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Papel literario

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Una obsesión llamada Felipe de Hutten. “La luna de Fausto”, de Francisco Herrera Luque

Francisco Herrera Luque. Caracas, 1964 / Foto: Carlos Balda / Archivo El Nacional

Francisco Herrera Luque. Caracas, 1964 / Foto: Carlos Balda / Archivo El Nacional

Psiquiatra y acucioso investigador de la historia en Venezuela, Francisco Herrera Luque fue creador de un género que no definía límites entre la realidad y la ficción: la historia fabulada. Sus numerosos libros lo revelaron como un autor casi comercial, pero con la publicación de “La Luna de Fausto” −novela que le llevo 30 años de investigación y en la que se propuso confirmar la existencia del personaje goethiano− quedó inscrito en nuestra literatura

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Suele existir una imagen que ha revelarle al escritor el inicio de su trama o que aporte la clave que sirve de catalizador de toda la historia. Francisco Herrera Luque se topó con esta imagen sin buscarla, cuando conversaba a solas con Carmen Brumel sobre cómo lucirían un caballero francón (o del Franken), ya que en ese momento el autor adelantaba una investigación para una novela que versaría sobre Felipe de Hutten, quien dirigió la primera expedición de los Welser a Venezuela.

Carmen Brumel fue precisa en su descripción: ojos azules acerados, cabello rojizo, tez pálida. “Justo como el autorretrato de Alberto Durero”, advirtió Brumel y alcanzó un viejo libro de arte que abrió en la página referida al dibujante alemán. La imagen fue reveladora para Francisco Herrera Luque. Allí estaba Durero como un Cristo, con la barba rala y el cabello que caía fino sobre amplios hombros, recubiertos con un abrigo de piel. “Supe desde entonces que ese rostro sería mi imagen de Felipe de Hutten y desde entonces lo evoqué siempre a la hora de escribir la novela”, confesó el autor de Los amos del valle a Joaquín Soler Serrano, en una grabación del programa televisivo Personajes, transmitido en 1983.

Este programa tenía por motivo entrevistar a Herrera Luque sobre su vida y carrera literaria, de cara a que ese mismo año se lanzaba a la calle la nueva novela del escritor, llamada La luna de Fausto. Soler Serrano vaticinaba, como lo hacía el filósofo Fausto al inicio de la novela, que este libro seguramente le abriría las puertas del reconocimiento internacional a Herrera Luque. Pronóstico que adquiere sentido al evocar que Herrera Luque es considerado el único escritor venezolano que tuvo éxito de público. Todas las novelas que precedieron a La luna de Fausto (1983) fueron virtuales best-sellers locales, con tirajes de 10.000 ejemplares que aún en 1998 siguen siendo un sueño ambicionado por la mayoría de los autores. El éxito editorial ubicó en una posición difícil a Herrera Luque en el mundo literario venezolano: los lectores se volvían fanáticos de sus libros, pero la crítica académica siempre le negó el reconocimiento, lo consideraba casi un autor comercial.

Best-seller

El desdén de la crítica cambió con la aparición de La luna de Fausto, que se ha erigido, a 14 años de su lanzamiento, como la obra cumbre de Herrera Luque y en una de las cimas de la novelística venezolana, por encima de otras obras del autor que son más populares y mejor recordadas por la mayoría, como Los amos del valle y Boves, el urogallo.

Un artículo firmado por Alexis Márquez Rodríguez y publicado inicialmente en la edición aniversaria de El Nacional en 1988, refleja el clima de opinión que reinaba en el medio literario en torno a La luna de Fausto. “Herrera Luque ha hecho magníficos aportes a la novela histórica venezolana, en especial con La luna de Fausto, estupenda novela, hasta ahora lo mejor de su narrativa. El problema de este extraordinario narrador es su falta de conciencia profesional, es decir, su resistencia a considerarse un verdadero novelista, lo cual en cualquier caso es un lastre demasiado pesado. (...) Al parecer, Herrera Luque comienza a superar esta falla, y a adquirir un profesionalismo literario que en su caso puede hacerle mucho bien”.

En busca de El Dorado

Hoy ha sido revaluada La luna de Fausto como el libro más acabado del autor, que fue acometido por Francisco Herrera Luque con un fervor similar al que desplegaron los conquistadores en busca de El Dorado. El escritor confesó, al momento de la aparición de la novela, que La luna de Fausto había requerido 30 años de investigación, en los que acumuló datos que recabó en sus viajes por Venezuela y Europa, y que desembocaron finalmente en la larga estadía de Herrera Luque en Alemania en 1982, con un subsidio del Estado Libre de Baviera. El autor recorrió las ciudades de Würburg, Ausburgo, Nuremberg y Munich, donde se informó minuciosamente sobre los Welser, examinó documentos históricos y reunió bibliografía; e incluso llegó a entrevistar al heredero de los Welser, ingeniero que desarrolla actualmente tecnología para submarinos.

