarán pero que Fermín Toro no se prostituye”. Cuando murió, Juan Vicente González se refirió a él como: (...) “¡el último venezolano, el fruto que crearon la aplicación y el talento, y que sazonó la paz en los envidiados días, que para siempre huyeron de la gloria nacional!”.

Toro, el autodidacta

Fermín Toro nació en Caracas el 14 de julio de 1806 y murió en dicha ciudad el 23 de diciembre de 1865. A los 21 años era funcionario de Aduanas; a los 26, diputado al Congreso destacándose como orador. En 1848 renunció al mismo por no estar de acuerdo con la actuación de José Tadeo Monagas. Retoma esa actividad en 1858 y ejerce funciones de Ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores. Era un diplomático hábil; fue Secretario de nuestra legación en Londres, Ministro Plenopotenciario en Bogotá; encabezó dos delicadas misiones en Madrid (1845 y 1861), las cuales fueron exitosas. Además, fue docente y hombre de Letras; se destacó como ensayista.

Por causa de la Independencia, Fermín Toro no tuvo una educación sistematizada; eso no impidió que él adquiriera muchos conocimientos. Inició sus estudios en El Valle, siendo su maestro el padre Benito Chacín. Ya en Caracas, estudió por cuenta propia; para ello usó la biblioteca de su primo, el Marqués del Toro. Posteriormente, aprovechó su estada en Londres (1839-41) para estudiar Química, Geología, Mineralogía y Griego. También perfeccionó su Inglés y Francés. Además, sabía sobre Filosofía, Derecho, Literatura, Matemáticas, Ciencias Sociales, Física e Historia. Y en épocas que estuvo alejado de la vida pública, se dedicó a la Botánica.

Venezuela y el siglo XX

Cuando Fermín Toro comenzó a participar en la vida pública, Venezuela entraba definitivamente en su etapa republicana; era una nueva nación agropecuaria, independiente del dominio español y buscaba salir de la devastación producida por la guerra de Independencia. Durante esa época surgieron dos grupos que dominaron el panorama político del siglo XIX: Conservadores y Liberales. Así como los grandes partidos que dominan nuestra política actual, Liberales y Conservadores fueron maneras de definir a dos grupos opuestos, movidos por los intereses de sus líderes, y no a dos pensamientos ideológicos diferentes, tal como uno entendería.

Los Conservadores (oligarcas o godos) pertenecían a la clase terrateniente y comerciante del país. Apoyaron a Páez porque su política económica, muy liberal aún para nuestra época (un Estado que no intervenía en las transacciones comerciales privadas), los favorecía. Se opusieron a la participación del pueblo dentro de la política ya que lo consideraron ignorante, incapaz de gobernarse. Los Conservadores gobernaron entre 1831 y 1848, fecha en la que el general José Tadeo Monagas impuso un gobierno personalista.

Los Liberales también provenían de nuestras clases privilegiadas, pero estaban desencantados o disgustados con la actuación de Páez, especialmente en lo económico. Para horror de sus opositores, apoyaban al pueblo en su deseo de participar en la política venezolana. Al terminar la Guerra Federal (1863), los Liberales asumieron el mando del país.

 

Conservador, liberal y socialista

Por Jesús Sanoja Hernández

En 1960, con motivo del sesquicentenario de la Independencia, la Presidencia de la República ordenó la edición de 15 volúmenes donde se recogería, con irreprochable criterio selectivo, el pensamiento político del siglo XIX. Tras el proyecto, que años más tarde tendría continuación en los tomos acerca del pensamiento político del siglo XX, estaba Ramón J. Velásquez, que a más de historiador ha servido de promotor de la divulgación de innumerables materiales dispersos en archivos, tanto el hasta entonces casi intocado de Miraflores, como los particulares, ajenos o propios, pero siempre reveladores de historias secretas y documentos sorprendentes.

El primer volumen de aquella colección, que ahora escribo con mayúsculas (Pensamiento Político del Siglo XIX), correspondió a Fermín Toro, y era uno de los cuatro dedicados a la “doctrina conservadora”, que es la que oficialmente se asigna a tan extraordinario pensador, pese a no pocos desvíos liberales y a ciertas confesiones que lo ubicaban en campos tradicionalmente opuestos al de los godos.

Ese volumen I recoge textos tan famosos como “Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834”, artículos como “Cuestión de imprenta”, que abordaba tema ampliamente discutido en aquellos tiempos, o la decena de ellos que con el título “Europa América” dio a conocer en El Correo de Caracas, entre marzo y junio de 1839. Y, entre otros materiales más, incluyó las brillantes intervenciones en la Convención de Valencia de 1858 y los comentarios a obras de Baralt, y Juan Vicente González y Codazzi.

El cuestionamiento de Toro a la Ley de 1834 no hacía sino profundizar en él convicciones ya expresadas en la novela Los mártires, 1842, donde si bien la intriga sentimental y el ambiente exótico (Inglaterra, Irlanda) podrían ser tipicidades del romanticismo, los planteamientos sociales son realistas; y antes en la serie “Europa y América”, textos que mientras más leo, más me impresionan por su despliegue documental y su capacidad de denuncia, que en el caso de Inglaterra se acercan a los juicios de Engels, en el de Irlanda todavía tienen vigencia y en el de Francia, con la pena de muerte durante la Revolución, coinciden con la valoración de Camus en El hombre rebelde.

En los tiempos actuales, en gran parte marcados por los ajustes y desajustes de la descentralización, para algunos signo de que podría surgir un “nuevo federalismo”, y para otros evidencia de que el poder central tiene que ceder espacio a las regiones y municipios, las intervenciones de Toro en la Convención de 1858 incitan a la meditación, aunque de ellas nos separen 140 años: “Apartado, señor, a un lado el poder central como expuesto y tentador, y el federalismo como irrealizable por ser demasiado complejo para nuestra situación actual, queda un término medio, la descentralización administrativa y el ensanche del poder municipal”. Este es un punto que trataría a fondo, noventa años después, otro gran orador parlamentario, Andrés Eloy Blanco, el mismo que escribió la biografía de Vargas, “albacea de la angustia”, que Toro no pudo o no quiso escribir.

Si Los mártires (no incluida, desde luego, en el volumen I) ha sido revisada críticamente por Gustavo Luis Carrera y Oswaldo Larrazábal, la Convención de Valencia cuenta con el estudio de Eleonora Gabaldón, ensayos como “Europa-América” con los enfoques profundos de Miliani, y la obra y vida de Toro, con libros como los de Virgilio Tosta y Armas Chitty.

Singular pensamiento el de Toro: por un lado ubicado como conservador; por el otro como liberal; y por el que con el tiempo se hizo visible, como socialista impregnado de romanticismo.

 

*Publicado el 12 de abril de 1998