Pudiera argumentarse que La luna de Fausto bebe de las mismas fuentes donde nació la primera novela de Herrera Luque, Los viajeros de Indias (1961); esto es, la época de la Conquista. El autor extrajo su anécdota de la historia de los Welser, la famosa familia de comerciantes y banqueros alemanes, a quienes Carlos V cedió bajo contrato la exploración y explotación de sus posesiones del Nuevo Mundo. “Podría decirse que la novela es la biografía novelada de Felipe de Hutten, uno de los hombres de confianza −también lo era del Emperador− que los Welser envía a América con el expreso encargo de localizar para ellos el fabuloso El Dorado. Pero la obra más allá de eso. Se trata, en realidad, de una obra ricamente polisémica”.

El diablo suelto

Pero el giro inédito que Herrera Luque concede a la novela, y que da título al libro, concierne la aparición del filósofo Fausto en la trama, que, contrario a lo que pudiera pensarse, fue un personaje de carne y hueso. La luna de Fausto se origina en el hecho de que poco antes de que Felipe de Hutten se embarcara en 1534 para Venezuela, se hizo hacer un horóscopo que revelara las expectativas de los astros para su travesía. El encargado de esta tarea fue Faustus, famoso nigromante que recorrió regiones alemanes como vagabundo, curandero, médico viajante, mago, alquimista, astrólogo y adivino, y que vivió entre 1480 y 1540. Fausto mismo admitía haber hecho pacto con el Diablo y profetizó que Felipe de Hutten encontraría la muerte en su viaje, ya que sería decapitado frente a una mujer hermosa, en una noche alumbrada por una luna llena roja; lo que ha sido un tradicional augurio de hechos trágicos por ocurrir.

La novedad de La luna de Fausto, al momento de su aparición, fue consignar la existencia histórica del personaje inmortalizado por Goethe. Herrera Luque comentó que modeló su Fausto en la figura desgarbada y de nariz aguileña del profesor Otto Mayer, experto en historia medieval a quien conoció durante su viaje a Alemania en 1982, y con quien visitó el sepulcro familiar de los Welser. El autor de La casa del pez que escupe agua reveló que había conocido nueve documentos que prueban la existencia de Fausto.

Este hallazgo fue confirmado por Michael von Engelhardt, experto en el tema faustiano, quien ofreció en Caracas una magistral conferencia (“La luna de Fausto de Francisco Herrera Luque y la literatura faustina: un encuentro intercultural”) cuando fue invitado a un simposio por la Fundación Herrera Luque: “En 1540 Felipe de Hutten, que se encuentra en Venezuela, en Coro, le escribe a su hermano Moritz. Felipe de Hutten le cuenta que Faustus había tenido razón con lo que respecta a la profecía. La expedición había fracasado completamente. Y este es el noveno documento que acredita la existencia histórica de Faustus”.

Herrera Luque siempre concibió La luna de Fausto como “el encuentro de la pupila europea con Latinoamérica y la manera que la naturaleza, los ríos y los animales deslumbraron a los alemanes”. La diferencia estribó en que Herrera Luque imaginó a un Felipe de Hutten acosado por la profecía de Fausto, lo que permitió que el mito europeo aflorara en el Nuevo Mundo. Y, como aproxima Alexis Márquez Rodríguez, la obsesión de Hutten con la profecía fue quizás, al final, una búsqueda intencionada por parte del explorador por poner fin a sus propios demonios.
    
    

Historias fabuladas

Fiel a una máxima de Paul Verlaine, quien aconsejaba escribir todo texto siete veces, Francisco Herrera Luque redactaba y luego redactaba nuevamente sus novelas hasta completarlas. Curiosamente, Herrera Luque admitió que los dos primeros capítulos de La luna de Fausto permanecieron prácticamente iguales. Michael von Engelhardt advierte que estas partes de la novela son, además, donde el escritor vertió abundantemente lo recogido en sus investigaciones en Alemania. Herrera Luque, nacido −de Reducto a Municipal, en Caracas− el 14 de diciembre de 1927 y fallecido el 15 de abril de 1991, era famoso por los esquemas gráficos que concebía para sus novelas. Sus anotaciones iban creciendo en láminas de papel, como si fuesen mapas, donde líneas y círculos entrecruzaban los destinos de sus personajes.

Herrera Luque bromeaba que cierta vez vio cómo subastaron uno de sus “mapas”, como si se tratase de un cuadro. Este esquema lo ayudó a elaborar una obra de vastas ramificaciones genealógicas como Los amos del valle y, qué duda cabe, dio orden a los 30 años de investigaciones que requirió la escritura de La luna de Fausto. “Escribir es 90 por ciento de transpiración y 10 por ciento de inspiración. Al escribir hago psicoterapia colectiva”, reconocía el autor en 1983, en obvia alusión a su profesión de psiquiatra, donde destacó, y que le permitió, en los momentos que no pasaba consulta, poder dedicarse al puro acto de escribir sus ensayos y novelas, todos relacionados, de una u otra manera, con la historia de Venezuela, de la que solía decir que le gustaba más la que escuchó de boca de sus abuelos que la maquillada por la versión oficial.

La obra completa de Herrera Luque es un testimonio de esa división. “No sé cuál es la diferencia entre la novela histórica y la historia novelada, pero mi experiencia me indica lo siguiente: mis obras se diferencia de uno y otro ejemplo. Son ellas un estudio profundo y detenido de nuestra Historia y no se quedan en el puro recrear fenomenológico, porque hay reflexión constante sobre el futuro. Mis obras son historia y ficción, sin ser Historia pura ni pura ficción. Y esto es lo que yo llamo la Historia fabulada”. Amén.

 

 

Un psiquiatra entre la realidad y la ficción

Por Jesús Sanoja Hernández

 

Herrera Luque abrió la década del 60 con un libro de tema obsesivo (Los viajeros de Indias) y la cerraría con otro que corrió por el mismo cauce (La huella perenne), en los cuales el psiquiatra y además tenaz investigador del pasado metía las manos en lo profundo, buscando taras hereditarias, materiales psicopáticos y turbulentos enlaces generacionales.

Abrió la próxima, para no cerrar el proceso sino a la hora de la muerte (lo que, por cierto, no es exacto, pues dejó abundancia de textos inéditos, ordenados o no), con novela que prontamente se convirtió en un golpe editorial, y en donde, como en las que vendrían, no abandonó el leit motiv psicopatológico y la urdimbre de casta y clase social en nuestra historia, pero a la vez incorporó, con desenfadado estilo y desafiante visión, peculiarísimas formas narrativas. Boves, el urogallo despertó en los lectores, cada vez más numerosos, pasión dormida por la novela remitida a tiempos de formación nacional y en el autor, cada vez más prolífico, el placer casi enfermizo, por contar en terrenos aparentemente opuestos: el de la realidad y el de la imaginación, el de la historia y el de la fabulación. De allí nació lo que él denominó historia fabulada.

La curiosidad psiquiátrica y el empecinamiento por los árboles genealógicos, con la estratificación social, el ghetto endogámico, la aristocracia mañosa y decadente, la violencia recurrente, lo llevaron casi a la horca simbólica, tanto por la Sociedad Bolivariana (caso Boves) como por la Academia de Medicina (En la casa del pez que escupe el agua) y los descendientes de los señores de la tierra y del poder político (Los amos del valle).

Otras novelas, como Piar, caudillo de dos colores, o la que concluyó en la antesala de la muerte, Los cuatro reyes de la baraja, ahondaron en el estudio psicopático, ambivalente en algunas ocasiones, de personajes singulares, si decisivos en cada trance histórico, siempre polémicos, con sectas de seguidores por un lado y de adversarios por el otro, y en los cuales la idea de poder fue una marca: Piar en la primera novela, y Páez, Guzmán Blanco, Gómez y Betancourt en la segunda.

Fijo está en mi memoria, un día de 1975, el vivo diálogo entre Otero Silva y Herrera Luque en torno a sendos planes para escribir una novela que recolocase (luego del fiel boceto de Casto Fulgencio López y de la recreación del personaje en El camino de El Dorado, de Uslar) la figura de Lope de Aguirre. Herrera Luque, que tenía en Lope el personaje ideal para su especialidad médica y su inventario novelesco, le dijo a MOS, una vez que cada uno había mostrado sus pistas y lecturas: “Te tejo a Lope, y yo me voy con otro. Lo tengo entre pecho y espalda”.

El otro era Felipe de Hutten, personaje central de La luna de Fausto, no por casualidad calificada por algunos críticos (Márquez Rodríguez el primero) como la “mejor novela de Herrera Luque”. Fue esa mi opinión, desde que leí el texto de Pomaire. ¿Por qué? Vaya a saberlo uno, aparte de aquello de las preferencias por ciertas habilidades narrativas, aquí más condensadas, de lenguaje fluido y adecuado, y por la introducción de Fausto, nigromante, vagabundo y vaticinador, quien, consultado por Hutten antes de su partida para Venezuela, le predijo el triste fin de la expedición y el suyo mismo. El personaje que Goethe inmortalizó −y acerca de cuya identidad histórica no cesaron las discusiones−, le sirvió a Herrera Luque como punto de arranque y desenlace de la novela, a través de una profecía cumplida a cabalidad. Ese y otros puntos los explica el novelista al término de la obra, método antes por él utilizado para establecer la juntura y la separación entre la historia y la fabulación.

 

 

*Publicado el 8 de febrero de 1998.